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Muerte, control social y las posibilidades de bienestar en tiempos de la Covid-19

La crisis de la Covid-19 tiene el potencial de redirigir la sociedad lejos del capitalismo y el neoliberalismo hacia una sociedad más centrada en un estado de bienestar y una mayor igualdad. English

Montserrat Sagot
26 May 2020
A plane dragging a 50-foot banner that read #CAPITALISMISTHEPANDEMIC flew over Manhattan on May 3, 2020.
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Un avión que arrastraba una pancarta de 50 pies que decía #CAPITALISMOPANDÉMICO- voló sobre Manhattan el 3 de mayo de 2020.
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Cada crisis genera sus formas de experimentar la vida y, en algunos casos, la muerte. La crisis de la Covid-19 nos permite ver lo peor de los tiempos para vivir y morir, pero también abre algunas posibilidades para imaginar tiempos mejores. Esta crisis está transformando nuestras formas de imaginar el mundo y de vivir en el mundo. Por eso, esta no es una crisis sanitaria, como le han llamado algunas personas. La pandemia del coronavirus tiene el potencial del convertirse en una crisis civilizatoria que podría trastocar las relaciones sociales, las formas de organización de la producción, el papel de los estados, las vías que ha tomado la globalización neoliberal y hasta el lugar de los humanos en la historia y en la naturaleza.

Esta crisis también ha dejado al descubierto algunas facetas del capitalismo que a veces quedan ocultas bajo los discursos coloniales, racistas, sexistas o de la supuesta eficiencia asociada a las ideologías del achicamiento del estado. En primer lugar, la crisis nos permite ver claramente la fase asesina del capitalismo. Esa siempre ha sido una de las características del capitalismo, cuyas técnicas de devaluación extrema de la vida producen cuerpos vulnerables a la marginación, la instrumentalización e incluso la muerte.

Sin embargo, la situación es muy diferente cuando se llena de cadáveres una pista de hielo en Madrid o se abre una fosa común en un parque de Nueva York a cuando los muertos son migrantes africanos en el Mediterráneo o personas de Centroamérica cuyos restos quedan desperdigados en la ruta letal hacia los Estados Unidos. El estado de alarma y la conciencia sobre la muerte y la vulnerabilidad se agudizan entonces cuando los muertos están más cerca de los centros de poder. Es probable que los 70 camiones militares sacando los cadáveres de Bérgamo contribuyan más a la visibilización de la fase letal del capitalismo que los cuerpos quemados de las calles de Guayaquil.

Estas nuevas manifestaciones de las mortandades producidas por el sistema han llevado incluso a una redefinición de ciertos espacios públicos y privados. Espacios como las pistas de patinaje sobre el hielo o los parques, antes lugares para el esparcimiento y la diversión, ahora son convertidos en morgues o en cementerios. Han surgido con fuerza también formas extremas de privatización de la vida que se ven reflejadas en la reciente expansión del mercado para la compra de islas solitarias, castillos, bunkers o grandes yates, producto del interés de los más privilegiados por aislarse y alejarse lo más posible de los cadáveres. Cadáveres, por cierto, generados también por las formas de organización de la producción y condiciones de explotación de sus empresas, por sus formas de hacer negocios y de obtener ganancias desmedidas.

Otra redefinición muy problemática de lo público propiciada por esta crisis tiene que ver con el trabajo de las organizaciones criminales (mafia, camorra, maras, carteles) en países como Italia, México, El Salvador y Brasil distribuyendo alimentos, medicinas, jabón y hasta desinfectando comunidades abandonadas a su suerte por los gobiernos. Estas organizaciones, que juegan un papel importante en la operación de la necropolítica, en esta crisis han empezado a ocupar el espacio público que los estados han dejado vacío, sobre todo en territorios vulnerables y empobrecidos, y a solidificar su condición como poderes de facto, lo que podría tener graves consecuencias para la gobernabilidad democrática en el futuro.

La crisis provocada por la Covid-19 está mostrando también las décadas de abandono de los sistemas públicos de salud

Por otra parte, la fase asesina del capitalismo también ha quedado en evidencia en las políticas cuasi-eugenésicas de algunos países, como Suecia, por ejemplo, que no va a admitir en unidades de cuidados intensivos a personas mayores de 80 años enfermas de Covid-19 o a personas de entre 60 y 80 con condiciones previas de salud. Asimismo, esta fase del capitalismo se materializa en la práctica de algunos municipios de España de no llevar a los hospitales a las personas enfermas que residen en centros de ancianos, lo cual ha sido denunciado de forma repetida por las familias de las personas fallecidas.

En el caso de Centroamérica, podemos ver el ejemplo del gobierno de Nicaragua, que, con una política negacionista similar a la de Trump o Bolsonaro, -a pesar de estar supuestamente en las antípodas ideológicas de esos presidentes-, ha decidido no hacer nada contra la pandemia para que se muera quien se tiene que morir. Un elemento importante en relación con estas políticas letales es que si bien muchos de los primeros contagiados fueron personas de los sectores privilegiados, con capacidad de viajar y de tomar vacaciones en otros países, la expansión posterior del virus se ha dirigido a los de siempre: los viejos y débiles, los negros y latinos en Estados Unidos, las poblaciones indígenas y las personas trabajadoras de los sectores más explotados, convertidos ahora en “trabajadores esenciales.”

