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La pandemia deja al neoliberalismo herido, pero vivo

La batalla a la que nos enfrentamos puede ser la más dura que hemos tenido hasta el momento. Nuestra mayor ventaja es que las cartas de nuestro oponente se encuentran ya sobre la mesa. English

Daniel Vargas-Gómez
25 May 2020
24 de mayo de 2020, Nueva York, Nueva York, EE. UU .: signo del dólar en una calle cerca de Wall Street.
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Milo Hess/ Zuma/ PA Images

En lo que va de la pandemia del Covid-19 hemos visto rescates financieros sin precedentes en todas las economías desarrolladas. La pandemia ha dejado claro que respuestas centralizadas, lideradas por el gobierno, entregan mejores resultados en salud.

Mientras la crisis en salud disminuye la económica se ha tomado los titulares, exponiendo de forma evidente la fragilidad de las economías construidas por el Neoliberalismo en los últimos 40 años.

Enfrentamos un hecho indiscutible: la globalización propuesta por el neoliberalismo se ha estrellado contra la pared. A pesar de los rescates y las políticas poco ortodoxas de los bancos centrales lo cierto es que el orden mundial dominante parece estar llegando a su fin. Sin embargo, la batalla no está ganada sino que, por el contrario, podría estar entrando en su etapa más contenciosa.

No obstante, sigue siendo cierto que el neoliberalismo está herido y podemos ver esto desarrollado en dos de las tendencias que lo caracterizan: la tendencia a la subcontratación con el fin de producir bienes cada vez más baratos, y la tendencia hacia tasas impositivas cada vez más bajas, que aboga por la privatización y por poner a los gobiernos a competir en aras a convertirse en destinos más atractivos para el capital global.

El fin de las cadenas de valor dispersas y globalizadas

Ya en los últimos años se ha puesto en vilo la visión neoliberal sobre el comercio. La introducción de tarifas por parte de EE. UU. ha reabierto una discusión mayor sobre la capacidad real de un país de poder garantizar trabajos bien remunerados a sus ciudadanos.

Sobre lo segundo, el neoliberalismo nunca ha podido dar una respuesta satisfactoria, sencillamente porque la ideología del libre mercado no es compatible con nada que ponga en cuestión los márgenes de beneficio.

Su papel en la conversación es mejor entendido por su capacidad para evadirla, pero esta crisis la ha reabierto con fuerza: ha dejado clara la necesidad que tiene todo país de poder producir localmente elementos de protección, exámenes de diagnóstico, ventiladores y demás bienes esenciales. La evidente falta de reservas y de producción local de éstos y muchos otros bienes, especialmente en tiempos de crisis, va a tener un impacto significativo sobre la capacidad de los grandes capitales para continuar subcontratando toda su cadena de valor en países como China en el futuro.

Esta disrupción de las cadenas de valor ha sido dramática y no se confina únicamente a bienes para uso médico o en el contexto de la salud. Esta disrupción está impactando a toda una serie de industrias que carecían de cualquier preparación frente a una interrupción del comercio global.

Por mencionar un ejemplo, la industria textil, confecciones y moda, intensiva en mano de obra, ha sido diezmada en todas sus facetas, desde la producción de insumos, pasando por la manufactura y llegando hasta la venta física al por menor.

No es tiempo de gobiernos austeros e impuestos bajos

Tanto las empresas transnacionales, como las personas más ricas, entienden que la deuda que han tenido que asumir los gobiernos en todo el globo para mitigar la crisis y mantener sus economías a flote, terminará ya en el 2021 en conversaciones sobre su futuro pago.

Dado el tamaño del déficit generado por las medidas tomadas para paliar la pandemia, un nuevo intento de implementar recortes aún mayores parece políticamente inviable.

La bien conocida receta de austeridad no es bien recibida hoy y es, en general, una opción poco viable. El mayor defensor de dichas medidas en el pasado, el FMI, no solo ha dejado de recomendarlas, sino que además urge actualmente a los gobiernos a que incrementen su gasto fiscal.

La experiencia reciente de Grecia, que vio, debido a la adopción drástica de medidas de austeridad, aumentar su deuda de manera insostenible en relación a su PIB, permanece fresca en la memoria de los miembros de la UE, mientras tratan de acordar una respuesta colectiva a la crisis.

