Print Friendly and PDF
only search openDemocracy.net

Democracia 2.0: decidir antes de votar

La democracia representativa no es suficientemente democrática. Hoy, los ciudadanos deben poder participar en los procesos políticos desde el inicio, y no sólo al final con su voto. Entrevista. English Português

Hélène Landemore y Yannis Papadopoulos durante la conferencia "¿Qué Democracia?" en el Teatro São Luiz, Lisboa, 7 de octubre 2016. Walter Branco. Todos los derechos reservados.

Manuel Serrano: En referencia a su debate en la conferencia de Lisboa con Yannis Papadopoulos sobre representación política: ¿es democrática la democracia representativa? ¿Existe un plan B?

Hélène Landemore: He llegado a la conclusión de que no lo es – que no es suficientemente democrática. Así que, efectivamente, necesitamos un plan B. El plan B no debería ser, creo, un retorno a la democracia asamblearia, a la democracia directa o  democracia de masas que imaginamos que existía en la antigua Grecia. No creo que algo así sea viable. El plan B debería contemplar un tipo distinto de democracia representativa, que llamo "post-representativa" porque quiero que quede claro que se trata de algo distinto.

No se centraría tanto en las elecciones y en delegar poder a unos políticos profesionales. Se trata de una forma de representación que pondría a ciudadanos de a pie a cargo de la cosa pública, en la que gente como nosotros sería la que toma las decisiones. No todos nosotros: esto no sería plausible, sería demasiado utópico. Incluso con las tecnologías actuales, no creo que tuviese sentido. La gente tiene cosas que hacer, no está interesada en tomar decisiones todos los días en todos los aspectos de la vida política. Pero los que tomarían las decisiones serían más como nosotros.

El plan B debería contemplar un tipo distinto de democracia representativa, que llamo "post-representativa" porque quiero que quede claro que se trata de algo distinto.

Otro elemento que quisiera resaltar, además del papel de los ciudadanos de a pie, es que el poder debería consistir no sólo en tener la última palabra, en tomar la decisión final, sino que debería ejercerse aguas arriba, en el proceso previo de establecer la agenda política. Esto es algo que, hoy en día, tenemos totalmente delegado a burócratas, expertos, jueces y políticos profesionales. Y es ahí donde reside en gran parte el poder.

MS: ¿Cómo funcionaría esto en la práctica? ¿Puede darnos algún ejemplo?

Tomemos el caso de Islandia. Entre 2010 y 2012, intentaron reescribir su constitución. Y la forma en que lo hicieron fue utilizando mecanismos democráticos muy innovadores, como un foro nacional al inicio del proceso, mediante el cual 950 ciudadanos seleccionados al azar se encargaron de establecer la agenda y las bases del debate, y de dar así forma al diálogo.

Lo que hicieron fue incorporar la participación ciudadana desde el inicio del proceso. Preguntaban "¿Qué quieres que figure en tu constitución?", "¿Qué valores quieres que incluya nuestro contrato social?" Es un tipo de diálogo que normalmente no tenemos. Se suele sustituir por acuerdos de trastienda, tras los cuales los políticos nos dicen sobre qué debemos votar. Y luego nos presentan dos opciones - Europa sí o Europa no, por ejemplo. Y el proceso acaba arrojando cosas como el Brexit.

La pregunta correcta no es esa, sino ¿qué tipo de Europa queremos? Lo que propiciaría un tipo de diálogo que los ciudadanos de a pie no tienen nunca la oportunidad de mantener. Hoy, los ciudadanos no tienen voz en decidir la agenda. Se les presentan hechos consumados, como por ejemplo una nueva construcción neoliberal, con un mercado común y ni hablar de integración política – y entonces resulta que la gente está harta.

No queremos esta dicotomía: no se trata de Europa sí o Europa no, sino de qué tipo de Europa estamos hablando. No sé si alguna vez vamos a poder tener este diálogo, porque ahora la confianza está hecha añicos, pero creo que si lo que queremos es construir una democracia que funcione, debemos empezar colocando a los ciudadanos de a pie en el lugar en el que puedan ejercer el poder correcto  - que es, básicamente, el poder de establecer la agenda.

