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Las maravillas y los límites de la caída de Trump

La estrategia por medio de la cual el 0,1% impuso su proyecto desde 2008 ha sido derrotada. No significará mucho si la izquierda no logra abordar su déficit de imaginación política. Pero se abre una nueva oportunidad, especialmente en Brasil.

Antonio Martins
12 November 2020
El Presidente de los Estados Unidos Donald J. Trump durante la celebración del Día Nacional de los Veteranos en el Cementerio Nacional de Arlington, VA, el 11 de noviembre de 2020
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Chris Kleponis/DPA/PA Images

Ningún viento puede ayudar a quien no sabe adónde va. La derrota de Donald Trump en Estados Unidos apenas se ha consolidado y se presentan dos valoraciones aparentemente opuestas. Para algunos, como Ricardo Kotscho, ha drenado el pantano de donde se filtraron los miasmas políticos que nublaron el siglo XXI; ciertamente habrá una restauración virtuosa del pasado reciente. Otros, como Glenn Greenwald, piensan, por el contrario, que nada cambia realmente, porque los intereses detrás del Partido Demócrata y Joe Biden son, en esencia, tan oligárquicos como los que sostuvieron a Donald Trump. Estos puntos de vista no toman en cuenta el contexto del que surgió la ultraderecha contemporánea; y cómo ha sido transformado este escenario desde el inicio de la pandemia. Por eso, les elude la oportunidad desaprovechada por la izquierda, hace 12 años, y la aparición de un nuevo hueco en los últimos meses – y el esfuerzo que será necesario para aprovecharlas.

Este texto apoya cuatro hipótesis fundamentales:

a) Trump no es la causa, sino el efecto de una crisis del capitalismo que empezó en 2008 y aún no se ha resuelto. Sin embargo, no se puede subestimar la importancia del ahora caído presidente. Significó, incluso desde un punto de vista simbólico, la caída de la estrategia efectuada por la oligarquía financiera para escapar de la crisis. Tal estrategia implicó apostar por dos bloques políticos al mismo tiempo: el neoliberalismo clásico y el neofascismo; y construir, a través de esta combinación, un juego de ilusiones que ocultaba la ultraconcentración de la riqueza y el desmantelamiento de la democracia;

b) Esta táctica sólo podría concretarse aprovechando un enorme déficit de imaginación política por parte de la izquierda. Frente a la crisis del sistema, no pudo formular una perspectiva poscapitalista. Asombrada, aceptó el relato de que no había otro camino que salvar a los bancos e imponer a las mayorías "austeridades" y "ajustes fiscales". Al hacerlo, cometió el trágico error que marca los últimos diez años, porque allanó el camino para que la ultraderecha se pusiera la máscara antisistema y se ganara un apoyo popular que antes era impensable.

c) El estallido de la pandemia de la Covid-19 está barajando las cartas nuevamente, por dos razones. Primero, porque expone la incapacidad de la ultraderecha de ofrecer protección a las mayorías en los países que gobierna. Este fracaso, que puede ser mortal para un gobierno “populista”, se deriva de los vínculos que mantienen Trump y Bolsonaro con la oligarquía financiera, cada vez más evidente. En segundo lugar, porque la pandemia – que ahora entra en una “segunda ola” – expone la fragilidad de la “solución” adoptada en 2008 para enfrentar la crisis financiera. En los próximos meses, habrá más devastación económica y social. Esto abrirá espacio, nuevamente, para discutir las dos formas opuestas de enfrentar el drama.

d) También en Brasil, el escenario oscuro de los dos últimos años puede cambiar. La falta de oposición efectiva hasta ahora ha permitido que Bolsonaro permanezca blindado, al contrario de lo que sucedió, mucho antes de Estados Unidos, en Argentina, Chile, Ecuador y Bolivia, por ejemplo. Pero el probable fracaso de los candidatos del presidente en las elecciones municipales está demostrando que el clima de confrontación permanente que ha creado puede haberse vuelto ineficaz. Además, tendrá que afrontar, inmediatamente después de las elecciones, una serie de graves problemas – desempleo, pobreza, inflación de alimentos – a los que su programa ultraliberal no tiene respuesta. Y, finalmente, es muy posible que de las elecciones emerja una izquierda renovada, plural y menos propensa a aceptar la polarización artificial que provoca el presidente como estrategia política.

