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Del gasolinazo a “Vibra México”: la banalización del resentimiento

Tras décadas de atropellos y violencia, exclusión y desigualdad, lo que está sacando a miles de mexicanos a la calle es el precio de la gasolina y las amenazas del vecino Trump. English

Alejandro Vélez
14 February 2017
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Marcha Anti-Trump en Ciudad de México. 12 de febrero 2017. Benedicte Desrus SIPA USA/PA Images

Tengo un amigo que siempre se incomoda cuando le cuento acerca de los descubrimientos de fosas clandestinas, los casos de migrantes asesinados o las últimas tropelías de los políticos mexicanos. Pero su incomodidad no es producto de esa gruesa y opaca burbuja de indiferencia en la que se pertrechan muchos y muchas mexicanas. Al contrario, creo que ese rictus tan característico que pone cuando platicamos es producto de la indignación. De hecho, suele bromear —con una cierta dosis de seriedad— que no entiende cómo nadie ha tomado las armas y se ha ido al monte como hicieron los maquis durante el franquismo. Debo decir que no le falta razón, pareciera que nuestro umbral para la indignación es tan alto que podemos soportar: decenas de miles de desapariciones forzadas y cientos de fosas clandestinas abiertas y por abrir; que los gobernadores contraten deuda como si no hubiera mañana;  que nuestros periodistas huyan del país o se autocensuren para sobrevivir; que gobiernos estatales compren pruebas falsas de SIDA o den quimioterapias falsas a niños; o que el grueso de la clase política use la función pública como su cochinito de dinero y poder.

San Fernando, Playa Vicente, Allende, Ayotzinapa, la Casa Blanca, Tanhuato, Apatzingán, Nochixtlán, Tlatlaya, la Guardería ABC, el Casino Royale son hitos tendrían que haber derramado ese vaso que en Túnez destrozó Mohammed Bouazizi al inmolarse después de que le confiscaran su puesto de frutas, y que desembocó en la renuncia y la huida del dictador Ben Alí. No obstante, pareciera que las paredes del hipotético vaso mexicano solo se han hecho más altas y, además, impermeables. En este sentido, no me hubiera aventurado a predecir que lo que sacaría a los mexicanos a las calles fuera un aumento en la gasolina. El dichoso “gasolinazo”.

Recuerdo que en alguna de mis clases de Ciencia Política me enseñaron que el bolsillo es la parte más sensible del ciudadano y que al votar o evaluar a un gobernante siempre se pregunta: “que has hecho por mí cartera últimamente”. En este rubro, la administración de Peña Nieto no ha sido más o menos bondadosa que administraciones anteriores, sin embargo los incuestionables y mastodónticos casos de corrupción han puesto de manifiesto la indiferencia de la élite política ante los problemas más básicos de la ciudadanía como “poder llegar a fin de mes”. En el caso del gasolinazo, la fugaz indignación puede ser resultado de una promesa rota —una más— del gobierno federal que hizo un trabajo propagandístico impecable para vendernos las mieles de una “reforma energética” que bajaría el precio del gas, la electricidad y los combustibles en el mediano plazo. No obstante, unos meses después el mismo aparato de propaganda repitió a diestra y siniestra que el aumento no era culpa de la reforma sino del alza en el precio internacional de los combustibles, trasladando la culpa al exterior. Algunos secretarios de Estado llegaron a amenazar con cerrar escuelas y recortar programas sociales si no entraba en vigor el ajuste de precios.

Mucha gente salió a la calle a protestar. De hecho, siguen saliendo. Marchas, bloqueos carreteros, toma de casetas han sido la norma desde los primeros días del año. Se gestaron movilizaciones sociales donde no las había habido. Miles salieron en Mexicali, por ejemplo. Parecía que lo que no lograron los muertos y los desaparecidos lo lograría la gasolina. “Dame más gasolina”, sería el grito de guerra, para beneplácito de Daddy Yankee. La chispa parecía encenderse.

