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En la democracia no hay lugar para la cortesía

Las democracias se nutren del debate y la confrontación de ideas. Pero se necesita un consenso sobre ciertos valores que sean esenciales si queremos continuar viviendo juntos y prosperar como sociedades. English.

Manuel Nunes Ramires Serrano
1 April 2019
Protesta unitaria contra el racismo y el fascismo en Barcelona, España, 23 de marzo de 2019. Foto: Paco Freire. SOPA Images/SIPA USA/PA Images. Todos los derechos reservados.

"El objetivo de la educación es el conocimiento, no de los hechos, sino de los valores."

– William S. Burroughs

Hijos de la medianoche es un libro complejo, entretenido y fascinante. Sería un eufemismo decir que es un libro difícil, ya que uno lo termina con más preguntas que respuestas y cuestionando el conocimiento que uno tiene tanto de la historia como de la naturaleza humana.

Sin embargo, Salman Rushdie consigue desafiar nuestra visión del mundo - lo que constituye un valiosísimo ejercicio en los tiempos que corren - y abordar la relación entre realidad y verdad. ¿Puede un mismo hecho significar cosas distintas para distintas personas? ¿Se precisa de la verdad en democracia?

Saleem Sinai nació "con las campanadas de la medianoche", que fueron las palabras que empleó Jawaharlal Nehru en su famoso discurso "Cita con el destino" ante la Asamblea Constituyente de la India. Era el 15 de agosto de 1947 - el instante en que India y Pakistán se convirtieron en países independientes. Desde su nacimiento, su destino queda indisolublemente vinculado al de la India, pero él lucha por comprender por qué se supone que su vida significa algo.

Las promesas hechas por los políticos no se cumplen y una paz duradera parece poco probable. Receloso de sus poderes especiales, Saleem nos guía, sin tratar de ser objetivo, a través de la guerra entre India y Pakistán, la independencia de Bangladesh y el estado de emergencia bajo Indira Gandhi. Es la historia de su India, la que él conoció y experimentó en primera persona - lo que sucedió en realidad importa menos que lo que él trata de hacer creer al lector.

Como en el caso de India y Pakistan, en este momento el retorno del nacionalismo en Europa está poniendo en peligro nuestro futuro compartido.

Al lector le lleva algo de tiempo comprender la magnitud de la tarea de Saleem: unir los corazones y las mentes de sus conciudadanos - musulmanes, sikhs e hindúes. No lo consigue, pero sí logra arrojar luz sobre el hecho de que las naciones son construcciones artificiales - conceptos ideológicos hechos a base de narraciones y argumentarios.

Tratando de abrirse paso entre el sentido de nación y el fanatismo, Saleem pone en evidencia al nacionalismo como un mito que debe replantearse para que la India llegue a convertirse en un lugar en el que puedan vivir mejor todos sus ciudadanos.

Saleem es un narrador poco fiable en la misma medida que el concepto mismo de nación también lo es. Viaja de un país a otro, de arriba abajo, a veces no percatándose del papel que le toca desempeñar en la historia de su país, a veces dándose perfecta cuenta del impacto de la India en su vida. Al llegar al final del libro, parece como si se le hubiese agotado el tiempo. La verdad acaba alcanzándole.

No es mi intención hacer aquí una reseña del libro, porque el hilo de la mente de Saleem es demasiado difícil de seguir - pero lo que sí se puede es tomar el libro como recurso para arrojar algo de luz, como excusa para recordar que, como en el caso de India y Pakistan, en este momento el retorno del nacionalismo en Europa está poniendo en peligro nuestro futuro compartido.

Si resulta que las naciones, las comunidades son construcciones artificiales y que los valores que las sustentan emanan de determinados argumentarios, tenemos que estar dispuestos a defender la democracia liberal - es éste un debate que no nos podemos permitir perder.

Desarraigar los hechos

A medida que nos acercamos a las próximas elecciones europeas, los votantes deberían estar inmersos en el debate sobre cómo abordar el cambio climático, la desigualdad creciente en nuestras sociedades y los peligros del capitalismo desregulado. Deberíamos estar tratando el tema de la amenaza que representan determinados actores globales para nuestra forma de vida y enfrentar el problema de la proliferación de aspirantes a autócratas dentro de nuestras fronteras.

Como mínimo, deberíamos estar informando a nuestros ciudadanos sobre lo que la Unión Europea hace por ellos y recordarles que fue gracias a la cooperación y el multilateralismo que logramos finalmente la paz en lo que había sido hasta entonces un continente devastado por las guerras.

Nuestra incapacidad para plantear estos temas contrasta con la capacidad de nacionalistas y populistas para convencer a los ciudadanos europeos de que Europa está siendo invadida por los inmigrantes. Y se alzan en defensa de personas como ellos y no como tú - sea lo que sea lo que esto signifique.

Ellos quieren más de lo suyo: su religión, su idioma, sus ideas. Quieren menos diversidad, menos libertad de expresión y menos debate. Su plan para Europa es una Europa más débil - un cobijo para que un sinnúmero de Estados nación puedan dedicarse a perseguir sus ambiciones particulares pasando por encima de todo y de todos.

La política podría ser un mecanismo para sacar el mayor provecho posible de un mundo imperfecto. Por desgracia, puede utilizarse también para fabricar agravios y convertir la verdad en un arma.

Poner en peligro los derechos, acosar a los medios de comunicación y extraditar a los inmigrantes no hará de Italia un país mejor. Y llevar a cabo una cruzada contra la democracia liberal y la libertad académica en Hungría no conseguirá una sociedad más próspera. Sin embargo, se hace cada vez más difícil distinguir entre propaganda y realidad.

