democraciaAbierta: Opinion

Serie "Discriminación a personas mayores LGBTIQ+ en Venezuela": 2, Kelly

Kelly logró superar la expectativa de vida de las mujeres trans en Latinoamérica en medio del abandono estatal a su comunidad.

María Jesús Vallejo
20 mayo 2022, 4.16pm
Retrato de Kelly en Caracas
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Valeria Pedicini

Espresso, americano, cappuccino, latte, moka, macchiato, ristretto. Kelly Bermúdez, de 43 años, distingue perfectamente los tipos de café. Aprendió a diferenciar y combinar sabores mientras trabajó como barista en un restaurante tipo bistró en el este de Caracas.

Kelly fue la primera mujer trans barista en un local tan prestigioso. También la primera barwoman. Durante cuatro meses sirvió cafés y tragos. Cada día, de pie tras la barra por más de 12 horas.

Decidir que su aspecto correspondiera con su identidad de género (que es la forma en la ella se percibe a sí misma) le ha costado el acceso a derechos como alimentación y salud. Ambos atravesados por la dificultad de trabajar, porque en Venezuela, las personas trans están desatendidas por el Estado.

Migrar para sobrevivir

En Venezuela hay un dicho popular que habla del esfuerzo por obtener el dinero: la lucha por la locha. Pero para Kelly tener empleo se ha convertido en un privilegio, por lo que es la lucha por trabajar. El Estado venezolano no garantiza el derecho a la identidad de las personas trans ni reconoce el derecho a la salud o a la vivienda. Tampoco al trabajo.

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Valeria Pedicini

Ella decidió comenzar su proceso de hormonización a los 39 años: adecuar el cuerpo con la identidad de género mediante la administración de hormonas. Desde entonces solo ha tenido dos trabajos formales, con la seguridad y las condiciones adecuadas para cualquier persona. En ambos casos, logró llegar ahí gracias a otras personas LGBTIQ+.

En 2017, cuando Venezuela ya transitaba la emergencia humanitaria compleja, Kelly cruzó la frontera para llegar a Chile. Debió hacerlo con otras mujeres, pero el autobús que las llevaría, como parte de una propuesta laboral, salió antes de que ella llegara al terminal. Decidió irse por su cuenta para alcanzar al grupo. Al llegar a Bucaramanga, en Colombia, escuchó que una red de trata de personas había sido atrapada mientras trasladaba a venezolanas hacia el sur para explotarlas como esclavas sexuales.

Sin saber si se trataba de quienes le ofrecieron trabajo, Kelly agradeció por haber llegado tarde; pero la incertidumbre rápidamente sucedió al alivio. “¿Ahora qué voy a hacer?”, pensó. Decidió llegar a Bogotá como lo han hecho miles de familias migrantes: atravesando la Cordillera Oriental de los Andes colombianos, un camino de 200 kilómetros a 3.600 metros de altura.

No recuerdacómo, pero luego de un mes, Kelly llegó a Bogotá. Deshidratada y malnutrida, fue atendida por las autoridades. Estuvo tres meses allí hasta que entendió que no podría trabajar ni comenzar una vida y volvió a su país.

De nuevo en Venezuela debía ganarse la vida como fuera, pero aunque su cabello rubio largo y sus uñas pintadas la hacen sentir completa, su aspecto ha sido excusa de discriminación para empleadores. Reconoce que es un problema estructural: “Las personas trans no son prioridad”.

De la educación al trabajo

Tamara Adrián, abogada, profesora y la primera diputada trans de Venezuela, asegura que la barrera ante el acceso al trabajo es la educación. Sin poder capacitarse, las probabilidades de formar parte del campo laboral son bajas en un sistema bastante precario desde hace un quinquenio: de acuerdo con la Encuesta Nacional de Vida, para 2021, el empleo se redujo en 1,3 millones de puestos de trabajo y solo 40% de estos está en el sector formal; lo que significa inseguridad laboral y precarización. Además, la pobreza extrema se ubicó en 76,6%.

Muchas personas trans, especialmente las mujeres, ni siquiera buscan trabajo por miedo a la discriminación. Luego, la imposibilidad de reasignación de género en los documentos de identidad se convierte en un obstáculo frente a empleadores que estigmatizan a las poblaciones LGBTIQ+.

La Ley Orgánica de Registro Civil, en su artículo 146, establece que “toda persona podrá cambiar su nombre propio cuando este no se corresponda con su género, afectando así el libre desenvolvimiento de su personalidad”. Sin embargo, la realidad es que estas peticiones son desestimadas por los organismos del Estado. Junto a Paraguay, Venezuela es el único país de la región que no reconoce la identidad de las personas trans.

