democraciaAbierta: Opinion

Política de pandemias, tiempos oligárquicos y el sujeto idiota de la ‘libertad’

Para transformar radicalmente nuestra forma de vida necesitamos construir los espacios públicos a todos los niveles, si de verdad queremos tener una vida social y colectiva digna, o simplemente una vida política. (Long read).English

Carlos Frade
21 May 2020
A message of support for key workers is displayed on an LED screen on top of Tower 42, in the City financial district of London.
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Dominic Lipinski/PA Wire/PA Images

Porque, parafraseando a Immanuel Kant, no hay dignidad posible sin lo público, sino sólo precio y servidumbre; si no lo puedes pagar, mala suerte, porque te van a dejar morir. Y si los que se creen amos y los ricachones, en una donación ‘caritativa’, pretenden salvarte la vida, tampoco te creas afortunado, pues vas a vivir, si por azar te salvas, con tu servidumbre redoblada y ellos con su dominación reconocida.

¿Por qué la Derecha, es decir, las fuerzas políticas que representan y defienden a la burguesía y a los estratos oligárquicos con una determinación aún mayor si cabe, está tan nerviosa y agitada (por ejemplo, en España), y por qué está tan vacilante y zigzagueante después de haberse jactado de someter, o por lo menos de chulear, al mundo (como es el caso en el Reino Unido)?

La razón estriba en que la Derecha se ha topado con un problema real, a saber, que la pandemia ha disipado repentinamente las cortinas de humo que suelen impregnar los tiempos normales, y ha obligado a prácticamente todo el mundo a ver y vivir en sus propias carnes las consecuencias mortales de la política criminal que esa misma derecha ha llevado a cabo en contra de la salud y los servicios públicos, especialmente en los últimos diez años.

Además, la pandemia obliga a casi todos a darse cuenta verdaderamente, al menos por un momento, de la importancia absolutamente vital de lo público (incluidos los servicios públicos), es decir, de lo que pertenece a todos, exactamente en la misma medida y sin excepción – de hecho, al estar autoconstituido y no concedido (¿por quién?), es la némesis de cualquier tipo de concesión o donación. En otras palabras, la existencia y el sentido mismo del ámbito público radica precisamente en la garantía que ofrece de que nadie, ni individuo ni institución, se arrogará el poder de conceder o negar a nadie ninguna porción de lo que es común – lo común que nos constituye como sociedad.

Este es el punto crucial: el fogonazo que revela el valor incuestionable del ámbito público. Es también el mejor momento para subrayar el hecho de que el capitalismo no está en crisis – el mundo lo está, un mundo cuyo trágico destino parece ser que no puede ser imaginado de otra manera que como un mundo capitalista. En efecto, el mundo puede estar desmoronándose, pero el capitalismo sigue estando ‘abierto’ a los negocios como de costumbre, y especulando y sacando provecho más que de costumbre.

No podemos pretender sorprendernos, y mucho menos escandalizarnos, al ver que ‘los fondos especulativos [se] están ‘ganando miles de millones’ durante la crisis del coronavirus’, o que ‘la empresa privada que gestiona las reservas de PPE (Equipo de Protección Personal] del Reino Unido se vendió en medio de la pandemia’, o que los fondos especulativos y los ‘especuladores (hedgies)’ partidarios de Brexit determinan aspectos cruciales de los medios para controlar la pandemia, y así sucesivamente – no es una sorpresa entonces, aunque puedo ver la inevitable media sonrisa que se abre paso en nuestras caras cuando esos servidores de la dominación que se ocupan de defender a cualquier precio las prácticas capitalistas nos ofrecen titulares como este, ‘dirigentes de fondos especulativos apuestan contra nuestras empresas’, como si pudiera haber un ‘nuestro’ para el capitalismo que no sea en las conocidas formas de un ‘nuestro’ excluyente, clasista, racista, misógino – en resumen, criminal.

Es la burguesía capitalista, o más bien la oligarquía, la que, a pesar de las apariencias (‘los súper ricos de América ven aumentar su riqueza en 282.000 millones de dólares en tres semanas de pandemia’), tiene un resfriado, aunque uno considerablemente molesto y potencialmente peligroso en caso de que esa posibilidad insinuada por la pandemia se articule en una disyuntiva política clara entre, por un lado, lo público y la solidaridad mutua, la fraternidad y la sororidad que lo constituyen, y, por otro, las limosnas o donaciones ‘caritativas’ y todo lo que implican en cuanto a dominación, desigualdades brutales e individualismo necio.

Lo público, es decir, la existencia de un aspecto central de la vida social que se rige por principios y valores, es la némesis misma del capitalismo y lo que la lógica capitalista no tolera.

