María, José y el Niño Jesús son los personajes centrales y tradicionales del pesebre venezolano. En época decembrina este icono, cargado de significado católico, aparece en la mayoría de las casas de los venezolanos. Es un símbolo de la Navidad y de la unión familiar. Pero, en un país marcado por la emergencia humanitaria compleja y su consecuente flujo de migración forzada más elevado de Latinoamérica, las figuras de mamá o papá no aparecen en el cuadro.
A Cristian y Fabiola, por ejemplo, les hace falta su María; a Elianni y Santiago, su José. Son niños, niñas y adolescentes venezolanos que no se conocen. Dos de ellos viven en Caracas, capital de Venezuela, mientras que Santiago está en un estado oriental: Anzoátegui. Un día, los cuatro despertaron sin uno de sus padres en el país, lo que hoy los convierte en parte del fenómeno de la niñez dejada atrás.
“Los niños con papás y mamás ausentes por migración pueden presentar tristeza, ansiedad, frustración, arrebatos de ira. En Navidad esto puede verse magnificado. Es un momento muy visual, además. Es como tener la ausencia materializada. Imagínate que estamos en una mesa con cinco puestos, pero el cuarto no se arregla. A ese no se le pone el mantel, no se le pone los cubiertos. Ahí el niño va a notar más que papá o mamá no está”, apunta María Victoria Coutsogiannis, psicóloga de Cecodap, una organización que defiende los derechos del niño en Venezuela desde hace 37 años.