Vale la pena examinar, con más detalle, cada una de estas hipótesis.

La caída de Trump puede romper la estrategia de la oligarquía financiera – en el mismo momento en que la crisis mundial volverá a surgir y exigirá definiciones políticas

I. La estrategia de la oligarquía

Estudiadas con enorme interés desde Karl Marx, las crisis del capitalismo fueron vistas, en los siglos XIX y XX, como momentos de oportunidad revolucionaria. En ellas tanto la lógica de acumulación del sistema como su capacidad de generar consenso, se ven desorganizadas. Las estructuras de la dominación burguesa se ven sacudidas. Surge la posibilidad de profundas transformaciones o incluso del colapso del viejo orden.

Curiosamente, sólo la parte menos instigadora de estos fenómenos se ha repetido en la gran crisis financiera que comienza en 2008 y, en muchos aspectos, aún no ha terminado. En las economías occidentales, la producción de riqueza y las tasas de inversión se han recuperado muy lentamente. Todavía están, en muchos casos, por debajo de los niveles anteriores a la crisis. El desempleo, la precariedad y la pobreza han aumentado. Incluso en los Estados Unidos, el antropólogo Wade Davis recuerda que "casi una quinta parte de los hogares tienen un patrimonio neto cero o negativo, y la gran mayoría de las personas – blancas, negras y pardas – están a sólo dos salarios de distancia de la bancarrota".

Sin embargo, en ese período, la lucha de clases – que Marx, Bakunin y Proudhon llegaron a ver como el "motor de la historia" – caminó en la dirección opuesta a lo que habían predicho. Una pequeña minoría se apropió de una parte aún mayor de los ingresos y la riqueza. Pero en lugar de despertar la rebelión, este proceso produjo el surgimiento de una ultraderecha que celebra y propaga los valores más groseros de la dominación capitalista. Individualismo. Competencia de todos contra todos. Afirmación de la fuerza bruta. Violencia. El odio a lo diferente. Anticomunismo, misoginia y racismo. Desprecio por las estructuras de solidaridad.

Las razones que llevaron a esta emergencia serán mejor tratadas en el próximo tema, pero es importante señalar aquí que la oligarquía financiera, el 0,1%, celebró y apoyó la "novedad". Los puños suaves de los grandes banqueros internacionales acogieron los puños furiosos de los supremacistas blancos, o los puños armados de los milicianos brasileños. Era funcional, por múltiples razones. En todas partes, el surgimiento de una polarización artificial (sistema versus ultraderecha) atrajo la atención de las sociedades, ignorando a quienes entraban en el debate las políticas que produjeron la desigualdad y la pobreza. En algunos países (como Brasil), donde el conservadurismo tradicional demostró estar desgastado e impopular, la clase multimillonaria no tuvo problemas en apoyar directamente a los protofascistas. En otros (como Francia), la amenaza de la ultraderecha (Marine Le Pen) fue providencial para que las sociedades optaran, como un "mal menor", por un banquero abiertamente neoliberal (Emmanuel Macron).

Y esta estrategia va mucho más allá de las elecciones: contamina todo el debate político. En Brasil, los medios de comunicación conservadores contribuyeron activamente al ascenso del Bolsonaro, ya sea "normalizando" su apoyo a la tortura y su conexión con las milicias, o apoyándolo abiertamente. Dependiendo de las circunstancias, pueden estar a su lado de nuevo, así que nunca rompen con él. Pero ahora, cuando se oponen a algunas de sus políticas, presentan como alternativa la supuesta "sabiduría" de la agenda ultraliberal de Rodrigo Maia, cuyo eje es mantener a toda costa, e incluso en una pandemia, la congelación del gasto social.

Por esta razón, y sin importar cuán grandes sean los límites de Joe Biden, el fracaso de Trump es un hecho de enorme relevancia, con el poder de cambiar el escenario político internacional. Fue la campaña electoral del presidente de EE.UU., a partir de 2015, la que sacó a la ultraderecha de los márgenes y le dio el estatus de corriente política a tener en cuenta. Fue su gobierno el que señaló al mundo entero el resurgimiento de un proto-fascismo con posibilidades reales de poder. Es su caída ahora lo que puede romper la estrategia de la oligarquía financiera – en el mismo momento en que la crisis mundial volverá a surgir y exigirá definiciones políticas; y cuando existe en los Estados Unidos un ambiente de movilización social todavía sin un proyecto claro, pero con un carácter claro de crítica aguda al capitalismo.

