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Obama, Timochenko y los Rolling Stones, juntos en Cuba

Juntar en Cuba a Obama con Raúl Castro y a Kerry con las FARC, y tener a Mick Jagger saltando de alegría, es una manera revolucionaria de enterrar la revolución. English Português

Abel Gilbert
30 March 2016
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The Rolling Stones en Cuba. 25 Marzo 2016. Dave J Hogan/Getty Images. All rights reserved.

La isla otra vez parece convertirse en el centro de la historia. Pobre isla, otra vez: llega un huracán y arrasa con las plantaciones de azúcar, las casas, y hay que levantarlo todo de nuevo. Pero quién podría atreverse a contradecir esa sensación de que en el Caribe los planetas se alinearon.

Barack Obama aterrizó en Cuba para torcer una historia de malas relaciones y derretir definitivamente los últimos resquicios del teatro de operaciones de la Guerra Fría. Las FARC y el Gobierno colombiano se reunieron en La Habana con el secretario de Estado John Kerry y encontraron el aval y el estímulo de Washington a transitar el escaso trecho que queda para ponerle fin a un sangriento conflicto armado de medio siglo. Y, a modo de cierre musical celebratorio, de cierre simbólico, los Rolling Stones Sociedad Anónima (SA) se presentaron ante una multitud en la Ciudad Deportiva habanera. “Medio siglo después”, decían los cubanos, arrobados por el poder de la electricidad y las figuras que se paseaban por el escenario. Miles de smartphones, seguramente adquiridos con dinero de los familiares que viven en Estados Unidos, registraron las escenas del concierto. Serán seguramente guardadas con la certeza de que esa fue la noche en que todo comenzó realmente a cambiar de manera acelerada.

Todo parece tan simple… Pero en ese “medio siglo después” se encierra una de las paradojas de este tiempo. Y quisiera ir tres semanas atrás, al momento en que Mick Jagger estuvo en Buenos Aires, porque en la capital argentina se produce una situación que quizá ayude a comprender mejor lo que ha sucedido en Cuba. Jagger se dejó tomar una fotografía en el cementerio de la Recoleta, donde está enterrada Eva Perón. ¿Eran la imagen de un turista embelesado con la arquitectura mortuoria? ¿O él, Jagger, nos dice entre esas tumbas aristocráticas, como un Dorian Grey tory: "estoy más allá del tiempo”. Y quizá esa era la desconcertante naturaleza del juego de la que se habla en Sympathy for the devil, una de las canciones emblema del grupo, con la que se cerró el concierto en Cuba. Esa canción propone un juego de permanente y resbaladiza ambigüedad, que ya tiene casi “medio siglo”, tiempo que los cubanos creyeron estar esperando a Jagger y sus amigos. Hace 48 años, Jagger no se definía a sí mismo conservador con la letra “cé minúscula” (alguien que rechaza la presión fiscal del Estado y es tolerante “en cuestiones morales o relativas a la libertad de expresión”), ni los Stones eran una Sociedad Anónima. No. En 1968, el año de Sympathy for the devil, Sir Mick irrumpía como el referente de la protesta que empezaba a sacudir Europa. O al menos así lo quería ver parte de la izquierda filo-castrista y hasta Jean Luc Godard. Su película One plus one registró el proceso grabación de Sympathy for the devil. Las primeras tomas presentan el esquema de la canción. No hay instrumentos eléctricos. La película finaliza con la versión del disco Beggars banquet. El work in progress, que se alterna con intervenciones de Black Panthers armados era, para Goddard, una metáfora del proceso revolucionario. ¿Qué pensaba el cineasta? ¿Qué usos supuso de esa voz, ese cuerpo erotizado y esas imágenes? Jagger se había inspirado en El maestro y Margarita, la sátira antistalinista de Mijail Bulgakov. La novela habilitaba un sinfín de lecturas, pero quizá ninguna a la altura de las expectativas de Goddard. El recorrido de esa canción es tan sinuoso que National Review, la revista de la derecha ilustrada de Estados Unidos, la eligió en su artículo Rockin’ the Right entre las 50 canciones más conservadoras. No creo que estos sean temas hayan sido motivo de preocupación en la isla ni en Argentina o Colombia. Las utilizaciones de los Stones evaden esos extremos