Estamos ante una verdadera contradicción, pues lo público, es decir, la existencia de un aspecto central de la vida social que se rige por principios y valores, es la némesis misma del capitalismo y lo que la lógica capitalista no tolera. Veremos en un momento que es también lo que las oligarquías capitalistas, principales portadoras de esa lógica, se empeñan en destruir y apropiarse, lo cual incluye el incipiente ámbito público mundial para luchar contra la pandemia que está emergiendo, como demuestra esto: ‘ofensiva contra el fondo común de patentes mundiales para los medicamentos Covid-19’.

Queda por ver si el apoyo popular masivo al NHS (Sistema Nacional de Salud británico, por sus siglas en inglés) como sistema público de salud, y más en general a los servicios públicos, se articulará en una fuerza política efectiva capaz de reclamar lo público e instituir algunos principios básicos de la vida colectiva. Lo que es seguro es que esto difícilmente puede suceder si no hay claridad sobre la coyuntura política actual y orientación sobre cómo actuar en ella.

Este artículo es una contribución a esa labor de clarificación y orientación, y esto precisamente en un momento en que la derecha y su letal industria de defensa de la riqueza están afanándose al máximo para encubrir, oscurecer, ofuscar y desorientar.

La tarea a la que se enfrentan las fuerzas políticas emancipadoras (o progresistas, si se quiere) exige no sólo sostener el fogonazo que revela la importancia decisiva del ámbito público, sino hacer ver la necesidad absolutamente imperativa de dar un paso más, el decisivo, y defenderlo activamente como el tesoro más preciado de la vida colectiva, al menos de una vida colectiva digna, en el sentido kantiano de dignidad, como reza el epígrafe al principio del artículo.

La alternativa es clara: o bien lo público, o bien donaciones ‘caritativas’

Esta es la única alternativa, no hay otra. Pero se puede decir de diferentes maneras: O bien dignidad, o bien ‘caridad’. Y también: O bien libertad, o bien servidumbre. Tenemos que tomar partido, de hecho todo el mundo tomará partido, lo queramos o no, porque no tomar partido equivale a tomar partido por los poderes existentes, es decir, por la dominación, y por lo tanto por la servidumbre. No hace falta decir que la oligarquía y las fuerzas políticas a su servicio tienen su lado claro, en realidad no necesitan tomarlo porque ya están ahí, siempre han estado ahí.

En otras palabras: la derecha no necesita ni siquiera pensarlo, pues actúa por instinto: el instinto del propietario que se convence de inmediato de que poseer riqueza y dinero es una calificación automática para la excelencia humana y para la dominación – en efecto, se afanan sobremanera para que esto sea reconocido, hasta el punto de llamar ‘libertad’ a la descarada imposición de la oleada de caprichos, apetitos y deseos que la riqueza desencadena, lo cual es obviamente una denominación muy poco apropiada para algo cuyo único nombre justo es instinto oligárquico.

Este instinto es una disposición subjetiva en toda regla que, como muestra Marx en sus análisis de las luchas de clases en tiempos casi tan densamente oligárquicos como los nuestros, no es un mero efecto de la estructura del mundo, sino que es en sí mismo un poderoso hacedor del mundo. La última articulación histórica de ese instinto, la articulación adecuada para el capitalismo y la oligarquía capitalista, la proporcionó la doctrina llamada con cierta exageración ‘liberal’ – pues liberal es, pero sólo con el capital, por lo que tenemos aquí un segundo caso, estrechamente relacionado con el primero, de nombre poco apropiado.

Ahora bien, de las dos caras de la doctrina ‘liberal’, empecemos con las ‘donaciones’ porque pueden ser engañosas, mientras que las apropiaciones, de las que nos ocuparemos en un momento, son en principio claras. Todos los oligarcas son ‘liberales’, por supuesto. Contrariamente a lo que se suele oír, no hay oligarcas malos (por ejemplo, 'libertarios') y buenos ('liberales'), todos son de la misma clase y las diferencias entre ellos son sólo de grado.

La importancia central de las donaciones ‘caritativas’ para mantener la dominación puede deducirse por el bullicio que observamos durante el confinamiento, con varias ‘donaciones’ anunciadas urbi et orbi prácticamente a diario, y con medios de comunicación que describen todos los detalles (quién, cuánto, a quién) y que proporcionan largas listas de ‘donantes’ – hay incluso rastreadores de multimillonarios. Es verdad que ‘los multimillonarios donan una fracción de lo que solían pagar en impuestos, y lo hacen de forma muy teatral, asegurándose de generar la máxima publicidad para sus acciones’.

