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La resiliencia de dos mujeres indígenas frente a la pandemia

Dos mujeres cuentan cómo se vive la pandemia desatada por la enfermedad de la Covid-19 en sus comunidades, las dificultades que atraviesan y las implicancias del aislamiento. Pero, además, analizan e interpretan la crisis desde su cultura y desde su propia perspectiva, como mujeres indígenas.

Yanina Paula Nemirovsky
13 July 2020
"Prohibido la entrada a personas no indígenas". Cartel a la entrada de una comunidad aruaco en la Sierra de santa Marta, colombia.
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Kelly Laudenberg. Survival International. All rights reserved

El aislamiento en comunidad es una suerte de oxímoron que se manifiesta en muchos lugares de América Latina. En dos territorios tan distantes entre sí y tan diferentes como la sierra Nevada de Santa Marta en Colombia y el Gran Chacho en Paraguay, comunidades y mujeres se organizan para resistir frente al avance del coronavirus y proteger su legado cultural y su tradición, que tiene elementos que comparten casi todas las culturas indígenas de la región: la armonía con la naturaleza y la vida en comunidad.

Un diagnóstico de la situación de las comunidades arhuacas en Colombia

“Mi nombre es Lucelly Torres, yo soy de la comunidad Arhuaca de la Sierra Nevada de Santa Marta. Soy una mujer que a muy temprana edad me tocó vestirme de las realidades de mi país y eso me hizo caminar fuerte”. La Sierra Nevada de Santa Marta es una montaña con forma piramidal ubicado al norte de Colombia, al borde de la costa Caribe y cuya cima se encuentra a unos 5.000 metros de altura. Ocupa tres departamentos: el Cesar, la Guajira y el Magdalena. Allí viven cuatro pueblos indígenas: los arhuacos, los wiwas, los kogis y los kankuamos, que en conjunto conforman una población de 30.000 personas.

Lucelly es originaria de las comunidades arhuacas de la parte alta del Magdalena, en donde nace el río Fundación. Para estas comunidades, la llegada de la Covid-19 se vivió de forma muy diferente que para las ciudades: “nosotros hemos vivido en aislamiento la mayor parte de nuestra historia”, dice Lucelly, y no solamente se refiere a que la propia geografía del territorio los mantiene lejos del bullicio de las ciudades más cercanas: “creo que hemos sido un poco abandonados por el gobierno. Si no fuera así, tal vez no tocaran tantas luchas”.

Pero ese aislamiento a la vez evitó la expansión descontrolada del coronavirus en las comunidades arhuacas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Durante las primeras semanas, no hubo contagios en la zona. Pero sí se implementaron medidas para la restricción de la movilidad entre las propias comunidades. “Sabemos que tenemos un sistema de salud muy débil. Y sabemos que nosotros debemos salvaguardar cada uno nuestras vidas, buscar nuestra propia protección, y quizá por mucho tiempo no vamos a permitir el ingreso de personas ajenas a las comunidades. Sería catastrófico que se nos presente un caso porque no tenemos nada como para poder llevar a cabo la atención y tampoco tenemos mucho conocimiento, no sabríamos cómo manejar la situación y eso sería fatal para los pueblos indígenas”.

Sin embargo, las medidas de aislamiento son las que más han afectado a las comunidades indígenas de esta región. Y esto, según Lucelly, les ha permitido evaluar la situación en que se encuentran sus propias comunidades: “Todo esto está sirviendo como para diagnosticar muchísimas cosas; no literalmente enfermedades, sino cómo el sistema está roto. Los mamos con los que hemos hablado han dicho que es una oportunidad que se ha abierto en medio de nuestro caminar”. Los mamos son guías espirituales, fuente de sabiduría y orientadores de la ley de origen, que, en la cultura arhuaca, es el orden establecido en la naturaleza.

La escasez de alimentos continúa entre las comunidades que dependen del turismo y aquellas ubicadas a mayor altura, que tienen mayores dificultades de acceso y menores posibilidades de cultivar sus propios alimentos.

En ese diagnóstico, una de las situaciones más apremiantes tiene que ver con las dificultades que algunas comunidades tienen para garantizar su seguridad alimentaria de forma autosuficiente. “Nosotros estamos haciendo un diagnóstico de qué cosas no hemos hecho. En este nivel donde yo estoy hay muchos productos que no se cultivan porque no es apto el territorio, porque no hay agua suficiente, por muchas razones. En cambio, en la parte alta sí. Entonces nos toca diseñar estrategias para poder intercambiar productos; crear un semillero de diferentes frutas y hortalizas y donarlo a las familias, hacer seguimiento y facilitarle atención técnica acerca del producto y a largo plazo poder hacer intercambio con otras comunidades”.

