A los diecisiete años Natalia Lane tenía varias certezas en su vida: quería ser periodista, era una mujer trans y quería una vida de aventuras. Desde la infancia, Natalia se había sentido singularmente fuerte, una exploradora astuta y valiente que podía llegar a lugares en los cuales otras personas sólo sentirían temor.
El miedo se asomó disimuladamente en su vida mientras su familia y los medios de comunicación nacionales le sembraban prejuicios sobre el mundo de las mujeres trans y lo describían como extraño y peligroso. Pero Natalia siempre ha sido una mujer de curiosidades y exploraciones propias, y nunca hubo un camino posible que la hiciera sentir vulnerable.
Es por ello que desde muy joven asumió su transición sin ninguna inquietud, y por lo que a sus veinte años se volcó al trabajo sexual de calle, para empezar a vivir una vida sintiéndose dueña de su cuerpo, su mente, su placer y su cartera.