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¡Seremos fieles a tu legado, Comandante Fidel Castro!

La muerte de Fidel Castro ha provocado un polarizado debate sobre el valor de su legado e internacionalismo. Para muchos en América Latina, permanecerá como una referencia incuestionable, que merece cualquier reverencia. English

Francisco Dominguez
9 December 2016
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Castro (a la izquierda), Che Guevara (centro) y otros destacados revolucionarios, marchando por las calles en protesta por la explosión de La Coubre, 5 de marzo de 1960. Dominio Público.

“Un gran hombre es grande no porque sus cualidades personales den características individuales a grandes acontecimientos históricos sino porque posee cualidades que le hacen más capaz de servir a las grandes necesidades sociales de su tiempo, necesidades que surgieron como resultado de causas generales y particulares.” 

GV Plejanov.

Mientras que algunos de los principales medios de comunicación se esfuerzan sin éxito en enlodar la imagen de Fidel Castro, miles y miles de mensajes llegan a Cuba literalmente desde todo el mundo para rendirle homenaje.

El hecho es que, tras una larga y grave enfermedad en 2007, cuando tenía 80 años, Fidel se dio cuenta de que lo inevitable estaba inscrito en un futuro próximo y, siendo un consumado líder político, siempre adelante de los acontecimientos, preparó el terreno para su salida definitiva que, tristemente, ocurrió el pasado viernes 25 de noviembre.

En 2008 dimitió de todos sus roles oficiales y políticos en el estado cubano, conduciendo la revolución a una transferencia sin sobresaltos del poder político. Lo hizo para eliminar cualquier posible perturbación o desestabilización que su muerte pudiera haber causado a la revolución si hubiera ocurrido mientras estaba en el poder.

Superficiales comentaristas de la derecha predijeron el final de la revolución cuando estuvo gravemente enfermo, y nuevamente, cuando entregó formalmente el poder. Se equivocaron en ambas ocasiones. Y las predicciones actuales de que su partida llevará al fin del socialismo cubano también son erradas. Los 50 años revolucionarios de Fidel de desafío y resistencia a la arrogancia y agresión imperialistas de Estados Unidos es su legado no sólo a la revolución cubana, sino a la humanidad.

En el mundo contemporáneo nadie simboliza mejor el espíritu revolucionario moderno que Fidel. Desde sus primeras incursiones en la política parecía haber estado imbuido de una fe casi demente, al borde de lo irracional, en la victoria de sus acciones, muchas de las cuales se llevaron a cabo en condiciones extraordinariamente adversas

Fue con este espíritu que organizó y dirigió el ataque militar contra el cuartel Moncada en Santiago de Cuba en la fecha ya histórica del 26 de julio de 1953, cuando aún no tenía 27 años.

El ataque fue un gran riesgo, involucrando a 137 combatientes mal equipados y mal entrenados contra una de las guarniciones militares más grandes y mejor armadas del país, con más de 500 soldados.

Los insurgentes de Fidel se enfrentaron a un poder de fuego muy superior con una pequeña posibilidad de éxito, pero sólo si el factor sorpresa funcionaba, que no funciono.

Tras su captura luego del ataque, Fidel corrió el riesgo de defenderse a sí mismo en el juicio subsiguiente, en un contexto político dominado por la intensamente represiva dictadura de Batista. En octubre de 1960, el entonces senador John F. Kennedy señaló: “Fulgencio Batista asesinó a 20.000 cubanos en siete años -una proporción mayor de la población cubana que la proporción de norteamericanos que murieron en ambas guerras mundiales- y convirtió a Cuba democrática en un estado policial, destruyendo toda libertad individual”.

Este contexto aterrador da una medida de la audacia de Fidel en emprender su propia defensa legal y política. Su discurso final de defensa, "La historia me absolverá", se convertiría quizá en una de las declaraciones políticas más impresionantes sobre por qué Cuba no sólo necesitaba una revolución, sino cuáles eran sus bases intelectuales, morales, históricas, sociales y políticas.

En su discurso Fidel pronunció la máxima que ha informado toda su política: “Ningún arma, ninguna fuerza es capaz de derrotar a un pueblo que ha decidido luchar por sus derechos”. Además, encontramos en ese discurso un programa post-Batista completo de transformaciones estructurales. Fue un rasgo que iba a informar su larga carrera política: coherencia entre retórica, principios y la acción práctica.

La aventura del Moncada, y la excepcional actuación política de Fidel en el juicio, le catapultaron a la prominencia nacional, de la que sacó la lección política clave de su visión política: audacia, independientemente de las probabilidades de éxito.

De ahí el campo de entrenamiento en México; su aparentemente descabellada expedición naval a Cuba en el yate Granma con 89 combatientes; el establecimiento del foco guerrillero en la Sierra Maestra con los 12 sobrevivientes del desastroso desembarco del Granma; y su inquebrantable convicción de que Cuba estaba madura para la revolución.

