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La globalización y el encantamiento del mundo

¿Qué significa el término “globalización”? ¿Se trata de un fenómeno estrictamente económico o involucra varias dimensiones? ¿Cómo se presenta actualmente, en el marco de la revolución digital y de la inteligencia artificial? English

Adrian Rocha
23 July 2019
Un grafitti anti-UE en Corfu, Grecia. Wikimedia Commons.

La discusión sobre la globalización puede resultar ociosa. Abundan investigaciones y prescripciones acerca de su naturaleza. No obstante, vivimos tiempos en los que su presencia es ostensible. Nociones como “hiperconectividad”, “sociedad red” o “telemática”, dan cuenta de este proceso, que comprende aspectos económicos, comunicacionales, culturales, demográficos, geopolíticos y científicos.

La tradición marxista contribuyó notoriamente a la creación de un corpus analítico sobre la globalización, desde perspectivas sociológicas, históricas y económicas. Investigadores como Eric Wolf e Immanuel Wallerstein, así como Ankie Hoogvelt o Paul Hirst, entre tantos otros, han problematizado el establecimiento de un capitalismo global que segmenta el mundo en áreas de interés para la explotación de los recursos naturales.

Siguiendo las tesis de Marx y de sus discípulos, estos autores enfatizaron la necesidad de estudiar el capitalismo como un fenómeno eminentemente global, en constante expansión, que por su misma lógica tiende a buscar nuevos mercados, creando un ecosistema transnacional que exige ser estudiado en conjunto.

Se consolida así un “sistema-mundo” en el que las interacciones entre naciones, empresas y poblaciones se imbrican, lo que produce transformaciones profundas y, en muchos casos, también traumáticas. La estabilidad se resquebraja, la contingencia cobra vigor.

Sin embargo, este escenario de creciente “interdependencia compleja”, tal como lo han bautizado en un clásico trabajo Joseph Nye y Robert Keohane, obedece más al decurso histórico que a un deseo de sus defensores. Responde más a dinámicas ínsitas en la modernidad que a teorías sugestivas o decisiones individuales.

Nye y Keohane esbozaron este modelo explicativo intentando superar al realismo, aunque fueron determinados factores históricos los que lo han delineado. Factores que Stanley Hoffmann describió en un artículo de 1977, al señalar que el efecto post-Vietnam en la política internacional, junto con mutaciones severas en las economías del mundo desarrollado, sentaron las bases para el surgimiento de una teoría que explicase el sistema global a partir de la cooperación y de las instituciones. La adopción de este marco implicaba, por lo demás, el abandono relativo del paradigma del equilibrio de poder, caro al realismo.

El avance y la consolidación de China en el escenario internacional, su dispersión de intereses en el tablero global, dan cuenta de que la afirmación de Hoffmann no es del todo cierta

Hoffmann indica en ese artículo que existe una importante correlación entre las necesidades políticas de la época y el ascenso de la teoría de la interdependencia, que aparece justo a tiempo para dar soporte teórico a problemas políticos muy concretos. De esta manera, el autor llega a afirmar que las relaciones internacionales son una “ciencia social norteamericana”.

El avance y la consolidación de China en el escenario internacional, su dispersión de intereses en el tablero global, dan cuenta de que la afirmación de Hoffmann, aunque atinada en su momento, no es del todo cierta. La globalización es un hecho cambiante, y sus dinámicas no se reducen a Occidente.

La interdependencia es, en efecto, compleja e histórica, pues entrelaza diversos actores e instituciones. El factor China desmitifica el prejuicio mediante el cual la globalización sería mera occidentalización. No hay una sin la otra, pues existe una red institucional que, huelga decir, posee dentro de sus estribaciones nodos que ostentan mayor poder relativo que otros.

La globalización, entonces, puede considerarse como un proceso con patrones de “larga duración”, tal como lo expusiera el gran Braudel, cuyas consecuencias van cambiando en la medida en que los efectos previos se acumulan unos sobre otros, produciendo escenarios imprevisibles.

