Los levantamientos espontáneos contra injusticias grotescas suelen estar llenos de violencia, rabia y desesperación. Pero a veces se transfiguran por momentos de súbita belleza, en los que la humanidad universal se manifiesta, no como un ideal utópico, sino como una verdad vibrante.
Un momento de este tipo acaba de producirse en Perú. Pero su carácter fugaz y efervescente ha hecho que se pierda entre las tragedias y brutalidades que han dominado la mayoría de los informes sobre la crisis que actualmente asola al país. Deberíamos detenernos para ser testigos de este momento, del mismo modo que nos apresuramos a salir por la noche para ver un raro cometa que surca nuestro cielo común.
Traición
Desde que los conquistadores españoles exigieron un inmenso regalo de oro para perdonar la vida a un emperador inca, antes de asesinarlo a su entrega, Perú ha constituido un caso extremo de la violencia y la venalidad del capitalismo extractivo. Hoy, el país sigue dominado por una élite predominantemente blanca con sede en la capital costera de Lima, y por las empresas transnacionales que controlan las industrias de minerales e hidrocarburos que sostienen la economía.