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Cuando la psicología se mete en política

Es un hecho: nuestras crisis internas y externas son dos caras de la misma moneda. Es hora de que actuemos de acuerdo con ello. English.

Alex Evans
11 June 2019
Maxpixel.net. CC0 Public Domain.

Hace cien años, WB Yeats escribió: "Todo se desmorona, el centro ya no se sostiene... Los mejores carecen de convicción, mientras que los peores rebosan de apasionada intensidad".

Podría estar refiriéndose a hoy mismo. Estamos sucumbiendo en todo el mundo ante la polarización, el tribalismo y el pensamiento sectario. La erosión del sentido de territorio compartido nos impide responder a algunos de los mayores y más aporemiantes retos que tenemos planteados, como la degradación del clima, la hiperdesigualdad y la extinción en masa.

Lograr encontrar un camino depende ante todo de lo que ocurre en nuestra mente - de si somos capaces de gestionar nuestros estados mentales y emocionales en un momento de extraordinaria turbulencia; de si recurrimos a las narrativas correctas para explicar lo que está pasando en este momento histórico; y, sobre todo, de si alcanzamos a ser suficientes para poder vernos a nosotros mismos como parte de un "Nosotros" más grande, en lugar de un "Ellos y Nosotros", o de simplemente un "Yo" atomizado.

Nuestro futuro depende, en resumidas cuentas, de la psicología colectiva.

Empecé a reflexionar sobre todo esto cuando trabajaba como director de campañas en Avaaz y una de mis responsabilidades era dirigir su campaña para el referéndum del Brexit. Con el tiempo, llegué a la conclusión de que el mayor peligro que entrañaba el Brexit no era tanto la salida del Reino Unido de la UE sin un acuerdo como la polarización que había desatado. Me parecía que no se trataba tanto de una cuestión política como de una herida séptica en nuestro cuerpo político que requeriría una solución mucho más profunda que un segundo referéndum.

Mi desasosiego aumentó al dejar Avaaz el año pasado para tomarme un año sabático en Jerusalén, donde presencié una polarización mucho más extrema. No había estado allí desde 2004 y fue estremecedor comprobar hasta qué punto israelíes y palestinos se han atrincherado en narraciones mutuamente excluyentes. Cada lado culpa al otro de todo y es completamente incapaz de reconocer cómo y en qué ha contribuido a crear la situación actual.

Nuestro futuro depende, en resumidas cuentas, de la psicología colectiva.

Pero también hallé algo esperanzador y fascinante: el trabajo de psicólogos innovadores que están explorando la idea de que la polarización en Israel y Palestina se entiende mejor como un problema de salud mental generado por un trauma colectivo y la percepción de amenaza.

Los israelíes viven bajo el constante temor del terrorismo de baja intensidad, los ataques con misiles y una hipotética invasión. Los palestinos viven bajo el temor constante de que su casa sea la siguiente en ser derribada, de ser detenidos arbitrariamente, o de tener que vivir bajo vigilancia más o menos total.

No es por consiguiente ninguna sorpresa que el Estrés Traumático Contínuo sea endémico tanto en Israel como en Palestina. Al igual que con el Trastorno de Estrés Postraumático (PTSD), los síntomas típicos son irritabilidad, ansiedad, hiperalerta y, particularmente, lo que se denomina "otredad": es decir, atribuir a otros y culpar de todo a chivos expiatorios. Cuando un número suficiente de personas muestra estos síntomas, los efectos empiezan a filtrarse en la política.

Cuanto más veía en Jerusalén, más me recordaba el Reino Unido del Brexit o la América de Trump, o el ascenso de la extrema derecha en Europa. No con el mismo grado de intensidad, por supuesto - pero sí formando parte del mismo espectro.

Por supuesto, la mayoría de los votantes de Trump o de Leave no sufren de ningún trauma en términos médicos. Pero sí suelen experimentar ansiedad y la ansiedad, como el trauma, es esencialmente la percepción no resuelta de una amenaza.

La percepción de amenazas ocupa, de hecho, un lugar destacado en los sondeos. Uno de los principales y más decisivos indicadores de voto a favor de Trump fue estar de acuerdo con esta frase: "el estilo de vida estadounidense está amenazado". De modo parecido, una clara mayoría de los votantes a favor del Brexit en el Reino Unido en 2016 manifestaban coincidir en que "Gran Bretaña parece cada vez un país extranjero y esto me incomoda".

Y, por supuesto, muchos votantes progresistas sintieron que ellos también vivían en un país extranjero el día después del referéndum del Brexit, o tras la victoria de Trump. Esto es lo que tiene la percepción de amenazas: es contagiosa.

En última instancia, la democracia depende de que los ciudadanos puedan gestionar sus estados mentales y emocionales, sentir empatía unos con otros y compartir cierto sentido de identidad y de propósito común

Una vez que comienza, crea con mucha facilidad un circuito de retroalimentación que se autoamplifica y genera dos bandos incandescentes a cada extremo del espectro político y, en medio, lo que More In Common llama una "mayoría agotada", desesperada por lo nefasta que llega a ser la política y por la aparente imposibilidad de avanzar en temas reales.

¿Que qué se puede hacer al respecto? Lo primero, entender que nuestras crisis internas y externas son dos caras de la misma moneda.

Por lo general, solemos pensar que los problemas con los que nos enfrentamos en el mundo real – la emergencia climática, la extinción en masa, la desigualdad, la pobreza – están en una categoría distinta de nuestras crisis de salud mental, como las epidemias de depresión, ansiedad, suicidio y autolesiones que padecemos.