Los cambios de época más repentinos tienen como motor al avance tecnológico, y la transformación del sentido compartido acerca de la temporalidad acaso constituya el rasgo más sobresaliente de la globalización.

Revolución digital, el encantamiento subjetivo del mundo

Es difícil evaluar con precisión el impacto de la revolución digital. El momento clave del último período tal vez sea el que va desde 2002 a 2012, cuando se incrementó el uso de smartphones, los cuales llegaron a todos los rincones del planeta.

Un teléfono móvil, también llamado “celular” (nombre sugestivo), usualmente enviaba mensajes de textos, además de permitirnos hablar. El Smartphone envía fotos, videos, mensajes de audio, posibilita conectarse a Internet, buscar ubicaciones, calcular distancias y horarios, todo en cuestión de segundos. Si bien puede resultarnos normal que así sea, estos procedimientos cotidianos forman parte de nuestras vidas hace muy poco tiempo.

Lo mismo sucede con la inteligencia artificial y la robótica, que en el mundo del trabajo están generando cambios cuyos alcances exceden con creces la esfera productiva, aunque a partir de ella trastoquen múltiples áreas.

La aceleración del tiempo subjetivo, la simultaneidad de flujos informacionales y el desarrollo tecnológico a escala global invitan a preguntarnos si acaso no vivimos un nuevo encantamiento del mundo. Max Weber expuso, con la lucidez que lo caracterizaba, cómo el desencantamiento del mundo constituía la otra cara del vertiginoso proceso de racionalización administrativa. El cálculo se consolidaba como dispositivo esencial, al tiempo que el espíritu fáustico desaparecía. La modernidad asumía su perfil racionalista y perfilaba así su “sólida envoltura”.

Actualmente, la aplicación de los algoritmos al plano de lo humano es un campo en plena exploración. Podemos especular sobre sus efectos, pero no sabemos nada acerca de su capacidad para disimular esos efectos. No se trata de deslizarnos hacia la paranoide oferta de Black Mirror, que, por cierto, es sumamente creativa, y por ello seductora. Se trata de pensar y repensar hasta qué punto la dinámica del capitalismo sigue siendo compatible con los principios de la democracia liberal, y en qué medida esos conocimientos que permiten inclinar la realidad en una u otra dirección pueden ser utilizados para condicionar nuestra individualidad. Pero no vayamos tan rápido.

La globalización y el avance científico dieron lugar a un innegable mejoramiento de las condiciones de nuestras vidas. La interdependencia compleja también es de orden epistemológico: los estados comparten información sobre políticas públicas decisivas para paliar enfermedades, reducir costes que crean mejores incentivos y desarrollar conocimientos que afectan directamente la vida cotidiana. La revolución digital nos permite saber lo que ocurre en todos los rincones del mundo, estar en contacto con amigos, parientes y colegas.

Ante ese dilema, Vladimir Putin, por citar un caso paradigmático, ha optado por una defensa de la soberanía en clave tradicional

Por lo tanto, el nuevo encantamiento del mundo yace más bien en la experiencia que producen las comunicaciones, en su naturalización existencial, y en el efecto algorítmico sobre la conducta.

Efecto que está al alcance de cualquier persona que sepa utilizarlo, aunque sin dudas los recursos para desarrollar programas de uso masivo, como ocurrió con Cambridge Analytica, son señales para acentuar la rendición de cuentas de las relaciones entre Estado y corporaciones.

Globalización y Razón de Estado

Precisamente en lo que al Estado hace, la globalización ha jugado un papel decisivo al poner en debate la cuestión de la Razón de Estado. Los sistemas de apertura de datos que promueven la transparencia, como la Alianza para el Gobierno Abierto, propios del globalismo, esbozan un complejo dilema cuya resolución demanda una redefinición del concepto de soberanía.