¿Qué sucedió? Primero, el gobierno volvió a usar el manual de procedimientos contrainsurgentes e infiltró las protestas. Aprovechó la rabia y la indignación de la gente y las condujo hacia la violencia, o al menos hacia la percepción de violencia e ingobernabilidad. El 3 de enero fueron saqueadas varias tiendas de autoservicio, farmacias, supermercados y tiendas de electrodomésticos en el Estado de México y Ciudad de México. Los medios masivos —como no podía ser de otra forma— sacaron su lupa y magnificaron lo sucedido. En las redes sociales sucedió lo propio: me llegaron por lo menos tres mensajes a grupos de Whatsapp que advertían de no salir a las calles por que la cosa se iba a poner fea. “Mejor cierren, allá vienen”, le dijeron unos policías a varios locatarios del Centro Histórico. La pregunta que no nos hicimos es ¿quién viene? Los anarquistas, los violentos, los vándalos… los que protestan. La desviación del orden social y de los patrones normativos consensuados, diría Howard Becker.

Identificar “lo desviado” o quienes lo encarnan —los chivos expiatorios, diría Albert Cohen— permite construir el holograma de una amenaza cuyo fin principal es generar miedo. Ese día fui al cine con una amiga y el taxista que la regresó a su casa no quiso meterse al “peligroso” barrio de Tizapán, en San Ángel, por rumores de que iban a saquear el Electra de Avenida Revolución. Pero los rumores no llegan solos, Alberto Escorcia investigó que detrás del hashtag #SaqueaUnWalmart y de varios rumores y noticias falsas estaba un grupo de 500 cuentas falsas en Twitter. Trolls, vamos. Sobra decir que después de este reportaje, Alberto fue amenazado. El rio sonaba y parece que llevaba bastante agua. 

Pero no hay que colgarle todas las medallas al gobierno. No son tan inteligentes. Para Doria Vélez  —que además de experta es mi hermana— los sujetos activos en las protestas no solamente fueron porros infiltrados por el gobierno federal. Seguramente también hubo otros sujetos activos infiltrados por otras fuerzas políticas para intentar dañar la imagen del presidente, si es que se puede ser más impopular que Peña Nieto en este momento. Ella cree que en las marchas también hubo pequeños criminales, oportunistas y gente que ante la posibilidad de tener una pantalla, una computadora o un minicomponente, no se lo piensa dos veces. La afrenta principal es que ellos, los políticos, tengan todo —vales de gasolina incluidos— y el grueso de la ciudadanía nada, o casi nada. De menos salir con un pequeño botín de la marcha. Y no lo digo con sorna, entiendo perfectamente a aquel que vende su voto por quinientos pesos, un tinaco Rotoplas o material de construcción. En México cuesta trabajo explicar a un observador extranjero que durante la visita de un candidato, una familia puede ganar más que en meses de trabajo honesto.

“Haiga sido como haiga sido”, el fantasma de la ingobernabilidad se materializó y las protestas fueron criminalizadas. Una vez más. Pero fue un shock exógeno el que las trasladó de las portadas a la tercera de forros: el preocupante inicio de la presidencia de Donald Trump. Nadie pensó que las diatribas que vociferó contra México y los mexicanos durante la campaña serían trasladadas a órdenes ejecutivas  durante sus primeros días de gobierno. No tardamos más de dos días en darnos cuenta que el presidente del mundo libre, para tomar el término de la Guerra Fría, iba comportarse como un bully de escuela y que los mexicanos  —y los musulmanes— serían su fijación. La coyuntura internacional le daba al gobierno mexicano una oportunidad de sepultar el gasolinazo, arroparse en la bandera y, al menos en el discurso, hacer frente a la amenaza externa. Pero ¿qué podíamos esperar del único gobierno que invitó a Trump cuando era candidato? Nos volvieron a fallar. Quién lo diría, pero la diplomacia de Twitter fue demasiado para aquellos que han gobernado el país como si se tratara de un reality show o una telenovela. Epic fail dirían los memes.

Ante la falta de liderazgo, la amenaza externa se ha cristalizado dolorosamente en el imaginario mexicano y ha ocasionado reacciones que van desde lo medianamente constructivo (ofrecer asilo a refugiados sirios) hasta lo ridículo (llamados a no consumir productos estadounidenses y revivir el programa Hecho en México). Es más, ya hay una convocatoria para salir a las calles para exigir “respeto a México”. Dicha marcha ha sido denominada “Vibra México” y la convocan organizaciones empresariales, universidades y organizaciones de la sociedad civil. En el llamado para “defender los derechos de todos, exigir un buen gobierno y celebrar el orgullo de ser mexicano” también se pide a los asistentes que vayan vestidos de blanco.

