El 6 de enero 2021 fue un día que vivirá en la infamia en la historia de los Estados Unidos. La culminación del asalto al templo de la democracia americana por parte de unas hordas de fanáticos alentados por un ególatra demente, ejemplifica cómo las democracias liberales pueden llegar morir sin necesidad que las derribe un enemigo exterior. El nacional populismo más cínico y autodestructivo que se haya visto desde la revolución rusa y el ascenso del fascismo en Europa, intentó asaltar la democracia americana y revertir por la fuerza el legítimo resultado de unas elecciones democráticas. Por poco lo consigue.
Esto es inaudito en una república que ha sido, desde su fundación, el referente mundial del gobierno basado en un orden constitucional, que consagra al pueblo como soberano, el imperio de la ley, la separación de poderes, y que tiene en las elecciones libres, directas, periódicas y trasparentes la base de toda su legitimidad.
Durante el siglo XX, acabar con la democracia liberal como el peor sistema de gobierno, si exceptuamos todos las demás (Churchill dixit), era una tarea a la que se aplicaron primero Hitler y el nazismo, y luego con ahínco la difunta URSS hasta el final de la guerra fría. Para los soviéticos, la democracia de corte occidental no era más que un orden corrupto y burgués diseñado para apuntalar el sistema capitalista basado en la explotación de la clase obrera por parte del capital. Pero la URSS fracasó, y el muro acabó cayendo con estrépito.