democraciaAbierta: Opinion

Argentina, ¿sin plan ni estrategia para gobernar?

El gobierno de Alberto Fernández enfrenta graves problemas que derivan de la situación económica que arrastra el país desde hace más de una década, a los que se suman constricciones propias de la coyuntura, de orden político, en lo que hace a la coalición de gobierno, y de orden socio-económico, respecto de la gestión de los efectos de la pandemia.

Adrian Rocha
28 October 2020
El actual presidente argentino, Alberto Fernández, participa en un homenaje a Néstor Kirchner , el fallecido ex presidente de Argentina (2003-2007) el 27 de octubre de 2020 en Buenos Aires, Argentina.
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Manuel Cortina/NurPhoto/PA Images

El movimiento de Cristina Kirchner, al ofrecer a Alberto Fernández la candidatura a presidente de la nación, fue sin dudas astuto, pues permitió a ella y a sus aliados re–articularse con el peronismo, que asimismo necesitaba del kirchnerismo.

Esta mutua necesidad llevó a Cristina Kirchner a designar a Alberto Fernández como candidato a presidente, seguramente por su capacidad de generar espacios de diálogo dentro del peronismo y con sectores hostiles al kirchnerismo. También por su talante negociador, ya que esa herramienta resultaba fundamental en vistas a las negociaciones que habría de entablar Argentina con el FMI.

De esa manera, la expresidenta renunciaba a su proyecto cuentapropista entroncado en Unidad Ciudadana, la coalición creada en el año 2017. El peronismo, por su parte, sabía que sin los votos de Cristina Kirchner sería imposible ganar una elección, por lo que el juego era de suma positiva. De esa mutua implicancia nació el Frente de Todos.

¿Exceso de táctica?

Alberto Fernández solía condensar este dilema en una frase sugestiva, aun antes de ser candidato a presidente: “Con Cristina no alcanza, pero sin ella no se puede”. En efecto, desde la existencia del kirchnerismo en su versión cristinista, los votos de Cristina Kirchner condicionan seriamente las posibilidades del peronismo de ganar elecciones.

Lo curioso de este dilema, es que también vale –aunque en menor magnitud– para los votos que aporta Sergio Massa, quien en la elección general del año 2015 obtuvo 21,39%, más de cinco millones de sufragios. Resulta evidente que la división del peronismo fue lo que permitió a Cambiemos –el espacio conformado por PRO, la UCR y la Coalición Cívica– lograr una efectiva competitividad.

La división del peronismo en 2015 se reflejaba en la apuesta de Massa, de un lado, del kirchnerismo –a través de Scioli– de otro, y en lo que sucedía a nivel interno en el peronismo de la Provincia de Buenos Aires, que presentaba precandidatos como Julián Domínguez y Aníbal Fernández por el lado kirchnerista (siendo este último quien ganó la interna), y al hoy Canciller Felipe Solá por el lado massista, como aspirantes a la gobernación. Esa interna en la Provincia de Buenos Aires –producto también de clivajes sociológicos surgidos del período 2003–2015–, tuvo un impacto decisivo en la victoria de la candidata de Cambiemos, María Eugenia Vidal, en una elección que sorprendió a todos.

El peronismo y el kirchnerismo, que no son exactamente lo mismo, identificaron rápidamente este problema. Los gestores de ambos espacios sabían que insistir en las divisiones sólo conducía a que la coalición Cambiemos (hoy llamada Juntos por el Cambio) permaneciera en el poder.

Ante esta amenaza, el peronismo optó por efectuar una sutura cara a su tradición: implementar un impensado y extraordinario giro realista para llegar al poder. Nada que no se viera en otros escenarios. De hecho, en la interna previa a la llegada de Menem a la presidencia, las críticas eran fortísimas. Sin embargo, una vez consolidado su liderazgo, la mayoría de sus críticos se alineó detrás de él e incluso muchos de ellos se sumaron al cuerpo de funcionarios.

Las diferencias entre el menemismo y el kirchnerismo son, empero, notorias: Menem solía evitar los ropajes ideológicos. El kirchnerismo, en cambio, colorea sus narrativas con simbologías de ese tipo. Aunque algunos analistas minimicen el papel de la ideología en la construcción de una identidad política, en el caso del kirchnerismo no resulta acertado desestimar ese elemento, pues si bien siempre hubo pragmatismo –tanto en las versiones de Néstor Kirchner como de Cristina–, el kirchnerismo nunca prescindió de recursos ideológicos. Así, cuando el perdía alguna batalla, como la que libró contra el sector agropecuario en 2008 o en las elecciones legislativas de 2009, redoblaba la apuesta, siempre con narrativas de orden ideológico: “la oligarquía”, “los medios hegemónicos”, “los piquetes de la abundancia”, y tantos otros.

Aunque el pragmatismo fue siempre un instrumento de construcción de poder en el kirchnerismo, los aspectos ideológicos jugaban un papel muy relevante, fundamentalmente en el caso de Cristina Kirchner.

Este elemento ideológico es, precisamente, el que impedía identificar con claridad el pragmatismo del kirchnerismo, por razonamientos de orden excluyente, como si ambos componentes no pudieran complementarse. Sin embargo, aunque el pragmatismo fue siempre un instrumento de construcción de poder en el kirchnerismo, los aspectos ideológicos jugaban un papel muy relevante, fundamentalmente en el caso de Cristina Kirchner.

