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América Latina en marea baja

La "década virtuosa" de gobiernos progresistas en América Latina parace que toca a su fin. Pero, según el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, las revoluciones proceden por oleadas. English

Álvaro García Linera
7 September 2016
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El Presidente de Bolivia, Evo Morales, y el Vice-presidente Álvaro García Linera en 2012. AP Foto/Juan Karita. Todos los derechos reservados.

Resumen del discurso pronunciasdo en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (mayo 2016).

"Estamos ante un momento de inflexión histórica en América Latina. Algunos hablan de un retroceso, de un avance de los restauradores. Lo cierto es que, en los últimos doce meses, después de diez años de intenso avance, de irradiación territorial de los gobiernos progresistas y revolucionarios, este avance se ha detenido, en algunos casos ha retrocedido y en otros casos está en duda su continuidad. Allá donde han triunfado las fuerzas conservadoras, hay un acelerado proceso de reconstitución de las viejas elites de los años 80 y 90, que nuevamente quieren asumir el control de la gestión y la función estatal.

En términos culturales, hay un esfuerzo denodado desde los medios de comunicación, desde las ONG, desde intelectuales orgánicos de la derecha, por devaluar, por poner en duda, por cuestionar la idea y el proyecto de cambio y de revolución.

Dirigen su ataque hacia lo que podemos considerar como la década dorada, la década virtuosa de América Latina.

Son más de diez años. Desde la década de los años 2000, de manera plural y diversa, unos más radicales que otros, unos más urbanos, otros más rurales, con distintos y muy diversos lenguajes, pero de manera muy convergente, América Latina ha vivido los años de mayor autonomía y de mayor construcción de soberanía que uno pueda recordar desde la fundación de los estados en el siglo XIX.

Las cuatro características de la década virtuosa en América Latina

Lo primero, lo político: un ascenso en lo social y fuerzas populares que asumen el control del poder del Estado, superando el viejo debate de principios de siglo sobre si es posible cambiar el mundo sin tomar el poder. Los sectores populares, trabajadores, campesinos, indígenas, mujeres, clases subalternas, superan ese debate teoricista y contemplativo por la práctica. Asumen las tareas de control del Estado. Se convierten en diputados, asambleístas, senadores, asumen función pública, se movilizan, hacen retroceder políticas neoliberales, asumen gestión estatal, modifican políticas públicas, alteran presupuestos y, en diez años, asistimos a lo que podría definirse como la presencia de lo popular, de lo plebeyo, en sus diversas clases sociales, en la gestión del Estado.

En esta década participamos asimismo en el fortalecimiento de la sociedad civil: sindicatos, gremios, pobladores, vecinos, estudiantes, asociaciones, comienzan a diversificarse y a proliferar por distintos ámbitos. Se rompe la noche neoliberal de apatía y simulación democrática, para recrear una potente sociedad civil que asume un conjunto de tareas en conjunción con los nuevos estados latinoamericanos.

En lo social, en Brasil, en Venezuela, en Argentina, en Bolivia, en Ecuador, en Paraguay, en Uruguay, en Nicaragua, en El Salvador, se procede a una potente redistribución de la riqueza social. Frente a las políticas de ultra-concentración de la riqueza, que habían convertido al continente latinoamericano en uno de los continentes más injustos del mundo, desde los años 2000, liderado por los gobiernos progresistas y revolucionarios, asistimos a un poderoso proceso de redistribución de la riqueza. Esta redistribución de la riqueza va a llevar a una ampliación de las clases medias, no en el sentido sociológico del término, sino en el sentido de su capacidad de consumo. Se amplía la capacidad de consumo de los trabajadores, de los campesinos, de los indígenas, de distintos sectores sociales subalternos.

Las diferencias entre el 10% más rico de la población y el 10% más pobre, que arrojaba cifras de más de 100, 150, 200 veces en la década de los años 90, al finalizar la primera década del siglo XXI se ha reducido a 80, 60, a 40, ampliando la participación e igualdad de los sectores sociales.

