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Medios digitales y opinión pública en Brasil después de Trump 2016

La plataforma republicana Trump 2016 marcó para siempre la historia de las campañas en los Estados Unidos, y consecuentemente en otras partes del mundo, incluido Brasil. Português English

Arthur Ituassu
6 December 2019
24 de septiembre de 2019, EE. UU., Nueva York: el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro (R), saluda al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, antes de su reunión en la 74a sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
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Foto: Alan Santos/DPA/PA Images. Todos los derechos reservados.

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Con la mirada puesta en las próximas elecciones en los Estados Unidos, el Partido Republicano está invirtiendo cientos de miles de dólares mensuales en una enorme infraestructura de datos que involucra comités de los estados y locales, liderados por la campaña nacional Trump 2020. Todo ese aparato concentra al menos un número de teléfono o correo electrónico de cada ciudadano registrado allí y es administrado por Brad Parscale, jefe de comunicación de Trump que encabezó la estrategia de medios sociales en 2016. En esa ocasión, provocó asombro el nombramiento de un profesional que nunca antes había trabajado en campañas electorales, con un perfil de especialista en marketing digital y estratega de datos. En una entrevista para una cadena de televisión estadounidense, Parscale dijo que esperaba llegar al día de las próximas elecciones con 50 millones de electores en su banco de datos.

Bajo el mando de Parscale, la estrategia para Facebook en la campaña de Donald Trump en 2016 jugó un papel central. Se estima que el equipo republicano fue capaz de publicar hasta 100 tipos de anuncios diferentes dirigidos a las redes sociales en un espacio de 24 horas. Los anuncios dirigidos son publicaciones con mensajes específicos para cada elector o grupo de electores en particular. Para ello, puede haber una determinación geográfica, como en el caso de una región con más empleados industriales, o, por ejemplo, por tema supuestamente priorizado por el ciudadano.

Con el mismo sistema, la campaña también logra crear gradaciones de lenguaje sobre el mismo asunto para públicos específicos, que puede ir de un contenido conservador más agresivo a uno más moderado, dependiendo del público. Además, muchas veces un grupo específico de electores puede no saber lo que el otro grupo está recibiendo. Estas comunicaciones, denominadas dark posts, son publicaciones que no aparecen en la página oficial de la campaña, sino solamente para aquellas personas a quienes se las envía. A partir del momento en que una publicación de este tipo se comparte, se vuelve muy difícil descubrir su origen. Con los dark posts, la campaña logra más libertad para trabajar contenidos para públicos específicos, sin correr el riesgo de perder ningún público debido a mensajes más polémicos, ya que los grupos que podrían sentirse ofendidos no ven las publicaciones o no pueden asociarlas a la campaña.

Siguiendo los pasos de autores tradicionales de la comunicación política en Brasil y en el mundo, este artículo debate la manera como los medios digitales vienen afectando las campañas electorales y, por consiguiente, la propia democracia. La discusión parte de las campañas de Donald Trump en los Estados Unidos, en 2016, y de Jair Bolsonaro en Brasil, en 2018. Al final del camino propuesto se realizan dos sugerencias. La primera es la idea de “hipermediatización expandida” como forma de entender la comunicación política contemporánea. La segunda es la noción de “atomización del público” o “disrupción de la esfera pública”, como una consecuencia de la comunicación política digital para el desarrollo democrático de las sociedades.

Por ahora, vamos a recordar algunas cosas que ocurrieron en 2016 en los Estados Unidos. Cabe destacar que la importancia de analizar el contexto estadounidense se refuerza por el hecho de que el desarrollo de las tecnologías de la comunicación se produce, en gran parte, en los Estados Unidos. En Brasil, cuando los candidatos y partidos, así como los profesionales de campaña y de los noticieros, tienen contacto con las nuevas tecnologías de la comunicación, terminan tomando como referencia las prácticas ya probadas por sus colegas en América del Norte. No es de extrañar que el campo de la Comunicación Política presente la hipótesis tradicional de la "americanización" de las campañas, que dice que las campañas electorales en las democracias de todo el mundo terminan siendo cada vez más americanizadas en la medida en que los candidatos, los partidos y los periodistas siguen las prácticas de sus pares en los Estados Unidos.