Esto es ciertamente así. Sin embargo, por importante que sea, la cuestión no es cuánto ‘donan’ los oligarcas, o cuánto bombo se dan (o más bien tienen a otros para que les den bombo), ni cuán generosos son, y esto no sólo porque los pobres – como es bien sabido – donan infinitamente más que los ricos en relación con lo que tienen, sino porque la generosidad está totalmente en contradicción con la lógica en la que se inscriben las donaciones ‘voluntarias’ y ‘caritativas’ – pero para explicar esa lógica en toda su letal simplicidad, algo que raramente se hace, tenemos que volver a Adam Smith, el padre del régimen ‘liberal’ moderno.

Porque fue el famoso autor de La riqueza de las naciones quien puso la ‘caridad’ en su sitio, por así decir – pero Smith hablaba de ‘benevolencia’, ya que caridad denota una relación fraternal (claro, es una práctica cristiana) que le parecía contraria al sistema capitalista para el que estaba desarrollando una nueva doctrina legitimadora. La benevolencia es una cualidad individual que consiste en dar sin recibir nada a cambio, de forma gratuita – o eso pensaba Smith – y voluntaria (no puede imponerse).

Ahora bien, para comprender la función de la benevolencia es necesario relacionarla con la justicia, nada menos, que Smith reduce a lo que los clásicos denominaban ‘justicia conmutativa’, es decir, meramente comercial o contractual, que regula los intercambios entre personas particulares. En cuanto a la justicia distributiva, bueno, Smith no quería saber nada de ella, y ‘con razón’ – me atrevo a decir – porque no se trata sólo de que la justicia distributiva sea el fundamento de lo público, sino que también es lo real, es decir, lo imposible del capitalismo, y su rechazo es lo que justifica la existencia y los afanes del liberalismo.

Pero hay más, pues la justicia smithiana no se limita a eliminar cualquier idea de deber y virtud, sino que se fundamenta positivamente en dejar el deber y la virtud al margen. Actuar justamente para Smith no tiene nada que ver con hacer el bien, sino que (cito) ‘sólo nos impide hacer daño a nuestros vecinos’, lo cual supone una gran rebaja de las exigencias morales cristianas o simplemente humanas hacia nuestros semejantes – de ahí que esté justificado decir a los muchos defensores de este régimen que a menudo presumen de ser cristianos que lo suyo es un cristianismo de rebajas, tanto es así que lo único cristiano que queda es el nombre.

Parcial y limitada o no, esta justicia es esencial para la existencia de la sociedad según Smith, de ahí que su observancia sea impuesta por el estado, mientras que la benevolencia no es esencial, sino sólo un ornamento del que se puede prescindir – y esto a pesar de que Smith deja a los ‘trabajadores pobres’ o (como dice a menudo, pues son lo mismo) ‘la gran masa de la población’, es decir, de hecho la mayoría de la gente, a expensas de la benevolencia.

Así pues, si la justicia es esencial pero sólo concierne a los intercambios entre particulares, mientras que la benevolencia es prescindible, entonces la función del gobierno no admite dudas. Citemos de nuevo a Smith: ‘El propósito primero y fundamental de todo sistema de gobierno consiste en mantener la justicia; evitar que los miembros de una sociedad invadan unos las propiedades de los otros’, es decir – por si hay dudas – ‘asegurar la propiedad de los ricos frente a las incursiones de los pobres’ – ‘los pobres’ o ‘la gran masa de la población’, que en la doctrina de Smith son el enemigo por antonomasia.

Una definición aún más adecuada de la función del gobierno se encuentra en los famosos Artículos Federalistas, documentos cruciales en el proceso constitucional de los Estados Unidos de América redactados por algunos de los ‘padres fundadores’. El artículo número 10, quizás el más renombrado, sostiene que ‘la protección de las diferentes y desiguales facultades de adquirir propiedad’ es ‘el primer objeto del gobierno’, lo cual proporciona una definición más dinámica centrada en proteger no sólo la riqueza existente y los ricos (Smith), sino también la adquisición (y por tanto en la acumulación) de riqueza por parte de los ricos.