Michael Gove y Boris Johnson. Stefan Rousseau PA Wire/PA Images. Todos los derechos reservados.

MS: ¿Puede la participación sustituir a la representación? ¿Cuáles son los pros y los contras de la democracia participativa?

HL: Creo que esta es una dicotomía equivocada. La participación no es lo opuesto a la representación. Son complementarias. Para mí, la participación de los ciudadanos de a pie es la que se obtiene con una asamblea seleccionada al azar. No se trata de democracia directa, porque no todo el mundo estará, o podrá estar presente. Las personas que forman la asamblea se eligen mediante de un sistema de lotería.

 La participación no es lo opuesto a la representación. Son complementarias. 

Dicho lo cual, también estoy abierta a formas más directas de participación, en las que simplemente se abre la puerta y se deja entrar a todos los que quieren participar – como en el crowdsourcing. Volviendo a Islandia: tenían un grupo de 25 redactores constitucionales que lo que hicieron fue poner sus propuestas en línea, en diferentes etapas, para que todos pudieran verlas. Presentaron, en total, 11 o 12 borradores. Las personas podían dejar sus comentarios y sugerencias, hacer propuestas, sugerir enmiendas o reestructurar apartados.

Esta es otra forma de participación, pero hay que entender que la gente no está demasiado dispuesta a participar en masa, en todo momento, en un proceso como este. La participación en los experimentos de participación se sitúa en una franja de unos pocos puntos porcentuales – o sea, no muchas personas. Es muy importante abrir esta puerta y mantenerla abierta, pero no hay que contar con que la participación sea masiva - lo cual está bien y es correcto: no se debe esperar, ni obligar a la gente a preocuparse por el bien común político todo el tiempo - tienen vidas que vivir.

MS: A la luz de los recientes referendos y plebiscitos, en el Reino Unido y en Colombia, ¿cree que se usan para manipular en lugar de para que los ciudadanos expresen su opinión?

HL: No creo que se pueda pedir a los ciudadanos que digan sí o no, en el último minuto, sobre cuestiones en cuya formulación no han tenido oportunidad de incidir. En las preguntas que se formulan en los referendos se concentran muchas dimensiones. Y puede que la gente rechace una de estas dimensiones tan tajantemente que esté dispuesta a tirar al bebé junto con el agua del baño. Esto es lo que sucede en los referendos que se usan como mecanismos plebiscitarios, en el último minuto, sin haber dejado que la gente haga aportaciones al proceso desde el principio.

El poder utiliza los referendos como mecanismos plebiscitarios, pero el pueblo los convierte en mecanismos de protesta. Se produce así una situación de tablas entre las élites que tratan de dictar cosas y obtener el sello de aprobación del público para poder decir "Mira: es democrático", y la gente que piensa "¿Sabes qué? Esto no funciona ni va conmigo, o sea que vamos a hacer que salte todo por los aires”.

El poder utiliza los referendos como mecanismos plebiscitarios, pero el pueblo los convierte en mecanismos de protesta.

Y pierden ambas partes. Tomemos el Brexit: ¿crees que las personas que votaron a favor están realmente satisfechas con el resultado? Quiero decir, tuvieron la oportunidad de ejercer su voto de protesta, pero ahora ¿qué? Creo que hay que volver al tema de la confianza y el empoderamiento y reconfigurar lo que significa el poder. La deliberación pública debe producirse en el mismo lugar en el que se establece la agenda. La gente debe hacer oír allí su voz, y no al final del proceso, cuando la pregunta ya ha sido moldeada - y posiblemente sea la equivocada.

MS: ¿Cómo se explica el auge del populismo en Europa y Estados Unidos? ¿Es este un síntoma de que los ciudadanos están hartos de la política?

