Los 3.700 metros de la playa del pueblo de La Sabana, en la parroquia Caruao, al este del estado Vargas, lucen interminables. Es una franja rica en verdes por su frondosa vegetación llena de uveros y por sus manglares; con una arena delicada y una brisa arrolladora que impregna de salitre. No solo es un espacio apreciado por residentes y turistas, sino que, por siglos, ha sido el hogar de las tortugas marinas, especialmente las especies cardón o laúd y la tortuga verde.
La costa llegó a ser una especie de santuario, donde volvían a desovar las tortugas que habían nacido en esa orilla.
Pero en la última década, la magia parecía perdida. La costa empezó a ser ocupada por vehículos rústicos, cuyos conductores encontraban en esa enorme extensión, especialmente en la zona conocida como La Boca de La Sabana, una pista para competir, un área para “rustiquear”. La falta de empatía humana con la naturaleza alejó a las tortugas marinas.