Y estos preceptos (proteger la riqueza y su adquisición por parte de los ricos) se aplican, obviamente, de forma instintiva y automática en todo momento, pero especialmente durante graves crisis. No es necesario entrar aquí en los detalles de los paquetes de rescate puestos en marcha por los gobiernos de Estados Unidos y del Reino Unido; baste con mencionar algunos aspectos básicos y a decir verdad rutinarios: el paquete de Estados Unidos es ‘una titánica redistribución ascendente de la riqueza’ que incluye un fondo de rescate de 500.000 millones de dólares para las grandes empresas y una desgravación fiscal de 170.000 millones de dólares para los inversores inmobiliarios como Trump, todo ello sin ninguna disposición de supervisión o con disposiciones inaplicables – un ‘robo en curso’ presentado por los medios de comunicación corporativos dominantes como un plan de rescate para ‘la economía estadounidense’.

En cuanto al paquete del Reino Unido, el aspecto más significativo – dejando de lado la habitual insuficiencia y las múltiples deficiencias de la ayuda a los trabajadores esenciales, la paga por enfermedad, los desempleados y las familias que se enfrentan a dificultades extremas, o los empleados ayudados a través de planes equivalentes a los expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE) completamente dependientes del capricho de ‘los jefes’ – es probablemente los 7.500 millones de libras en rescates de grandes empresas proporcionados por el Banco de Inglaterra, un apoyo financiero sin condiciones ligadas al rescate y oculto a la vista del público. Este es el enfoque ‘business as usual’ típico de los regímenes oligárquicos: los bancos fueron rescatados en la crisis de 2009, ahora es el turno de las grandes corporaciones.

Donaciones: la primera servidumbre y la primera corrupción

Adam Smith ignora – en realidad se trata de una negligencia estructural en su doctrina y en su política de dominación – el principio más elemental de la sociología política, a saber, que quienes pueden practicar la benevolencia, es decir, los ricos, no se contentan en modo alguno con ser ricos y gobernar, sino que quieren hacernos creer que, si son ricos y mandan, la razón radica en que son los mejores, los más capaces y, por tanto, los legítimos mandamases.

Y el precio que tienen que pagar por este reconocimiento es ser benévolos, es decir, dar limosna o hacer ‘donaciones’. Contrariamente a lo que podríamos pensar, no es un precio barato en absoluto, porque en realidad es una servidumbre – la primera servidumbre, la servidumbre del que desea dominar y trata de convencernos de que su dinero y su riqueza son en realidad virtudes y excelencia personal. No hay mejor manera de entender este engaño, madre de absolutamente todos los engaños, que a través del modismo español ‘dar gato (dinero, riqueza) por liebre (virtudes y excelencia personal)’.

Y la primera servidumbre es también – ahora está más claro que el agua – la primera corrupción (de este modo podemos comprender por qué Maquiavelo, el pensador antioligárquico que los liberales no puede soportar, entendía la corrupción como servidumbre) que luego los oligarcas y sus sirvientes o gerentes esparcen por toda la sociedad. Esta servidumbre es absolutamente necesaria para comprar el consentimiento, y por lo tanto la corrupción, de la gente, sin lo cual no puede existir ningún poder real (es decir, duradero) o dominación.

Pero la cuestión no estriba sólo en ‘donaciones’ individuales, por más descaradas que sean, como es el caso, por ejemplo, de los oligarcas que ‘donan’ a los grandes medios de comunicación corporativos para que éstos canten sus virtudes y su excelencia personal. Se trata de todo un sistema que podemos denominar el sistema benévolo o de donaciones ‘caritativas’, que consiste en un conjunto de arreglos entre los que se uno siempre encuentra estos tres pilares: desgravaciones y el régimen fiscal mismo, la financiación de los partidos políticos y toda la maquinaria del ‘filantropismo’. Así es como la corrupción se extiende masivamente por el Estado, la política oficial y la sociedad.

Ahora bien, como se puede imaginar fácilmente en esta situación, los límites entre la donación y la apropiación se vuelven totalmente borrosos, de modo que las donaciones se utilizan directamente para apropiarse de los servicios públicos. Así es como los oligarcas ganan ‘un enorme poder sobre la educación, la salud y las políticas sociales de países enteros’, y esto no sólo en el extranjero, sino en casa, en los países ‘libres’ del mundo ‘libre’, por ejemplo, en los EE.UU., donde el oligarca supremo americano (no, no ruso, americano), Bill Gates, un fanático defensor de la ‘privatización’ de la educación pública, es una fuerza clave en la destrucción del sistema de educación pública estadounidense ‘a través de la promoción de las escuelas charter’ – entidades extrañas efectivamente privadas pero ‘donde el público sigue pagando la factura de la escuela, pero no tiene influencia ni voz en la forma en que se maneja’.’ Y en el Reino Unido, donde, siguiendo el mismo modelo, los oligarcas partidarios de Brexit han tomado el control directo de miles de escuelas de Inglaterra – de hecho, los oligarcas británicos (no, no rusos, británicos) llevan años desplegando su riqueza y poder para ‘reducir el estado y arrebatar la educación de manos del sector público ‘.