En ese contexto, la plataforma republicana Trump 2016 marcó para siempre la historia de las campañas en los Estados Unidos, especialmente en lo que respecta a los medios digitales. Y no es algo de poca importancia, ya que se realizó después de dos elecciones de Barack Obama, en 2008 y 2012, ambas vencidas con uso intensivo de internet.

En realidad, la historia de internet en las elecciones estadounidenses ya es bastante larga

En realidad, la historia de internet en las elecciones estadounidenses ya es bastante larga. En1998, el luchador Jesse Ventura, un outsider de la política en ese momento, fue elegido gobernador de Minnesota por el Partido Reformista, antiestablishment, con el uso intensivo de su red de e-mails, creada alrededor de la comunidad de luchadores y de eventos de lucha. La red se utilizó para promover encuentros de campaña y actos electorales en el estado.

En 2000, el comité de campaña de Gore-Liberman desarrolló un chat en línea para interactuar con los votantes. En ese momento, fue una innovación en las campañas presidenciales. Cuatro años después de su reelección, el republicano George W. Bush abrió un canal de preguntas y creó el famoso sitio web “Kerry Gas Tax Calculator”, que calculaba, por la cantidad de litros, cuanto más costaría la gasolina con el plan del oponente, que quería aumentar los impuestos sobre el combustible.

Una manera simple de ver la importancia creciente de internet en las campañas presidenciales estadounidenses es “seguir el dinero”. En 2000, el senador republicano John McCain hizo una campaña y recaudó a través de internet USD 500 mil en 24 horas. En total, McCain recaudó en su campaña presidencial de ese año USD 6,4 millones por medio de internet, lo que representó el 25% de lo que se gastó en toda la campaña.

En 2003, en la campaña de las elecciones primarias demócratas, Howard Dean y su red de blogs (Dean Nation, Change for América, Howard Dean Call to Action y Blog for América) recaudaron USD 20 millones a través de internet, lo que representó el 40% de los gastos de campaña. John Kerry, quien terminó siendo el candidato del partido, recaudó en línea USD 89 millones en 2004, lo que representó el 33% de todos sus gastos.

En 2008, Barack Obama llevó los números a otro nivel. Su primera campaña presidencial recaudó USD 750 millones, un récord histórico en los Estados Unidos, y más de la mitad de lo que obtuvo oponente republicano, John McCain. Del total, Obama recibió USD 500 millones a través de internet y más de USD 400 millones a partir de lo que la campaña denominó “esfuerzo digital”, es decir, cuando la donación se produce después de una comunicación por medio del correo electrónico, las redes sociales, el teléfono celular o el contacto con el elector a través de alguno de los sitios web de la campaña. En 2008, Barack Obama tuvo 3,95 millones de donantes únicos.

En 2012, el modelo de la campaña de Obama se repitió, pero con mucha más gente en línea. Para tener una idea, el día de las elecciones, en 2008, el demócrata tenía un poco más de dos millones de "amigos" en Facebook. Cuatro años después eran 32 millones. En Twitter tenía 125 mil seguidores el día de las elecciones y 22 millones en la reelección. A pesar de la gran recaudación republicana en 2012 (la plataforma de Mitt Romney superó los USD 990 millones), la escena principal se producía del lado demócrata: Barack Obama se convirtió en el primer candidato presidencial estadounidense de mil millones de dólares, con una recaudación de USD 1072,6 millones, 4,4 millones de donantes y más de USD 500 millones obtenidos mediante el “esfuerzo digital”.

Cuatro años más tarde, en 2016, la campaña victoriosa de Donald Trump y sus estrategias de comunicación digitales generaron una relativa preocupación sobre el impacto de la web en los contextos electorales y en la democracia en general. Por ejemplo, la campaña actuó de manera polémica con respecto a la calidad de la información que circuló en la esfera pública durante la contienda. Además, la campaña fue marcada por el éxito de formas cuestionables de discurso en el ambiente digital, por el uso de datos ilegales y por la posibilidad de haber sido favorecida por influencia externa.