Ante la parálisis de la izquierda, la clase multimillonaria nadaba a golpes

II. El enorme déficit de imaginación política

Denunciar la estrategia de la oligarquía financiera (y su connivencia con la ultraderecha) sin investigar qué lo hizo posible es un tonto ejercicio de furia política. Puede apaciguar corazones amargados por sucesivas derrotas, pero no crea las condiciones necesarias para superar estos reveses. El segundo fenómeno político global posterior a 2008 es el enorme déficit de imaginación política de la izquierda. Durante todo este período, las calles no dejaron de explotar. Entre 2010, cuando estalló la Primavera Árabe, seguida de los Indignados en España y Occupy Wall Street en Estados Unidos, y 2019, se multiplicaron las revueltas populares contra la desigualdad. Casi siempre fueron gigantes y caóticas, como se evidenció en 2013 en Brasil. Sin embargo, los partidos que dicen ser progresistas no supieron dar respuestas, ni a ellos ni, más ampliamente, a la crisis. Ante esta parálisis, la clase multimillonaria nadó a golpes.

Ella obtuvo dos victorias cruciales en las disputas políticas de los últimos doce años. La primera fue promover, mediante la generación masiva de plata, una concentración monumental, aunque silenciosa, de la riqueza. Entre 2008 y el inicio de la pandemia, los bancos centrales del centro del sistema (EE.UU., Unión Europea, Reino Unido y Japón, especialmente) emitieron de la nada un volumen de dinero que, según algunas estimaciones, equivale a 40 billones de dólares, o el doble del PIB de América del Norte. Esta inmensa masa de recursos obviamente no se distribuyó por igual. Primero, los estados salvaron a los bancos y corporaciones más grandes, comprando montañas de “deuda incobrable”, aquellas que nunca se recuperarían de otra manera. Luego, como la economía no se recuperó, lanzaron emisiones masivas de dinero (expansión cuantitativa, o quantitative easing), para evitar al menos hundirse, siguiendo la lógica del "trickle-down" o "goteo hacia abajo". Los miles de millones se generaron para los tenedores de bonos públicos, es decir, en su mayoría para el 0,1%.

Todo se hizo sin fanfarrias. Las emisiones de los bancos centrales prescinden de autorizaciones y largos y agotadores debates en los parlamentos. Pero el efecto político fue dramático. Los bancos, cuya imprudencia había provocado la crisis, se salían con la suya. Los estados que los salvaron vieron explotar su deuda. Posteriormente adoptaron programas de "austeridad" que devastaron los servicios públicos. La oligarquía financiera ganó, gracias a su osadía, la primera batalla. La producción de dinero de la nada, a esta escala, era algo completamente nuevo. Sin embargo, ninguno de los muchos gobiernos de izquierda se atrevió a hacer lo mismo a favor, por ejemplo, de la salud, la renovación de la infraestructura, la lucha contra el calentamiento global o la creación de programas de una renta básica universal.

La segunda batalla que ganó la derecha sin esfuerzo fue la construcción de narrativas. Las desigualdades aumentaron y la pobreza aumentó desde el giro neoliberal de fines de la década de 1970. La crisis iniciada en 2008 aceleró este proceso. Pero los líderes de la izquierda, desde Barack Obama, en 2008, hasta Dilma Rousseff, en 2015, ni lo confrontaron ni lo denunciaron. Se lo tragaron.

Alguien obtendría este capital político sin dueño. Quien tenía las condiciones políticas para hacerlo era el proto-fascismo. Al analizar los discursos de sus exponentes –Trump, Bolsonaro, el húngaro Orban, el italiano Salvini, la francisa Le Pen, el filipino Duterte – se puede ver la repetición de un conjunto de fórmulas simples, creadas y mejoradas en think tanks de derecha y luego reproducidas, con pocas novedades, en todo el mundo. Atacar al "establishment" para capitalizar el justo resentimiento de la mayoría. Confundirlo, aprovechando la baja conciencia política de las mayorías. Caracterizar como “élite” al parlamentario o al funcionario público calificado (cuyos privilegios se exponen en los periódicos); pero sí salvar a los banqueros, los accionistas corporativos, sus ejecutivos y agregados (todos protegidos por el silencio de los medios). Identificar al líder de la derecha como el héroe salvador, capaz de liberar a las multitudes de la tiranía del "sistema". Etiquetar opiniones contrarias (ya sean de políticos o científicos) como conspiraciones.