HL: Creo que sí. Se podría decir que tiene que ver con la globalización y con las fuerzas económicas que, básicamente, desposeen a los Estados de su soberanía económica, de su soberanía en áreas en las que deberían poder ofrecer respuestas al deseo de prosperidad de su gente. El populismo podría explicarse en parte por esto. Y la solución sería entonces de tipo económico y la hallaríamos probablemente en más alianzas, acuerdos internacionales y cooperación.

Pero creo que la cuestión tiene más enjundia. Y la solución tiene que ver con comprender que la democracia no es suficientemente democrática. Si tomamos una visión a largo plazo, si nos alejamos de la situación actual y nos situamos en una perspectiva histórica, veremos que experimentamos con la democracia moderna desde no hace mucho – concretamente, desde el siglo XVIII. Y que su primera versión no era realmente democrática: únicamente tenían derecho a voto los propietarios, y sólo los hombres, no las mujeres. Era una democracia muy limitada. Luego fue mejorando progresivamente y se hizo más democrática con la ampliación del sufragio.

Pero la realidad es que el gobierno representativo se creó en el siglo XVIII para lograr que las masas consintieran el poder, no para darles poder real, lo que es muy distinto. La democracia en la antigua Atenas implicaba el poder de los ciudadanos de a pie - es decir, de los que eran considerados ciudadanos -: consistía en que ellos tenían el poder y lo ejercían. Eran escogidos al azar y tenían la responsabilidad de establecer la agenda en el Consejo de los 500. O simplemente se presentaban en las asambleas a votar, gritar y hablar. Tenían poder, de manera inmediata.

Lo que ocurrió en el siglo XVIII fue que las élites vieron los peligros que entrañaba esto y cambiaron el discurso: de "vamos a darles poder" a "vamos a darles la oportunidad de consentir el poder". Hoy, creo que nos damos cuenta de que no basta sólo con consentir, sino que lo que queremos es ser capaces de moldear el diálogo y tener voz en lo que hay que discutir. Lo que significa que el voto no es suficiente.

Donald Trump. Evan Vucci AP/Press Association Images. Todos los derechos reservados.

MS: ¿Cómo describiría la situación actual de la Unión Europea? ¿Se trata de una enfermedad terminal, o hay esperanza de que el paciente se cure pronto?

HL: Creo que la UE se construyó sobre unas bases equivocadas. Se trata de un proyecto que fue impulsado por las élites, sin consultar casi con el pueblo y al que, por defecto, se dotó de una agenda neoliberal. Y siendo esto así, francamente no estoy segura de que vaya a ser nada fácil reconstruir. Si lo reconstruyéramos, creo que deberíamos organizar una consulta a escala europea, o encauzar una profunda participación de los ciudadanos de a pie, para lo cual, una vez más, sugeriría asambleas formadas por miembros elegidos al azar, por un sistema de lotería. Creo que debería haber, por ejemplo, una asamblea ciudadana de 1.000 miembros, procedentes de todos los rincones de Europa, tal vez ponderada según el tamaño del país. Estos miembros deberían remunerarse generosamente y disponer de un año para diseñar una hoja de ruta para Europa – ya que, al final, ellos son los que van a tener que vivir con las consecuencias. Prefiero que sean estas personas, una muestra de los ciudadanos europeos, los que hagan recomendaciones por mí, que no algunos ‘expertos en Bruselas’.

La solución tiene que ver con comprender que la democracia no es suficientemente democrática.

MS: Volviendo al ejemplo de Islandia: ¿qué deberíamos aprender de él? ¿Podríamos aplicar aquí lo que se ha hecho allí?

HL: No quisiera parecer demasiado utópica, pero nada de lo que hemos visto en Islandia me parece inviable. Todo lo que han hecho es perfectamente escalable. La gente siempre me dice: "¡Oh, Islandia! Tiene 320.000 habitantes, como una pequeña ciudad en Estados Unidos: ¿cómo puede ser un ejemplo para el resto del mundo?" Pero una asamblea seleccionada al azar es perfectamente escalable. Una asamblea constitucional de ciudadanos de a pie, no profesionales, es perfectamente factible. El crowdfunding es perfectamente realizable. En algunos países, se precisarían más formalidades e involucrar a muchos más especialistas para procesar toda la información y sintetizarla adecuadamente. Se necesitaría inversión. Y se necesitaría un nuevo tipo de infraestructuras políticas y, por supuesto, un nuevo estado de ánimo. O sea, creo que se necesitan personas más jóvenes o, al menos, personas con un enfoque más abierto en política.

