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La Lucha por el Centro. Un Programa para Europa

Hay una manera de apropiarse del centro desde la izquierda, sin mentir y sin caer en el populismo. Esta es la carta que ha jugado Podemos. English.

Carlos Fernández Liria
15 December 2015
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El líder del PSOE Pedro Sanchez, el líder de Podemos Pablo Iglesia, el lider de Ciudadanos Albert Rivera y la vicepresidenta de España Soraya Saenz de Santamaria en un debate televisivo. Demotix/Oscar Fuentes. All rights reserved.

Se suele enmarcar a Podemos dentro del ‘populismo de izquierdas’. Sin embargo, conviene llamar la atención sobre un aspecto de Podemos que se ha comentado menos y que, sin embargo,  está inscrito en su ADN desde el principio. Podemos ha irrumpido en el escenario político español y europeo con la vocación de poner en el centro del tablero una apuesta por los principios republicanos, intentando mostrar a la ciudadanía que todos ellos están siendo traicionados y demolidos por un revolución neoliberal salvaje y nihilista. Se trata de una apuesta que intenta conquistar el centro político para la izquierda, con la intención de sacar a la luz que ahora, ya no somos nosotros, sino los ricos y los poderosos los que se han desplazado hacia posturas antisistema, socavando incluso los pilares más básicos del sentido común.

En España – y no es muy distinto en Europa – llevamos desde la Transición sufriendo una tras otra políticas de extrema derecha y siempre se nos ha dicho que eran de centro, a veces de centro derecha, a veces de centro izquierda. ¿Acaso han  dicho alguna vez que iban a asfixiar la enseñanza pública o la sanidad estatal o a acabar con los derechos laborales? No, han dicho siempre que iban a acabar con el paro y mejorar la eficiencia de la sanidad y la educación. Se hace una cosa, pero se dice lo contrario. En cambio, a nosotros, si queremos hacer una política de izquierdas (no ya de extrema izquierda), se nos exige decir la verdad. No podemos colar una política de izquierdas diciendo que es de centro, porque eso no es propio de gente de izquierdas. Se nos exige entonces un verdadero número de circo: ganar sin dinero y, además,  diciendo la verdad. Es un dilema muy viejo para la izquierda, se nos pide el más difícil todavía. Puesto que somos de izquierdas, por lo visto, tenemos que ser pobres como ratas, y por tanto, ganar las elecciones sin dinero. Por lo mismo, tenemos que ser honestos y sinceros, así es que nada de ganar las elecciones mintiendo. Mientras tanto, las derechas tienen derecho a mentir, a robar, corromperse o financiarse ilegalmente, que para eso son de derechas. Las derechas tienen derecho incluso al populismo. En este país hemos visto al líder del PSOE hacer una entrevista escalando una pared montañosa en un programa de telebasura y hemos visto a la líder del PP madrileño pasearse por la ciudad con un sofá hinchable abrazando niños e invitando a un té a los transeúntes. Da mucha vergüenza ajena. A nosotros, en cambio, que no hemos llegado ni mucho menos a esos extremos, se nos reprocha el populismo como un vicio político imperdonable.

Sin embargo, hay una manera de apropiarse del centro desde la izquierda, sin mentir y sin populismo. Es la carta que  ha intentado jugar Podemos, un as en la manga con el que nadie contaba, ni siquiera en ese ‘podemos de derechas’ que está siendo Ciudadanos. Se resume en tres palabras: ‘republicanizar el populismo’.

En Podemos, siempre nos quedará, en efecto, un discurso muy preciso, que ocupa de forma natural la ‘centralidad del tablero’ y que, al mismo tiempo, es inasimilable por Ciudadanos y por todos los populismos de derechas. Un discurso, además, para el que la crisis económica ha sido suficientemente pedagógica para una gran mayoría de la población. Se trata, sencillamente, de reivindicar los derechos y las instituciones clásicas del pensamiento republicano, al mismo tiempo que se demuestra que son enteramente incompatibles con la dictadura de los mercados financieros en la que estamos sumidos. La izquierda siempre intentó inventar la pólvora, ese fue su máximo error. Se empeñó en construir un ‘hombre nuevo’, a veces estajanovista, a veces maoísta, a veces guevarista, a veces deleuziano, foucaultiano o negrista, denunciando las instituciones republicanas de toda la vida como una superestructura ideológica ligada al capitalismo. Así, el derecho, la ciudadanía, las libertades individuales, la separación de poderes, el parlamentarismo, la democracia representativa en general, se identificaban como cosas burguesas, frente a las cuales había que ‘inventar algo mejor’ (como dice Foucault en un famoso texto: ‘primero destruyamos lo que hay, luego ya se nos ocurrirá algo’).  El negocio era ruinoso: de este modo, el enemigo se apropiaba de Kant, Locke, Rousseau o Montesquieu y nosotros, nos quedábamos con Stalin y Mao o con algunas lúdicas ocurrencias herederas del ‘68.

