En una contribución reciente a openGlobalRights, Barb MacLaren aboga por la promoción de los derechos económicos y sociales de las mujeres, con un enfoque particular en el empleo y los ingresos familiares. Caracteriza a la educación y la salud como elementos auxiliares para apoyar el empleo y los ingresos, pero no como derechos en sí mismos o como factores para mejorar las capacidades de las mujeres. Desafortunadamente, sus argumentos pasan por alto 30 años de investigación sobre la desigualdad de género y las dinámicas de poder dentro de los hogares. Además, repite algunas de las deficiencias del anterior movimiento de Mujeres en el Desarrollo (MED), el cual ignoraba las interconexiones entre el empleo, la generación de ingresos a través de la agricultura, la propiedad de la tierra, el cuidado de personas que realizan las mujeres sin remuneración, la violencia contra las mujeres y el papel de las normas sociales de género. MacLaren también reproduce la práctica habitual de los organismos de desarrollo de dejar de lado el cuidado sin remuneración al diseñar sus programas, y la falta de incorporación de las cuestiones de género en los debates y enfoques de desarrollo. Finalmente, aunque menciona la legislación colombiana sobre la violencia contra las mujeres y los derechos de las mujeres, lo hace de manera muy somera.
En las décadas de los 1950 y 1960, los expertos asumían que sus políticas de desarrollo eran neutras con respecto al género. Percibían a las mujeres como reproductoras, consumidoras y receptoras pasivas de los programas políticos, mientras que veían a los hombres como trabajadores productivos y, por lo tanto, como agentes de cambio. El movimiento de Mujeres en el Desarrollo (MED) de la década de los 1970 buscó cambiar este enfoque al destacar la participación activa de las mujeres en la economía, particularmente su papel en la producción agrícola. Trataron de cambiar la manera en que la comunidad de desarrollo se relacionaba con las mujeres y de hacer que percibieran a las mujeres como agentes productivos en la economía monetizada. Sin embargo, el movimiento prestó poca atención a las funciones que desempeñaban las mujeres en actividades productivas no remuneradas, lo que hoy se conoce como trabajo no remunerado y la economía del cuidado. MED también pasaba por alto la manera en que la falta de acceso a la salud, la educación, la justicia y los recursos económicos que experimentaban las mujeres, así como la violencia que sufrían, permitía la persistencia de las desigualdades de género.
Los ingresos y el empleo son tan solo algunos de los factores que intervienen en el bienestar y el desarrollo humano de las mujeres. A partir de este descubrimiento, surgió el movimiento de Género en el Desarrollo (GED) a mediados de la década de 1980. GED estudia las estructuras políticas, sociales y económicas que crean la desigualdad de género. Cuestiona no solamente la asimetría en el poder, sino también en la toma de decisiones entre los hombres y las mujeres. GED subraya cómo las normas sociales sobre los roles masculinos y femeninos influyen sobre la distribución de trabajo remunerado y no remunerado, el trabajo asistencial, los ingresos, los bienes, la participación política, la asignación de recursos naturales y la violencia. En resumen, mientras que el movimiento MED asumía que el avance económico de las mujeres mejoraría su situación, el de GED entiende que los ingresos y el empleo son tan solo algunos de los factores que intervienen en el bienestar y el desarrollo humano de las mujeres. Estos factores también se han llegado a considerar como los derechos humanos de las mujeres.