En ese sentido, las duras críticas proferidas por Sergio Massa y Alberto Fernández hacia Cristina Kirchner, una vez alejados de ella, hacían pensar que sería imposible una re-articulación entre el peronismo que ellos representaban –sobre todo Massa– y el kirchnerismo, pues al adoptar ribetes cada vez más solemnes a medida que se acercaba la imposibilidad constitucional de una nueva reelección, el kirchnerismo empezaba a ponderar más la ideología que el pragmatismo, por lo que las críticas de Massa y del actual presidente eran percibidas en ese contexto como actos de blasfemia, motivo por el cual el capital político de Sergio Massa empezó a basarse, precisamente, en su antagonismo para con el kirchnerismo.

Dar el poder a quien no podrá usarlo, o la paradoja del poder intangible

Finalmente, Cristina Kirchner se movió como nadie esperaba y logró articular a todo el peronismo bajo la candidatura de un hombre estructuralmente débil: nunca gestionó un distrito, no forma parte de un PJ con sólidas extensiones territoriales (contrariamente a los casos de varios gobernadores) y además pertenece al peronismo de la Capital Federal, es decir, al menos peronista de todos los peronismos.

Nadie podía dudar de la capacidad de articulación y de negociación de Alberto Fernández, aunque algunos sí dudaban de su margen de acción para domar al peronismo.

El movimiento de Cristina resultó, tácticamente, impecable, pues nadie podía dudar de la capacidad de articulación y de negociación de Alberto Fernández, aunque algunos sí dudaban de su margen de acción para domar al peronismo y, sobre todo, para construir poder propio, más allá del kirchnerismo, aspecto que revela la astucia de la jugada de Cristina, siempre que se parta del a priori de que la ex presidenta buscaba que el peronismo dependiera de ella.

Siguiendo ese razonamiento, se entiende entonces porqué dotó a Alberto Fernández con un poder que, a decir verdad, se agota en el formalismo de la investidura. Un poder, al fin y al cabo, intangible, y que por las condiciones concretas del sujeto, lo excede política y simbólicamente.

Transcurridos diez meses de gestión, ya pueden observarse las consecuencias del movimiento de Cristina Kirchner: la capacidad y la calidad de gestión de Alberto Fernández son inversamente proporcionales a la calidad de la maniobra de Cristina Kirchner. La táctica fue brillante para ganar la elección, pero carece, por la naturaleza misma del poder, de los dispositivos que permitan traducir tal articulación electoral en una eficiente gestión pública, algo que probablemente Cristina no imaginó en el momento de elegir candidato a Alberto Fernández, o tal vez sí.

Hoy no se advierte nítidamente cuáles son las figuras que lideran la resolución de los numerosos conflictos que enfrenta el gobierno. Ni ministros ni funcionarios de segundas y terceras líneas poseen el poder suficiente para zanjar cuestiones como las tomas de tierras, la creación de instituciones destinadas a interferir en la libertad de expresión y el posicionamiento de Argentina acerca de la brutal dictadura de Nicolás Maduro.

La ausencia de un liderazgo asumido y reconocido por todos afecta la coordinación de la gestión política de la crisis.

Verticalismo sin liderazgo o el síndrome del miedo al poder

Aparecen así serias dudas acerca de quién gobierna realmente en la Argentina. Dudas que no pueden despejarse unilateralmente, aunque muchos desearían que así fuera: no es Cristina Kirchner quien cabalmente manda, pero tampoco el presidente.

Esta anomalía institucional y política acerca de la identificación del poder real impacta directamente en el peronismo: no es casual que la CGT se encuentre dividida, y que dentro del Frente de Todos existan serias tensiones entre los mismos kirchneristas, así como entre peronistas “de Massa” y kirchneristas, y entre intendentes peronistas y el gobernador Axel Kicillof. No obstante, de estos problemas no se sigue que exista la posibilidad de una salida “vía la ruptura”. Ni Massa ni Alberto Fernández están dispuestos a “romper” con el kirchnerismo.

Por otro lado, algunos sindicalistas y peronistas díscolos mantienen una distancia “óptima” con el presidente. Se configura de esa manera un juego de acercamientos y distanciamientos muy sigiloso, cuyo desenlace depende del timing de la caída: si ésta se revela en las elecciones legislativas de 2021, empezarán a notarse las “diferencias” y el peronismo podría dividirse nuevamente, abriendo así las puertas a la figura emergente de la oposición: Horacio Rodríguez Larreta, el hombre encriptado, un hombre mucho más complejo de lo que habitualmente se supone, ya que no sabe antagonizar, y en eso consiste su capital político.

El efecto de la gran maniobra de Cristina está a la vista. Se trata de la intangibilidad del poder de un presidente que necesita hablar cada vez más, tal vez porque lo único que ejerce con seguridad es el uso de la palabra. Se llega así a la paradoja del poder intangible, que consiste en un sistema de toma de decisiones fragmentado, en el que el presidente no posee el capital simbólico ni estructural necesario para conducir un movimiento que históricamente ha sido dirigido en forma vertical.

El peronismo y el kirchnerismo empiezan a desafiar a su propia historia, y acaso al mismo sistema presidencialista del que tanto se han beneficiado, lo cual se torna más peligroso en escenarios críticos como los que se avecinan

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