Para conseguirlo hay que empeñarse en ello y meterse en el momento presente, siendo conscientes a la vez de nuestro contexto social y de nuestra historia compartida. Sería ingenuo suponer que una mayoría de ciudadanos van a poder navegar por las procelosas aguas de la opinión pública mientras los que están en el poder se dedican a tratar de manipularla.

La política podría ser un mecanismo para sacar el mayor provecho posible de un mundo imperfecto. Por desgracia, puede utilizarse también para fabricar agravios y convertir la verdad en un arma - para proporcionar herramientas a los políticos para alejar a los ciudadanos del debate racional y llevarlos al terreno de las emociones.

Pero el problema con el que nos enfrentamos va más allá de los partidos políticos. Las agendas populistas hacen también incursiones en las instituciones académicas, desarraigando la historia y usándola como otra arma de desinformación masiva.

Un ejemplo: en España, el nacionalismo se infiltró y recaló en la Real Academia de la Historia a raíz de que el periódico ABC y los partidos de derechas acusaran al gobierno de debilidad por haber acordado celebrar con Portugal el quinto centenario de la primera circunnavegación del globo.

A requerimiento del periódico, la Real Academia de la Historia emitió una opinión sobre la cuestión en la que afirmaba que el XVI fue un siglo de iniciativa "total y exclusivamente" española.

Por supuesto, esta declaración elude reconocer la importancia de los logros de Fernando de Magallanes, antes y durante el viaje, y omite el hecho de que la composición de la tripulación era multicultural ya que en ella figuraban navegantes de toda Europa - entre ellos, el explorador y erudito italiano Antonio Pigafetta.

Se trata de una opinión que viene al caso de lo que trata este artículo porque es un hecho inequívoco que la primera circunnavegación del mundo no fue una aventura "total y exclusivamente" española. Se logró coronar con éxito gracias a la experiencia de distintas personas de distintos países - países que hoy en día resulta que son socios y que comparten un pasado común, aunque controvertido.

Acusar de debilidad a un gobierno porque reconoce los logros de otros es esperpéntico y el mensaje que manda es claro: si no lo remediamos, las próximas elecciones no serán sobre lo que quieren los europeos, sino sobre aquello que no tienen y que les falta a algunos políticos.

La verdad importa

Los logros cuantificables por sí solos no salvarán a la Unión Europea. Es preciso reconstruir nuestra relación con los ciudadanos, intentando colmar la brecha que han abierto nuestros fracasos y las campañas diseñadas para explotarlos. No existe una organización social ideal ni un régimen político idóneo. Somos conscientes de ello. La crisis financiera, las medidas de austeridad y la "crisis de los refugiados" han dejado al descubierto las incongruencias de nuestras democracias y de Bruselas.

Sin embargo, es importante que recordemos a nuestros ciudadanos el papel que la Unión Europea ha desempeñado garantizando la paz y mejorando nuestras condiciones de vida a través de la cooperación y el diálogo entre naciones.

Si queremos evitar que ocurra lo peor, tenemos que encontrar soluciones racionales a los problemas reales que afectan a nuestros electores, como la desigualdad y la pérdida de estatus social.

Los líderes populistas de todo el continente esperan que no hagamos nada al respecto. Ellos piensan que los ciudadanos no están dispuestos a hacer el esfuerzo necesario para entender cuáles son los problemas reales y que pueden manipular hábilmente su necesidad emocional de comunidad e identidad. No tienen nada que ofrecerles más que miedo, resentimiento y odio.

Los ciudadanos europeos deben saber que no pueden esperar ningún cambio a mejor por parte de políticas excluyentes y de aislamiento. Deben ser conscientes de las implicaciones que tiene saltar del barco sin chaleco salvavidas y del coste de ir en pos de conceptos abstractos de libertad y soberanía.

Necesitamos una nueva visión que reconozca la importancia de nuestros valores compartidos y la responsabilidad de actuar contra quienes los ponen en peligro.

En el Reino Unido, una vez que quedó claro que hubo políticos que habían estado mintiendo a la gente ante el referéndum del Brexit, un grupo de amigos decidió denunciar las mentiras y la hipocresía de estos políticos utilizando vallas publicitarias.

Lo que pretendían con esto no era manifestar que el Brexit es algo terrible y que los que lo votaron están equivocados, sino forzar a dichos políticos a rendir cuentas. Tenían, como todo el mundo, su vida, su família y sus problemas cotidianos, pero esto no les impidió hacer algo por el futuro de su país.

La verdad importa en democracia. No hay nadie que pueda decir a ciencia cierta cuál es la verdad, pero sí debe haber un acuerdo sobre quien somos, qué hacemos y las cosas cómo son.

En democracia no hay lugar para la cortesía: la democracia se nutre del debate y prospera en la confrontación de ideas. Pero precisa de un consenso amplio acerca de ciertos valores que son esenciales si queremos vivir juntos y que no podemos abandonar.

A diferencia de Saleem Sinai, la mayoría de nosotros carecemos de superpoderes. Al igual que Saleem Sinai, nuestro destino está ligado al futuro de quienes nos rodean. Y necesitamos una nueva visión que reconozca la importancia de nuestros valores compartidos y la responsabilidad de actuar contra quienes los ponen en peligro.

Si damos por sentado los derechos humanos y la libertad, si dejamos espacio a los populistas en la vida pública y permitimos que sean ellos los que decidan lo que es importante, nos estrellarán el continente contra las rocas.

Entonces la verdad acabará alcanzándonos.

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