Nací en Brasil a mediados de los años 70, cuando uno de los regímenes políticos más perversos de nuestra historia estaba en marcha en América Latina: la dictadura militar. Mientras llegaba a este mundo, cientos de personas desaparecieron de la noche a la mañana, arrancadas violentamente de sus hogares, de los brazos de familiares y amigos o de refugios colectivos, sin dejar rastro.
Sobre las atrocidades de la dictadura, desde mediados de la década de 1980, aprendí de nuestra historia, de mis maestros, de informes de familiares, de amigos de familiares, en suma, a través de la memoria colectiva. Y es precisamente gracias a este aprendizaje de la memoria que me produce escalofríos cada vez que veo un titular o una imagen con referencia a este régimen.
Es a través de las enseñanzas de la memoria/historia que hoy, ya consciente de mi papel político como ciudadana, que clamo con voz fuerte: "Abajo la dictadura"; “¡Tortura nunca más!”. Sin embargo, a pesar de mi grito, ¿qué hace el actual presidente? Mantiene el recuerdo del mayor torturador de la dictadura en Brasil, el sanguinario general Carlos Alberto Brilhante Ustra; alaba al dictador paraguayo, Alfredo Stroessner, pedófilo y violador en serie; llama a la dictadura militar Revolución, y otras aberraciones.