Actualmente, la circulación en las comunidades arhuacas del Magdalena sigue restringida. Se ha reportado el caso de un niño que contrajo Covid-19 en el departamento del Cesar, que superó la enfermedad. Pero la escasez de alimentos continúa, en especial, entre las comunidades que dependen del turismo y aquellas ubicadas a mayor altura, que tienen mayores dificultades de acceso y menores posibilidades de cultivar sus propios alimentos. Lucelly sigue trabajando en su organización, «fomentando las tradiciones, las culturas, a través de la enseñanza». Y si bien la Covid-19 no ha afectado su comunidad, el aislamiento les causa gran preocupación, «porque si esto sigue y se alarga en el tiempo sí estaremos al límite de producir y de poder atender las necesidades de los niños y las mujeres».

El aislamiento y las mujeres en una comunidad qom de Paraguay

Lejos de las montañas colombianas, el aislamiento también afecta de maneras similares a las comunidades indígenas del Gran Chaco paraguayo. Así cuenta Bernarda Pessoa, mujer indígena qom del Paraguay y lideresa del Colectivo de Mujeres del Gran Chaco Americano. Bernarda habita en Santa Rosa, una comunidad ubicada a 48 kilómetros de Asunción.

En esta y otras comunidades y territorios rurales del Gran Chaco paraguayo, el coronavirus no se expandió con la misma velocidad que en las ciudades. No obstante, las medidas de aislamiento que se tomaron a nivel nacional en Paraguay repercutieron en todo el territorio nacional y tuvieron un fuerte impacto en el aspecto económico y en el abastecimiento de las localidades rurales y campesinas.

En esta situación de aislamiento, las comunidades subsisten principalmente con sus propios recursos, a través del trueque colectivo y el intercambio. Bernarda, además, coordina con personas de Asunción el envío de alimentos no perecederos, para compartir con los vecinos. “Acá se comparte todo lo que pueda y por suerte tenemos también frutales, pomelos, que están dando frutos; tenemos también coco, palmitos y pesca que hacen los hombres y las señoras, para que el hambre no llegue a las familias. Este es un trabajo colectivo que estamos realizando acá en la comunidad”.

Ante la falta de políticas públicas que alcancen los territorios chaqueños, las comunidades se organizan para abastecerse y asegurar que todas las personas tengan acceso a todos los recursos disponibles.

Bernarda, como lideresa del Colectivo de Mujeres del Gran Chaco, está especialmente atenta a las mujeres indígenas, sus necesidades y las formas en que este aislamiento las afecta. “Las mujeres viven la pandemia con mucho sufrimiento”, dice Bernarda. La mujer indígena, que es la encargada de los cuidados de la familia, muchas veces tiene que enfrentar carencias para sí misma, ya que si la comida falta, “la mujer ya no puede comer porque tiene que darles a sus hijos primero la comida”. Pero, además, las mujeres qom han visto disminuir sus ingresos por otros motivos: “ya no pueden vender sus productos artesanales y tampoco hay trabajo doméstico en los hogares de los no indígenas porque todo está paralizado”.

En esta situación de aislamiento, las comunidades subsisten principalmente con sus propios recursos, a través del trueque colectivo y el intercambio.

Bernarda vive con preocupación la situación de las mujeres de su comunidad y de otras comunidades indígenas chaqueñas: “Es una situación muy delicada la que estamos viviendo y sobreviviendo en nuestro territorio paraguayo. Uno, porque la mujer ya no puede rebuscarse para traer alimento a su hogar, y otro, porque es muy difícil el acceso a la buena calidad de la salud. Además, las instituciones educativas están cerradas también y no están llegando los kits alimentarios para los estudiantes. Entonces, las mujeres son las que hacen todo lo posible para buscar el alimento para sus hogares”.

La resiliencia de la mujer indígena

Tanto Lucelly, en Colombia, como Bernarda, en Paraguay, coinciden en que todavía hay un largo camino por recorrer para el reconocimiento de los derechos de las mujeres indígenas. Según Lucelly, este aislamiento expone la fragilidad de los derechos de las niñas, los niños y las mujeres: “están muy flexibles, muy débiles”. Por esto, Lucelly lidera Wirakoku, una organización que trabaja por los derechos de las mujeres indígenas de la región y les brinda herramientas para que puedan adquirir autonomía económica.