Como los propios oligarcas declaran abiertamente: ‘el resultado ideal de vender asesoramiento al sector público’ (porque vivir del sector público es lo que muchos de ellos, en particular los partidarios de Brexit, hacen entretanto) es hacerlo tan pequeño que no haya ‘casi nada sobre lo que asesorar’.

Toda aristocracia (gobierno de los mejores) no es más que una oligarquía (gobierno de los pocos, que siempre son los ricos, de ahí plutocracia: gobierno de los ricos), la cual no es más que una cleptocracia (gobierno de los ladrones).

Pero esto no debe tomarse al pie de la letra; en realidad, anhelan ‘títulos de nobleza’ y nadie ha oído hablar de que alguno de estos oligarcas rechace las ‘baronías’ que se les conceden por sus abundantes méritos, es decir, por ser ‘donantes’ del partido. Por desgracia para ellos, no hay forma de enmendar el hecho de que, tanto históricamente como en el presente, toda aristocracia (gobierno de los mejores) o reivindicación de esta no es más que una oligarquía (gobierno de los pocos, que siempre son los ricos, de ahí plutocracia: gobierno de los ricos), la cual no es más que una cleptocracia (gobierno de los ladrones).

La ‘libertad’ de los oligarcas y las celebridades: la idiotez desencadenada

Pero la apropiación decisiva y de alguna manera la más profunda corrupción es la del propio lenguaje. Los emblemas de esta apropiación y corrupción son los términos ‘libertad’ y ‘liberal’, que ya hemos mencionado. Se trata de la noción de ‘libertad’ encarnada en la reivindicación, a veces chulesca, ‘hago lo que quiero’, donde el sujeto de enunciación (o si se quiere el ‘yo’ que afirma eso) es el sujeto idiota por antonomasia (‘idiota’ en el sentido original estricto), el déspota mezquino desprovisto de ideas, carente de sentido alguno de la obligación con respecto a principios, valores o normas, y cuyas capacidades agenciales están impulsadas por caprichos.

Pero hay muchos más términos usurpados y corrompidos que no podemos analizar aquí, por ejemplo, ‘inversión’ y derivados (que siempre he sido partidario de retirarlos de la economía y asignarlos a la criminología), o ‘calidad’, que se ha utilizado junto con ‘feedback’ para destruir los servicios públicos, en particular la sanidad y la educación. El supuesto sujeto de ‘calidad’ y ‘feedback’ se considera (no un paciente o un estudiante, sino) un ‘consumidor’ o un ‘cliente’, es decir, ‘consumidor’ o ‘cliente’ separados de la persona y el ser pensante, lo cual es exactamente una variante del sujeto idiota.

Se supone que los médicos, enfermeros y profesores deben complacer y satisfacer a este oligarca en miniatura, como también se puede llamar al sujeto idiota. Pero lo que es más chocante – y aquí tengo que decir, ‘como siempre’ – es la facilidad con la que los médicos y los académicos aceptan e internalizan este lenguaje, hasta el punto de que incluso aquellos que se oponen a las devastadoras políticas que conllevan tales términos, los usan inadvertidamente en discursos explícitamente opuestos a lo que esos términos representan, lo que muestra cuán profundamente la corrupción ha penetrado en las subjetividades.

Las celebridades creen que son ‘libres’ de hacer el idiota, que es el papel que tienen asignado en particular.

Hay dos portadores privilegiados del sujeto idiota de la ‘libertad’, los oligarcas y las celebridades, y un portador no privilegiado, las bandas de descerebrados fascistas e idiotas útiles, negacionistas de Covid-19 y conspiracionistas que hemos visto manifestarse en los EE.UU. y en muchos otros países más recientemente. Las celebridades creen que son ‘libres’ de hacer el idiota, que es el papel que tienen asignado en particular.

Conscientes de ello y profundamente necesitadas de reconocimiento, tratan de aprovechar todas las ocasiones que se presentan, sobre todo en lo que respecta a hacer donaciones a buenas ‘causas’ que aparentemente sólo son ‘caritativas’ y a dar ‘consejos’ sobre ‘buena conducta’ a través de sus plataformas, para escapar de la idiotez y obtener así reconocimiento. No sabemos si obtienen esto último, pero lo que es seguro es que, al hacerlo, las celebridades introducen la idiotez en los asuntos públicos – éste es sin duda el mayor servicio que prestan al régimen servil en el que vivimos, de ahí los esfuerzos de este último por elevar a las celebridades al estatus de sus emblemas.