No quisiera criticar “Vibra México” antes de que suceda, pero el tipo de convocatoria me trae recuerdos de aquellas marchas convocadas por empresarios en 2004 y 2008 y que terminaron siendo como días de campo alternativos por el Paseo de la Reforma para las clases pudientes. Aún así, celebro que aquellos que no salieron a las calles después de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, en las marchas de madres de desaparecidos cada 10 de mayo, o después del reciente gasolinazo, lo hagan ahora. Lo único que me preocupa es que con este tipo de marcha se soslaye y se intente asfixiar la indignación y la rabia acumulada —más que por las órdenes ejecutivas de Trump— por los inconmensurables costos sociales de diez años de guerra y por las décadas de pobreza, exclusión y desigualdad. 

Con esto no quiero decir que se tengan que romper vidrieras o quemar cajeros en cada marcha, mucho menos agarrar a tomatazos a los políticos como está haciendo el patético Arne aus den Ruthen que, además, parece incapaz de ver la viga en el ojo propio. A lo que me refiero es que a lo mejor conviene retomar la defensa del ressentiment[1] que hizo el filósofo austriaco Jean Améry después de salir de los campos de concentración Nazis. Améry afirma que este ressentiment no debe considerarse una respuesta inmediata e irracional a los horrores que vivió, sino como un proceso que se inicia cuando salió del último campo de concentración en el que estuvo preso, y que creció con las actitudes y las políticas que se gestaron en las dos décadas posteriores al fin de la guerra. Para Thomas Brudholm[2], lo que Améry denomina ressentiment no es otra cosa, en resumen, que el resultado fehaciente de la falla del Estado y la sociedad para demostrarle a sus víctimas que hay un reconocimiento del pasado y que se ha asumido total responsabilidad por sus consecuencias.

Regresando a México, me queda claro que ni la sociedad ni el Estado han tenido el valor de reconocer el daño social, ya no digamos de los últimos 10 años, sino el acumulado desde la guerra sucia. Esto quiere decir que tenemos millones de ciudadanos con un ressentiment que suele salir a cuenta gotas en manifestaciones como las de Ayotzinapa o las de la Guardería ABC. En ocasiones, ese ressentiment se transmuta en rabia, como cuando las manifestaciones son reprimidas de manera violenta. Esto me recuerda un fragmento del libro You Are Under Arrest for Masterminding the Egyptian Revolution  de mi amigo Ahmed Salah, en el cual cuenta que durante la primera toma de la Plaza Tahrir en El Cairo estuvieron tirándole piedras a la policía durante dos horas para defenderse del gas lacrimógeno y las balas de goma. Salah reflexiona sobre aquel momento y dice que aunque él cree en la resolución de conflictos por medios no violentos - de hecho, le conocí en un taller de periodismo y no violencia -, cree que los activistas deben al menos defenderse de los mafiosos que intentan matarlos. Para Salah, los activistas son esos locos que vuelven a hacer las mismas cosas esperando un resultado diferente.

La clave para obtener un resultado diferente es la organización. Tenemos mucho de donde aprender y desaprender: el 15-M, el movimiento Occupy, las primaveras árabes, Black Lives Matter, las protestas griegas, la Revolución Naranja. Por supuesto, también hay que hacer autocrítica de nuestros propios procesos: Yo soy 132, la Otra Campaña, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, hasta de las marchas donde todos van vestidos de blanco. Me parece que es nuestra única opción para que el ressentiment no se banalice y tampoco mute en un sentimiento de venganza incontrolable como el que está haciendo renacer el fascismo en tantos países del mundo.


[1] Prefiero el término en francés porque Améry lo usa sobre el alemán o el inglés en el original de Beyond Guilt and Atonement. Además lo usa en clara referencia a Nietzche.

[2] Thomas Brudholm, Ressentment’s Virtue: Jean Améry and the Refusal to Forgive. Temple University Press, 2008. p. 116. 

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