Esto continuó en la crisis de los misiles de octubre de 1962, cuando Fidel dirigió hábilmente a su país a través de uno de los momentos más peligrosos de la historia del siglo XX. Fue bajo su liderazgo político y militar que Cuba infligió la primera derrota del imperialismo estadounidense en América Latina el 17 de abril de 1961 en Bahía de Cochinos - una batalla que dirigió como comandante de campo desde un tanque en el propio teatro de guerra.

La visión de Fidel sobre la revolución se basa en una perspectiva de liberación desde el Tercer Mundo contra el imperialismo. Así, el internacionalismo de Fidel se basa en la necesidad de construir la más amplia unidad anti-imperialista en acción solidaria con las luchas de los pueblos de Asia, África y América Latina.

Sin embargo, la solidaridad para Fidel iba mucho más allá de declaraciones, incluso declaraciones de apoyo firmemente formuladas, ya que la llevó a niveles sin precedentes que en muchas ocasiones involucró la participación activa de decenas de miles de combatientes cubanos en operaciones sumamente complejas y peligrosas.

Fidel compartió el principio de Che Guevara de que “ser siempre capaz de sentir profundamente cualquier injusticia cometida contra cualquier persona, en cualquier parte del mundo” era “la más hermosa cualidad de un revolucionario”. El imperialismo norteamericano comprendió el significado altamente emancipador y contagioso de la revolución cubana y, por tanto, ha tratado de aplastarla desde el 1 de enero de 1959.

Bajo el liderazgo de Fidel, Cuba no sólo desarrolló la comprensión más sofisticada de América Latina en su conjunto, sino que también influyó fuertemente en las corrientes políticas más saludables de la región. La convicción latinoamericanista de Fidel lo llevó a dar apoyo político a Salvador Allende, incluso cuando el camino chileno parecía contradecir de lleno la estrategia cubana de la revolución armada.

Comprendió la naturaleza profundamente revolucionaria del gobierno de Allende, visitó Chile en 1971, y sus discursos todavía resuenan tan fuertemente como en aquel momento. Dirigió la revolución para dar apoyo a las revoluciones nicaragüense y granadina, provocando la ira de Estados Unidos.

A partir de los años sesenta, Fidel dio apoyo - generalmente en la forma de soldados y médicos - a las luchas revolucionarias en África, incluyendo los movimientos de liberación nacional en Argelia, Congo, Guinea-Bissau, Mozambique, Angola, Gana, Etiopía, África Central y Eritrea.

Luego del colapso del imperio portugués en África, Fidel tomó la decisión trascendental de enviar a miles de soldados voluntarios cubanos a Angola, dos veces.

Una vez en 1975, inclinó decisivamente la lucha anti-colonial tripartita en favor del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), garantizando así la independencia del país. La intervención de Cuba tuvo lugar cuando las tropas sudafricanas del apartheid entraron a toda velocidad en Angola para aplastar al MPLA. Así, a principios de 1976, la contribución de Cuba había ayudado, tanto a expulsar a los racistas sudafricanos de Angola, como al MPLA para ganar la guerra.  Un periódico africano escribió en ese momento: “África negra está montando la cresta de una ola generada por el éxito cubano en Angola. África negra está saboreando (...) la posibilidad de realizar el sueño de la liberación total.”

Luego, en 1987, Fidel, a petición del asediado gobierno del MPLA de Angola, que se enfrentaba nuevamente a un ataque militar total y a la invasión de decenas de miles de soldados de élite sudafricanos del apartheid, tomó la extraordinaria decisión de enviar 50.000 soldados. Defendieron a Angola en la invasión de Cuito Cuanavale, en el sureste del país. El propio Fidel explicó la importancia de la iniciativa: “La revolución cubana puso en juego su propia existencia, arriesgó una enorme batalla contra una de las potencias más fuertes situadas en una zona del Tercer Mundo, contra una de las potencias más ricas, industrial y tecnológica, armados hasta los dientes, a una distancia tan grande de nuestro pequeño país y con nuestros propios recursos, nuestros propios brazos. Incluso corríamos el riesgo de debilitar nuestras propias defensas, y lo hicimos. Utilizamos nuestros propios barcos y los nuestros solo, y utilizamos nuestro propio equipo para cambiar la relación de fuerzas, lo que hizo posible el éxito en esa batalla. Pusimos todo en juego en esa acción”.

El impacto geopolítico de la derrota de Sudáfrica fue tan grande que contribuiría sustancialmente al fin del apartheid, a la liberación de Nelson Mandela, y a la independencia de Namibia.

Ningún otro líder político fuera de África ha contribuido más a la liberación de África del colonialismo y el imperialismo como Fidel, y utilizando los escasos recursos de una isla caribeña pequeña en tamaño aunque grande en ética.

Un erudito ha, con mucha justicia, escrito: “Cuba es la única nación del Tercer Mundo con la política exterior de una potencia mundial”.