Hemos vivido propuestas post-neoliberales, que han permitido que el Estado retome un fuerte protagonismo. Algunos países llevarán adelante procesos de nacionalización de empresas privadas, o llevarán adelante la creación de empresas públicas, la ampliación del aparato estatal, la ampliación de la participación del Estado en la economía, para generar formas post-neoliberales de gestión económica, recuperando la importancia del mercado interno, recuperando la importancia del estado como distribuidor de riqueza, recuperando la participación del estado en áreas estratégicas de la economía.

En política externa, constituimos, de manera informal, una Internacional progresista y revolucionaria a nivel continental. Esto permite dar pasos gigantescos en la constitución de nuestra independencia. En esta década, la OEA se ha visto contrarrestada por la CELAC y por la UNASUR. Esto representa la evolución de la integración propia de los países latinoamericanos sin Estados Unidos - sin necesidad de tutelajes.

En conjunto, entonces, el continente, en esta década virtuosa, ha llevado adelante cambios políticos: la participación del pueblo en la construcción de estados de nuevo tipo. Cambios sociales: redistribución de la riqueza y reducción de las desigualdades. Economía: participación activa del Estado en la economía, ampliación del mercado interno, creación de nuevas clases medias. En lo internacional, integración política del continente. No es poca cosa en diez años, que son quizás los años más importantes en términos de integración, soberanía e independencia que ha tenido nuestro continente desde el siglo XIX.

Sin embargo, hay que asumir que en los últimos meses este proceso de irradiación y de expansión territorial de gobiernos progresistas y revolucionarios, se ha estancado. Hay un regreso de los sectores de la derecha en algunos países importantísimos y decisivos del continente. Evidentemente, la derecha siempre va a intentar y a buscar sabotear los procesos progresistas. Es un tema de sobrevivencia política para ellos, un tema de control y disputa. Es importante que evaluemos qué cosas nosotros no hemos hecho bien, dónde hemos tenido límites, tropiezos que han permitido o quieren permitir que la derecha retome la iniciativa.

Los cinco límites y las cinco contradicciones de la década virtuosa en América Latina

Contradicciones al interior de la economía: es como si le hubiésemos dado poca importancia al tema económico al interior de los procesos revolucionarios. Cuando uno es opositor importa más la política, la organización, las ideas, la movilización, acompañada de propuestas de economía más o menos atractivas, creíbles, articuladoras. Pero cuando uno es gestión de gobierno, cuando uno se vuelve estado, la economía es decisiva. Y no siempre los gobiernos progresistas y los líderes revolucionarios han asumido la importancia decisiva de la economía cuando se está en gestión de gobierno. Cuidar la economía, ampliar los procesos de redistribución, ampliar el crecimiento, son pilares de toda revolución.

Todos los textos de Lenin después del Comunismo de Guerra tratan de cómo restablecer la confianza de los sectores populares a partir de la gestión económica, del desarrollo de la producción, de la distribución de la riqueza, del despliegue de iniciativas autónomas de campesinos, de obreros, de pequeños empresarios, incluso de grandes empresarios, para garantizar una base económica que dé estabilidad y bienestar a la población, habida cuenta que no se puede construir socialismo ni comunismo en un sólo país; habida cuenta que hay un mercado mundial que regula las relaciones y que el mercado y la moneda no desaparecen por decreto; habida cuenta que la moneda y el mercado no desaparecen estatizando los medios de producción; habida cuenta que la economía social y comunitaria solamente podrá surgir en un contexto de avance mundial y continental. Y, mientras tanto, le toca a cada país resistir, crear las condiciones básicas de sobrevivencia, crear las condiciones básicas para el bienestar para su población pero, eso sí, manteniendo el poder político en manos de los trabajadores. Se puede hacer cualquier concesión, se puede dialogar con quien sea que permita ayudar al crecimiento económico, pero siempre garantizando que el poder político esté en manos de los trabajadores y los revolucionarios.

