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¿Qué eligen ustedes: guerra o paz?

Tener un hijo me convirtió en pacifista. No porque yo fuese idealista, sino porque la maternidad me hizo ser realista.

Nadia Colburn
17 September 2019
Staff Sgt. Jamal Sutter Via Wikimedia Commons. CC0 Public Domain.

¿Por qué estamos criando a nuestros hijos en una cultura cargada de violencia?

En Estados Unidos, cada semana - a veces dos veces por semana, a veces más - hay un nuevo tiroteo masivo. El tirador es siempre un varón y, por lo general, blanco. El 54% de estos tiroteos masivos están relacionados con violencia doméstica. La violencia armada, la violencia contra las mujeres y la violencia masiva van de la mano.

Pongan ustedes las noticias: violencia. En las películas para el gran público, la violencia se convierte en entretenimiento. La violencia es también el combustible de los videojuegos. Y la violencia contra la mujer, el pilar sobre el que se asienta la pornografía. A las mujeres que denuncian abusos sexuales se les llama mentirosas. Al presidente Donald Trump, esta cultura de violencia, miedo y dominación masculina le favorece políticamente. Debido a la violencia relacionada con la posesión de armas de fuego, Amnistía Internacional emitió recientemente una advertencia de peligro a los viajeros con destino a Estados Unidos.

Los tiroteos son noticia de primera plana, pero ¿qué estamos haciendo para combatirlos y para combatir la violencia endémica de nuestra cultura? ¿Qué mensajes y qué valores estamos inculcando a nuestros hijos acerca de la edad adulta, la ciudadanía, lo que significa ser un hombre - y un ser humano?

Algo sé yo de violencia. Como sobreviviente de abuso sexual que creció en la ciudad de Nueva York en la década de 1980, tuve siempre cerca la amenaza de violencia. Caminé por la calle consciente de todos y cada uno de los hombres que había a mi alrededor, lista para echar a correr, gritar y patear en caso de necesidad. Por la noche, a través de las ventanas, escuchábamos a veces gritos de mujeres pidiendo ayuda.

De niña y de jovencita yo clasificaba a los hombres en dos grupos: violentos y no violentos. Mi objetivo era mantenerme lo más alejada posible de los hombres que podían no ser seguros. Mi mundo interior se construyó en parte esquivando los inconvenientes derivados del riesgo de violencia, intentando hacer más soportable la inseguridad. Sorteé el temperamento violento de mi padre y deseché su severidad. Al fin y al cabo, el mundo en el que yo vivía era este y aprendí a sobrellevarlo.

Pero la maternidad me proporcionó una nueva perspectiva. Al nacer Gabriel, mi hijo, ya no quise sobrellevarlo; lo que deseaba para él era un mundo distinto.

Entonces ocurrió lo del 11 de septiembre. Para mí, el discurso de la violencia que se desató en torno a los ataques no tenía ningún sentido. Mientras compartía el luto por las personas que habían muerto en Nueva York, imaginé a niños como el mío convertidos en víctimas civiles de una guerra declarada para prevenir atrocidades como aquella. Imaginé a soldados, hijos de otras madres, tan amados como Gabriel, perdiendo la vida.

Pensé en aquel famoso eslogan de la novela distópica de George Orwell 1984, "la guerra es la paz", y comprendí que, por supuesto, la guerra ni puede ser ni puede traer la paz; y que cuando enfrentamos violencia con violencia lo que hacemos es alimentar el ciclo de la tragedia. Ser madre de un hijo me convirtió en pacifista no porque fuese idealista, sino porque la maternidad me hizo realista.

Si la razón para librar guerras en Irak y Afganistán era que harían a Estados Unidos un país más seguro, menudo fracaso. Con un coste de más de 5.6 mil millones de dólares y docenas de miles de muertos, Oriente Medio es hoy bastante más - y no menos - inestable de lo que era, y hay bastante más terrorismo en el mundo - y no menos.

Pacifista no quiere decir pasivo. Quiere decir aprender a abordar las causas de la violencia y a responder por otros medios y con otras técnicas. Quiere decir formarnos y socializarnos, desde temprana edad, y aprender que hay formas mucho mejores de hacer frente a los retos que se nos presentan.

"Debemos empezar a infundir a nuestros hijos el rechazo al militarismo", escribió Albert Einstein, "educándolos en el espíritu del pacifismo. Nuestros libros escolares glorifican la guerra y ocultan su horror. Yo lo que enseñaría es paz en lugar de guerra ".

Cuando Gabriel ya tuvo edad suficiente, en casa acordamos una regla: no compraríamos armas. Aún así, él mismo se construyó alguna con palos y una escoba y alguna otra se coló como complemento de otros juguetes: en un momento dado, pasamos revista a todos sus legos y playmóbiles y encontramos algunas docenas de pistolas, lanzas y cuchillos.

Intentamos atenuar las historias y cuentos violentos que escuchaba y aunque hablábamos de temas de actualidad, dejamos de poner las noticias cuando él estaba presente. Pusimos límites a lo que podía ver por televisión e intentamos alejarlo de los deportes excesivamente competitivos.

Cuando Gabriel empezó a volver de la escuela con historias de que en el patio de recreo lo que había que hacer era formar parte de un grupo jerarquizado en términos de poder, nos preocupamos por el tema y al final le cambiamos de escuela.