En las redes sociales, la campaña de Donald Trump se caracterizó, como dijimos, por la elección de Brad Parscale para conducir las acciones en ese terreno. Parscale es conocido como el primer consultor “puramente digital” en liderar una importante campaña presidencial en los Estados Unidos y centró su estrategia en la importancia de Facebook, incluso por encima de los anuncios en televisión.

El estratega dirigió un esquema fordista de producción de memes. El equipo dividió la producción de los recursos (texto, imagen, video y enlaces) de manera tal que fueran capaces de crear un gran número de variaciones y distribuirlas de manera automatizada en las redes sociales. Un comentarista tradicional de las elecciones en los Estados Unidos afirmó que nunca había visto una campaña política que construyera un sistema para Facebook de la misma magnitud que el de Trump en 2016.

Sin embargo, un dato polémico del sistema desarrollado, como ya señalamos, fue el uso de los llamados dark posts, o sea, publicaciones que no aparecen en la página oficial de la campaña en Facebook, sino solamente se muestra a los destinatarios específicos del post. Para la plataforma de Trump fue particularmente importante el envío de determinados mensaje de contenido negativo sobre Hillary Clinton a ciertos grupos de electores más propensos a votar a los demócratas, como mujeres, negros y trabajadores industriales en algunos estados clave. Los mensajes se enviaron con el fin de desmovilizar a esos grupos para evitar que votasen en la candidata demócrata.

En ese contexto, más de la mitad del gasto de la campaña de Trump en medios de comunicación se concentró en los medios digitales. La plataforma republicana gastó y recaudó en total menos que Hillary Clinton: los demócratas recaudaron USD 1191 millones y los republicanos 646,8 millones, pero Trump invirtió en Facebook más que la candidata demócrata.

Las estimaciones indican que los mensajes de la campaña de Trump fueron tres veces más retuiteados y cinco veces más compartidos en Facebook que los mensajes de Hillary Clinton. Uno de los puntos destacados de la estrategia en las redes sociales fue la mayor capacidad de los republicanos de controlar la pauta del noticiero (set the news agenda). De acuerdo con un ejecutivo de la campaña, una de las principales estrategias de Trump fue “mantener las cosas tan rápidas y hablar tan alto, literal y metafóricamente, de modo que los medios de comunicación y la gente no pudiesen acompañarlo”.

Casos como la imitación de Trump de un periodista discapacitado del New York Times, su cuestionamiento al pasado militar de John McCain, o incluso las acusaciones de acoso sexual en su contra, que podrían haber minado cualquier campaña en otros contextos, no se consolidaron en la agenda movida por la “comunicación rodillo compresor” de Donald Trump.

No es de extrañar que el uso de Twitter por parte del candidato (y, más tarde, por el presidente) tenga un papel central en su comunicación, lo que permitió que Trump tuviese un contacto directo con el público sin el filtro del periodismo y los periodistas

No es de extrañar que el uso de Twitter por parte del candidato (y, más tarde, por el presidente) tenga un papel central en su comunicación, lo que permitió que Trump tuviese un contacto directo con el público sin el filtro del periodismo y los periodistas.

Además, la plataforma hizo un uso intensivo de bots (automated social media accounts), robots usados para impulsar publicaciones artificialmente. Como afirmó un comentarista, los robots terminan “fabricando consensos” al amplificar artificialmente el tráfico alrededor de un candidato o un tema. El Oxford Internet Institute encontró pruebas de una cantidad mucho mayor de contenido favorable a Trump y propaganda contra Hilary Clinton diseminados de manera automática. De acuerdo con un informe del Instituto, la proporción de mensajes automáticos de Trump con relación a los disparados por la campaña de Hillary fue de 5 a 1. Con eso, la campaña republicana también lograba que su contenido de las redes sociales fuera cubierto constantemente por el periodismo estadounidense. Se estima que, en general, Trump tuvo una cobertura periodística por lo menos un 15% mayor que Hillary Clinton durante el período electoral.

