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Mi amiga Katherin: la fusión de dos mundos en el norte colombiano

Wayuus, Koguis, Kankuamos y Wiwas comparten desde tiempos inmemoriales los territorios del norte de Colombia. Pese a la modernidad y al sistema capitalista, ellos mantienen las tradiciones vivas y su cultura intacta. English

Carolina Gómez Silva
30 October 2019
El chinchorro es algo que quedó grabado en la memoria de Katherin, desde niña dormía en uno que su abuela colgaba cada noche.
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Carolina Gómez Silva via El Espectador. Todos los derechos reservados

Este reportaje es uno de los dos ganadores del concurso de periodismo sobre temas indígenas organizado por Survival International, democraciaAbierta y El Espectador.

El territorio de los Wiwa es la montaña. Específicamente, la Sierra Nevada de Santa Marta entre los departamentos del Cesar, Guajira y Magdalena, al noreste del país. Desde niños se han acostumbrado a cruzarla descalzos, por estrechos caminos que bordean profundos precipios.

Ellas, con su niño colgado desde su frente dentro de una “buza” o mochila, mientras van tejiendo otra. Ellos, con pies grandes y macizos, que soportan unas piernas firmes que parecen nunca cansarse. El paisaje parece dibujado. Según la época del año puede estar inundado de todos los verdes o bien, cuando el sol picante todo lo seca, cubierto de tonos tierra. Para llegar hasta Rongoy, donde una parte de la comunidad Wiwa se asienta, el camino es largo y culebrero; tal vez por ello, aún no han llegado la “mano blanca” ni el turismo a esta zona norteña.

Realizamos la expedición a paso lento. Yo, una chica de ciudad. Hábil para lograr salir honrrosa cada día de Transmilenio, y Katherin, oriunda de estas tierras mágicas, diestra tejedora, hábil con las rocas y los ríos. Y universitaria como yo. A medida que avanzamos pareciera que estuviésemos entrando a otro mundo. Aquí se vive diferente, se respira un aire distinto. Las nubes repentinamente te abrazan. Luego vuelven a subir caprichosas. Entre la tupida vegetación predominan enormes árboles que parecen haber sido testigos de todo durante siglos. De pronto, se asoman sus viviendas: chozas cuadradas, hechas a base de arcilla y postes de madera, resguardadas por techos circulares cubiertos de paja.

La aldea con sus techos circulares cubiertos de paja. | Carolina Gómez Silva via El Espectador. Todos los derechos reservados

Los Wiwa son tranquilos, evitan las preocupaciones, prefieren pensar que todo sucede por una razón proveniente de la madre naturaleza y que cada cosa, por más pequeña que sea, tiene un significado que Serankua ha puesto en ella.

Tere, una indígena madre, nos relata su cotidianidad mientras palpa sutilmente sus collares -adornos preciados dentro de la comunidad Wiwa. Las madres, dice Tere, se levantan desde tempranas horas a alimentar a los animales de corral y regar “las rosas” -cultivos pequeños de yuca, malanga y plátano-. Para poder ejercer mejor sus labores, “guindan” a sus bebés en árboles con suficiente sombra.

Las mujeres comienzan a aprender la labor del tejido desde muy pequeñas. Cuando baja su menstruación por primera vez, experimentan el tradicional “encierro” en una

kunkuruwa –choza redonda-. Allí la joven es aislada por 8 días para que “reflexione” y ponga en práctica su habilidad para tejer. A la salida debe haber tejido ocho mochilas, y estará lista para unir su vida a un hombre y engendrar hijos hasta llegar a la menopausia.

El hombre también tiene su tiempo de aislamiento y ese es el momento en que se le presenta el poporo, que llevará el resto de su vida, y se le enseña a “mambear”. El poporo es un calabazo seco, endémico de la región, en cuyo interior guardan un polvo amarillento a base de conchas de mar y una flor. Con un palo en forma de pitillo llevan algo de esa mezcla a la boca para “mambearla” bajo el cachete con una bola de ayu - hojas de coca tostadas-; hasta que pierde su sabor.

Alrededor del poporo, esta comunidad conserva ciertos mitos. Por ejemplo, si la parte superior se parte, está anunciando que la mujer del hombre a quien pertenece ese poporo se va a enfermar gravemente. | Carolina Gómez Silva via El Espectador. Todos los derechos reservados

En la cultura Wiwa prevalecen los mamos, guías espirituales con dones innatos que desarrollan durante su juventud para que, una vez llegue el momento de convertirse en adultos, puedan ayudar a su comunidad a través de sus saberes. Hay mamos de diferentes tipos, unos se encargan de los pagamentos a la madre naturaleza, agradecerle y retribuirle todos los favores que otorga; otros se encargan de proteger a quienes emprenden travesías. Pero ninguno ha sido tan célebre como el Mamo Manuel María Nieves cuyo don era curar. Sanaba cualquier tipo de enfermedad mental, espiritual o física.