Si bien que hay bastantes oligarcas que también son famosos, la noción específicamente oligárquica de ‘libertad’ es tan absurda que en realidad es el rasgo definitorio de las actitudes autoritarias – un caso importante de un ‘hierro de madera’, por tomar prestado un proverbial oxímoron alemán. Y con tantos presidentes y primeros ministros autoritarios como tenemos en el mundo, no podemos en modo alguno sorprendernos de encontrar tantas manifestaciones de esta noción imbécil y letal de ‘libertad’ como hemos visto durante la pandemia, como si Covid-19 también se hubiera extendido en forma de sujeto covidiótico.

Se trata, como bien se puede ver, de una elección difícil, pero la afirmación de Bolsonaro ‘nadie cercena mi derecho a ir y venir’, pronunciada mientras da la mano y se hace selfies con gente en las calles, está seguramente entre los mejores ejemplos. Vargas Llosa (sí, el ganador del premio Nobel) también está entre los suministradores habituales de ejemplos paradigmáticos de esta noción oligárquica de ‘libertad’, el último es un manifiesto contra las medidas de confinamiento y el ‘autoritarismo’ del gobierno español promovido por su ‘Fundación para la Libertad’ (una entidad apoyada por oligarcas del negocio de las apuestas que evidentemente defienden la ‘libertad’ de la juventud obrera sin futuro para destruir sus vidas mientras se endeudan a perpetuidad) y firmado por nefastos ex presidentes y otros tiranos resentidos.

El primer ministro británico, Boris Johnson, también nos ha ofrecido algunos excelentes ejemplos de esa noción de ‘libertad’. Por ejemplo, en el discurso comercial posterior al Brexit a principios de febrero, cuando se jactó de que, mientras que el coronavirus ha desencadenado ‘el pánico y el deseo de segregación del mercado’ en otros, ‘la humanidad necesita algún gobierno en alguna parte’ y ‘algún país’ dispuesto ‘a defender convincentemente la libertad de comercio’, un gobierno salvador de un país salvador (¿podría ser el gobierno del Brexit de la Gran Bretaña del Brexit?) que garantice ‘el derecho de las poblaciones de la tierra a comprar y vender libremente entre ellas’, y así a dar rienda suelta a lo que Adam Smith consideraba su innata ‘propensión al cambio, el trueque y el intercambio’.

Seis semanas más tarde, cuando el Primer Ministro pareció comprender finalmente que no tenía sentido seguir ‘comprando y vendiendo’ si los compradores y vendedores iban a morir, y tuvo que confinar el país, todavía se sintió obligado a observar que ‘estamos quitando el antiguo e inalienable derecho de la gente nacida libre del Reino Unido a ir al pub’, como si otros pueblos del mundo que también se vuelven locos por ir a los pubs y los bares sólo pudieran hacerlo por concesión (esto dejando de lado el hecho de que nunca ha existido semejante derecho antiguo).

Lo que tenemos aquí es un cóctel espantoso de tres fantasías: la fantasía del ‘libre’ comercio (que nunca fue ni es ‘libre’ sino una imposición, por lo que esto es ‘libertad’ como autoritarismo), la fantasía de la ‘libertad’ individual (que es obviamente la ‘libertad’ del sujeto idiota), y la fantasía de la ‘superioridad’ sobre otros pueblos, que proporciona el pegamento que une todas las fantasías – un pegamento repugnante compuesto de toda una gama de identidades idiotas, fanáticas y criminales, incluyendo el narcisismo y el nacionalismo, todo ello aderezado con diferentes dosis, según la situación y las necesidades políticas del momento, de clasismo, racismo, misoginia e islamofobia, por nombrar los condimentos más frecuentes.

La respuesta del gobierno británico a la pandemia: ¿incompetencia, inmoralidad o ambas?

No puede haber muchas dudas sobre el tipo de política que un gobierno con estas credenciales va a poner en práctica contra el brote de coronavirus, y a hacerlo instintivamente: la política de la muerte (necropolítica), es decir, dar prioridad a ‘la economía’ y dejar morir a la gente – en realidad la necropolítica es inmanente a cualquier régimen de dominación, sobre todo cuando están encabezados por gobiernos autoritarios.

