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¿Por qué la movilidad social es una idea más mala de lo que parece?

Si lo que queremos es una sociedad más justa, no debemos aceptar competir en carreras de locos. English

Hadas Weiss
17 July 2019
Boarded up properties in Jaywick, Essex, one of the most deprived towns in the UK.
Casas y tiendas tapiadas en Jaywick, Essex, una de las ciudades más desfavorecidas del Reino Unido.
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PA Images

Fueron muchos los que arquearon las cejas cuando Jeremy Corbyn, el mes pasado, anunció que un futuro gobierno laborista sustituiría movilidad social por justicia social como referente para la definición de medidas a tomar. Porque esto es contrario a las ideas recibidas y al consenso político imperante, según los cuales la movilidad social es algo bueno y positivo. Pero Corbyn tiene razón en que señalar a unos pocos afortunados deja intactas las estructuras de desigualdad, y en insistir en la necesidad de poner en marcha movimientos de mayor alcance y envergadura, como por ejemplo la renovación del sistema educativo, para lograr la justicia social. En realidad, el problema de la movilidad social no es que no contribuya suficientemente a hacer que la sociedad sea más justa para todos, sino que su efecto, de hecho, es el contrario: profundiza y perpetúa la injusticia social.

El discurso público y las narrativas que ofrecen los medios siempre nos recuerdan que la sociedad es dinámica. Nadie se está quieto parado. Todo el mundo anda subiendo o bajando peldaños, escalera arriba y escalera abajo, yendo de la pobreza a la riqueza y viceversa. La movilidad social sirve como promesa y también como amenaza: si jugamos bien nuestras cartas, acumularemos estatus y riqueza; pero si no, lo podemos perder todo.

Jugar bien las cartas significa dedicar tiempo y dinero a la educación, la formación y los círculos sociales con la esperanza de que todo ello nos ayude a conseguir mejores puestos de trabajo. Significa invertir en propiedades y en productos financieros que puedan generar capital en el futuro, o contratar planes de pensiones y pólizas de seguros para nuestra tranquilidad a largo plazo. La idea de la movilidad social nos convierte en competidores: cada uno de nosotros, en medio de la multitud, competimos por alcanzar posiciones que nos brinden mejores oportunidades para aprovechar unos recursos materiales escasos antes de que otros lo logren.

La movilidad social no es más que la versión capitalista de la vieja estrategia de divide y vencerás.

Vista así, la movilidad social no es más que la versión capitalista de la vieja estrategia de divide y vencerás: consolida el poder y reproduce la explotación haciendo que los sin poder se enfrenten entre sí, en lugar de desafiar a las instituciones que les dominan.

La mayoría de nosotros tenemos que trabajar para vivir: necesitamos empleos a horario completo para poder llegar a fin de mes y sacar adelante nuestras familias. En el trabajo en el que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo útil, hay otros que se quedan con una parte del valor de lo que producimos. Estamos, en este sentido, dominados y explotados. Y esta situación se intensifica cuanto más devaluado y precario sea el trabajo. Pero la idea de movilidad social nos alienta a olvidarnos de esta explotación y a centrarnos, en cambio, en lo que cada uno de nosotros posee en términos de propiedades y capital humano.

Adviértase la diferencia. A pesar de la diversidad de nuestros trabajos y las diferencias de salarios, si la explotación se hace insoportable, tenemos como trabajadores una causa común para movilizarnos. Esta causa común deja de existir cuando nuestras posesiones nos convierten en competidores. Minimizar las condiciones de trabajo en aras a la búsqueda de posesiones significa sustituir lo que nos une por lo que nos divide.

Con tan solo un número limitado de oportunidades de empleo remunerado, de propiedades valiosas, de recursos públicos y de activos y valores generadores de ingresos, las leyes del mercado - la oferta y la demanda – determinan que su valor es mayor cuanto más escasos (en el caso de los valores, sus activos subyacentes). En el mercado laboral, las credenciales tienen menos fuerza cuando demasiadas personas las poseen, los barrios se vuelven menos lucrativos desde el punto de vista del negocio inmobiliario cuando quienquiera puede permitirse vivir en ellos, y las redes de seguridad social se vuelven inestables cuantas más personas se ven forzadas a recurrir a ellas. O sea que tenemos un poderoso incentivo estructural para limitar el acceso de la gente a lo que poseemos.