Por el momento, el reconocimiento para estos trabajadores y trabajadoras es principalmente simbólico. Es decir, se les otorgó un nuevo adjetivo en la escala de valor social, en algunas ciudades se les aplaude por cinco minutos todas las noches, pero no se les ofrecen ni mejores salarios, correspondientes al riesgo y al servicio que ofrecen manteniendo a la civilización en funcionamiento, ni condiciones mínimas de seguridad para ejercer sus empleos. Siguen siendo las mismas vidas despreciadas que el capitalismo siempre ha usado y descartado, solo que ahora elevadas en términos retóricos a la categoría de “esenciales.”

Los sistemas de salud y el biopoder

La crisis provocada por el Covid-19 está mostrando también las décadas de abandono de los sistemas públicos de salud, la privatización de los mismos, la precarización del trabajo y la erosión de los derechos laborales. De hecho, el desmantelamiento de la salud pública, la privatización y la externalización de los servicios están entre los principales responsables de la gran mortalidad.

En este contexto surge un discurso utilitario de gerenciamiento de la crisis y de lo público. Lo que hay que proteger, dicen, es el sistema de salud para que no colapse. ¡Y algunas personas de ingenuas pensábamos que lo que había que proteger era la vida! Es evidente que para proteger la vida hay que proteger los sistemas de salud, pero llama la atención el orden del discurso y los énfasis. El discurso, tal y como se ha enunciado en la mayoría de los países, en realidad sugiere que las medidas de confinamiento no se establecen para proteger la vida, sino para no tener que atender a mucha gente en los servicios de salud. El mandato es para quedarse en casa y, de ser posible, recuperarse o morir allí, o en una residencia para ancianos, con el fin de no gastar muchos recursos en personas que ya de por sí son consideradas como descartables.

El mandato del confinamiento también pone de manifiesto una política homogenizante que no toma en cuenta las desigualdades ni las diferentes formas de vulnerabilidad. Es una política de vigilancia y micro-gerenciamiento de los cuerpos asumiendo la existencia de una población con las mismas opciones, posibilidades de vida y acceso a recursos. Una política así solo puede aumentar la precarización, el hambre e incluso aumentar el riesgo al contagio a menos de que esté acompañada de medidas redistributivas que asignen una renta básica vital para todos y todas los que no pueden asumir el costo del confinamiento ni responder a los discursos, supuestamente altruista, de la protección del bien común y la salud pública que acompañan al eslogan de “#QuédateEnCasa”.

Ahora que inician las medidas de desconfinamiento en muchos países, es evidente que esas medidas tampoco deberían ser planteadas de forma homogenizante, sin reconocer que hay grupos más proclives al contagio y a morir, por su historia vital, por las condiciones materiales de su existencia, por las condiciones en las que transitan las ciudades y por el tipo de trabajos que desempeñan.

Las acuciantes necesidades de acceso a la salud, de contar con sistemas públicos competentes y políticas redistributivas, puestas ahora en evidencia por la pandemia, han generado una renovada demanda por estados de bienestar que respondan a las necesidades diferenciadas de la población y que contribuyan a la redistribución social y económica. Mientras que esas demandas están siendo puestas en la palestra pública por diversos sectores, al mismo tiempo se están reforzando las características más autoritarias y controladoras de los estados. La crisis está ofreciendo nuevas justificaciones para la implementación de medidas represivas y nuevas formas de coerción política y social.

Las medidas de confinamiento han permitido una discusión bastante generalizada sobre la naturaleza del espacio doméstico

Centroamérica es un ejemplo de eso, con los gobiernos de El Salvador, Honduras y Guatemala, reviviendo el repertorio represivo del pasado e imponiendo estados de excepción. De esta forma, se radicalizan los aparatos de control biopolítico ya no en nombre de la seguridad nacional sino de la salud pública. Las detenciones arbitrarias por parte del gobierno de El Salvador a mujeres que salen a conseguir alimentos por no llevar una lista de compras o a una madre que acompañaba a su hijo a usar un servicio sanitario ubicado fuera de la casa, son ejemplo de la amplificación de las nuevas medidas coercitivas implementadas.

La novedad de estas situaciones es que el miedo a la muerte o a la enfermedad hace que muchas personas acepten estas condiciones extremas de biocontrol sin protestar. Y no solo que las acepten, sino que las demanden de sus gobiernos. Incluso, hay una voluntad explícita en algunos y algunas de convertirse en parte activa de los mecanismos de control al reportar a la policía a las personas que no se ajustan a las reglas del confinamiento. En el caso de Centroamérica, personas que vivieron en dictadura y que se revelaron frente a los poderes represivos de los estados, ahora se someten temerosas a los mecanismos sin precedentes de control social. El temor a convertirnos en un ente biológico sin cualificaciones, en nuda vida, a merced de un enemigo invisible, -un virus-, que puede estar en cualquier sitio, parece desatar más temores y voluntad de sometimiento que los aparatos políticos represivos.