En el Reino Unido la necropolítica tiene tres ramas principales. Primero, una estrategia cuyo nombre es ‘inmunidad de grupo’. En segundo lugar, un discurso inaugural cuyo significado se ha pasado por alto en gran medida, la declaración del primer ministro sobre el coronavirus del 12 de marzo de 2020: ‘Debo ser franco’, dijo Boris Johnson, ‘franco con el público británico: muchas más familias van a perder a sus seres queridos prematuramente’. Y en tercer lugar, con la flexibilización de las restricciones del confinamiento, la política de clase intrínseca a la necropolítica se manifiesta a través de una política clasista feroz: el llamamiento a las personas ‘que no pueden trabajar desde casa’ para ‘animarlas activamente a ir a trabajar’, y esto sin ninguna garantía de salud y seguridad contra la amenaza de los Covid-19, equivale a decir a los trabajadores y a los sectores más vulnerables de la población que deben arriesgar sus vidas y si es caso sacrificarlas por el bien de algunos dioses idiotas: las grandes empresas y los peces gordos.

Dado que la inmunidad de grupo (propagación supuestamente ‘controlada’ del virus), que a principios de abril seguía siendo la política del gobierno, es una estrategia totalmente errónea desde el punto de vista científico para hacer frente a la pandemia y reducir al mínimo el número de muertos, la alternativa que esto plantea es si el gobierno es incompetente (ya que incluso desde una perspectiva económica de cortas miras es mejor pensar a medio y largo plazo y, por lo tanto, tratar de contener estrictamente la propagación del virus y evitar o reducir al mínimo una segunda ola), o es inmoral (ya que acepta el sacrificio de decenas de miles de vidas – las cifras en ese momento oscilaban entre un cuarto y medio millón – a los dioses idiotas), o – y esta es la hipótesis más probable – combina diferentes dosis de ambas cosas, incompetencia e inmoralidad.

Esto parecería chocar, pero en realidad encaja perfectamente, con la actitud del fanfarrón que lanza bravuconadas, farolea y vende humo en forma de optimismo y buenos augurios – una actitud que, junto con la agenda preestablecida de antemano, la agenda idiota del ‘libre’ comercio, es la marca registrada del gobierno de Brexit.

La pandemia como festín de los depredadores, diligentemente ofrecido por el gobierno

Y luego están los múltiples negocios turbios, a menudo estrechamente vinculados a dos cuestiones: la manipulación del comportamiento y los big data. Detrás de la primera está la ‘unidad de impulso’ (nudge unit), una entidad tecnocrática muy extraña (antes estaba anidada en el corazón mismo del gobierno del Reino Unido, en la Oficina del Gabinete, pero ahora se dice que es ‘independiente’ de ella), que a menudo se presenta como lo último en cuanto a ‘ciencia’ cuando en realidad se trata de avances técnicos bastante antiguos en lo que respecta a la práctica de la dominación en uno de sus ámbitos clave: las técnicas cognitivo-conductuales de manipulación y modelización del comportamiento y los afectos de las personas.

Detrás de los big data está, en primer lugar, el principal asesor político del primer ministro, Dominic Cummings. Si juntamos estos dos temas, que es como están en realidad, entonces seguramente tenemos una pista importante para comenzar a entender la oscura lógica subyacente a esos turbios negocios, por ejemplo, la defensa de la inmunidad de grupo y el cruel asesoramiento sobre el número de muertos, y la interminable lista de cuestiones relativas al Grupo Asesor Científico para Emergencias (SAGE) del gobierno, incluyendo su opaca composición, su oscura forma de operar, y el extraño repertorio de asistentes a sus reuniones.

Se supone que el SAGE es un organismo independiente; todo su valor para el país reside en esa independencia. Sin embargo, el asesor político del primer ministro asiste regularmente a sus reuniones, y no sólo él, sino que también se ha descubiero la presencia de algunos de sus aliados – aliados empresariales favorables al Brexit que dirigen o están muy involucrados en algunas de las empresas matrices, asociadas o descendientes de Cambridge Analytica en la industria tecnológica que conecta el complejo de vigilancia corporativo-estatal con el sector privado y militar de inteligencia y seguridad, y el complejo conductual-cognitivo-militar – ese trata, en resumen, el negocio de la dominación en la era digital, que implica una cada vez más ‘perfecta integración’ del estado con las grandes corporaciones tecnológicas y explica por qué detrás de esas empresas mercenarias sin escrúpulos siempre hay algún gran oligarca y agencias estatales.

Como ha revelado una investigación de The Guardian, entre esas empresas se encuentran Faculty y Palantir, ambas implicadas en ‘el procesamiento de grandes volúmenes de información confidencial de pacientes del Reino Unido’ en ‘una operación de procesamiento de datos 'sin precedentes'’ relacionada con la respuesta del gobierno al brote de coronavirus. Lo que tenemos aquí es la clase oligárquica que impulsó el Brexit trabajando estrechamente con la oligarquía mundial para fomentar el armamento digital de la dominación.