Nuestras posesiones son peldaños que llevan a posiciones cuyas ventajas se basan en la desventaja de otros. Por ejemplo, llevan a que algunos de nosotros cobren rentas y alquileres que otros tienen que pagar. En un entorno competitivo en el que abundan los riesgos y es difícil conseguir beneficios, consideramos que estas posesiones son necesarias (y, a veces, males necesarios) para salir adelante y no quedar atrás.

La loca carrera por conseguir ventajas relativas nos obliga a trabajar más duro, a invertir más y a asumir mayores deudas – mayores de lo necesario para satisfacer nuestras necesidades de hoy. Esto es cierto incluso cuando no tenemos demasiada idea del valor de nuestras inversiones en el futuro. La realidad, tan familiar, de las burbujas que revientan y el colapso del valor de las propiedades nos alerta sobre el hecho de que invertimos en rendimientos inciertos y esporádicos.

Tan ensimismados estamos en que todo el mundo está acumulando o perdiendo riqueza y estatus, que no cuestionamos las fuerzas sociales, económicas y políticas que determinan su valor.

Y aún así, seguimos invirtiendo y endeudándonos en aras de la propiedad. Lo hacemos por temor – temor a estar menos protegidos, o a tener menos posibilidades de avanzar si no lo hacemos. Nos convencemos a nosotros mismos de que si tenemos más cosas, habilidades o conexiones que los que son como nosotros, nos irán mejor las cosas que a ellos. Además, imaginamos que si se dan situaciones de extrema gravedad, los que tienen menos posesiones seguramente serán los primeros en caer y harán de colchoneta para los que venimos detrás.

La movilidad social limita así nuestra perspectiva, circunscribiéndola a nuestros iguales y a sus suertes y desdichas. Tan concentrados estamos ante la imagen de que todos están acumulando o perdiendo riqueza y estatus, que nos olvidamos de cuestionar las fuerzas sociales, económicas y políticas que determinan su valor. Por vías oscuras e indirectas nos llegan las convulsiones del mercado inmobiliario, las crisis financieras y las luchas por el poder geopolítico que afectan el coste de la vida, los salarios y las fluctuaciones monetarias. Pero nos parece que el resultado de nuestro esfuerzo individual tiene consecuencias más directas.

Las conexiones que establecemos entre nuestras inversiones (o carencia de ellas) y sus resultados nos convencen de que si somos pobres o andamos luchando de otro modo para salir adelante, no tenemos a nadie a quien culpar sino a nosotros mismos. No debemos haber puesto suficiente empeño en ello o invertido con suficiente sensatez. Y, a la inversa, nos enorgullecemos de nuestros logros como si lo que los motivase fuesen solo nuestro esfuerzo y aquello en lo que hemos invertido. A pesar de nuestra falta de control sobre las circunstancias que determinan nuestros puestos de trabajo y el valor de nuestras posesiones, la movilidad social nos alienta a pensar que nos autodeterminamos.

Esta perspectiva socava la posibilidad de organizar movimientos amplios y duraderos para el cambio social. Lo más probable es que las alianzas que forjemos sean contingentes y oportunistas: nos unimos con otros que poseen las mismas cosas que nosotros con el fin de limitar el acceso a ellas, por temor a que dicho acceso reduzca su valor y anule los esfuerzos que nos costó lograr lo que tenemos. Un ejemplo de esto son las leyes de zonificación excluyente que mantienen a las personas con ingresos bajos – en su mayoría gente de color – alejados de los barrios más ricos. Ocurre lo mismo con los requisitos para acceder a la educación, con los criterios de calificación crediticia y de suscripción de pólizas de seguro, y también con los topes de las ayudas públicas, que – en el caso, por ejemplo, del Reino Unido -retienen la asignación de recursos públicos a aquellas personas cuyas contribuciones son inferiores al monto de lo que se les debería asignar.

La movilidad social, en suma, sirve como incentivo para que trabajemos más y gastemos más, como distracción de la dominación y la explotación de que somos objeto, y como impedimento para la formación de movimientos políticos de largo alcance para el cambio social. Mantener cierto nivel de movilidad social es, por consiguiente, una herramienta útil en manos de aquellos que tienen la acumulación por objetivo. Generamos gran cantidad de capital a través de nuestro esfuerzo incesante por avanzar socialmente y protegernos contra el ocaso. Aquellos que se embolsan este capital no tienen nada que temer mientras sigamos manteniéndonos vigilantes únicamente en relación a nuestros iguales y competidores. Mediante la movilidad social, el capital puede seguir amasándose a costa nuestra a nivel global y remoto, dejándonos compitiendo por ventajas relativas con los que compartimos la dominación en la que estamos sumidos.

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