Hay que seguir la vía opuesta: reivindicar nuestro derecho a la ciudadanía y las instituciones del Estado de Derecho, precisamente, contra la dictadura de los mercados y los poderes financieros, para los que no hay ni ley, ni patria, ni república. No se trata de despreciar el parlamentarismo como algo burgués, sino todo lo contrario, de gritar muy fuerte que tenemos derecho a un parlamento que lo sea de verdad. Porque lo malo de nuestros sistemas parlamentarios no es que sean parlamentarios; lo malo es que no es verdad que lo sean: son dictaduras económicas con una fachada parlamentaria. No hay que inventar una democracia más participativa, creativa o ingeniosa. Bastaría con crear las condiciones políticas en las que los poderes económicos tuvieran que someterse al imperio del poder legislativo, es decir, bastaría con que el poder legislativo fuera de verdad, lo que dice ser y no es.

Así pues, nuestro programa puede ser muy preciso, muy de centro y muy antisistema a la vez. Se puede, por ejemplo, reivindicar el derecho de la gente a una verdadera separación de poderes. Es una estafa eso de dividir el poder político muy orgullosamente, en unas condiciones en la que el poder no es político, sino económico. En una dictadura económica de los mercados, alardear de división de poderes es un sarcasmo. Y hay que denunciarlo. O en el mismo sentido: se puede reivindicar la libertad de prensa, denunciando con contundencia que no se puede llamar libertad de prensa a la dictadura mediática de tres o cuatro oligopolios. Es absurdo ir por ahí diciendo que en España no hay censura. Aquí no hacen falta tijeras, la mayor parte de los periodistas a los que habría que censurar están en el paro y no encontrarán trabajo en su vida. En esta dictadura mediática, si algún periodista sale rana, no se le censura, sencillamente se le despide.

Y así, sucesivamente, podemos ir defendiendo todas las instituciones de la ciudadanía como propias, denunciando que el capitalismo las convierte en una estafa. Es un discurso, si se piensa bien, muy naturalmente anclado en la ‘centralidad del tablero’. ¿Sabéis que defendemos los de Podemos? No somos nada ambiguos: defendemos que esto sea lo que tú dices que es. Defendemos que esto sea de verdad un orden constitucional, defendemos la soberanía del poder legislativo, defendemos la patria constitucional, defendemos el parlamentarismo, el poder de la palabra pública contra la negociación secreta de corporaciones privadas, la libertad de prensa frente a la dictadura mediática en la que estamos sumidos... No es tan difícil. Defendemos que esta democracia, este parlamento, este supuesto imperio de la ley, deje de ser una farsa. ¿Quién puede oponerse a semejante programa? ¿Y quién puede decir que es ambiguo? Por mi parte no veo ninguna ambigüedad en comprometerte a legislar de modo que los poderes económicos no tengan más remedio que cumplir la ley. Los medios son muy concretos y fáciles de explicar. Por poner un ejemplo: habilitar por oposición un ejército de inspectores fiscales encargados de establecer un auténtico tribunal de cuentas en España y exportar el experimento a nivel europeo.  Convocar unos cuantos millares de plazas de peritos contables para la investigación judicial de los delitos económicos y la auditoría de los hospitales y colegios públicos que han sido privatizados, etc.

Legislar, además, para que se inviertan las tornas. En lugar de facilitar el imperio de los poderes económicos sobre los parlamentos,  que sea el parlamento europeo el que impida a los poderes económicos sobornar o chantajear a los parlamentos nacionales. ¿Con qué límites? Eso ya se  verá, pero, como mínimo, hasta  sentar unas condiciones legales que vuelvan impracticable un golpe de Estado financiero como el que se dio en Grecia contra el primer gobierno de Syriza. Se trata de decidir entre la democracia o las finanzas. Eso lo entiende cualquiera, es fácil de explicar.  Y es posible seguir por el mismo camino.

Ante todo, y antes que nada, proponer nuevas leyes electorales que acaben con la financiación que los bancos están aportando a los partidos políticos de su conveniencia. El problema en España y en el mundo entero  no solo es la corrupción. El problema es que hay demasiada corrupción que es perfectamente legal. Lo mismo respecto a la sanidad o la educación. No es cosa de ensayar una lista ahora, el programa está claro: cambiar leyes, legislar y legislar. Algo de lo más normal, pero que es,  al mismo tiempo, la única vía que le  queda a la izquierda en España y en Europa en general. 

Es un mensaje muy comprensible y nada ambiguo, que puede plantar cara a la revolución salvaje que defiende el neoliberalismo. Queremos salvar todo lo que Europa dice defender, pero salvarlo del modelo económico que Europa no ha cesado de apoyar. Bueno, bonito y barato... concreto, firme y de centro. El más difícil todavía.

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