Si a Kelly la rechazan por su identidad de género en una entrevista de trabajo, no hay ningún marco legal del que pueda echar mano. Tamara Adrián precisa que haría falta una normativa que exija una cuota de personas trans en espacios laborales formales, tal como la de Argentina, única en su tipo. Pero es enfática: “No será suficiente si no se cambia el sistema educativo”. Sin garantía del acceso a la educación, no habrá garantía del acceso al trabajo.

Sin dinero no hay techo

Kelly vive en una zona popular de Caracas llamada El Valle, en la casa materna. Solo puede entrar cuando la pareja de su mamá está durmiendo y debe salir antes de que despierte. “Es extremadamente transfóbico”, dice.

En un mundo ideal, ella compraría un apartamento que compartiría con Gleidy, su pareja, y Eros, su hijo de 12 años. Pero en la Venezuela en la que le tocó vivir, rentar cualquier habitación implica, por lo menos, 100 dólares mensuales frente a un salario oficial que no supera los cinco.

Cuando a Elena Hernáiz, activista y presidenta de la Fundación Reflejos de Venezuela, se le pregunta qué supone para una persona trans no poder acceder al trabajo, es categórica: “Lo que implica para cualquier persona. Es imposible tener una vivienda, tener salud o alimentación sin dinero y tener dinero es imposible sin trabajo”. Insiste en la gravedad de esto en medio de una emergencia humanitaria compleja.

Afirma que tener presencia laboral trans sería un avance significativo para la sociedad, pero, primero, empleadores y empleadoras deben entender que las personas trans son personas. “La discriminación es un pretexto para disminuir a un ser humano”, dice.

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Valeria Pedicini

Trabajo digno debe ser igual a trato digno

En junio de 2021, Kelly pasó a ser parte de la nómina de El Bosque Bistró, un restaurante en el este de la ciudad. Llegó allí gracias a una iniciativa llamada Vamos Juntrans, de la organización Tu País Plural. Daniel Picado, uno de sus fundadores, cuenta que el proyecto nació hace tres meses por la necesidad de visibilizar la realidad de la mayoría de las personas trans. “Tener trabajo permite que sucedan otros procesos sociales; el dinero es trasversal a todo el desarrollo de una persona”, explica.

Picado resalta que no es suficiente buscar una vacante para una persona trans, es necesaria la sensibilización en entornos laborales, con todos los equipos de trabajo. “Debe haber acercamiento y educación sobre términos y conceptos”, precisa, porque el empleador o la empleadora que quiere contratar a una persona trans debe capacitar a su personal.

Kelly renunció al restaurante luego de que su jefe le gritara. Admite que no se debió a discriminación por su identidad de género, pero no está dispuesta a soportar un trato hostil en ningún espacio. “Ya es suficiente con lo que tienes que aguantar en la calle todos los días”, asevera.

La familia como factor X

Cuando Kelly comenzó su transición, su hijo Eros tenía 8 años. Ella, asustada de lo que él pudiera pensar, le explicaba con calma lo que significaba. Pero él fue contundente: “Estoy orgulloso porque por fin puedes ser quien quieres ser de verdad”. Ante la confusión de decirle papá cuando luce como mamá decidió: “Ya sé: te llamaré papita”.

Richelle Briceño, educadora, abogada y activista trans, cuenta que lo que hace la diferencia entre el aislamiento y el desarrollo de una persona trans es el apoyo de la familia.

La abogada explica que las mujeres trans que logran ser la excepción cuentan con la contención de su familia. Poco importan el acceso al trabajo o el poder adquisitivo cuando la persona es exiliada de su hogar. “Tamara Adrián, por ejemplo, es una excepción. Yo también. Lo que tenemos en común es que contamos con ese soporte”. Sin él, la expectativa de vida seguirá siendo de 35 años (como en toda Latinoamérica). Insiste en que las familias que apoyan generan personas productivas para la sociedad.

Kelly ya superó esa expectativa, pero sigue sin poder ejercer sin discriminación sus derechos. Cada día sale a buscar trabajo y regresa únicamente con la esperanza de que la llamen. También sigue esperando que algún casero la admita sin acosarla sexualmente. Pero sentirse amada y apoyada por Eros y Gleidy es lo que sostiene a Kelly y le da fortaleza para enfrentarse a una sociedad que sigue esperando que las personas trans se disculpen por existir.

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