El discurso habrá de ser eficaz, puede crear expectativas positivas colectivas, sobre la base material de una satisfacción mínima de las condiciones necesarias. De lo contrario, cualquier discurso, por muy seductor, por muy esperanzador que sea, se diluye ante la base económica.

Una segunda debilidad en el tema económico: algunos de los gobiernos progresistas y revolucionarios han adoptado medidas que han afectado al bloque revolucionario, potenciando al bloque conservador. Por supuesto, un gobierno debe gobernar para todos - es la clave del estado. Pero ¿cómo moverse en esa dualidad: gobernar para todos, teniendo en cuenta a todos, pero, en primer lugar, para los ciudadanos? No puede haber ningún tipo de política económica que deje de lado a lo popular. Cuando se hace eso, creyendo que se va a ganar el apoyo de la derecha, o que se va a neutralizarla, se comete un error, porque la derecha nunca es leal. A los sectores empresariales los podemos neutralizar, pero nunca van a estar de nuestro lado. En cuanto vean que lo popular pierde peso, o cuando perciban debilidad, los sectores empresariales no van a dudar un solo instante en volverse contra los gobiernos progresistas y revolucionarios.

Se puede sacar un decreto que diga que no hay mercado, pero el mercado va a seguir ahí. Podemos sacar un decreto que acabe con las compañías extranjeras, pero las herramientas para los celulares y para las máquinas van a requerir conocimientos técnicos universales, planetarios. Un país no puede volverse autárquico. Ninguna revolución ha aguantado ni va a sobrevivir en la autarquía y el aislamiento. O la revolución es mundial y continental o es caricatura de revolución.

Evidentemente, los gobiernos progresistas y revolucionarios han significado un empoderamiento de trabajadores, de campesinos, de obreros, de mujeres y jóvenes, con mayor o menor radicalidad según el país. Pero un poder político no va a ser duradero si no viene acompañado de un poder económico de los sectores populares.

El Estado no puede sustituir a los trabajadores. Podrá colaborar, podrá mejorar, pero tarde o temprano tiene que ir disolviendo poder económico en los sectores subalternos. Creación de capacidad económica, creación de capacidad asociativa productiva de los sectores subalternos: esta es la clave que va a decidir a futuro la posibilidad de pasar del post-neoliberalismo al post-capitalismo.

El segundo problema al que nos enfrentamos los gobiernos progresistas es el de la redistribución de riqueza sin politización social. Si esta ampliación de capacidad de consumo, si esta ampliación de la capacidad de justicia social no viene acompañada de politización social, no estamos ganando el sentido común. Habremos creado una nueva clase media, con capacidad de consumo, con capacidad de satisfacción, pero portadora del viejo sentido común conservador.

¿Qué es el sentido común? Los preceptos íntimos, morales y lógicos con los que la gente organiza su vida. Se trata de nuestros fundamentos íntimos, de cómo nos ubicamos en el mundo.

En este sentido, lo cultural, lo ideológico, lo espiritual, se vuelve decisivo. No hay revolución verdadera, ni hay consolidación de un proceso revolucionario, si no hay una profunda revolución cultural.

Cuando uno está en gestión de gobierno, es tan importante ser un buen ministro, o parlamentario, como un buen dirigente revolucionario sindical, barrial, estudiantil, porque es ahí donde se libra la batalla por el sentido común.

Una tercera debilidad de los gobiernos progresistas y revolucionarios tiene que ver con la reforma moral. La corrupción es clarísimamente un cáncer que corroe la sociedad, no ahora, sino hace 15, 20, 100 años. Los neoliberales son un ejemplo de corrupción institucionalizada, porque amarraron la cosa pública y la convirtieron en privada. Amasaron fortunas privadas robando fortunas colectivas a los pueblos de América Latina. Las privatizaciones han sido el ejemplo más escandaloso, más inmoral, más indecente, más obsceno de corrupción generalizada. Y eso hemos combatido. Pero no basta. No ha sido suficiente. Es importante que, así como damos ejemplo de restituir la res publica, los recursos públicos, los bienes púbicos, como bienes de todos, en lo personal, en lo individual, cada compañero, Presidente, Vice-Presidente, ministros, directores, parlamentarios, gerentes, en nuestro comportamiento diario, en nuestra forma de ser, no abandonemos nunca la humildad, la sencillez, la austeridad y la transparencia.