¿Somos capaces de proporcionarles palabras y visiones alternativas?

Gabriel creció dejando de lado las luchas simbólicas de los juegos infantiles y se convirtió en una persona reflexiva, amable y amorosa, como ya era de niño, comprometida a hacer del mundo un lugar mejor. Su escuela secundaria, una escuela pública en la que lajusticia social era un valor prioritario, le proporcionó una educación estupenda pero, aún así, la historia de guerras y violencias ocupó mucho más tiempo en clase que la historia de los movimientos de paz. Y en la clase de literatura, las historias de conflicto ocuparon mucho más tiempo que las historias de comprensión, afecto o superación.

Ahora Gabriel está a punto de entrar en la universidad - lo cual, en nuestra cultura, es un rito de iniciación a la edad adulta. Pero en Estados Unidos hay otro rito de iniciación silencioso para los jóvenes: como todos los hombres jóvenes de su edad, Gabriel tiene que apuntarse al "servicio selectivo", por si se da el caso de que en el futuro hubiese de nuevo conscripción y tuviese que alistarse al ejército.

Es decir que en el momento en que nuestros hijos alcanzan la edad adulta, se les da un número para que, si nuestro país entra en guerra, puedan ser llamados a filas. Podemos criar a nuestros hijos para que practiquen la paz, pero nuestra cultura está permanentemente preparándose para la guerra y todavía ve en los hombres jóvenes a carne de cañón en potencia.

A veces me despierto por las noches asustada, pensando en lo que significa criar niños en un mundo violento. Nadie desea ver a su hijo o hija muertos en un centro comercial, en la escuela, en la oficina o en un campo de batalla. Nadie quiere ver a sus hijos muertos en un tsunami, un incendio, un corrimiento de tierras o unas inundaciones. Es hora, pues, de actuar en consecuencia.

Todos los padres tratan de mantener a sus hijos a salvo. Pero toda la responsabilidad de criar hijos no se puede dejar solo en manos de los padres. No es de extrañar que tantos hombres jóvenes recurran a la violencia cuando, miren por donde miren, en todas partes encuentran mensajes que enaltecen la violencia y la equiparan con la masculinidad.

¿Somos capaces de proporcionarles palabras y visiones alternativas? Cuanto más sonoro sea el lenguaje de dominación que difunde la Casa Blanca y aquellos que apoyan al presidente Trump, más potentes deben ser los mensajes que mandemos el resto de nosotros acerca de los peligros y la inviabilidad de la violencia - y de la practicidad de otras vías.

No podemos dejar de rechazar los modelos violentos - no nos lo podemos permitir. En Estados Unidos necesitamos una reforma inmediata y radical de la ley de posesión de armas. Necesitamos reconsiderar nuestra cultura militar y pinchar el globo presupuestario del Pentágono y la incesante carrera armamentista que alimenta. Y necesitamos reexaminar nuestra relación con la violencia, el poder y la vida misma.

Hoy nos enfrentamos a lo que es quizás el mayor desafío existencial que la humanidad haya enfrentado jamás: la crisis climática, un trastorno de dimensiones catastróficas a escala global. La crisis climática es producto de una actitud violenta hacia la Tierra: extraemos, devastamos y contaminamos la Tierra del mismo modo en que hemos tratado a las personas y pueblos a los que hemos sometido. Y el cambio climático va a provocar todavía más inestabilidad y violencia.

No es con violencia como vamos a resolver el problema. De hecho, nuestra obsesión con la violencia lo que hace es alejarnos de la posibilidad de hallar soluciones reales. No podemos enfrentar la crisis climática si no trabajamos juntos, cooperamos, pensamos a escala global y priorizamos el valor de la vida misma.

Estamos aprendiendo, por ejemplo, que repoblar bosques y comer menos o no comer nada de carne puede mitigar en gran medida el cambio climático. Que en lugar de usar un lenguaje violento como "luchar contra el cambio climático", que sugiere que tenemos que vivir en situación de conflicto permanente, valorar el mundo que nos rodea conduce a resultados más efectivos para todos. Que en lugar de ver a los hombres jóvenes como posibles combatientes, a las mujeres jóvenes como posibles objetos sexuales y a los bosques y a los animales, a los océanos y a los recursos naturales como materias primas susceptibles de ser explotadas, podemos pensar en la vida como parte de un ecosistema en el que cada elemento tiene valor intrínseco.

En este momento en que Gabriel se está marchando de casa para ir a la universidad y recordamos juntos momentos clave de su infancia, le preparamos sus comidas favoritas, comentamos las materias que cursará, le damos los últimos consejos y comprobamos que efectivamente no nos hemos olvidado del juego de sábanas que tiene que llevar consigo, es también un buen momento para pensar a gran escala sobre aquello que deseamos para todos los jóvenes, hombres y mujeres.

Como si volviésemos a ser padres primerizos, debemos - y podemos -cambiar nuestras prioridades e imaginar de nuevo el mundo y nuestro lugar en él. Los que integran la generación de Gabriel encabezan un nuevo movimiento ambiental y ya es hora de que todos nosotros sigamos su ejemplo. Debemos rechazar en voz alta y clara la violencia y la cultura del militarismo. Debemos dejar a un lado todas las herramientas de destrucción y sacar otras nuevas para construir un entorno más saludable y sostenible - tanto a nuestro alrededor como en nuestro interior.

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