La derrota de las revoluciones nicaragüense y granadina y la caída del Muro de Berlín, que condujo a la eventual desaparición del bloque socialista y al colapso de la propia Unión Soviética, dejaron a Cuba muy aislada y la revolución se enfrentó a un peligro extremo.

Estados Unidos intensificó el bloqueo que procuraba estrangular la isla. Los antiguos aliados del bloque europeo oriental de Cuba se convirtieron en sucios enemigos. Fidel defendió el carácter socialista de la revolución a toda costa, afirmando: “El socialismo cubano no se construyó después de la llegada de las divisiones victoriosas del Ejército Rojo, nuestro socialismo fue forjado por los cubanos en luchas verdaderas”.

La capacidad única de Fidel para combinar sólidos principios con agilidad pragmática llevó a Cuba a adoptar el “período especial”. Aunque esto permitió pequeños elementos de emprendimiento capitalista, asociaciones económicas con el capital extranjero, e inversión extranjera, permitió a Cuba reinsertarse en la economía mundial, prácticamente bajo sus propias condiciones. El país se alejó del precipicio económico en apenas cinco años.

Fidel fue el único líder político en darse cuenta de la importancia política de Hugo Chávez e invitar al entonces candidato presidencial venezolano a Cuba a entablar discusiones y explorar formas de colaborar con lo que entonces era una cosa nebulosa llamada Revolución Bolivariana.

Un joven Chávez visitó La Habana que fue muy bien recibido por el Comandante. Fue allí donde Chávez hizo una de las mejores formulaciones del proyecto bolivariano.

Fue también la primera señal de que la pesadilla neoliberal de tres décadas en la región estaba disminuyendo, que el aislamiento de Cuba estaba llegando a su fin y que la visión de Fidel de una América Latina radical, unida, independiente e integrada podría convertirse en realidad.

Esto ocurrió en 1994, cuatro años antes de que Chávez se convirtiera en presidente de Venezuela y mucho antes de que se diera cuenta de que inauguraría la “oleada roja’ de gobiernos progresistas en el región.

La visión de Fidel y el ejemplo de Cuba, después de medio siglo de resistencia y adhesión a los principios socialistas, no sólo han dado sus frutos, sino que la emulación de las políticas cubanas por parte de los gobiernos de las oleada roja han garantizado que decenas de millones de personas otrora empobrecidas y marginadas empezaran a disfrutar de los beneficios de un mundo mejor.

La campaña de 50 años de agresión de los Estados Unidos contra Cuba fue derrotada por el ágil liderazgo político de Fidel en numerosas ocasiones. Comenzó en 1960 con el intento del presidente Dwight Eisenhower de humillar a la delegación cubana a la ONU arrojándolos fuera del Hotel Manhattan Shelburne. Fidel convirtió esto en una sensacional victoria política alojándose en el Theresa Hotel de Harlem y recibiendo una entusiasta y fervorosa acogida por los residentes afroamericanos de Harlem.

Desde entonces, Fidel ha infligido derrota tras derrota al imperialismo, no sólo defendiendo la revolución de Cuba, sino también proporcionando apoyo material tangible a las luchas antiimperialistas en todo el mundo. No es de extrañar que lo odiaran tanto y que Estados Unidos intentara asesinarlo al menos 638 veces.

Los esfuerzos estadounidenses por asesinar a Fidel son la manifestación más clara de su absoluto fracaso para contrarrestar, y mucho menos para derrotar, el atractivo de Cuba como ejemplo a imitar y emular.

Confirmando la comprensión de Fidel de la estructura imperialista de la política mundial, los mensajes de jefes de estado que rinden tributo a su legado se originan abrumadoramente en Asia, África, Oriente Medio y América Latina. Ha habido unos pocos de Europa, y la reacción de EE.UU. ha sido, en el mejor de los casos, equívoca y en el peor, hostil.

La Asamblea General de las Naciones Unidas observó un minuto de silencio por la muerte de Fidel, solicitada por el presidente de la ONU, Peter Thompson, quien destacó su legado en el que se recordará durante mucho tiempo su “dedicación al progreso [cubano], especialmente en los campos de la educación y la salud”, agregando que su lucha incansable por la equidad en el ámbito internacional lo convirtió en una “figura inspiradora para los países en desarrollo en particular”.

En América Latina, la revolución cubana de 1959 demostró que un mundo mejor era posible. Su ejemplo desencadenó un colosal movimiento histórico que, a pesar de flujos y reflujos, inició la larga marcha de los pueblos para su liberación, factor que fue capturado por la Segunda Declaración de La Habana (octubre de 1962) que declaró el carácter socialista de la revolución. Las palabras de Fidel en su lectura resuenan tan poderosamente hoy día como lo hicieran entonces en Cuba, y en toda América Latina: “Porque esta gran humanidad ha dicho: ¡Basta! Y ha echado a andar. Y en su marcha de gigante no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que han muerto más de una vez inútilmente.”

¡Seremos fieles a tu legado, Comandante Fidel Castro!

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