Hay últimamente una campaña de moralismo insuflado en los medios. Podemos enumerar diputados, senadores, candidatos, ministros de la derecha que inscribieron sus empresas en Panamá para evadir impuestos. Ellos son los corruptos, ellos son los sinvergüenzas y nos acusan a nosotros de corruptos y de sinvergüenzas y de no tener ninguna moral. Pero hay que seguir insistiendo en la capacidad de mostrar con el comportamiento, con la vida cotidiana, lo que uno procura. No podemos separar lo que pensamos de lo que hacemos, lo que somos de lo que decimos.

Un cuarto elemento, que yo no diría de debilidad, es el tema de la continuidad del liderazgo en regímenes democráticos. En las revoluciones democráticas, tienes que convivir con el adversario. Lo has derrotado, lo has vencido, discursivamente, electoralmente, políticamente, moralmente, pero ahí sigue tu adversario. Esto es parte de la democracia. Y las constituciones establecen límites - 5, 10, 15 años - para la elección de una autoridad. ¿Cómo se da continuidad al proceso revolucionario cuando se tienen esos límites?

Van a decir: “los populistas, los socialistas, son caudillistas. Pero, ¿qué revolución verdadera no personifica el espíritu de su época? Si todo dependiera de las instituciones, eso no sería revolución. No hay revolución verdadera sin líderes ni caudillos. Cuando es la subjetividad de las personas la que define los destinos de un país, estamos ante verdaderos procesos de revolución. Pero el tema es cómo dar continuidad al proceso teniendo en cuenta que hay límites constitucionales para el líder.

De ahí la importancia de los liderazgos colectivos, de trabajar los liderazgos colectivos, para permitir la continuidad de los procesos, que éstos tengan mayores posibilidades en el ámbito democrático. Esta es una de las preocupaciones que deben ser resueltas en el debate político. ¿Cómo damos continuidad subjetiva de los liderazgos revolucionarios para que los procesos no se trunquen, no se limiten, y puedan tener una continuidad en perspectiva histórica?

Por último, una quinta debilidad que quiero mencionar, de manera autocrítica pero propositiva, es la débil integración económica y continental. Hemos avanzado muy bien en integración política. Pero cada gobierno está viendo su espacio geográfico, su economía, su mercado, y cuando tenemos que leer los otros mercados, surgen limitaciones. La integración económica no es cosa fácil. Uno habla, pero cuando tienes que ver la balanza de pagos, las inversiones, la tecnología, las cosas se ralentizan. Este es el gran tema. Estoy convencido de que América Latina solo va a poder convertirse en dueña de su destino en el siglo XXI, si logra constituirse en una especie de estado continental, plurinacional, que respete las estructuras locales y nacionales de los estados pero que, a  la vez, tenga un segundo piso de instituciones continentales en lo financiero, en lo económico, en lo cultural, en lo político y en lo comercial. ¿Se imaginan si somos 450 millones de personas? Tendríamos las mayores reservas de minerales, de litio, de agua, de gas, de petróleo, de agricultura. Nosotros podemos direccionar los procesos de mundialización de la economía continental. Solos, somos presas de la codícia y el abuso de empresas y países del Norte. Unidos, vamos a poder pisar fuerte en el siglo XXI y marcar nuestro destino.

