Llevo los últimos 10 años viviendo en Cloughfern, en las afueras de la capital de Irlanda del Norte, Belfast. En 10 minutos a pie, llegas a Monkstown Wood, una reserva natural repleta de pájaros, ardillas y una comunidad muy unida de gente que pasea a sus perros. A 20 minutos en otra dirección se encuentra Hazelbank Park, a orillas del Belfast Lough, una entrada del mar en la desembocadura del río Lagan, donde la vista abarca las emblemáticas grúas amarillas de Harland and Wolff y se extiende hacia el norte hasta el faro de Whitehead.
Pero las imágenes retransmitidas desde el final de mi calle el martes por la noche, de alborotadores enmascarados, cócteles molotov y secuestros de coches, provocan repulsión.
Agitadores de extrema derecha como Tommy Robinson y el líder del partido Reform, Nigel Farage, respondieron a un ataque con arma blanca, perpetrado por un hombre que se cree era un solicitante de asilo, con silbatos para perros que incluían llamados a organizar disturbios, echando leña a un fuego que lleva semanas ardiendo.
La población de Irlanda del Norte lleva en su cuerpo la memoria de la violencia, los asesinatos y los disturbios de nuestro pasado no muy lejano. También tenemos una memoria muscular de cómo organizarnos y ayudarnos para salir adelante.
Hace apenas dos semanas, llamé a la puerta de un vecino en cuya casa habían pintado con spray “solo para locales”. Quería ver cómo estaba y preguntarle si había algo en lo que pudiera ayudarle. Este hombre amable y cordial me hizo pasar inmediatamente y me enseñó una carta que había recibido de alguien de la zona. Estaba impresa, con los datos de contacto de los concejales locales y de la policía, y terminaba así: “Tenemos pintura y podemos ir a borrar el grafiti. Me avergüenza mucho que te haya pasado esto”.
A pesar de lo que pueda parecer en las noticias y en las redes sociales, la violencia que se vive ahora mismo en nuestras calles y barrios está siendo orquestada por un puñado de personas, muchas de las cuales no viven aquí y llevan años normalizando la división y avivando el odio para sus propios fines.
Su mensaje se amplificó especialmente a través de Grok (la herramienta de inteligencia artificial de X) y en Facebook e Instagram, ya que los multimillonarios estadounidenses dueños de estas redes sociales, Elon Musk y Mark Zuckerberg, permitieron que sus plataformas se utilizaran como gigantescos megáfonos para difundir el odio y la desinformación y desgarrar nuestras comunidades. No tiene por qué ser así.
Escribo esto mientras mi ciudad se paraliza por una segunda noche consecutiva de violencia, y mi teléfono no deja de recibir notificaciones de WhatsApp.
Un grupo de cientos de personas se ha puesto en marcha, coordinándose, haciendo donaciones, ofreciendo transporte a las familias para que lleguen a un lugar seguro donde pasar la noche, llevando comida a quienes no quieren salir de casa, ofreciendo refugio, sillas de bebé para autos, juguetes y material artístico para los niños. Gente corriente de todos los orígenes, comunidades y colores está llevando a cabo miles de actos de ayuda y apoyo, cuidando a personas que no conocen y demostrando claramente que nada de esta violencia se perpetra en su nombre.
En cuanto al liderazgo, las comunidades están dejando a nuestros representantes políticos muy atrás. En toda la isla, los políticos deben centrarse ahora en quitar el megáfono del odio de las manos de quienes lo propagan y exigir a las plataformas de redes sociales como Meta y X que desactiven sus algoritmos tóxicos hasta que se demuestre que son seguros.
Por mi trabajo en Act Now, una comunidad activista independiente impulsada por personas de Irlanda del Norte, he tenido el privilegio de ver cómo la gente actúa con urgencia, compasión y amor en estos momentos. Aun cuando las imágenes de violencia y odio orquestado dan la vuelta al mundo, son estas acciones de amor y solidaridad las que, en última instancia, nos definirán – ante el mundo, pero sobre todo, ante nosotros mismos.
Nicola Browne es de Belfast y es la directora ejecutiva de Act Now.