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No podemos permitirnos el lujo de estar traumatizados: la realidad de los defensores locales

Cuando los activistas de derechos humanos son al mismo tiempo defensores y víctimas, el autocuidado puede parecer un lujo imposible. Una contribución al debate de openGlobalRights sobre la salud mental, la resiliencia y los derechos humanos. العربية. English

Los defensores locales de derechos humanos —quienes luchan para impedir que las empresas globales destruyan las tierras de las personas, documentan terribles crímenes de guerra contra sus propias comunidades o proporcionan asistencia a las familias desplazadas— no son solo defensores, también son víctimas. Para ellos, la pasión por defender los derechos de sus comunidades es intensamente personal y emocional. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, su compromiso con las luchas comunitarias supera sus limitadas capacidades. A menudo toman la decisión de ignorar sus necesidades personales para garantizar la supervivencia de sus comunidades, pero esta elección puede ser muy costosa.

En muchas comunidades locales, ser un defensor también significa ser un líder para el cambio y una voz para quienes no la tienen.

La persistencia de los defensores locales en su lucha contra una variedad de amenazas y obstáculos no está impulsada únicamente por la compasión, sino también por el hecho de compartir experiencias y condiciones con las víctimas. En muchas comunidades locales, ser un defensor también significa ser un líder para el cambio y una voz para quienes no la tienen. Estas distintas funciones conllevan grandes riesgos de persecución para los activistas que desafían a poderosos actores estatales y no estatales. A pesar de estas graves amenazas y factores de estrés, los defensores que trabajan a nivel de base no tienen el lujo de renunciar a su trabajo, tomarse un descanso o salir de vacaciones. Si hicieran cualquiera de estas cosas, probablemente se sentirían más ansiosos que aliviados. Los defensores locales agotados o traumatizados siempre padecen conflictos internos, porque no quieren abandonar a su gente; si lo hicieran, se verían a sí mismos como traidores o cobardes. Así que se mantienen ahí y siguen trabajando hasta que se enferman o mueren. Incluso aquellos que han sido detenidos o procesados y obligados a abandonar sus países siguen sintiendo esa culpa, ya que se preguntan continuamente: ¿por qué estoy aquí y no allí? En consecuencia, tanto dentro como fuera de sus países, a los activistas locales les resulta difícil establecer límites profesionales que podrían ayudarles a mantener su bienestar mental y emocional.


Flickr/UNAMID (Some rights reserved)

For women defenders in particular, stress and trauma has a strong effect on the whole family.


Sé todo esto porque yo soy una de ellas. Hace cinco años, tuve que dejar mi país para escapar de una acusación de espionaje debido a mi documentación de los crímenes de guerra que se estaban cometiendo en Sudán. Pero también lo sé porque realicé entrevistas y documenté docenas de experiencias de activistas locales que trabajan en Sudán, en uno de los entornos más hostiles para los defensores de derechos humanos en el mundo. Estas mujeres y estos hombres que trabajan en zonas de conflicto o con personas desplazadas estaban profundamente involucrados y comprometidos. Nunca habían considerado su propio bienestar ni como una prioridad ni como un derecho. Uno de los activistas más valerosos que jamás he conocido dentro de la lucha contra el genocidio solía usar ropa sucia y montar en burro durante semanas en zonas remotas de Darfur. Quería acercarse a las mujeres que habían sufrido violaciones masivas por parte de las milicias y también tomar fotografías de las aldeas quemadas y las fosas comunes de su propia gente. Muchas veces le pregunté por qué no se detenía, ya que llevaba diez años de dedicarse a esto y era claro que estaba perjudicando su salud, pero simplemente me respondía: “No puedo”. En aquel tiempo, yo no entendía por qué. Cuando murió hace un año, llevaba tiempo sin estar en contacto con él, así que pregunté las razones de su muerte. Su familia me dijo: “Durante más de un año, se dio a la bebida; bebió hasta morir”. Mi amigo y colega murió de depresión, porque simplemente no podía dejar su trabajo de defensa, o no sabía cómo hacerlo.