Al mismo tiempo, la estrategia de la campaña de Trump para las redes sociales estuvo conectada a una estrategia de Big Data, en especial a partir de la contratación de la empresa Cambridge Analytica. Según el sitio web de la empresa, que cerró en 2018, Cambridge Analytica (CA) era una “empresa de comunicación estratégica” cuya misión era “usar datos con el fin de modificar el comportamiento del público”. Nacida de un modelo creado en la Universidad de Cambridge por Michal Kosinski, por medio del cual se analiza el perfil del usuario a partir de rastros que este deja en el mundo digital, CA almacenaba perfiles de electores en grandes bancos de datos y a través de dicha información ofrecía “encaminamiento psicológico individual”. Creada en 2013, la empresa participó de 44 campañas en los EE. UU. hasta que, en junio de 2016, fue contratada por la campaña de Trump para asumir todas las operaciones con los datos.

Además de ayudar a dirigir los mensajes, CA identificó para el equipo de la campaña qué tipo de mensajes estaba causando impacto y dónde, de modo que eso ayudó a definir el calendario de viajes del candidato. En caso de que hubiera una gran cantidad de mensajes, me gusta o publicaciones compartidas de un artículo, por ejemplo, sobre la inmigración, en cierto condado de Pensilvania, la campaña colocaba el lugar en la agenda de viajes de Trump y el candidato hacía en ese lugar un discurso sobre el tema.

En el modelo electoral de los Estados Unidos, en el que un puñado de swing states puede definir el resultado general, la importancia de esa estrategia no debe despreciarse. Como se hizo público, Cambridge Analytica cerró sus puertas después del escándalo de la fuga ilegal de información de 50 millones de ciudadanos estadounidenses en Facebook, noticia dada a conocer por el diario británico The Guardian, en 2018.

Pero no fueron solamente dark posts, robots y Big Data los elementos que marcaron la campaña de Donald Trump en 2016. Otro punto importante fueron las fake news. Es verdad que, desde que el tema se volvió público, se instaló una gran controversia alrededor del término fake news, que muchos autores consideran equivocado y prefieren denominar al fenómeno “desinformación”. Desde la perspectiva presentada en este artículo, hay dos tipos de problemas, ya que las fake news son informaciones falsas en formato periodístico, originadas en sitios web que falsean la identidad periodística. Por otro lado, desinformación es aquella información falsa o controvertida sin fuente propiamente dicha o firmada por fuentes falsificadas.

En julio de 2016, por ejemplo, un sitio web de noticias falsas llamado WTOE 5 News publicó en su sitio y compartió en Facebook una noticia que decía que el Papa Francisco había demostrado un “inequívoco apoyo” a Donald Trump para la presidencia de los Estados Unidos. La publicación, tal vez la fake news más representativa del momento, fue compartida más de un millón de veces.

Además de difundirse principalmente por las redes sociales, las fake news parecen, al menos en el contexto de 2016 en los Estados Unidos, más vinculadas a los electores conservadores. Se estima que hubo al menos 40 millones noticias falsas compartidas en Facebook durante esas elecciones, con tres veces más noticias falsas favorables a Trump que favorables de Clinton. Además, las estimaciones sugieren que las noticias falsas favorables a Trump fueron compartidas cuatro veces más que las noticias falsas favorables a Clinton.

Un investigador del fenómeno llegó a sugerir que las fake news más populares pueden haber sido más compartidas que las noticias reales en 2016, y que el 75% de los adultos estadounidenses que tuvieron contacto con una noticia falsa creyeron que era verdadera. Donald Trump retuiteó un reportaje falso que indicaba que su apoyo entre los trabajadores de la industria norteamericana (blue-collar workers) era el mayor entre todos los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos desde Franklin Roosevelt. Eric Trump, Kellyanne Conway y Corey Lewandowski, todos vinculados al candidato, retuitearon un reportaje del sitio web de noticias falsas abcnews.com.co que afirmaba que Hillary Clinton había contratado gente para causar tumulto en los actos de la campaña de Trump.

En Brasil, el uso de los medios digitales en las campañas electorales tampoco es reciente, así como la utilización de robots o la presencia de noticias falsas, que ya aparecieron en pleitos o eventos políticos anteriores, como las manifestaciones de 2013 o el asesinato de la concejala de la ciudad de Rio de Janeiro Marielle Franco, en marzo de 2018. De hecho, a partir de 2010 se inicia en el país la llamada segunda fase de las campañas en línea, caracterizada por el fin de las restricciones legales y el uso intensivo de los recursos digitales.

