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#Elecciones2019 España da esperanza a Europa y al mundo

La victoria de la socialdemocracia en España demuestra que, si no pierde su alma de izquierdas, es capaz de frenar a la internacional de la extrema derecha. Aún así, el virus de Vox ha entrado en el Congreso. English

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Francesc Badia i Dalmases
29 April 2019
Seguidoras do VOX durante a comparecencia de seus líderes na noite eleitoral em Madri, 28 de Abril de 2019. Foto: Alconada/Alter Photos/Sipa USA. PA Images. Todos os direitos reservados.

La Europa europeísta puede respirar algo aliviada con el resultado de las elecciones legislativas en España. La tentación nacional-populista, desde su expresión más radical de la ultra derecha hasta los que pensaron, desde el centro derecha, que la radicalización era la carta ganadora, ha perdido las elecciones.

Y las ha ganado, con claridad, un partido socialdemócrata que hace poco más de dos años estaba amenazado con caer en la irrelevancia política. Evitó lo que se ha llamado la “pasokización”, en referencia a la desaparición reciente del Partido Socialista griego (PASOK), que fue central en la política en Grecia durante décadas.

También han desaparecido prácticamente los partidos socialistas en Italia y en Francia, mientras que en Alemania la “grosse coalition” vive sus horas más bajas. Y en el Reino Unido, la locura del Brexit ha puesto al Partido Laborista en una situación imposible.

Esta victoria en España, que es la quinta gran economía europea, envía una señal clara de que un partido de centro izquierda puede ser capaz de resistir el envite de esa galaxia de nacional populismos que viene minando los valores sobre los que se fundamenta la democracia liberal y el proyecto Europeo.

“España, y el conjunto de los españoles, envían un mensaje nítido y rotundo a Europa y al mundo, y es que se puede ganar a la reacción, al autoritarismo y a la involución”, dijo el flamante ganador de las elecciones a su militancia, reunida anoche en Madrid para celebrar una gran victoria, tras una década de resultados deprimentes.

La irrupción de Vox en el parlamento español con el 10,26% de los votos y 24 diputados acaba con “la excepción española” y demuestra que esta opción reaccionaria obedece a una corriente de fondo.

En un momento tan delicado para las democracias liberales, cuando se han asentado con fuerza corrientes ultras, que avanzan en su agenda iliberal, las palabras de Pedro Sánchez confirman que, por lo menos en España, una parte importante de la población no se resigna a perder lo que se ganó con tanto esfuerzo.

“Estamos trasladando dos mensajes contundentes” –dijo Sánchez. “El primero, a la socialdemocracia europea, y es que la socialdemocracia tiene mucha historia, pero sobre todo tiene mucho futuro porque tiene un gran presente. España es un buen ejemplo de ello. Y el segundo: que formaremos un gobierno proeuropeo para fortalecer, y no para debilitar, a Europa”.

A las puertas de unas elecciones europeas que dirán hasta qué punto las fuerzas reaccionarias tienen capacidad de revertir avances fundamentales del proyecto europeo, un gobierno progresista y europeísta en España es, sin duda, un mensaje de esperanza.

Pero 2.677.000 de españoles han votado a Vox,. Son muchísimos para un partido que hace muy pocos meses era aún extraparlamentario, e irrelevante políticamente (solo consiguió 57.000 en 2017). Su discurso es ultranacionalista y retrógrado en lo moral. Tiene tres ejes: reinstaurar una España prácticamente franquista como alternativa “valiente” ante las fuerzas secesionistas; atacar a derechos civiles y valores progresistas; y agitar el fantasma de la inmigración.

Su irrupción en el parlamento español con el 10,26% de los votos y 24 diputados acaba con “la excepción española” y demuestra que esta opción reaccionaria obedece a una corriente de fondo. Existe, además, como demuestra la investigación de openDemocracy que publicamos la semana pasada, una coordinación continental creciente, que cuenta con apoyos procedentes de Rusia y de Estados Unidos.

Marine Le Pen, Salvini, Farage, Wilders, Kaczyinski, Orbán… la lista es larga y ciertamente heterodoxa, como lo es el universo ultraderechista europeo.