Sudán lleva ya medio siglo asolado por guerras civiles. El conflicto de Darfur, que comenzó en 2002, continúa, mientras que se han desatado nuevas guerras en otras dos regiones de las montañas de Nuba y el Nilo Azul. Los conflictos étnicos en el país se intensificaron hasta llegar al genocidio bajo el actual régimen militar islámico, y la Corte Penal Internacional acusó al presidente sudanés de crímenes de guerra y genocidio en 2009-2010. Sin embargo, sin los esfuerzos de los activistas locales y de base, las fuerzas gubernamentales habrían ocultado las pruebas y las historias de miles de víctimas. Pero esos valientes hombres y mujeres pagaron precios altos en cuanto a su propia seguridad, bienestar y salud.

Un ejemplo de ello fue una joven activista de Darfur, que había documentado crímenes de guerra desde que era una adolescente. Debido a que su familia todavía vivía en un campamento de desplazados internos (internally displaced persons, IDP), me dijo: “Tuve que estudiar psicología, tenía que ayudarme a sobrevivir todo lo que me ha pasado y a procesar lo que he escuchado de otras personas”. Otra activista de 45 años de edad de las montañas de Nuba comentó: “Tengo dolor de cabeza crónico y me hice hipertensa. Simplemente no puedo ver a mi pueblo morir de esta manera, es demasiado y me siento impotente”. En el caso de las defensoras en particular, el estrés y el trauma tienen fuertes efectos en toda la familia. Una de mis colegas, por ejemplo, tenía problemas de fertilidad que sus médicos atribuían a un exceso de estrés.

El compromiso y la pasión de los defensores comunitarios son admirables, pero el principal problema es que no saben cómo detenerse cuando lo necesitan. La mayoría de nosotros sentimos que no debemos detenernos, que no podemos abandonar la lucha de nuestro pueblo. Además, la falta de capacitación y de recursos en materia de seguridad integral a nivel local ha aumentado el riesgo que tienen los defensores de desarrollar diferentes clases de problemas mentales y de salud. Hay un acceso muy limitado a la asistencia psicológica a nivel de base, particularmente para las personas con riesgo de sufrir trastorno de estrés postraumático (TEPT). En ocasiones, los defensores locales tienen que trasladarse, a veces incluso al exterior de su país, para poder recibir tratamiento psicológico.

Para los activistas de base, la solidaridad sigue siendo el núcleo de las estrategias de afrontamiento. Una activista que fue víctima de violación durante detenciones de seguridad, a causa de su trabajo, decidió compartir su fondo de traslado para ayudar a otra de sus colegas a trasladarse también. Logramos conseguir ayuda para que la activista violada se trasladara y recibiera apoyo médico y psicológico, pero nos dijo: “Mi otra colega también está en riesgo, no la voy a dejar”. Ella tomó esta decisión porque su colega vivía en una zona remota en las montañas de Nuba; no tenía acceso a Internet para solicitar su propio traslado o para comunicarse con las redes de protección. Dada la falta de recursos para conseguir ayuda profesional, el apoyo entre pares ha sido la red de seguridad y salud mental más eficaz para los defensores locales, y a menudo la única a su disposición.

Sin embargo, sabemos que esto, sencillamente, no basta. Los donantes y las redes de apoyo para los defensores de derechos humanos a nivel internacional necesitan tomar medidas que tomen en cuenta los complicados desafíos que enfrentan los defensores locales. Más importante aún, las ONG, ya sean locales o internacionales, que reclutan activistas comunitarios deben reconocer sus condiciones únicas y desarrollar estrategias que entiendan sus vulnerabilidades. Solo cuando las organizaciones aborden esta cuestión de manera proactiva podrán garantizar la seguridad, el bienestar y la estabilidad laboral de los defensores que son víctimas también.


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