Brasil llega a las elecciones de 2018 con más de 110 millones de ciudadanos con acceso a internet, ocupando el tercer lugar entre los países con mayor número de usuarios de Facebook y Twitter y el sexto lugar entre los países con mayor número de usuarios de Twitter. Además, para 2108 las restricciones legales a las campañas en línea se redujeron a partir de las nuevas reglas editadas por el Congreso Nacional en 2017 (Ley 9.504/97), que pasaron a permitir el llamado “impulso de contenido” como forma de propaganda pagada en internet.

En ese contexto, uno de los elementos digitales que llamaron la atención fueron los robots. Un informe publicado entre la primera y la segunda vuelta de la contienda electoral señaló que las interacciones generadas por robots en Twitter alcanzaban el 10,4% del total, con 13,8% entre los seguidores de Bolsonaro. Los robots favorables a ese candidato fueron responsables por el 70,7% de las interacciones automatizadas en ese momento en Twitter. En ese punto del proceso electoral había un promedio de 1,5 millones de tweets por día sobre los candidatos. Entre el 10 y el 16 de octubre hubo 852 300 publicaciones de robots, 602 500 en la base de apoyo de Bolsonaro, según la Dirección de Análisis de Políticas Públicas de la Fundación Getúlio Vargas (DAPP/FGV).

Con relación a las fake news, en Brasil aparecen más vinculadas a WhatsApp que a Facebook y son más caracterizadas como “desinformación” que como “noticia falsa”.

Con relación a las fake news, en Brasil aparecen más vinculadas a WhatsApp que a Facebook y son más caracterizadas como “desinformación” que como “noticia falsa”. Un monitoreo realizado por el periódico El País, en septiembre de 2018, en tres grupos públicos de WhatsApp favorables a Jair Bolsonaro afirma que dos de ellos distribuían desinformación de manera notable. En la ocasión había por lo menos 100 grupos públicos de WhatsApp favorables al candidato.

Entre los casos que se hicieron públicos, todavía durante el período electoral, están el supuesto fraude en las urnas electrónicas en la primera vuelta; la relación de Manuela D'Ávila (PCdoB), candidata a vicepresidenta de Fernando Haddad (PT), con Adélio Bispo de Oliveira, el criminal que atentó contra Bolsonaro acuchillándolo en plena campaña; la acusación de que el candidato Fernando Haddad había hecho apología del incesto en uno de sus libros; la acusación realizada por Joice Hasselmann, en ese momento candidata a diputada federal, de que un importante medio de prensa habría recibido R$ 600 millones para atacar la candidatura de Jair Bolsonaro; el texto divulgado por Eduardo Bolsonaro indicando que el grupo de Facebook “Mujeres unidas contra Bolsonaro” habría comprado su base de más de un millón de usuarios en una página cualquiera preexistente; y el polémico kit gay, presentado por el propio Jair Bolsonaro en una entrevista en el noticiero nacional de la cadena Globo. En esa ocasión, Bolsonaro se refirió al libro “Guía sexual para chicos y chicas (súper) modernos”, escrito por "Hélène Bruller y Zep e ilustrado por el dibujante Phillipe Chappuis, afirmando que habría sido distribuido en las escuelas públicas brasileñas por el Ministerio de Educación.

En el contexto brasileño no se utilizó una táctica de propaganda en Facebook, como se hizo en la campaña de Donald Trump. No hay indicios de una gran campaña de anuncios pagados por la candidatura de Bolsonaro, ni incluso acciones relevantes de microdirección en esa red social En realidad, lo político llega a las elecciones de 2018 con un posicionamiento consolidado en Facebook, trabajado a lo largo de los años, y muy superior al de sus oponentes.

Un estudio que realizamos en la PUC-Rio en 2014, por ejemplo, determinó el número de publicaciones y el promedio de interacciones en Facebook de ocho diputados federales del estado de Rio de Janeiro en campaña en ese momento, entre ellos Jair Bolsonaro. En nuestro análisis, Bolsonaro presentó un promedio de interacciones (me gusta, comentarios, publicaciones compartidas) 29 veces mayor que el posicionado en segundo lugar de la lista, con, en esa época, casi 30 mil interacciones por publicación. Durante las elecciones de 2018, según la DAPP/FGV, la campaña de Jair Bolsonaro logró alcanzar en una única transmisión un pico de 1,3 millones de interacciones y 6,6 millones de visualizaciones.

