democraciaAbierta: Opinion

Donald Trump, el escorpión, y el asalto a la brillante ciudad en la colina

El asalto al Capitolio hizo temblar a la democracia estadounidense por unas horas. La lección aprendida para las democracias solo puede ser una: cuidado con votar a un escorpión, porque acaba picando.

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Francesc Badia i Dalmases
7 January 2021
6 de enero de 2021, Washington, Distrito de Columbia, EE. UU .: Las fuerzas de seguridad responden con gases lacrimógenos después de que los partidarios del presidente Donald Trump violaran la seguridad del Capitolio.
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Probal Rashid/Zuma Press/PA Images

El 6 de enero 2021 fue un día que vivirá en la infamia en la historia de los Estados Unidos. La culminación del asalto al templo de la democracia americana por parte de unas hordas de fanáticos alentados por un ególatra demente, ejemplifica cómo las democracias liberales pueden llegar morir sin necesidad que las derribe un enemigo exterior. El nacional populismo más cínico y autodestructivo que se haya visto desde la revolución rusa y el ascenso del fascismo en Europa, intentó asaltar la democracia americana y revertir por la fuerza el legítimo resultado de unas elecciones democráticas. Por poco lo consigue.

Esto es inaudito en una república que ha sido, desde su fundación, el referente mundial del gobierno basado en un orden constitucional, que consagra al pueblo como soberano, el imperio de la ley, la separación de poderes, y que tiene en las elecciones libres, directas, periódicas y trasparentes la base de toda su legitimidad.

Durante el siglo XX, acabar con la democracia liberal como el peor sistema de gobierno, si exceptuamos todos las demás (Churchill dixit), era una tarea a la que se aplicaron primero Hitler y el nazismo, y luego con ahínco la difunta URSS hasta el final de la guerra fría. Para los soviéticos, la democracia de corte occidental no era más que un orden corrupto y burgués diseñado para apuntalar el sistema capitalista basado en la explotación de la clase obrera por parte del capital. Pero la URSS fracasó, y el muro acabó cayendo con estrépito.

El vacío dejado por el colapso de la URSS lo vino a llenar Al Qaeda, cuando atacó simbólicamente el corazón del capitalismo simbolizado en las torres gemelas de Nueva York. Ese acontecimiento catastrófico dio inicio a una primera década del siglo XXI marcada por la guerra contra el terrorismo islámico, cuya fantasía era el establecimiento de un Califato Universal, que acabaría de una vez con el gran satán, personificado por los EE.UU.

Para el imperio americano, tener un enemigo exterior tan claro como Bin Laden justificó seguir con su abrumador despliegue militar mundial y el gasto de billones de dólares en guerras que no pudo ganar, pero que siguieron enriqueciendo a una industria norteamericana en manos de unos cuantos empresarios sin escrúpulos.

Sus colegas Republicanos le escucharon gritar este ataque a la democracia, y se callaron. Por eso son también culpables de lo sucedido.

Pero visto que al final, Al Qaeda y los suyos no tenían ninguna capacidad real de derribar la democracia occidental, buscar un nuevo enemigo fue la solución que se propuso el populismo de extrema derecha, un movimiento político al alza en todo el mundo, que se aprovechó de la fase de madurez de la globalización y de la gran crisis financiera de 2008 para ahondar en el resentimiento de los que se quedaron fuera.

De los males de la globalización había que culpar a China, y de la falta de trabajo, a los migrantes, sobre todo a los latinos. Pero a esos enemigos exteriores había que sumarle un enemigo interior, y Donald Trump, un outsider que ganó las elecciones en 2016 contra todo pronóstico, lo encontró en sus rivales políticos: los Demócratas.

Trump, un personaje dudoso y abusivo que creció a la sombra de la estafa inmobiliaria y la fama televisiva, encarna una parte perversa del sueño americano, que afirma que cualquiera puede hacerse rico y famoso en el país de las oportunidades y que no hay nada perverso en conquistar el poder para beneficio propio, suyo y de su familia.

Trump manejó el inmenso poder que le de dio la Casa Blanca de manera arrogante, arbitraria y despreciativa, y encandiló a millones de americanos con su retórica mentirosa y manipuladora, valiéndose de cualquier medio para enaltecer su figura por encima de todos/as y de todo. Además, con su visión transaccional de las relaciones humanas, basada en una épica despiadada donde todo vale en un juego de suma cero, y donde mentir a toda costa y aplastar a la gente forma parte de la forma de progresar en los negocios y en la vida. Eso puede servir para levantar un imperio inmobiliario, donde la especulación es el motor del beneficio, y para evadir impuestos masivamente, pero no sirve para gobernar un país.

No se comprende cómo el Partido Republicano, el “Gran Viejo Partido” de Abraham Lincoln, se pudo echar en manos de semejante personaje psicopático y no ver el peligro que representaba para la democracia y sus instituciones. Durante los cuatro años de Trump, hemos asistido a lo peor de la política, consistente en adular al líder ciegamente, con lealtad personal inquebrantable, con el único objetivo de medrar y conservar el puesto.

Pero al llegar la hora de la verdad en democracia, la que representan las urnas y la posibilidad de la alternancia en el poder, se le cayeron todas las máscaras. Y Trump dijo, como ya hizo en la elección de 2016, que si acaso él no resultase el ganador, sólo podría haber una razón: fraude masivo. Sus colegas Republicanos le escucharon gritar este ataque a la democracia, y se callaron. Por eso son también culpables de lo sucedido.

Un partidario de Donald Trump escala los muros del Capitolio de los Estados Unidos durante el mitin pro-Trump.
Un partidario de Donald Trump escala los muros del Capitolio de los Estados Unidos durante el mitin pro-Trump. | SOPA Images/SIPA USA/PA Images

Llegó el resultado electoral del 3 de noviembre del 2020 y Trump perdió estrepitosamente el voto popular. Obtuvo 7 millones de votos menos que su rival demócrata y 74 votos electorales menos. ¡Yo gané!, ¡Fraude masivo!, ¡Nos robaron las elecciones! gritó enseguida, en lo que a algunos les pareció la pataleta de un ególatra mal perdedor. Pero no era una simple pataleta, sino la demostración flagrante de que el personaje, un dictador en fondo y forma, nunca creyó en la democracia. Gobernó como un autócrata y acabó su mandato de la peor manera.

Al convocar uno de sus mítines espectáculo en Washington e incitar a sus seguidores más fanáticos a marchar sobre el vecino Capitolio el día en que los representantes del pueblo ratificaban formalmente el veredicto de las urnas, Trump culminó la presidencia más peligrosa de la historia de los Estados Unidos. Intentó un golpe de Estado, y salir impune. Esto es algo que los estadounidenses han alentado muchas veces en América Latina (y más allá), pero que nunca imaginaron que pudiese ocurrir en su casa.

¡Es un espectáculo digno de una república bananera! dijeron muchos congresistas y comentaristas televisivos al ver el espectáculo indigno de cientos de trumpistas vandalizando el Capitolio. Pero eso resonó ofensivo en muchos rincones de Latinoamérica, que saben bien que la república bananera es una medicina que los estadounidenses han aplicado, hipócritamente, a sangre y fuego, a aquellos que siempre han considerado moralmente inferiores a su sagrada América, ese lugar brillante en la colina.

El de ayer fue, ciertamente, uno de los días más oscuros de la centenaria historia de la democracia americana. Y aunque las instituciones se han demostrado robustas, la lección aprendida para las democracias solo puede ser una: cuidado con votar a un escorpión, porque acaba picando.

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