Asimismo, en el Reino Unido, los Tories han dado un giro de 180 grados frente a la austeridad impuesta por el gobierno de Cameron y es poco probable que reviertan ese curso en un futuro cercano. La pandemia, por el contrario, ha resaltado la importancia de su sistema de salud publica, el NHS, y de los programas liderados por el gobierno en general.

En EE. UU. los Republicanos habían propuesto poco antes de la pandemia recortes drásticos a la seguridad social. Ese intento de recortes ya había sido mal recibido por la gran mayoría de la ciudadanía en ese país. Dado el tamaño del déficit generado por las medidas tomadas para paliar la pandemia, un nuevo intento de implementar recortes aún mayores parece políticamente inviable.

El curso de acción más seguro es el de revertir los recortes a la carga impositiva de los más ricos, implementados por la administración de Trump, más aún teniendo en cuenta que este es un año electoral.

Lo que viene

A pesar de los rescates y de las políticas poco ortodoxas de los bancos centrales, la batalla no está ganada aún. Mas de 30 millones de personas habían perdido su empleo en los EE. UU. en abril. Este país se ha convertido en el centro global de la pandemia si se tienen en cuenta el número de infectados y el efecto multiplicador que una contracción de su economía tiene sobre el resto del globo.

Las protestas recientes, en contra de medidas relacionadas con la cuarentena en distintos estados de ese país, no debe verse como un evento sin importancia producto de grupos marginales. Como ha ocurrido en el pasado, intereses poderosos, entre ellos los magnates del petróleo, los hermanos Koch, están usando a la clase blanca trabajadora para generar malestar social a favor suyo. Hechos como estos son apenas la punta del iceberg y apenas la primera reacción de una estrategia mayor.

Basado en recesiones pasadas podemos esperar que las elites neoliberales usen tres estrategias, no solo para retomar el control sobre las políticas económicas, sino también, y especialmente, para asegurar que la popularidad creciente de movimientos y políticas progresistas alrededor del globo sea de corta duración.

Primera estrategia: retomar el control sobre el discurso

El proponer una contradicción irreconciliable entre economía y salud ha sido, desde el principio de la crisis, la herramienta retórica predilecta de los ideólogos neoliberales para persuadir al público sobre los peligros de la pandemia.

Lo cierto es que ningún economista serio propone tal oposición entre economía y salud sin agregar bastantes argumentos adicionales. Sin embargo, esta forma de enmarcar y explicar problemas sociales es característica de la manera en que el discurso neoliberal opera en el ámbito público.

La respuesta a la crisis del 2008 fue justificada de forma similar: o se rescata a los bancos o se pone en riesgo a la clase media en su totalidad. Tal como esa dicotomía carecía de mérito entonces, no tiene tampoco validez la lógica que hoy día asevera que o se reabre la economía o se salva la vida de una parte de la población. No obstante, lo que está en juego en la crisis actual sobrepasa lo que estaba en juego en el pasado y las élites neoliberales lo saben bien

La mayoría de las pequeñas empresas jamás van a recibir ayuda alguna, ni de los gobiernos, ni de los bancos centrales. Esto es especialmente cierto en las economías en desarrollo.

La respuesta a la crisis del 2008 fue justificada de forma similar: o se rescata a los bancos o se pone en riesgo a la clase media en su totalidad. Tal como esa dicotomía carecía de mérito entonces, no tiene tampoco validez la lógica que hoy día asevera que o se reabre la economía o se salva la vida de una parte de la población. No obstante, lo que está en juego en la crisis actual sobrepasa lo que estaba en juego en el pasado y las élites neoliberales lo saben bien.

Por esta razón harán todo lo posible por tomar el control del discurso público usando una narrativa basada en la victimización, donde los empresarios se convierten en las mayores víctimas de la pandemia. Su propósito es crear una atmósfera donde toda crítica hacia los rescates sea vista como una forma de odio contra los pequeños empresarios, que son siempre presentados como el motor de la economía.