Así, a diferencia del contexto estadounidense de 2016, cuando Facebook fue el centro de la campaña de Donald Trump, WhatsApp alcanzó una relevancia mayor en Brasil en 2018. La aplicación de intercambio de mensajes cifrados, sin embargo, no ofrece publicidad. En esa red, el mensaje (en teoría) solo se propaga si los usuarios reenvían espontáneamente el contenido. Además, la legislación electoral prohíbe el envío de mensajes masivos y a números que no fueron voluntariamente cedidos a las campañas. En red, esa infraestructura de propaganda se vuelve eficiente desde el punto de vista de la comunicación cuando hay una coordinación entre los administradores de los grupos y la militancia voluntaria.

Con relación a la campaña de Jair Bolsonaro, hay discusiones académicas y legales sobre la creación de grupos gigantes de militantes, en paralelo con un sistema de herramientas sofisticadas financiadas (ilegalmente) por empresarios brasileños. En ese contexto, el periódico Folha de São Paulo publicó el 18 de octubre de 2018, entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones, la noticia de que algunos empresarios estaban financiando campañas a favor de Bolsonaro por WhatsApp, con contratos de hasta R$ 12 millones. Un año más tarde, el periódico de São Paulo publicó una declaración oficial de la propia aplicación diciendo que durante la elección brasileña actuaron “empresas que realizaron envíos masivos de mensajes, que violaron nuestros términos de uso para alcanzar un gran número de personas”. Hoy el caso está en trámite en el Tribunal Superior Electoral (TSE).

Cabe destacar que no se trata de decir que Jair Bolsonaro fue elegido por causa del WhatsApp, o que Donald Trump llegó a la presidencia por causa de Facebook o las fake news. Elecciones de figuras políticas como Bolsonaro y Trump no se explican con pocas variables. Hay numerosos elementos por detrás de esas victorias que abarcan los campos de la política y la democracia, la economía, los valores sociales, familiares e individuales, etc., y todo eso en un sistema de comunicación fragmentado y complejo, compuesto por un número variado de actores y medios de comunicación. Bolsonaro, por ejemplo, no fue solamente fuerte en términos de presencia digital (en WhastApp, Facebook y Twitter), sino que también obtuvo una amplia cobertura en los noticiarios de la televisión y en los medios de comunicación en general con el episodio de la puñalada. Además, se benefició del rechazo al Partido de los Trabajadores (PT), vinculado a los escándalos de corrupción y la operación Lava Jato.

De cualquier manera, los medios digitales son, sin duda alguna , un elemento nuevo que afecta de forma significativa las campañas electorales y, en realidad, la propia política y la democracia. No es de extrañar que las campañas en línea haya sido un importante objeto de estudio de investigadores del área de Comunicación Política en Brasil y en todo el mundo. Pipa Norris, por ejemplo, de la Universidad de Harvard, sugiere la idea de “campañas posmodernas” o “comunicación política posmoderna”. Mientras durante el período moderno la televisión fue el centro de la comunicación política, con la profesionalización del marketing político y la creciente importancia de las encuestas de opinión, todo eso pensado estratégicamente a partir de un centro de comando, la posmodernidad presenta un sistema de campaña permanente, un ambiente múltiple y variado y fragmentado de medios y actores y un electorado de comportamiento más volátil.

Philip Howard, del Oxford Internet Institute, clasifica las campañas electorales actuales como “hipermediáticas”, cuya característica central sería el uso de datos. Las campañas “hipermediáticas” se desarrollan en los medios digitales con anuncios dirigidos distribuidos a través de internet. En este contexto, el ciudadano que tradicionalmente consume contenido político se convierte también en un potencial productor y propagador de mensajes. Una campaña hipermediática distribuye contenido seleccionado para públicos seleccionados y la propaganda informática es uno de sus elementos principales, con un uso intensivo de datos de los electores.