MS: ¿Y por qué no lo hacemos?

HL: Porque hay una falta total de voluntad política o, mejor dicho, falta de imaginación. Creo que existe la sensación de que si se selecciona aleatoriamente a los ciudadanos, "lo que conseguiríamos sería un grupo de personas potencialmente peligrosas". Pero no: lo que hay que hacer es simplemente explicar que lo que se obtendría sería una muestra representativa de la población. Para empezar, el 50% serían mujeres – lo que ya es un gran adelanto - y habría también gente que normalmente nunca tiene acceso a la política. ¿Cómo puede ser esto peor que lo que tenemos ahora?

Creo que la ventaja de haber tocado fondo es que, de alguna manera, en este momento sólo hay un camino para remontar y tal vez ha llegado la hora de que nuestros líderes intenten experimentar con algo nuevo. La asamblea elegida al azar podría ser, al principio, un órgano consultivo. Pero los medios de comunicación deberían cubrir sus deliberaciones, deberían promoverse debates a lo largo y ancho de los estados más grandes, y dar inicio a un movimiento abierto a lo nuevo porque la política a la que estamos acostumbrados es algo que le quita las ganas a la gente. Pensar que la única manera de recuperar cierto control es liberándonos de todos esos entes internacionales y volver a nuestros pequeños estados-nación, donde sólo hay gente como nosotros, es algo comprensible, pero muy equivocado.

MS: Crucemos el Charco: ¿cúal es su impresión del clima político en Estados Unidos? ¿Pueden Hillary Clinton o Donald Trump representar realmente al pueblo estadounidense?

HL: El clima político en Estados Unidos es terrible. Sólo el 9% de la población aprueba a cualquiera de los candidatos. El sistema no está promoviendo ninguna opción que represente lo que quiere la gente. La gente culpa de ello al papel del dinero en la política y al sistema de primarias, que tiende a seleccionar personajes polarizados. Pero creo que el problema tiene que ver con lo que hablábamos antes: el rechazo a la globalización, la pérdida de soberanía económica -aunque Estados Unidos, en buena medida, sigue disponiendo de ella -, el aumento de la desigualdad, la pérdida de puestos de trabajo, la sensación de desorientación. Y la clara impresión de que las élites políticas no tienen nada que ofrecer. No creo que nadie esté satisfecho con los candidatos. Sea cual sea el resultado, habrá una gran frustración.

Esta entrevista fue realizada el día 7 de octubre, en Lisboa, en la conferencia “¿Qué Democracia?” organizada por la Fundación Francisco Manuel dos Santos

About the authors

Hélène Landemore is Associate Professor of Political Science at Yale University. She is currently working on a new project on democratic innovations in post-representative democracy.

Hélène Landemore é Professora Associada de Ciência Política na Universidade de Yale. Atualmente está a trabalhar num novo projeto na área da inovação democrática e da democracia pós-representativa.

Hélène Landemore es Profesora Asociada de Ciencia Política en la Universidad de Yale. Actualmente se dedica a un nuevo proyecto en el área de la innovación democrática y de la democracia post-representativa. 

Manuel Serrano is a Portuguese journalist and political analyst. He currently works at the International Organization for Migration. Previously, he worked as a Robert Schuman Journalist at the European Parliament (2018) and as a Junior Editor at DemocraciaAbierta (2015-2017). He holds a Bachelor’s degree in Law from ESADE Law School and a Master´s degree in International Relations from the Institut Barcelona d'Estudis Internacionals (IBEI).


We encourage anyone to comment, please consult the
oD commenting guidelines if you have any questions.