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Daniela Silva, la heredera de una lucha femenina contra la violación de la selva

Las nuevas generaciones de activistas continúan denunciando el ecocidio que supone Belo Monte, la gigantesca hidroeléctrica que corta el río Xingú, en la Amazonía brasileña

Daniela Silva, la heredera de una lucha femenina contra la violación de la selva
Izquierda: árboles muertos tras la inundación del río Xingú por la construcción de la represa Belo Monte se secan y pudren en el agua. Derecha: Daniela Silva posa para un retrato recostada sobre el lugar donde se erguía su casa, en los baixões de Altamira. | Pablo Albarenga
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“Belo Monte é morte!” (Belo Monte es muerte). Daniela Silva pronuncia estas palabras a la vez que coloca un cartelito con ese lema escrito a mano en el lugar en que la gigantesca hidroeléctrica, construida sobre el río Xingú, en Brasil, tiene designado para que el público admire y fotografíe la monumentalidad de la infraestructura.

En ese lugar, situado a unos 40 kilómetros de la ciudad de Altamira, al borde de la carretera, unas grandes letras blancas, esculpidas en tres dimensiones, rezan: “Fotografíe Belo Monte”, como muestra de la prepotencia con la que la empresa se instaló en el Xingú medio. Este es uno de los grandes afluentes del bajo Amazonas, en el estado brasileño de Pará, y la construcción de la hidroeléctrica quebró violentamente el ecosistema fluvial y marcó profundamente la vida de las poblaciones locales que vivían a la vera del río.

Las consecuencias de la catástrofe socioambiental que la construcción de esta infraestructura provocó son aún hoy difíciles de calibrar. “Belo monstruo”, la bautizaron las familias que fueron expulsadas de sus casas, de sus tierras e islas por esa intervención que acabó con el hábitat de una vasta área conocida como Volta grande do Xingú, y con la vida y el futuro de las comunidades asentadas en su ribera.