La “hipermediatización expandida” constaría, entonces, de una campaña permanente con uso de datos y redes sociales en medio de una complejidad mediática que exige diversos tipos de comunicación política (premoderna, moderna y posmoderna), administrados de modo independiente, pero coordinados como un todo de manera complementaria. Datos recogidos por los investigadores del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología para la Democracia Digital (INCT.DD), a partir de números del Tribunal Superior Electoral (TSE), muestran que los gastos en comunicación de los candidatos a diputado federal en Brasil en 2018 fueron de casi R$ 15 millones en impulso de contenido en medios digitales, pero hubo un gasto de R$ 140 millones en publicación de material impreso, que incluye las famosas prospectos pequeños conocidos como “santinho”, y más de R$ 80 millones de gastos en militancia y movilización callejera.

¿De qué manera este tipo de comunicación política puede afectar la democracia? ¿Qué consecuencias puede traer para los procesos democráticos en Brasil y en el mundo?

¿De qué manera este tipo de comunicación política puede afectar la democracia? ¿Qué consecuencias puede traer para los procesos democráticos en Brasil y en el mundo? En 1927 se publicó una serie de conferencias dictadas por el filósofo norteamericano John Dewey un año antes en el Kenyon College, en Ohio, bajo el título “The Public and its Problems” (La opinión pública y sus problemas, en su traducción al español). En dicha obra, Dewey presenta la importante noción del “eclipse del público”.

Según el filósofo, la complejidad del mundo moderno y sus múltiples maneras de afectar a las sociedades habrían eclipsado el “público”, para Dewey, el elemento central del autogobierno democrático. Perdido en la dinámica multifacética de la vida moderna, el “público” no logra formarse en la deliberación sobre los intereses “comunes”, por lo que no constituye una “comunidad política” de hecho. El fenómeno provocaría perjuicios para la democracia a partir de la idea de la separación entre la política y el desarrollo social de la modernidad.

Casi cien años después, la formación del “público”, que propone y debate sus problemas comunes, parece seguir siendo un problema. Sin embargo, hoy tal vez esto se deba menos a la complejidad de la vida moderna y más a su fragmentación o “clusterización” en múltiples y variados minipúblicos. No se trata de cámaras de eco o burbujas, que están más relacionadas con el aspecto informativo del ciudadano. Se trata de comunicación disruptiva que construye comunidades políticas que se conectan poco, y que muchas veces construyen realidades políticas paralelas. De tan poco interdependientes, esas realidades se tensan cuando se encuentran en el espacio público, muchas veces derivando incluso en situaciones violentas. Ese es el fenómeno que aquí denominamos “disrupción de la esfera pública”.

De hecho, durante la era moderna de la comunicación política, una de las principales preocupaciones de la filosofía fue la famosa “tiranía de la mayoría”, cuando la mayor parte de los ciudadanos, por constituir una mayoría, podría imponer perjuicios democráticos a una minoría. En el contexto de la democracia de masas centrada en la televisión y en encuestas de opinión pública, cuanto más clara es la mayoría, mas los políticos adaptan sus posicionamientos y su discurso a ese mayor número de electores. En ese modelo, poco importa lo que se piensa sobre cualquier cuestión a no ser lo que piensa la mayoría, lo que no necesariamente puede ser lo más correcto, como sugirió en 1922 otro importante filósofo estadounidense, Walter Lippmann.

Hoy, el peligro viene menos de que la política siga a las mayorías y más de la capacidad de ciertos agentes políticos de crear sus propias minorías por medio de la comunicación política digital dirigida. Básicamente, no importa que la mayor parte de la población sea contra la desregulación de las armas, por ejemplo, lo importante es que, finalmente, el político reúna un gran número de minorías a su alrededor en el momento de la contienda. De esa manera es posible reunir a los interesados en la preservación de los valores de la familia con quienes apoyan la desregulación de las armas; los ultraliberales en economía con quienes son contrarios a lo políticamente correcto, las políticas de género progresistas o incluso al discurso de conservación del medio ambiente. Con relación a la democracia, la amenaza hoy no es más la tiranía de la mayoría. El peligro hoy proviene de la tiranía de las minorías fabricadas a través de la comunicación política digital.

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Traducción del original portugués: Jorge Davidson.

El presente trabajo se realizó con el apoyo de la Coordinación de Perfeccionamiento de Personal de Nivel Superior (CAPES) - Código de financiación 001.

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