I
Este no es un pueblo de senderos adoquinados para turistas de fin de semana, como otros de Boyacá, Colombia. Socotá existe sobre la depresión de un terreno montañoso a la que se llega por una vía estrecha que zigzaguea los abismos del comienzo del cañón del Chicamocha, sobre la cordillera oriental colombiana. Nadie viene acá de casualidad. En la ruta no hay venta de ruanas ni canastos, sólo altares a la Virgen del Carmen hechos con llantas y rines en desuso. En el borde de la carretera hay niños que esperan el bus escolar mientras que los adultos suben por caminos de herradura con ayuda de las pocas mulas que todavía se ven por aquí. Aún no es mediodía y el pueblo sigue en calma. Los mineros que entraron a las cuatro de la mañana para hacer el primer turno de la jornada no han salido de los socavones. Los pocos transeúntes que se ven caben en una cafetería, la única abierta a esta hora. Atiende una mujer joven que me sirve un pocillo de tinto sin preguntar.
- “¿Azúcar?”, dice retrocediendo hacia el mostrador.
Aquí la actividad social comienza después de las cinco de la tarde, cuando los mineros llegan con sus herramientas de trabajo atadas al cuerpo y las mujeres salen de misa.