Ante ese dilema, Vladimir Putin, por citar un caso paradigmático, ha optado por una defensa de la soberanía en clave tradicional, en un claro mensaje al sistema internacional. La “cuarta teoría política”, de Alexander Dugin, explica muy bien la concepción de la soberanía de Putin. Las anexiones de Crimea y Sebastopol dejan poco espacio para la duda.

A pesar de ello, no debemos pensar que no hay convergencias entre soberanía y globalización, pues sería naíf creer que la transparencia debiera ser absoluta. En efecto, el dilema encuentra solución a partir de una redefinición de la práctica soberana.

El secreto sirve en muchas oportunidades para investigar y detectar ilícitos que de otra forma serían de difícil acceso. El crimen organizado y el terrorismo son ejemplos ilustrativos al respecto, ya que se hacen de los resguardos legales que ofrece el transnacionalismo, camuflándose en la sociedad civil. No obstante, el secreto también es la base del sottogoverno y de la opacidad.

La fórmula de solución pareciera incluir un nuevo concepto de soberanía, que tome en cuenta la revolución tecnológica, y la democratización y gobernanza globales. David Held, en 2002, aseguraba que existe “una clara dislocación entre el discurso generalizado sobre la globalización y un mundo en el que, en su mayor parte, las rutinas de la vida cotidiana están dominadas por las circunstancias nacionales y locales”.

Hoy, esa afirmación parece haber sido refutada: vivimos en un mundo en el que las rutinas cotidianas están moldeadas por paradigmas estéticos, culturales y económicos de carácter global, mientras que los estados procuran adaptarse, algunos con mayor éxito que otros. En la capacidad de las unidades estatales para redefinir el concepto de soberanía y adaptar sus instituciones al modelo globalista, se juega el destino de la democracia tal como la conocimos hasta hoy.

Deep Blue y el siglo XXI

En marzo de 2006, el diario El País publicó una nota del profesor de Harvard, Kenneth Rogoff, acerca de las posibles consecuencias que tendría la inteligencia artificial en el empleo y las relaciones sociales. Partiendo de la aplicación de la tecnología al ajedrez, el economista se mostraba sorprendido por la capacidad de las máquinas para emular razonamientos humanos, y recordaba la célebre partida que Deep Blue, la máquina de IBM, le ganó a Kasparov. Rogoff concluye la nota asegurando que la tecnología, y no el comercio, fue el elemento primordial en la celeridad que experimentó la globalización durante el siglo XX.

Esta hipótesis coincide en un punto decisivo con los análisis marxistas: la tecnología es la matriz estructural de las fases de larga duración del capitalismo. Entre la revolución agraria del año 1000, con su introducción del arado de ruedas, y el robot del Home Banking que nos habla con bastante fluidez, existe un hilo invisible que explica el derrotero del hombre y su búsqueda por “estirarse más allá de su propia piel”, tal como ironizaba Hegel respecto del hombre y el tiempo histórico, quien advirtió la vocación humana por la trascendencia.

Si la racionalidad económica produjo el desencantamiento del mundo, la revolución tecnológica actual parece resucitar el carácter fantasmagórico y encantado, ya no de las mercancías, sino de una dimensión en plena exploración: Internet y la Inteligencia Artificial, que acaso pasen a constituirse como la nueva América, abierta a ser conquistadas por el conocimiento, el cual deja de ser un medio para ser un fin en sí mismo.

La tecnología produjo avances para domeñar el mundo. Hoy, el mundo geográfico ya no es un misterio. La ciencia computacional se convierte en la Deep Blue de los Estados y de la globalización. Se estudia a sí misma mientras transforma y desafía al mundo, siendo medio y fin al mismo tiempo.

La “ciencia pura o básica”, como la llamara Mario Bunge, tiende a fundirse con la ciencia aplicada y la tecnología. El nuevo mundo es de naturaleza virtual y parece proyectarse más allá de lo humano.

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