Decir que hay dos virus activos en nuestra sociedad, el bioquímico y el del miedo en la mente de la gente, no es una gran revelación. Pero la forma en que el primero desencadenó el segundo, junto con los encierros y confinamientos que para hacer frente a la pandemia se propagan por todo el mundo como un síndrome autodestructivo de la especie humana, vale la pena observar lo que pasa desde una perspectiva psicológica.
La primera pregunta es ¿cómo fue posible llevar a cabo medidas tan draconianas tan rápidamente y con un cumplimiento tan extraordinario? El miedo, por supuesto, es la respuesta: usándolo, o en el caso del coronavirus, siendo usado por él.
El miedo al virus es en realidad el miedo a la muerte - la propia, o la de un pariente cercano – a solo un paso de la propia. No es la infección por Covid-19 lo que asusta tanto a la población, sino más bien la presencia de la propia mortalidad acechando dentro de este agente viral invisible y aleatorio que es capaz de golpear a cualquiera, en cualquier momento, incluso a los de más arriba.