Las desigualdades basadas en género y raza tienen raíces profundas en la construcción de la historia de Brasil. Durante la esclavitud, las mujeres negras desempeñaron un papel fundamental dentro de los modelos de producción que explotaban el trabajo obligatorio. Con la abolición de la esclavitud, entraron en el mercado de trabajo informal en labores de apoyo familiar en la mayoría de los casos ejerciendo funciones de lavandería, cocina y cuidado de los niños entre otras actividades en puestos de trabajo que se suelen dar en modelos de contratación informal que no reconocen derechos laborales o condiciones de trabajo dignas.
En este escenario de racismo estructural, desprotegidas de políticas públicas dirigidas a la igualdad de oportunidades de acceso a la educación y de ingreso al mercado laboral, las mujeres negras se convirtieron en pilares del trabajo doméstico. A finales de la década de 1990, con más de 100 años de la Ley Áurea, por la cual se abolió la esclavitud en Brasil, el trabajo doméstico informal es aún una constante, especialmente para las mujeres negras quienes constituyen el segmento mas grande de las empleadas domésticas en el país.
Según el retrato de las desigualdades de género y raza, en 1996, sólo el 18,7% de las empleadas domésticas negras tenían contrato firmado a pesar de representar la mayoría de las trabajadoras de la industria. Fue en esa época, el 2 de marzo de 1997, que Simone Diniz, una mujer negra de 19 años que buscaba una oportunidad de trabajo, encontró en los clasificados del diario Folha de São Paulo una vacante como empleada doméstica. Sin embargo, había un problema: la oportunidad requería que la candidata fuera de "preferencia blanca" (sic).