Pero, en realidad, no existe separación entre nuestras crisis internas y externas. Tomemos por ejemplo la depresión o la ansiedad. Se solía pensar que los causantes eran determinados desequilibrios en la química del cerebro y que la forma de tratarlos consistía simplemente en tomar los medicamentos adecuados para corregir dichos desequilibrios. Hoy, sin embargo, nos estamos dando cuenta de que están profundamente enraizadas en el hecho de que nuestra forma de vida no satisface las necesidades psicológicas de muchos - tal vez la mayoría - de nosotros.

Y si es cierto que el estado del mundo "exterior" afecta nuestros estados de ánimo internos, también lo es que nuestros estados de ánimo impactan de manera tangible en el estado del mundo. Véase si no, por ejemplo, cómo Cambridge Analytica fue capaz de utilizar la psicología y las redes sociales para volver nuestros temores y ansiedades contra nosotros, y le dio a los resortes precisos para lograr que un número suficiente de nosotros se pusiera a ver el mundo en términos de "ellos y nosotros" y le diese la vuelta a unas elecciones.

Resulta que, en última instancia, la democracia depende de que los ciudadanos puedan gestionar sus estados mentales y emocionales, sentir empatía unos con otros y compartir cierto sentido de identidad y de propósito común - todo ello, cosas en las que hemos invertido muy pocos o casi ningún recurso.

Así que, en estos momentos, nuestras crisis internas y externas se refuerzan y amplifican mutuamente, creando situaciones llenas de riesgos. ¿Cómo acabar con esta dinámica?

Esta es la pregunta que hemos estado haciendo desde el Collective Psychology Project a través de entrevistas y reuniones con psicólogos y psicoterapeutas, activistas y campañistas, políticos y periodistas. En estas conversaciones, todos ellos han coincidido en señalar insistentemente tres transiciones psicológicas que deberíamos llevar a cabo, tanto individual como colectivamente.

La primera transición es la que va del modo "luchar o huir" a la conciencia de uno mismo. Cuando el miedo y la ansiedad se convierten en algo central en política, el resultado es el tribalismo. Por lo tanto, hay que ser capaces de gestionar nuestros estados mentales para poder elegir cómo reaccionar ante los eventos en lugar de deslizarnos hacia respuestas defensivas instintivas.

Lo que se precisa es potenciar nuestra capacidad de acción y de organización para poder darle forma a nuestro futuro colectivo.

Esto es algo que se puede aprender a hacer y hay muchos ejemplos para demostrarlo. Por nombrar a uno: Cure Violence en Chicago identifica a las personas con alto riesgo de verse involucradas en conflictos entre pandillas y se centra en apoyarles. Otro: Openmind es un sitio web que ayuda a identificar los sesgos cognitivos de los usuarios y les capacita para estar abiertos a distintos puntos de vista.

La segunda transición es la de la impotencia a la acción. El sentimiento de impotencia - en nuestra propia vida, en las comunidades y en política - es malo para nuestra salud: multiplica por tres el riesgo de ansiedad y depresión. También es malo para la política: mantiene una correlación estrecha con el autoritarismo e impide abordar las injusticias del mundo real que socavan, a su vez, nuestro bienestar psicológico.

O sea que lo que se precisa es potenciar nuestra capacidad de acción y de organización para poder darle forma a nuestro futuro colectivo. Una vez más, esto es algo que se puede aprender a hacer, con herramientas y plataformas como Act Build Change, que ofrece una excelente formación en línea para organizadores comunitarios.

La tercera transición es la que nos lleva desde la desconexión a la pertenencia. La epidemia de soledad que padecemos es desastrosa para la salud, al mismo nivel que fumar en cuanto a su impacto en la esperanza de vida. Disponemos de una gran cantidad de datos que demuestran cómo la soledad socava la empatía y nos hace vulnerables a los extremismos.

En esto también hay referentes importantes como Participatory City, que está ayudando a construir redes densas de amistad en el Reino Unido, o el National Citizen Service, que ayuda a los jóvenes británicos de 16 y 17 años a ver lo que tienen en común con otros jóvenes de distintos orígenes.

Pero a pesar de estos puntos de luz, loque caractyeriza el panorama general son las necesidades no satisfechas y una enorme falta de inversión. Esto podría deberse en parte a que las religiones han sido, históricamente, las que han acogido este tipo de cosas que son tanto internas como externas, individuales como colectivas. En el mejor de los casos, las religiones ofrecen técnicas de todo tipo para desarrollar la conciencia de uno mismo - desde la meditación y la oración hasta los mitos compartidos que proporcionan historias y rituales a las sociedades en su conjunto.

Pero a medida que la religión ha ido retirándose de la vida pública y, más recientemente, de muchas de nuestras vidas, nos queda la pregunta de cómo llenar los vacíos que deja

Piénsese en las formas en que las religiones han capacitado para la acción a través de la práctica de la compasión en la vida cotidiana, o insuflando energía a los grandes movimientos políticos a favor de la abolición de la esclavitud, los derechos civiles o la cancelación de la deuda del tercer mundo.

O considérese el sentimiento de pertenencia y el papel que han desempeñado tradicionalmente las religiones en generar espacios congregacionales donde todos pueden sentirse como en casa a pesar de sus diferencias y deficiencias.

Pero a medida que la religión ha ido retirándose de la vida pública y, más recientemente, de muchas de nuestras vidas, nos queda la pregunta de cómo llenar los vacíos que deja. Esta es una gran pregunta, para la que no hay respuestas rápidas - es decir, que es preciso crear espacios para que podamos hacernos esta pregunta juntos, con el fin de encontrar un camino que nos permita salir adelante en medio de las crisis internas y externas que se acumulan a nuestro alrededor.

La psicología colectiva no es algo que nos vaya a proporcionar ningún profesional experto. De hecho, ya la estamos practicando, seamos o no conscientes de ello. Pero hay que mejorar. Nuestro futuro depende de ello.

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