A pesar de su baja sofisticación, estas narrativas fueron notablemente efectivas hasta el comienzo de la pandemia. La oposición a ellas fue escasa, aunque exitosa cuando existió, como en el caso de Chile. La derrota de Trump marca el posible comienzo de un cambio global. Por tanto, vale la pena examinarlo mejor.

III. Cómo la pandemia reorganiza la escena

Grabado por Bernie Sanders el viernes pasado, el video que sigue es una señal de enorme sabiduría táctica – y del gran cambio de escenario que se está haciendo posible en Occidente en los últimos meses. En alianza con una vasta red de movimientos sociales, Sanders se postuló – y estuvo cerca de obtener – para la candidatura a la Casa Blanca por el Partido Demócrata, tanto en 2016 como en 2020. Fue derrotado por Biden en abril, después de articular la maquinaria del partido, que juzgó sus ideas muy radicales. Perdió la batalla, pero continuó en el camino. Gracias a él y a personas como la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, la mayoría de los movimientos que salieron a las calles de su país en junio y julio, en las protestas de Black Lives Matter, entraron en la campaña para derrotar a Trump. Su acción, especialmente entre la generación más joven y crítica de votantes, fue incansable y extremadamente efectiva. Sin ellos, la victoria del Partido Demócrata en las elecciones presidenciales habría sido imposible.

Pero ahora, Bernie Sanders vuelve al escenario para recordar que este apoyo no fue un cheque en blanco. Al contrario: él, que es senador por el estado de Vermont, anuncia que presentará, "en unas semanas", su propia agenda para el país. Es lo opuesto al déficit de imaginación política que ha marcado a la izquierda en los últimos doce años, y tiene el poder de cambiar el centro de gravedad del debate político. Incluye una amplia transición a la lógica de lo común: la salud como derecho de todos, ya no como mercancía; alivio de la deuda estudiantil; garantía de que cualquier hijo de un trabajador podrá asistir a la universidad sin endeudarse. Avanza temas de trabajo: lucha contra los salarios de hambre y facilitación del derecho a la sindicalización. Incorpora las ideas centrales del Green New Deal, o “cambio socioambiental”: pasar a una economía post-carbono. Esto se logra mediante la creación de millones de empleos bien remunerados en el sector público, en actividades que van desde la construcción de ferrocarriles hasta la sustitución del petróleo por plantas eólicas y solares, la limpieza de ríos y la restauración de bosques originales.

¿Cómo pudo esta agenda – tan radicalmente opuesta al “consenso” neoliberal post-2008 – migrar al centro del debate político, incluso en Estados Unidos? Para entenderlo, vale la pena analizar las consecuencias de la pandemia de la Covid-19. Desde el punto de vista de la salud, expuso la falsedad del discurso populista de derecha. Un artículo reciente de la politóloga Chantall Mouffe ayuda a comprenderlo. Los líderes de ultraderecha necesitan vender a sus partidarios la idea de que ofrecen protección en un mundo marcado por la impotencia, la crisis de los valores tradicionales y la inseguridad. Pero no pueden cumplir su promesa porque no pueden romper sus lazos con la oligarquía financiera, y esto requiere mercantilización (incluida la salud), concentración de la riqueza, reducción del gasto social. La agenda de protección, dice Mouffe, necesita y puede ser el estandarte de una nueva izquierda.

Además, desde el punto de vista económico, existe una gran incertidumbre por delante. Desde marzo, los bancos centrales han lanzado una nueva ronda de expansión cuantitativa, a un ritmo incluso más rápido que después de 2008. En EE.UU., la Reserva Federal ha anunciado públicamente que la emisión de dinero sería “infinita” (infinite quantitative easing, o expansión cuantitativa infinita), siempre que sea necesario para evitar la quiebra de los mercados financieros. Inundadas de dinero, las bolsas de valores suben y se regocijan.

Pero, ¿por cuánto tiempo pueden permanecer así, si el desempleo, el endeudamiento, la quiebra de las pequeñas empresas están creciendo en todo Occidente? ¿Si una segunda ola de la pandemia se está extendiendo por todo el mundo? ¿Y si están desapareciendo los programas que garantizaban, como en Brasil, ayudas temporales a los más pobres?