Todo esto con el fin de hacernos perder de vista el hecho de que la mayoría de las pequeñas empresas jamás van a recibir ayuda alguna, ni de los gobiernos, ni de los bancos centrales. Esto es especialmente cierto en las economías en desarrollo, donde dada la magnitud de la recesión que viene las medidas fiscales serán realmente insignificantes.

Segunda estrategia: postergar las metas de reducción de CO2

Mientras en el pasado reciente la manera de pagar la deuda adquirida por los gobiernos ha sido a través de austeridad, las élites neoliberales saben que hoy en día ese enfoque corre el riesgo de generar un inmenso descontento social.

Más importante aún para ellos es que saben que medidas de austeridad ante una crisis como esta podría terminar en una década perdida para la economía, como fue el caso en gran parte de la UE después de la crisis del 2008. Por esta razón en esta ocasión dirigirán sus baterías a limitar o acabar con los esfuerzos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, yendo especialmente en contra de iniciativas como el Green New Deal en EEUU y otras similares en el resto del planeta.

Las apresuradas medidas tomadas para salvar a las aerolíneas, que son grandes contaminadores, sin ninguna precondición con respecto a sus emisiones son ilustrativas de lo que nos espera.

Grandes contaminadores llorarán lágrimas de cocodrilo amenazando con despidos masivos a menos de que reciban grandes rescates financieros. Es sin embargo en el colapso de los precios del petróleo donde los intereses neoliberales ven su mayor oportunidad de volver a “la normalidad”.

Alarmas sobre despidos masivos y la bancarrota de la industria del “fracking” y de arenas de alquitrán serán usadas para pedir el cese inmediato de todo esfuerzo por reducir emisiones. Su propósito no es tanto salvar esos sectores como usar la situación para argumentar que la única forma en que la economía puede reemplazar los empleos perdidos es postergando la reducción de emisiones y derogando mucha de la regulación ambiental vigente.

Toda regulación, afirman, tiene un impacto negativo directo sobre la innovación y afecta a las pequeñas empresas mucho más que a las grandes corporaciones. Dichos esfuerzos ya han sido exitosos en EEUU. De tal forma que, en vez de ayudas o rescates económicos dirigidos a los trabajadores, insistirán en que la mejor ruta a tomar es la de derogar regulaciones, permitiendo que el mercado resuelva la situación.

Tercera estrategia: facilitar el divorcio entre economía y democracia

Luego de la caída del muro de Berlín, Francis Fukuyama presentó la victoria sobre la URSS como una victoria conjunta de democracia y capitalismo. En esa misma década los partidos de centroizquierda a ambos lados del Atlántico recibieron con los brazos abiertos las recetas neoliberales sobre privatización y emprendimiento, no solo para sus propias economías, sino como medicinas universales que permitirían al mundo en desarrollo crecer y escoger ser democracias sobre estados autoritarios.

La historia de China nos ha despertado por completo del sueño sobre un matrimonio exitoso entre democracia y capitalismo.

En el presente poco o nada oímos de aquella historia, ya que la historia actual es la de China, país donde un partido comunista ha terminado por construir la economía capitalista más exitosa de la historia.

Esta nueva historia nos ha despertado por completo del sueño sobre un matrimonio exitoso entre democracia y capitalismo. Ese matrimonio forzado se había mantenido de forma incómoda, pero la crisis actual se presenta como la oportunidad perfecta para acabarlo del todo.

De un lado, los gobiernos en Brasil, Hungría y Polonia han usado la crisis para tomar más poder, debilitando así los contrapesos de la rama judicial y legislativa. Por otro, el rastreo de contactos y el testeo masivo han abierto la puerta para que gobiernos y empresas puedan intervenir aun más sobre la privacidad de las personas.

El beneficio económico que esa nueva ola de información personal representa es bien conocido por muchas empresas. Poseer más información sobre las personas puede incluso acelerar la tendencia por la automatización y la robotización. Empresas como Amazon podrían saber suficiente de cada persona como para eliminar el proceso de compras rutinarias, automatizándolas por completo: desde la creación de pedidos, hasta el manejo de stocks, almacenamiento y el proceso logístico en todas sus fases.

La batalla a la que nos enfrentamos puede, por tanto, ser la más dura que hemos tenido hasta el momento. Nuestra mayor ventaja es que las cartas de nuestro oponente se encuentran ya sobre la mesa.

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