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El peruano Mariátegui: un marxista para nuestros tiempos

En los años 20 del siglo pasado, Mariátegui se esforzó por empezar a construir una revolución. Hoy sus ideas siguen más vigentes que nunca, y su lectura creativa del marxismo tiene mucho que aportar. English

Mike Gonzalez
4 October 2019
10 de diciembre de 2014 - Lima, Lima, Perú - Un hombre indígena disfrazado de inca y con una bandera peruana participando en la manifestación de la cumbre del pueblo. Mariátegui dio a los pueblos indígenas una plataforma y ayudó a movilizarlos.
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Foto: Carlos García Granthon / Zuma Press / PA Images. Todos los derechos reservados

José Carlos Mariátegui nació en Moquegua, Perú, en 1894. De adolescente ya tenía ideas avanzadas; a los veinte años se declaraba socialista, y al regresar de su experiencia italiana en 1923, se reconocía “marxista convicto y confeso”.

Su aporte como pensador y organizador es aun más impresionante si se toma en cuenta que le quedaban apenas ocho años de vida. Tuvo un papel clave en la formación la primera central obrera de su país, creó una plataforma para el desarrollo de la izquierda peruana y reinterpretó el marxismo para América.

Era un revolucionario que desafió el reformismo y el concepto de una transformación social gradual lenta bajo dirección burguesa; al mismo tiempo se enfrentó con el sectarismo de la Internacional Comunista (el Comintern) cuestionando su insistencia en imponer al movimiento socialista mundial el modelo de la revolución rusa como estrategia única.

“En la lucha entre dos sistemas, entre dos ideas, no se nos ocurre sentirnos espectadores ni inventar un tercer término. En nuestra bandera, inscribimos esta sola, sencilla y grande palabra: Socialismo…….Y el socialismo, aunque haya nacido en Europa, como el capitalismo, no es tampoco específico ni particularmente europeo.Es un movimiento mundial, al cual no se sustrae ninguno de los países que se mueven dentro de la órbita de la civilización occidental”.

(’Aniversario y balance’ 1928)

Mariátegui murió en Lima en 1930. Tenía treinta y seis años, pero había tenido un impacto extraordinario sobre su propio país y sobre América Latina en general. Sin embargo, durante las seis décadas siguientes quedó prácticamente en el olvido, sus ideas distorsionadas y su legado ignorado.

Un marxista para nuestros tiempos

En la última década del viejo siglo América Latina enfrentaba el asalto de un neoliberalismo en su fase más agresiva. Las trasnacionales arañaban sus montañas para extraer sus entrañas minerales, talaban sus bosques para dejar lugar al cultivo de la soya y la ganadería, y construían nuevas represas para favorecer la agricultura de exportación o servir las nuevas industrias.

Los millones de personas expulsadas de sus tierras acabaron apiñadas en los barrios y favelas que rodeaban las grandes metrópolis. Lo que se había ganado en años anteriores en materia de beneficios sociales o subvenciones a la industria nacional quedó arrasado, y la brecha entre pobres y ricos se ensanchó a un ritmo descomunal. .

La respuesta popular fue lo que se llegó a llamar la ‘marea rosada’. En toda la región surgieron movimientos de base que oponían resistencia a las depredaciones del neoliberalismo. Se movilizaron los más pobres y marginados – las comunidades indígenas y las poblaciones de las barriadas; una nueva generación de estudiantes se aunó a las protestas, se organizaron las mujeres y se fraguó una nueva conciencia ecológica.

En Ecuador cayeron tres gobiernos a raíz de las protestas masivas de las organizaciones indígenas. En Bolivia, las guerras del agua y del gas marcaron el principio del nuevo siglo con luchas victoriosas contra empresas imperialistas empeñadas en tomar control de sus recursos naturales. En Venezuela, en 2002, un intento de derrocar el gobierno de Hugo Chávez fracasó ante los millones que bajaron de los cerros para negarle el triunfo a la derecha neoliberal.

En el curso de esas luchas aparecieron nuevos tipos de organización popular y democrática, aunque todos nombraron el mismo enemigo - el capitalismo global. Sin embargo, en su seno había un vacío político.

El Foro Social Mundial, que a partir de 2001 reunía a los movimientos sociales, declaraba que “un nuevo mundo es posible” – pero quedaba en duda exactamente qué significaba el lema. Las sociedades ‘socialistas’ de Europa del Este se habían revelado como tiranías estatales impulsadas por los mismos motivos de acumulación de plusvalía que el mundo capitalista. Y muchos de los que habían representado ese socialismo se convirtieron en cómplices de los nuevos gobiernos neoliberales y preconizaban la muerte del marxismo.

Fue en estas circunstancias que se redescubrió el Marxismo Latinoamericano de Mariátegui.

En 1918 lanzó su propio periódico, La Razón, de clara orientación socialista.

Un aprendizaje

Después de una grave enfermedad que le afectó de niño, Mariátegui empezó a trabajar, a los quince años, como ayudante en la imprenta del periódico La Prensa. En menos de un año ya colaboraba con varias revistas y diarios con artículos sobre la vida cultural y política de Lima; al mismo tiempo formaba parte de un círculo de artistas de vanguardia.

