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¿Por qué, si somos parte de la naturaleza, no actuamos en consecuencia?

Negar nuestra interconexión nos perjudica a todos, tanto a nivel individual como colectivo. English

Osbert Lancaster
20 January 2020
Pixabay/Fotos gratis. Licencia de Pixabay.

La mayoría de nosotros pasamos la mayor parte de nuestro tiempo en interiores y en espacios urbanos dominados por edificios, vehículos y otras infraestructuras construidas por los seres humanos. Cuando pensamos y hablamos de la "naturaleza" lo hacemos como si fuera algo diferente, en otro lugar. A menudo lo vemos como un lugar para visitar, para la recreación y la relajación, o un ecosistema que debemos manejar para que nos proporcione alimentos, agua potable, aire fresco y otros "servicios".

Si lo miramos con perspectiva, esto no es normal. Ha sido sólo muy recientemente en nuestra historia evolutiva que hemos llegado a negar, por la forma en que vivimos y pensamos, que somos parte de la naturaleza. Esta negación nos está enfermando física y mentalmente, y ha hecho que estemos más centrados en nosotros mismos y menos en los demás, además de disminuir nuestro sentido de significado. Esto también nos está llevando al fracaso, puesto que nos pone frente al cambio climático, al colapso ecológico y a otros desafíos importantes.

El trabajo de Jules Pretty y sus colegas de la Universidad de Essex nos recuerda que, aunque nuestra forma de vida ha cambiado radicalmente desde que los humanos modernos evolucionaron hace unos 200.000 años, nuestros cuerpos y cerebros son los mismos. Los seres humanos evolucionaron en ambientes donde la incidencia de situaciones peligrosas, ya sea una serpiente venenosa o el ataque de otras especies era, en realidad, muy baja. Cuando estábamos amenazados, al igual que otros animales, nuestra respuesta era huir o luchar elevando, junto con otros cambios fisiológicos, nuestro ritmo cardíaco.

Sin embargo, en el mundo moderno, esa parte de nuestro cerebro que responde a las amenazas siempre está sobre estimulada por el estrés y la ansiedad. Nuestros trabajos están dominados por las presiones de la productividad, con plazos e interrupciones incesantes. Nuestros viajes al trabajo, ya sea en coche o en transporte público, están llenos de frustraciones, conflictos y retrasos. Mientras tanto, nos bombardean a través de nuestros teléfonos, computadoras y televisores con noticias de desastres, guerras, atrocidades, odio y luchas políticas que avivan nuestros temores.

Como resultado, en este mundo moderno, nuestros cuerpos de la "edad de piedra" están constantemente en alerta; los diversos neurotransmisores y hormonas inducidas por el estrés se liberan con mucha más frecuencia de lo normal, afectando nuestras vísceras, nuestro sistema inmunológico, nuestros corazones. La solución es simple. Necesitamos pasar más tiempo afuera; la evidencia de los beneficios para la salud y el bienestar es sólida y muy amplia.

La psicología social de los valores nos puede ayudar a explicar por qué nuestra falta de tiempo pasado en lugares más silvestres nos hace más centrados en nosotros mismos y nos hace aceptar menos a los demás, mientras disminuye nuestro sentido del significado. Entre otros investigadores, Shalom Schwartz, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha demostrado que cada uno de nosotros, en todas las culturas, compartimos los mismos valores fundamentales – en total unos cincuenta, que van desde "la unidad con la naturaleza" y "la igualdad" hasta "la preservación de mi imagen pública" y "el orden social". Estos son priorizados y se activan en patrones predecibles que responden al entorno en el que nos encontramos, los medios de comunicación a los que estamos expuestos y la cultura en la que vivimos.

Si nos vemos amenazados, nuestros valores nos llevan a cuidar de nosotros mismos y de nuestra familia inmediata; si estamos en lugares pacíficos y frondosos, que en el pasado habrían significado abundancia y seguridad, nuestros valores nos llevan a sentirnos en armonía con nosotros mismos y con el resto de la creación. Los valores asociados a la creatividad también se activan en estas situaciones, quizás porque tenemos la libertad de probar nuevas ideas sin riesgo de quedarnos sin alimentos o de sufrir ataques.

Podemos reconocer que formamos parte de la naturaleza pasando más tiempo al aire libre, especialmente en ambientes similares a aquellos en los que evolucionamos. Esto nos hace más sanos y felices, con posibles repercusiones en nuestras familias, comunidades y lugares de trabajo. Además de ayudarnos a enfrentarnos al mundo moderno, pasar tiempo al aire libre también tiene el potencial de ayudarnos a enfrentar los grandes desafíos de nuestros tiempos.

La vida comenzó a dar forma a la Tierra en el momento en que nació. Las primeras formas de vida comenzaron a alterar la acidez de los océanos, y más tarde la evolución de los organismos fotosintéticos empezó a liberar el oxígeno que respiramos hoy en día. Las rocas y la arena de nuestro planeta primitivo se transformaron con el tiempo en tierras fértiles a causa de microorganismos y, más tarde, por hongos, plantas, lombrices y otros animales. Más recientemente, la coevolución de los pastos y los animales que pastan mantuvo a los árboles en línea, creando praderas y sabanas que, de otro modo, estuvieran cubiertas por bosques.