Algunas posibilidades para el futuro

Si bien existe un temor justificado a que esta crisis termine produciendo una sociedad más represiva, con mecanismos ultra-sofisticados de biopoder por medio del uso de nuevas tecnologías o a que sigamos actuando como si todavía estuviéramos en 1990, creyendo en la virtud de las políticas neoliberales y negando el calentamiento global, también se abren posibilidades para imaginar otros futuros.

Además de visibilizar las fases letales del capitalismo y la potencialidad de las recetas neoliberales para provocar catástrofes humanitarias, esta crisis también ha dejado al descubierto la complejidad e incluso la peligrosidad de otros ámbitos. En primer lugar, las medidas de confinamiento han permitido una discusión bastante generalizada sobre la naturaleza del espacio doméstico. Las feministas han hablado de esto por casi dos siglos, pero es ahora, cuando un porcentaje importante de la población tuvo que recluirse en los hogares, que salta a la palestra pública la conversación sobre la desigual distribución de las tareas reproductivas y de las cargas domésticas, la violencia intrafamiliar contra las mujeres y la importancia de los trabajos de cuidado.

En ese sentido, la pandemia ha ayudado a desestabilizar la noción conservadora de la familia y el hogar como espacios de paz, seguridad y armonía, ha dejado al descubierto la persistente división sexual del trabajo y la centralidad de las mujeres en el desempeño de los trabajos de cuidado que sostienen la vida. El “descubrimiento” y la visibilización social de un problema puede ser entonces el primer paso para iniciar procesos de cambio.

La renovada valorización de las tareas de cuidado y de trabajos antes despreciados es otra de las consecuencias imprevistas de la crisis. Si bien por el momento mucho de esa valoración se restringe al terreno de la simbólico, esta podría ser una oportunidad para rescatar la importancia de los objetos y recursos con valor de uso. También para entender la trascendencia de los trabajos que permiten la reproducción social y de las personas que los desempeñan.

En otro orden de cosas, la crisis también abre oportunidades para reindustrializar localmente y fomentar la producción interna, sobre todo ahora que se han roto muchas de las cadenas internacionales de distribución de productos. Es entonces la oportunidad para una política de desenganche de las lógicas mercantiles de la globalización neoliberal, así como para el fomento de las industrias nacionales y de la producción local de alimentos, lo que incluso ayudaría a garantizar la seguridad alimentaria, sobre todo de los países del Sur global.

Por otra parte, la crisis ha permitido que revivan las demandas por un estado de bienestar, que cuide lo público, que tome medidas para la protección de toda la población y que se convierta en agente de la justicia redistributiva, tomando en consideración las diferentes expresiones de la desigualdad. Este punto es fundamental ya que para muchas personas esta discusión estaba acabada.

Desde que hace más de 40 años Margaret Thatcher dijera que “no hay sociedad” y Ronald Reagan dijera que “el gobierno no es la solución para nuestros problemas, el gobierno es el problema”, las ideologías del neoliberalismo habían hecho todo lo posible por opacar la importancia de un estado al servicio del bien común. Sin embargo, la crisis ha puesto en evidencia la necesidad de que el estado no solamente ejerza el monopolio de la violencia y promueva un buen clima para los negocios, sino de un estado y una sociedad que operen bajo el principio de la solidaridad.

La crisis del Covid-19 ha permitido también una revalorización de la ciencia al servicio de la humanidad. Después de la proliferación en las últimas décadas de una gran cantidad grupos anti-ciencia, anti-vacunas, terraplanistas y de fundamentalistas religiosos cuestionando algunos principios científicos básicos, esta pandemia vuelve a posicionar la ciencia en un lugar privilegiado.

Es evidente que la pandemia no se va a solucionar con vacunas o medicamentos, sino con procesos que lleven a universalizar el acceso a la salud pública y a una reparación de las desigualdades. Sin embargo, es de suma importancia reivindicar la producción de conocimiento científico no instrumental en la creación de nuevos modos de vida.

Finalmente, la crisis podría servir para reconocer nuestra vulnerabilidad, fragilidad e interdependencia de la vida humana con la naturaleza y con la vida de otras especies. A lo mejor el miedo no solo sirva para aceptar de manera sumisa las medidas de biocontrol desplegadas por muchos gobiernos, sino también para cuestionar un proceso de acumulación que se ha vuelto necrótico y que ha dejado a su paso la desaparición de especies, de territorios fértiles, de culturas y de personas.

Esta crisis nos permite ver que la tragedia no está en el horizonte, sino que está aquí, y que tal vez todavía estemos a tiempo de imaginar y producir cambios para la construcción de un nuevo mundo.

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