Llevo los últimos 10 años viviendo en Cloughfern, en las afueras de la capital de Irlanda del Norte, Belfast. En 10 minutos a pie, llegas a Monkstown Wood, una reserva natural repleta de pájaros, ardillas y una comunidad muy unida de gente que pasea a sus perros. A 20 minutos en otra dirección se encuentra Hazelbank Park, a orillas del Belfast Lough, una entrada del mar en la desembocadura del río Lagan, donde la vista abarca las emblemáticas grúas amarillas de Harland and Wolff y se extiende hacia el norte hasta el faro de Whitehead.
Pero las imágenes retransmitidas desde el final de mi calle el martes por la noche, de alborotadores enmascarados, cócteles molotov y secuestros de coches, provocan repulsión.
Agitadores de extrema derecha como Tommy Robinson y el líder del partido Reform, Nigel Farage, respondieron a un ataque con arma blanca, perpetrado por un hombre que se cree era un solicitante de asilo, con silbatos para perros que incluían llamados a organizar disturbios, echando leña a un fuego que lleva semanas ardiendo.