Aterrizaje

Corrían los años 60 y mientras Colombia ponía en práctica un acuerdo bipartidista para gobernar al país, Manuel se dejaba seducir por la “civilización”. Tras las luces de un nuevo mundo, Manuel se mudó a Guayacanal, corregimiento de La Guajira, según cuenta Nuris Fragoso, viuda de Efren Nieves, uno de los hijos del Mamo Manuel. Allí, en ese pueblo pequeño de calles largas como serpientes, se volvió famoso. Este botánico y curandero empezó a recibir pacientes provenientes de todos los rincones del país.

Fue tal su auge, que el compositor y cantante vallenato Alfonso “Poncho” Zuleta, lo visitó varias veces en busca de salud para su padre Emiliano Zuleta. En agradecimiento le compuso la canción: El indio Manuel María.

“Ay, yo tuve una enfermedad que nadie la conocía y solo me pudo curar el indio Manuel María”.

Cuando Nieves se asentó en este lugar junto con su mujer y seis de sus hijos, se encontró con que ahora debía calzar zapatos, dormir en cama, y comer con sal. Pero se adaptó. Sus hijos crecieron y la gran mayoría se casaron con personas del lugar.

La bisnieta del famoso Manuel María Nieves, Katherin, mi compañera universitaria en Bogotá, me acompaña hoy en busca de los pasos de su ancestro. Sus abuelas Nuris Fragoso y Noris Ninfa le enseñaron desde muy pequeña a utilizar el maguey e hilar fique en la carrumba, la misma con la que aprendió a tejer mochilas tras largas horas de práctica durante su niñez. Mientras reposa su cuerpo en un chinchorro, Katherin afirma que haber vivido con sus abuelas le marcó la vida. Aunque nació y creció entre occidentales, Katherin nunca dejó de admirar la cultura que llevaba en su sangre.

En el colegio siempre se destacó por ser inteligente y audaz. Sin embargo, a la hora de graduarse no sabía qué camino tomar. Su tío, Julián Daza, líder político de la comunidad Wiwa, la motivó para que visitara la Sierra y recordara de donde venía. Así que esta jovencita emprendió su marcha loma arriba sin saber con qué se podría topar. La acompañaban alrededor de 15 mamos que se dirigían a hacer un pagamento en los picos más altos de la Sierra, y Katherin decidió seguirles el paso. Acostumbrados a la presión del oxígeno a causa de la altura, y ayudados por el poporo, no notaban los esfuerzos de la muchacha que procuraba, entre caídas y fatiga, no desistir.

Después de muchas horas de caminata por los escarpados picos, el gran mamo Moisés, admiró la fuerza y el valor de esta jovencita y decidió bautizarla a orillas de la laguna del Nevado Dumena, otorgándole su nombre, que traduce: mujer hermosa. Katherin Fragoso supo en ese momento que, tal y como su bisabuelo, quería curar. Pero una cosa eran los sueños y otra la realidad económica, y Katherin no podría pagar una carrera tan costosa como medicina, así que muy pronto renunció a sus sueños.

Fundiendo dos saberes

Meses más tarde, Lorenzo Gil, a quien había conocido en su viaje iniciático, le envió un mensaje: estaba estudiando becado en una pretigiosa universidad bogotana gracias a que era Wiwa. Katherín sintió un segundo aliento y se preparó para emprender otro viaje, de nuevo, hacia lo desconocido.

Hay a quienes les preocupa el impacto social de la migración indígena hacia las grandes ciudades. Benjamín de la Pava, antropólogo y sociólogo de la Universidad Nacional menciona posibles riesgos como la potencial pérdida de la lengua “Damaná” o de costumbres como su vestimenta. Rescata, no obstante, que estas migraciones no acaban con las tradiciones más antiguas y que son vitales para ampliar el conocimiento e implementarlo en la comunidad.

El mamo Román, por su parte, está de acuerdo con que los niños de su comunidad se dirijan a la capital a estudiar los saberes del mundo occidental -o como él prefiere llamar a los citadinos, “hermanitos menores”-. El psicólogo Alexander Torres llama “glocalización” a la mezcla de elementos locales con los globalizados, priorizando siempre las tradiciones ante la mundialización cultural que termina por diluir las fronteras sociales, lo cual serviría como una barrera o protección de lo propio.

Juan Sánchez, uno de los coordinadores del Programa Interacciones Multiculturales de la Universidad Externado de Colombia, afirma que, por medio de este programa, indígenas como Lorenzo y Katherin pueden estudiar con el compromiso de volver a sus comunidades y aplicar allí sus lo aprendido en la universidad. La institución proporciona un espacio para que semanalmente se reúnan los estudiantes que pertenecen a este programa, con el fin de compartir sus experiencias, junto al profesor y también indígena, Juan Muelas.

Así es como esta indígena Wiwa consiguió entrar a las aulas del Externado. Y, la citadina que les escribe, logró entrar a la Sierra. Hoy Katherin se prepara para adquirir un saber universal para fusionarlo con lo aprendido de sus abuelas. Tal y como lo hizo su bisabuelo, mostrando que los saberes de la Sierra resultan tan valiosos como los del resto del mundo. Mientras tanto, yo continúo con mi alma prendada en aquellos montes cubiertos de neblina.

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Este artículo fue publicado originalmente en El Espectador. Léalo aquí

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