La marea está bajando

No debemos asustarnos. Ni debemos ser pesimistas ante el futuro, ante las batallas que se vienen. Marx, en 1848, cuando analizaba los procesos revolucionarios, siempre hablaba de la revolución como un proceso por oleadas. Nunca imaginó la revolución como un proceso ascendente y continuo. Decía que la revolución se mueve por oleadas: una oleada, otra oleada, y la segunda oleada avanza más allá de la primera, y la tercera más allá de la segunda.

Está viniendo un repliegue. Serán semanas, serán meses, serán años, pero está claro que, como se trata de un proceso, habrá una segunda oleada, y lo que tenemos que hacer es prepararnos, debatiendo qué cosas hicimos mal en la primera oleada, en qué fallamos, dónde cometimos errores, qué nos faltó hacer, para que, cuando se dé la segunda oleada, más pronto que tarde, los procesos revolucionarios continentales puedan llegar mucho más allá.

Tocan tiempos difíciles, pero para un revolucionario los tiempos difíciles son el aire que respira. ¿Acaso no venimos de abajo, acaso no somos los perseguidos, los torturados, los marginados, de los tiempos neoliberales? La década de oro del continente no ha sido gratis. Ha sido la lucha desde abajo, desde los sindicatos, desde la universidad, de los barrios, la que ha dado lugar al ciclo revolucionario. No ha caído del cielo esta primera oleada. Traemos en el cuerpo las huellas y las heridas de luchas de los años 80 y 90. Y si hoy, provisionalmente, temporalmente, tenemos que volver a esas luchas de los 80, de los 90, de los 2000, bienvenidas sean. Para eso es un revolucionario.

Luchar, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse - hasta que se acabe la vida. Este es nuestro destino.

Tenemos algo que cuenta a nuestro favor: el tiempo histórico está de nuestro lado. Ellos, lo decía el profesor Emir Sader, no tienen alternativa, no son portadores de un proyecto de superación de lo nuestro. Ellos simplemente se anidan en los errores, en las envidias, de lo pasado. Ellos son restauradores. Ya conocemos lo que hicieron con el continente. En Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, sabemos lo que hicieron ellos, porque gobernaron en los años 80 y 90. Y nos convirtieron en países miserables, dependientes, nos llevaron a situaciones de extrema pobreza, de vergüenza colectiva. Ya conocemos lo que ellos quieren hacer.

Nosotros somos el futuro. Somos la esperanza. Hemos hecho en diez años lo que ni en cien años se atrevieron a hacer ni dictadores ni gobiernos. Nosotros hemos recuperado la Patria, la dignidad, la esperanza, la movilización y la sociedad civil. Ellos tienen todo esto en contra. Son el pasado. Ellos son el pasado. Ellos son el retroceso. Nosotros estamos con el tiempo histórico.

Pero hay que ser ahí muy cuidadosos. Aprender lo que aprendimos en los 80 y 90, cuando todo complotaba contra nosotros. Acumular fuerzas, saber acumular fuerzas. Saber que cuando uno se lanza a una batalla y la pierde, nuestra fuerza va hacia el enemigo y se potencia y nosotros nos debilitamos. Que cuando hay que dar una batalla, saber calcularla bien, saber obtener legitimidad, saber explicar a la gente, saber conquistar nuevamente la esperanza, el apoyo, la sensibilidad, y el espíritu emotivo de las personas en cada nueva pelea que hagamos. Saber que nuevamente tenemos que entrar a la batalla minúscula y gigantesca de ideas, en los medios de comunicación grandes, en los periódicos, en los pequeños panfletos, en la Universidad, en los colegios, en lo sindicatos. Que hay que volver a reconstruir nuevo sentido común de la esperanza, de la mística. Ideas, organización, movilización.

No sabemos cuánto durará esta batalla. Pero preparémonos por si dura un año, dos, tres cuatro. El Continente está en movimiento y más pronto que tarde, ya no serán simplemente 8, o 10 países, seremos 15, seremos 20, 30 países que celebraremos esta gran Internacional de pueblos revolucionarios, progresista".

Este discurso fue publicado previamente por IDEAL y republicado aquí con el permiso de IDEAL y del autor.

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