En 1918 lanzó su propio periódico, La Razón, de clara orientación socialista. Y cuando el movimiento sindical declaró una huelga general para principios del año siguiente, Mariátegui y La Razón la respaldó incondicionalmente. La huelga reivindicaba el abaratamiento de las necesidades básicas y la introducción del día laborable de ocho horas. En aquella época la principal industria del Perú era la textil que se basaba en las fábricas de Lima.

El fin de la primera guerra mundial, a finales del 1918, significó una baja de la demanda y el desempleo, además de alzas del precio de los alimentos, muchos de ellos importados. Los líderes de los nuevos sindicatos eran anarquistas. El nuevo presidente, que representaba un ala del ‘civilismo’ burgués, Augusto Leguía, aceptó las demandas, comprometiéndose con la modernización y el cambio.

Pero el compromiso duró poco y las reformas prometidas nunca se implementaron. Uno de sus primeros actos fue mandar a Mariátegui a un exilio político de tres años en Europa, aunque el cambio que produjo en el joven revolucionario no sería el que Leguía se imaginaba.

En Italia, Mariátegui fue testigo de los grandes debates entre reformistas y revolucionarios, entre estos Antonio Gramsci y su grupo

En la Europa de la revolución

Cuando Mariátegui llegó a Italia, en 1920, un nuevo orden estaba en el proceso de nacer. El viejo socialismo, socialdemócrata y reformista, se imaginaba que el socialismo surgiría, como el fénix, del capitalismo mismo.

Pero la revolución de octubre de 1917 en Rusia manifestaba la posibilidad de una transformación revolucionaria, encabezada por la clase trabajadora y ganada a raíz de su actuar colectivo. En Rusia los soviets, nuevos órganos de poder popular que se construyeron en el curso de la revolución, encarnaban este nuevo mundo y el nuevo tipo de democracia que introduciría.

En las fábricas automovilísticas de Italia, y sobre todo de Torino, los consejos obreros que empezaron como comités de huelga a finales de la guerra se transformaron en expresiones de un poder popular capaz de desafiar al capital directamente.

En sus Cartas de Italia – artículos enviados desde allí a varios diarios limeños – Mariátegui describía los intensos debates políticos, las posibilidades y los peligros que enfrentaba el proyecto socialista en Europa.

Los debates que se abrieron dentro del marxismo a raíz de la revolución de 1917 fueron ricos y amplios; se discutía la opresión, el papel de la cultura, la diversidad de la experiencia proletaria en el contexto de la visión marxista.

En Italia, Mariátegui fue testigo de los grandes debates entre reformistas y revolucionarios, entre estos Antonio Gramsci y su grupo. Aunque su temprana muerte impidió que conociera el extraordinario aporte al marxismo del italiano, en algunos sentidos Mariátegui parecía adelantarse a algunas de las cuestiones que tocaría Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel y otros escritos.

Cualquier proyecto debería reconocer que sus luchas contra una clase terrateniente brutal también formaban parte de la lucha de clases en una economía capitalista dependiente.

A construir el movimiento

Al regresar al Perú en 1923, Mariátegui fue invitado a dar una serie una conferencias sobre la crisis mundial en la Universidad Popular Manuel González Prada en Lima. Eran la expresión más clara posible de su marxismo.

Mariátegui planteaba la cuestión clave ¿ quiénes son los protagonistas de la revolución peruana? Dio su respuesta en un ensayo emblemático ‘El primero de mayo y el frente único’, donde analizaba el problema de construir un movimiento revolucionario donde la clase obrera estaba todavía en formación.

La experiencia europea era importante e inspiradora, pero no se podía simplemente traducir a otra realidad muy diferente. En el primero de los Siete Ensayos para una interpretación de la realidad peruana (1928), su libro más conocido, analizó esa realidad desde una perspectiva marxista.

Su propuesta fortalecería los sindicatos, tanto en Lima como en las minas del Valle Central y los centros petroleros, además de los grandes latifundios de la costa. Pero en un país el 65% de cuya población pertenecía a las comunidades indígenas de la sierra andina donde imperaban relaciones sociales semi-feudales, cualquier proyecto debería reconocer que sus luchas contra una clase terrateniente brutal también formaban parte de la lucha de clases en una economía capitalista dependiente.

En Siete Ensayos describía el papel de la burguesía nacional peruana. Desde mediados del siglo diez y nueve eran los agente obedientes del capital extranjero – británico, alemán y norteamericano – que dominaba la economía peruana. No tenía proyecto alguno para la independencia nacional y la creación de un estado-nación fuerte.

Así la tarea de liberación nacional le correspondía al frente único de trabajadores, campesinos y comunidades indígenas. Al mismo tiempo, insistía en que ese frente se tenía que ver en un contexto internacional; sus aliados se definirían no por su nacionalidad solamente sino más bien por sus objetivos comunes y su enemigo común - el capital internacional -perfilado en sus conferencias sobre la crisis mundial de 1923.