Pero Santiago Abascal (líder de Vox), quien ya ha sido felicitado efusivamente por sus colegas europeos, buscará rentabilizar sus resultados nacionales como trampolín para un mejor resultado en las elecciones europeas. Hasta la fecha, Vox no ha hecho un discurso anti-europeísta sino que se ha centrado en lo identitario. Su “Hagamos España grande otra vez” no ha dejado margen para hablar de Europa.

La fragmentación y la lucha por ver quién lidera la derecha puede beneficiar a un gobierno de Pedro Sánchez, pero la debilita como alternativa real.

Veremos, en cualquier caso, qué discurso despliega en la campaña a las europeas, y si es simplemente euroescéptico o se pasa a la eurofobia (escasamente popular en España), y a qué grupo se adscribe una vez en Bruselas: a de “Europa de las Naciones y la Libertad” o más bien al de “Europa de la Libertad y Democracia Directa”.

Pero más allá de cómo evolucione este peligroso “virus Vox”, que la extrema derecha ya ha conseguido introducir en España, los problemas internos siguen siendo agudos.

Al auge de Vox viene a añadirse a la desestabilización provocada por la crisis constitucional en Cataluña, un factor que contribuye decisivamente al debilitamiento de la democracia española. La crisis catalana sigue enquistada y, aunque el escenario para la búsqueda de una salida al callejón donde se encuentra es más viable con el PSOE que con una coalición antinacionalista de las “tres derechas”, que hubiese sido catastrófica, aún tiene una dinámica muy corrosiva.

Todo está pendiente de la resolución del juicio a sus dirigentes, acusados de sedición y rebelión por haber organizado un referéndum ilegal el 1 de Octubre del 2017, quebrando el orden constitucional. Continúan teniendo además un fuerte apoyo electoral (el 39,4% de los votos en Cataluña), pero pueden reorientar su estrategia nacional y jugar un rol positivo en Madrid si calculan que eso les será beneficioso para su agenda política y para sus luchas intestinas por la hegemonía del nacionalismo en Cataluña.

La debacle del centro-derecha del PP (que ha perdido 4 millones de votos y la mitad de sus escaños, cayendo de 132 a 66) ha traído como consecuencia que PP y PSOE, los dos partidos mainstream durante los 40 años de democracia española, no alcancen ahora el 50% de los apoyos. La fragmentación y la lucha por ver quién lidera la derecha puede beneficiar a un gobierno de Pedro Sánchez, pero la debilita como alternativa real. Si bien en su conjunto Resulta muy peligroso que la derecha ceda a la tentación de continuar con el enfrentamiento polarizador y su estrategia de la crispación y la descalificación que hemos visto en campaña para ocultar sus graves problemas intestinos.

El otro gran perdedor de estas elecciones es Unidas Podemos, liderado por Pablo Iglesias, perdiendo 1,4 millones de votos y 25 escaños. Aunque la suya sea una derrota “dulce” por la posibilidad de gobernar con el PSOE, es una derrota en toda regla.

El proyecto, que nació con vocación de cambiar la forma de hacer política, ha quedado atrapado en la dinámica endiablada de la gestión del poder desde dentro de las instituciones, algo que es muy difícil de hacer sin perder el alma revolucionaria.

Su futuro inmediato pasa por asegurar que el PSOE de Pedro Sánchez continúe en la senda de hacer políticas de izquierdas en fiscalidad, servicios públicos y profundización democrática, y entonces buscar cómo rentabilizarlo sin que el “abrazo del oso” los asfixie. Si logran conservar en las próximas elecciones municipales y autonómicas, que en España coinciden con las europeas, parte del poder local que obtuvieron hace 4 años, podrán salvar los muebles. Pero está difícil.

En definitiva, el fin de “la excepción española” ha coincidido, afortunadamente, con una reacción democrática de izquierdas, que está siendo bienvenida por muchos progresistas en Europa y en el mundo, después de un ciclo tremendamente negativo para todos ellos.

España, junto a Portugal, puede demostrar que, si la socialdemocracia no pierde su alma progresista, ni cede a la tentación de plegarse al establishment conservador, puede ganar elecciones. Sus prioridades no deben ser otras que enfrentarse a los grandes problemas actuales, cifrados en la desigualdad, la vulnerabilidad de los valores democráticos, y la lucha contra el cambio climático.

Los resultados en España nos indican que frenar el tsunami nacional-populista y ultraconservador, que tanto nos amenaza a todos, es todavía posible, en Europa y en el mundo. Próxima estación: Parlamento Europeo.

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