Pero, ¿the song remains the same? En el título de aquella película sobre los conciertos de Led Zeppelin en el Madison Square Garden, a mediados de los setenta, se cifra una imposibilidad que no exime a nadie: el sentido de las canciones es siempre contingente, volátil, utilitario. ¿Cómo entender sino el derrotero de Stairway to heaven? El himno hippie zeppeliano le ha a disputado a la Cabalgata de las walkirias el primer lugar en los playlist de los iPods de los soldados de Estados Unidos que vigilaron por aire y tierra la Irak intervenida entre 2003 y 2013.

Los Stones también tocaron Street Fighting Man, y esa canción se conecta en un sentido con la “vieja Cuba” que desplegaba su imagen insurreccional y desafiante al mundo. Ese año, el 68, Jagger conversaba en Londres con Tariq Alí, un escritor marxista de origen paquistaní miembro de New Left Review y la revista The Black Dwarf. Alí ha recordado esos encuentros en Street-Fighting Years: An Autobiography of the Sixties. Después de la ofensiva del Tet ejecutada por el ejército del Vietnam del Norte y el Vietcong en 1968, el movimiento de protesta contra la guerra de Vietnam creció como la espuma en Inglaterra. Miles de manifestantes se enfrentaron en una verdadera batalla campal con la policía montada en Grosvenor Square. Entre los manifestantes, estaba (esa vez) Jagger. Bajo los efectos de los bastonazos de la policía montada, el Stone escribió Street Fighting Man. La canción es musicalmente rudimentaria pero encierra la energía de una época vertiginosa: "ha llegado el verano y es el momento de luchar en las calles". En una entrevista en International Times, su autor fue aún más lejos que el propio texto: "el sistema está podrido (...) el momento ha llegado. La revolución es válida". Excitado por las circunstancias, y en medio de los preparativos de una segunda movilización callejera, Jagger le ofreció la letra a The Black Dwarf. La revista la imprimió con una cita de Engels ("un onza de acción vale una tonelada de pensamiento") y un título: Mick Jagger y Fred Engels luchan en la calle. Cuando Street Fighting Man fue completada, en mayo, y en medio de los sucesos parisinos, se decidió que no saliera como single en Inglaterra. La compañía temió que fuera escuchada como una incitación a la rebeldía.

Nada de eso estuvo en juego en la isla. Los Stones SA son un dispositivo del entretenimiento planetario y, como tal, esparcieron su música en una isla que ya no solo está imposibilitada de promover el cambio revolucionario: esa revolución hace muchos años que no existe (como los septuagenarios Stones ya no pueden ser aquellos jóvenes lascivos que asustaban a los padres cuando sus hijos los escuchaban). La isla se mueve en dirección inexorable hacia el capitalismo. Será, primero, un capitalismo con fuerte presencia estatal. Pero, en algún momento, la burguesía emergente reclamará aquello que Obama vino a predicar. Jagger y su banda vinieron a celebrar el momento inaugural. Podría decirse que le cantaron a esos cubanos que habían sido expulsados de la fiesta por décadas. Pero también podría pensarse ese gran concierto como un modo más oblicuo de alabanza a la gran victoria diplomática de Obama: reencauzó los vínculos con Cuba y ha jugado un papel relevante en el acuerdo de paz de Colombia (EE.UU está convencido de que, cuando se realicen allí elecciones, las FARC, convertidas en un partido político, obtendrán muy pocos votos). Pero además, toda América Latina está girando otra vez hacia la derecha. Si 2005 suele ser recordado como el año en que George Bush fue derrotado en su aspiración de convertir a todo el continente en una gran zona de libre comercio, 2016 amenaza con convertirse en el año en que quedarán pocos vestigios de aquel espíritu antinorteamericano. Argentina ya viró a la derecha, Brasil está a punto de hacerlo y se supone que ocurrirá lo mismo en Venezuela. Obama, al concluir su mandato podrá decir que ha obtenido Satisfaction.

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