Ningún viento puede ayudar a quien no sabe adónde va. La derrota de Donald Trump en Estados Unidos apenas se ha consolidado y se presentan dos valoraciones aparentemente opuestas. Para algunos, como Ricardo Kotscho, ha drenado el pantano de donde se filtraron los miasmas políticos que nublaron el siglo XXI; ciertamente habrá una restauración virtuosa del pasado reciente. Otros, como Glenn Greenwald, piensan, por el contrario, que nada cambia realmente, porque los intereses detrás del Partido Demócrata y Joe Biden son, en esencia, tan oligárquicos como los que sostuvieron a Donald Trump. Estos puntos de vista no toman en cuenta el contexto del que surgió la ultraderecha contemporánea; y cómo ha sido transformado este escenario desde el inicio de la pandemia. Por eso, les elude la oportunidad desaprovechada por la izquierda, hace 12 años, y la aparición de un nuevo hueco en los últimos meses – y el esfuerzo que será necesario para aprovecharlas.
Este texto apoya cuatro hipótesis fundamentales:
a) Trump no es la causa, sino el efecto de una crisis del capitalismo que empezó en 2008 y aún no se ha resuelto. Sin embargo, no se puede subestimar la importancia del ahora caído presidente. Significó, incluso desde un punto de vista simbólico, la caída de la estrategia efectuada por la oligarquía financiera para escapar de la crisis. Tal estrategia implicó apostar por dos bloques políticos al mismo tiempo: el neoliberalismo clásico y el neofascismo; y construir, a través de esta combinación, un juego de ilusiones que ocultaba la ultraconcentración de la riqueza y el desmantelamiento de la democracia;