Una y otra vez argumentaba en sus escritos y charlas, la revolución no llega prefabricada. En el Perú había escaso contacto entre los trabajadores y el mundo indígena, y mucho menos comprensión. Aunque coincidieran en el tiempo (en 1919) las primeras luchas obreras urbanas y mineras no se vincularon. A partir de su regreso de Europa una de las tareas más importantes de Mariátegui era construir esos lazos a través del movimiento sindical.

En 1926, fundó la revista Amauta, que resultó ser un instrumento clave en ese sentido. Publicaba textos y escritos del movimiento revolucionario de Europa y las Américas, argumentaba la importancia del marxismo en su debate con otras corrientes, sobre todo la agrupación nacional-populista Apra, que érase una vez se había caracterizado de marxista.

Estos debates se dirigían sobre todo a una nueva generación de jóvenes intelectuales atraídos por el aprismo. Al mismo tiempo, la revista constituyó una plataforma para voces indígenas, al incluir un boletín especial de noticias y análisis de las luchas y experiencias andinas.

Cuando se publicó Siete Ensayos, en 1928, ya se le había tenido que amputar una pierna a Mariátegui y se movilizaba en silla de ruedas. Pero su energía no se amainó. Sus escritos llenan veinte volúmenes, aunque sólo salieron dos tomos en vida, y las reuniones celebradas a diario en su casa de Lima juntaban a todos los distintos elementos del movimiento.

La Internacional Comunista (Comintern) había sido en sus inicios un foro de debate e intercambio entre los revolucionarios del mundo. En 1923 Trotsky había planteado en su congreso la necesidad de un frente unido, propuesta muy cercana en ciertos sentido a la de Mariátegui.

Para finales de los veinte, sin embargo, el Comintern se había convertido en un instrumento del estado soviético bajo el dominio de Stalin; definía las estrategias para seguir de todas las organizaciones nacionales como modelo único. Recién creada, y estando vivo Lenin todavía, definió las 21 condiciones con las que debía cumplir cualquier organización que aspiraba a llamarse comunista. La persecución de Trotsky manifestaba el costo de la disidencia.

Para 1928, Mariátegui se encontraba la misma presión por aceptar esas condiciones y formar un partido comunista. De hecho ya había establecido el Partido Socialista Peruano, escrito su primera constitución y formulado el Manifiesto y la Constitución del Primer Congreso Sindical del Perú. Su compromiso con el socialismo no podía ser más claro ni su marxismo puesto en duda.

Pero se negaba a plegarse a la versión sectaria y estrecha que exigía el estalinismo, que sostenía que el capitalismo había entrado en un ‘tercer período’ donde se enfrentaba con su ocaso y sólo faltaba lanzarse a la revolución comunista.

Quien no aceptaba ese análisis era por definición contrarrevolucionario. Mariátegui, en cambio, estaba mucho más cerca del marxismo creativo de Gramsci o Korsch, y creía que faltaba mucho para el triunfo definitivo del comunismo.

La estrategia de expansión del movimiento y acumulación de fuerzas que se expresaba en su concepto del frente único contradecía la postura del Comintern, y estaba convencido que llevaría a la escisión y colapso del movimiento en América Latina.

En el caso del Perú eso abriría una brecha insalvable entre la clase trabajadora y el movimiento indígena saboteando el frente único que para Mariátegui era la base misma de un movimiento revolucionario.

En sus investigaciones de la historia indígena Mariátegui identificaba en la cultura incaica una fuerte tradición colectivista encarnada en la idea de la tierra como patrimonio común y en el ayllu, la expresión del colectivismo incaico.

El hilo común entre estas comunidades y la clase trabajadora en su sentido más amplio era su concepto, por cierto muy controvertido, del ‘mito’ - a saber las expresión cultural de una visión de una futura transformación social imaginada y previsto en tanto en las culturas indígenas como en la cultura popular.

Eso le permitía hablar de un ‘socialismo andino’ – no como una mirada nostálgica hacia un pasado añorado, sino como evidencia de los hilos comunes que podrían unir los elementos de un frente único proletario y socialista.

En 1930, en su lecho de muerte, Mariátegui seguía negándose a ceder al estalinismo. Fue denunciado y marginado y sus idea parodiadas por la dirección del Comintern. Su negativa a formar un partido comunista, que a su parecer hubiera dividido el movimiento socialista fue caracterizada de ‘populista’, el término usado contra todo disidente y hereje.

Sin embargo sus ideas sobrevivieron y una generación futura encontró en sus escritos ecos de su propia experiencia y el reconocimiento de sus tradiciones, donde se anticipaba la revolución que Mariátegui se esforzó por empezar a construir. Hoy sus ideas siguen tan, y más vigentes, y su lectura creativa del marxismo tiene mucho que aportar a los futuros movimientos revolucionarios.

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In the Red Corner: the Marxism of José Carlos Mariétegui está disponible en Norteamérica directamente desde el sitio web de Haymarket Books; y en el Reino Unido de Waterstones, oa través de cualquier buen librero

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