Las mujeres arhuacas manejan el arte tradicional del tejido. Ellas elaboran unas mochilas con unos diseños geométricos que encierran la sabiduría ancestral de la cultura arhuaca, su pensamiento matemático, estético y simbólico acerca del mundo y la naturaleza. Estos tejidos representan el patrimonio cultural del pueblo arhuaco, cuyo saber es transmitido de madres a hijas, de mujeres a mujeres: “A través de nuestros tejidos mostramos una cosmogonía; hay todo un historial en el tejido de las mochilas. Nosotros tenemos unos códigos que dejó Atinaboba, quien diseñó el arte del tejido. Estos códigos hablan de la realidad de las comunidades con respecto a la naturaleza, los animales. Entonces yo pensé en que era algo muy bonito que podíamos compartir con las comunidades occidentales, con las personas a quienes les interesaran nuestras mochilas, pero dando a conocer el trabajo que hay detrás de ellas”. Lucelly busca revalorizar el trabajo de las mujeres arhuacas y dar a conocer su cultura y sus raíces.

Las mujeres qom también poseen una sabiduría ancestral que se transmite de generación en generación y que tiene que ver con su relación con la naturaleza. En especial, en el contexto de esta pandemia, Bernarda señala la importancia de la medicina natural: “Muchas mujeres en la comunidad son médicas y se cuidan entre ellas”. La medicina natural se basa en el conocimiento de las plantas y sus efectos medicinales en el cuerpo humano, y las mujeres médicas de las que habla Bernarda poseen este conocimiento, que ellas ejercen y transmiten. “Seguramente hay cura dentro del bosque, la selva, el agua”, dice Bernarda. “Las medicinas naturales son muy poderosas y no se compran, se consiguen entre nosotras. Por esto, escuchar a nuestros abuelos y abuelas chamanes y chamanas que hay en la comunidad significa mucho para la subsistencia de los pueblos. Es muy importante tener esta visión y el valor de volver a nuestras raíces”.

Cuando una mujer indígena lucha por sus derechos, está luchando por los derechos de su comunidad; por el bienestar y el buen vivir de su pueblo y de todos los pueblos del mundo.

Una pandemia atravesada por la desigualdad

Si en algo coinciden en su análisis de la pandemia dos pueblos indígenas como el qom y el arhuaco es en lo relacionado con el sistema productivo, económico y político. “Como aprendizaje y como experiencia, para los pueblos indígenas es muy importante el territorio. El territorio, el trabajo colectivo y la comunidad en sí son una protección ante los atropellos, ya sea de la salud, de la educación. Para nosotros siempre es muy importante tener y mantener el territorio”, dice Bernarda. El territorio unifica, evita el aislamiento. “En la sociedad, veo que siempre están aisladas las personas. Cuando se casa una pareja, se separa de la familia y se va a otros lugares muy lejanos de su casa. Se aíslan de la familia. En cambio, en el territorio y el colectivo de trabajo, no somos así: siempre estamos en el territorio, se puede hacer una casa aparte pero no tan lejos de la familia ni de la comunidad”.

Y ese aislamiento, esa distancia que separa a las personas, es a la vez un reflejo del sistema social y económico. “En nuestra experiencia y reflexión, vemos una desigualdad en la sociedad en la que vivimos: aparte los indígenas, aparte la clase media y aparte la clase muy alta. Es una división de personas según su nivel económico. Y en este momento la clase muy baja es de los pueblos indígenas”.

Esta desigualdad tiene una base cultural que no solo se manifiesta en lo económico, sino también en lo político y lo social. “Los documentos de identidad de los pueblos indígenas figuran como paraguayos y paraguayas, pero siempre hay una desigualdad en la sociedad en que vivimos y en la atención, los beneficios, los programas de gobierno, que nunca mencionan a los pueblos indígenas. Es una desigualdad enorme y una discriminación bastante alta en la sociedad paraguaya”. Bernarda afirma que todavía falta un largo camino por recorrer: falta representación política indígena en los espacios institucionales y de toma de decisiones, en el acceso pleno a derechos, en el respeto a los territorios y en la valorización de los conocimientos y las formas de vida ancestrales.

La crisis planetaria en la visión del pueblo arhuaco

Los arhuarcos conciben y representan el planeta Tierra como una mujer: es el punto de arraigo en donde todos los seres pueden habitar y echar raíces. Para el pensamiento arhuaco, todo hace parte de un mismo universo y la Tierra y todo lo que ella contiene es un complemento del universo. “Por esto”, dice Lucelly, “es tan importante para nosotros el tema de la conservación”.

La Ley de origen es, para la cultura arhuaca, el orden que rige el equilibrio de la naturaleza. El ser humano es parte de ese equilibrio, pero lo ha roto en su afán de acumular cosas materiales. Y ese afán de acumulación es a la vez una expresión de un desequilibrio interno, en el que el ser humano actúa sin una razón, sin un horizonte, sin claridad sobre sus propias acciones. “Cuando el hombre comienza a dañar la mente, eso es como enfermarse, y cuando te enfermas tanto con tu pensamiento, con tu actuar y tus cosas, haces daño, y por donde caminas vas manchando, ensuciando, y llega un momento en que todo se enreda y nada se entiende”, dice Lucelly.