Extraños y tortuosos son los caminos de la lucha de clases. Gracias a Bernie Sanders, Joe Biden gana las elecciones. Pero gracias a la elección de un demócrata conservador, la agenda poscapitalista de Sanders puede estar a un paso de ocupar el centro del debate público.

Pero ... ¿y en Brasil?

La agenda de protección necesita y puede ser el estandarte de una nueva izquierda

IV. Hay esperanza. ¿ Hasta en Brazil?

La asombrosa parálisis de la izquierda brasileña, hasta hace poco debatida en los textos de pocos analistas, aparece ahora cada vez más ampliamente. Ricardo Kotscho, partidario y amigo personal de Lula desde hace décadas, recordó a finales de octubre que el Partido de los Trabajadores (PT) llega a las elecciones “envejecido, sin votos y sin rumbo”.

Aquí, no solo hay un déficit de imaginación política sino, además, una desconcertante alienación de los dramas de la mayoría. Piense en tres temas recientes: el inminente fin de la ayuda de emergencia (alrededor de 110 dólares), el aumento visible de la población que vive en la calle y el fuerte aumento de los precios de los alimentos. Los partidos de izquierda no han promovido, de forma cohesiva, las movilizaciones ni han denunciado ninguna de estas cuestiones. El alcance de este artículo no permite profundizar el tema, pero parece evidente que, en Brasil, la institucionalización extrema de la izquierda la ha alejado tanto de los problemas reales de la población que ahora tiene como agenda central su propio regreso al poder. De ahí buena parte de su distancia – y el espacio que encuentra Bolsonaro para continuar su trayectoria criminal.

Afortunadamente, las elecciones municipales de 2020 sugieren que algo se está moviendo. Destacan tres tendencias. Primero, al menos en las capitales, el presidente no ha podido llevar a sus aliados a la victoria. En dos de ellos, São Paulo y Río de Janeiro, Celso Russomano y Marcelo Crivella derrapan y ni siquiera deben llegar a la segunda ronda. Incluso en Fortaleza, donde el candidato de Bolsonaro llevaba unos días al frente, aumentan las posibilidades de verse desbordado, en este caso por el postulante del PDT.

La segunda tendencia es una señal de que los candidatos de la izquierda y el centro-izquierda deben obtener resultados un poco mejores de lo esperado hace unos meses. Hay claras posibilidades de victoria al menos en Belém (Edmilson Rodrigues-PSOL), Recife (João Campos-PSB o Marília Arraes-PT), Aracaju (Edvaldo Nogueira-PDT), Vitória (João Coser-PT) y Porto Alegre (Manuela Dávila -PCdoB). Hay un crecimiento significativo y posibilidades reales de pasar a la segunda vuelta en São Paulo (Guilherme Boulos-PSOL), Río de Janeiro (Marta Rocha-PDT o Benedita Silva-PT) y Fortaleza (José Sarto-PT y Luizianne Lins-PT). Es poco, pero no despreciable, especialmente en comparación con los desastres de las elecciones anteriores de 2016.

Finalmente, estos posibles resultados proyectan el surgimiento de una izquierda más plural y abierta. Si el pronóstico se cumple, estará menos subordinada a la centralidad de un partido, cuya burocratización ha producido tanta parálisis. Quizás también esté más abierto a la colaboración con los movimientos sociales.

De concretarse esta esperanzadora hipótesis, será importante que los resultados no pasen desapercibidos. La probable derrota de los candidatos de Bolsonaro debe celebrarse para que no perdure la falsa hipótesis de su persistente popularidad. Y, en medio del riesgo de una segunda ola de Covid-19, los alcaldes recién electos que luchan por el común podrían, como contrapunto a la negligencia y omisión del gobierno federal, articular formas inmediatas de colaboración entre ellos. Mejor aún si incluyen organizaciones que simbolizan el papel de la sociedad civil. Hay muchas de ellas, por ejemplo, en el campo de la salud pública.

Los cambios de escenario a veces traen oportunidades imprevistas. Es posible que uno de ellos se instale en Brasil, el próximo domingo. Sería inteligente no desperdiciarlo.


Este artículo se publica en el marco de la alianza editorial entre democraciaAbierta y Outras Palavras. Lee el original en portugués aquí.

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