Los humanos no han sido la excepción. Por ejemplo, los primeros seres humanos alteraron involuntariamente la fertilidad y la mezcla de especies de las selvas tropicales a través de su papel en la extinción de la megafauna prehistórica como los armadillos gigantes de América del Sur. Las personas han estado gestionando activamente - y alterando - los bosques, las sabanas y otros paisajes durante al menos 45.000 años. Podemos imaginar que algunas sociedades humanas sobre-utilizaron y degradaron su entorno local y luego se extinguieron o se trasladaron a nuevos lugares, mientras que otras culturas encontraron formas de vivir en armonía con la tierra, sus plantas y sus animales.

Normalmente se toma como una muestra de victoria y superioridad el hecho de que nuestro estilo de vida moderno, basado en la agricultura y la producción industrial y sostenido por los combustibles fósiles, se haya extendido por todo el mundo. Si admitimos el daño que ahora sabemos que esto está causando al clima y a la biodiversidad, tal vez sea la hora de ver este aparente éxito como un fracaso - el fracaso de no haber encontrado una manera de vivir en armonía con el resto de la vida en la Tierra. No es coincidencia que Elon Musk, uno de los hombres más ricos de la Tierra, esté buscando abandonar este degradado planeta y mudarse a Marte.

Tampoco es una coincidencia que la visión dominante del mundo vea la naturaleza como algo separado de nosotros, como algo ajeno - como recursos, activos o capital para ser administrados y controlados para el beneficio de los humanos. Esto contrasta completamente con la forma en que la mayoría de las culturas indígenas se ven a sí mismas, como parte de una comunidad de seres que puede incluso extenderse más allá de las plantas y animales para incluir montañas y ríos. Muchas culturas indígenas han encontrado maneras de vivir en armonía con el resto de la naturaleza, incluyendo adaptarse a los cambios ambientales y climáticos durante siglos, tal vez milenios. Esto suena como un verdadero éxito que tenemos que emular.

La visión dominante del mundo, que consiste en afirmar que estamos separados de la naturaleza, surgió recientemente con relación a la evolución de la cultura humana. Las razones son complejas, pero el crecimiento de la ciencia desde el 1500 ha sido central. Como resultado, hemos llegado a analizar y a concebir el resto de la naturaleza de formas totalmente distintas a las originales, como si fuese algo que podría ser separado en diferentes piezas para ser estudiado individualmente, y finalmente controlado para ponerlo al servicio de la humanidad. Con el tiempo, esta perspectiva se extendió más allá de la comunidad científica para convertirse en un supuesto central, a menudo tácito, en el corazón de la forma tradicional de ver el mundo.

No hay duda de que la ciencia y la tecnología han aportado muchos beneficios reales. También es cierto que nuestra dependencia física del "mundo natural" y la necesidad de vivir dentro de los límites ecológicos son reconocidas cada vez más en los medios de comunicación, la política y la elaboración de políticas. Hay muchas iniciativas valiosas, que reflejan esta dependencia y que ofrecen un potencial real de cambio positivo, como el concepto de economía circular.

Pero a pesar de este progreso, las estrategias dominantes frente a los desafíos del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y otros, han caído en la trampa de tratar de resolver los problemas utilizando el mismo pensamiento que los causó. Casi indistintamente, las políticas gubernamentales, las campañas de las ONG y las iniciativas empresariales sostienen que debemos controlar y gestionar la naturaleza en función de los beneficios que nos aporta. Aun cuando reconocen nuestra dependencia de la naturaleza, abordan los síntomas en lugar de las causas fundamentales de nuestros problemas - creyendo y comportándose como si estuviéramos separados de la naturaleza.

Para lograr un verdadero progreso debemos cambiar, no sólo nuestra mentalidad racional, sino también cómo nos sentimos emocionalmente, y creer psicológicamente que somos parte de la naturaleza. Esto no significa abandonar los métodos y conocimientos científicos; pues siguen siendo importantes. Pero necesitamos emprender y aplicar la ciencia dentro de la “recuperada” visión del mundo - la realidad - de que somos verdaderamente parte de la naturaleza. Sólo este cambio nos permitirá actuar con humildad y sabiduría, para encontrar formas de prosperar en armonía con el resto de la naturaleza.

El surgimiento de esta visión del mundo en la sociedad requerirá un cambio en la cultura y en las estructuras sociales. Sin embargo, pasar largos períodos de tiempo en lugares silvestres puede llevar a que adoptemos cambios transformadores en las relaciones de los individuos con la naturaleza. Dada la larga tradición en muchas culturas de pasar tiempo en lugares silvestres y remotos en busca de nuevos conocimientos y nuevas formas de pensar, esto no debería ser una sorpresa.

John Muir llevó al Presidente Roosevelt a acampar en el Yosemite. La experiencia directa de Roosevelt con la naturaleza fue transformadora y llevó a la creación del Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos y al desarrollo de la conservación moderna de la naturaleza. Es por eso que en Natural Change creamos oportunidades de experiencias transformadoras en la naturaleza para los líderes en la sociedad. Sabemos por experiencia que tales líderes continúan usando su influencia para crear el cambio cultural y social que el mundo necesita con tanta urgencia.

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