Esta pandemia, dicen los mamos, es una forma de protesta de la Tierra por el daño que el humano ha hecho a su paso. Pero incluso cuando se trata de una enfermedad que afecta a una persona, también se entiende como el resultado de algo que falló, y por eso, para la cultura comunitaria arhuaca, la enfermedad no es exclusiva del individuo, sino de todo su entorno: “Cuando, por ejemplo, un niño se enferma, se reúne toda la familia y comienza a indagar dónde estuvo mal. Si hallan qué es lo malo que se hizo, tratan de subsanarlo, y no se deja mucho tiempo y muchas cosas por sanar. Y siempre se hace así. Cuando se corta un árbol porque se necesita construir una casa se hace el trabajo para utilizar ese árbol y luego se vuelve a sembrar”.

Lucelly afirma que esta etapa es una especie de examen que nos invita a aprender y a actuar en consecuencia. “Cuando ya crucemos al otro lado, tenemos que haber aprendido la lección que realmente tiene esto: que nosotros no podemos continuar vestidos de los mismos pensamientos, pensando caminar por el mismo lado. Tenemos que estar vestidos de eso de lo que estábamos vacíos, lo que no atendíamos, como la familia, las mujeres. Yo creo que después de esto, tenemos muy claro que el sistema, los sistemas de salud, de educación, no son suficientes ni están funcionando adecuadamente”. El cambio que se requiere es sistémico. Y en la cultura arhuaca saben que la única forma de llevarse al lugar de bienestar común es recuperando esos conocimientos ancestrales, esa Ley de origen que determina cómo el ser humano puede y debe vivir en equilibrio con la naturaleza.

Pasar la prueba

“El mensaje que puedo dar como mujer indígena es que no podemos tener miedo”. Bernarda Pessoa, protagonista de muchas luchas que vienen de largo tiempo atrás, junto con tantas otras mujeres del Colectivo de Mujeres del Gran Chaco, pese al aislamiento sigue cultivando el diálogo con sus compañeras, la solidaridad y los valores comunitarios que, como dice, son una protección. “Yo pido que sea el fin de esta pandemia, pero también de la guerra de químicos, de la guerra del poder. Porque nosotras, como mujeres indígenas, siempre estamos luchando y sobreviviendo, somos un fruto más de la resistencia”.

Allá lejos, en la Sierra colombiana, Lucelly también cultiva la resistencia: “tenemos que seguir los que estamos en la lucha, seguir con mucha más fuerza, buscando más aliados, identificando a las personas que quieren unirse a este tejido de apoyo, y entre todos unificar el trabajo. Hay que fortalecer estos puntos que están cerca de quebrarse. Es momento de buscar trabajos colaborativos, en las comunidades indígenas yo siempre he dicho que no necesariamente necesitamos grandes cantidades de recursos. Nosotros necesitamos estrategias de conservación que son sencillas y fáciles para permitirle a todas las comunidades vivir un poco más tranquilas”.

Lucelly está segura de que todo esto pasará, y aunque no todas las personas pasarán el examen, para muchas otras será el momento de aprender y de salir a mostrar lo aprendido. “Habrá un momento en que nos vamos a encontrar y vamos a decir lo positivo que fue todo esto. Aquí hay una tranquilidad generalizada, hay muchos animales, hay muchas frutas; afortunadamente no hemos sentido el peso de vivir en la ciudad. Nosotros también comenzamos a valorar lo que tenemos, porque muchas veces vivimos de una manera inconsciente. Yo gozo de estar aprendiendo en todo este tiempo, entonces quiero compartirlo con ustedes. Porque no somos seres autosuficientes y siempre necesitamos del otro”.

Ambas mujeres, desde sus respectivos rincones de América Latina, comparten un diagnóstico y una visión de futuro para la post-pandemia. La Covid-19 plantea un escenario complejo, pero, como dice Lucelly, también se presenta como una oportunidad de aprender y avanzar hacia un nuevo paradigma, que transforme los vínculos entre las personas y la naturaleza, los animales, entre las personas mismas. Y las mujeres indígenas encierran en sí ese nuevo paradigma, transmitido de generación en generación, en sus artesanías, en sus tejidos, y, ahora, en sus luchas y sus resistencias. Porque, cuando una mujer indígena lucha por sus derechos, está luchando por los derechos de su comunidad; por el bienestar y el buen vivir de su pueblo y de todos los pueblos del mundo.

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Este artículo fue publicado previamente en InnContext de la Fundación Avina. Lea el original aquí

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