Si los datos de Covid-19 que proporciona la gente son tan valiosos es precisamente porque se van a utilizar para dirigirse a las personas, extraer información sobre su orientación política y sus preferencias y manipular su conducta y sus decisiones.

Naturalmente, estas empresas van a acceder a volúmenes gigantescos de información y datos confidenciales de pacientes del Reino Unido, incluidos los resultados del Covid-19 y la información que la gente proporciona en las llamadas a la línea 111 de asesoramiento del NHS, por ejemplo, sexo, código postal, síntomas, tratamiento. Como es de esperar se nos dice que esos datos son anónimos y siguen siendo confidenciales y están sujetos a estrictas normas ‘éticas’, pero estos desmentidos en la era posSnowden sólo pueden ser cínicos de principio a fin. Si esos datos son tan valiosos es precisamente porque se van a utilizar para dirigirse a las personas, extraer información sobre su orientación política y sus preferencias y manipular su conducta y sus decisiones.

Luego está NHSX, una subsidiaria del NHS y en verdad un caballo de Troya para ‘privatizar’ el NHS, y esto no sólo por el hecho de que es la entidad que ha contratado a las empresas privadas mencionadas para construir el ‘la base de datos Covid-19’, sino también porque NHSX está a cargo de la transformación digital del NHS, un proceso que se ha hecho, se está haciendo y se hará de acuerdo con los intereses oligárquicos y los designios de los gestores que la impulsan, es decir, sobre todo asegurándose de que ni los principios y valores médicos (hipocráticos) ni los de servicio público interfieran en el manejo de la salud como una mercancía que debe proporcionarse de manera que se maximicen los beneficios.

Naturalmente, NHSX no menos que Faculty y Palantir insistirán (esto es parte del negocio) en que lo que hacen ‘por el NHS’ es ‘ayudar a salvar vidas’; pero sabemos que son las puntas de lanza de la dominación en la era digital y la necropolítica que necesariamente va con ella.

El destino de la NHS: ¿el golpe final o todavía en nuestras manos?

La ‘privatización’ – conviene aclarar – no sólo consiste en vender un servicio público en una operación puntual, sino que a menudo se lleva a cabo a través de cambios promovidos como ‘mejoras’ que tienen lugar en un terreno ya densamente (pero nunca suficientemente) poblado por el sujeto idiota, el sujeto entrenado para relacionarse con todo lo público o común y en verdad con todo lo bueno, con la verdad y con la belleza poniendo por delante la cuestión ¿en qué me beneficio yo? – tan bien entrenado, en efecto, que no sólo es incapaz de ver la universalidad de lo bueno, la belleza y la verdad, sino de apreciar la necesidad y la bondad de lo público o común.

Ese terreno también está impregnado de técnicas y procedimientos destinados a asegurar que las personas tengan una relación con los servicios públicos restringida a ese ¿en qué me beneficio yo? Por ejemplo, la técnica de las preguntas frecuentes (FAQs en inglés), tan aparentemente inocua, actúa en realidad como un instrumento de entrenamiento metódico para inducir a las personas a ser indiferentes a los servicios públicos de los que dependen y a relacionarse con ellos sólo mediante la relación idiota ¿en qué me beneficio yo? , asegurando así que las personas no van a tratar los servicios públicos como si fueran propios, como servicios que pertenecen a todos y cada uno y que, por lo tanto, deben ser cuidados y defendidos por todos y cada uno.

Así podemos ver hasta qué punto todos nuestros servicios públicos, incluidos la salud y la educación, ya han sido ‘privatizados’ en gran medida y de forma decisiva, es decir, corrompidos como servicios públicos y capturados por intereses privados. Lo que está en juego aquí no es si o cuándo, sino cómo, ya que los procesos de destrucción y apropiación de los servicios públicos continuarán a menos que se detengan políticamente.

Es bien sabido desde el pasado mes de noviembre que la NHS está en venta, que estuvo en la mesa de negociaciones de ‘libre’ comercio entre los EE.UU. y el Reino Unido el año pasado, y nadie puede dudar que volverá a esa mesa una vez que se reanuden las negociaciones, lo que ya ha ocurrido.

Para saber qué va a pasar y qué le van a hacer al NHS en los próximos años sólo tenemos que mirar atrás para ver lo que le han hecho en los últimos diez años, los años de austeridad criminal, aunque sea sólo ahora, con el brote pandémico, cuando se ha sentido toda la magnitud de la devastación buscada y causada. La interminable lista de brutalidades incluye los despiadados recortes de personal y camas de hospital y de cuidados intensivos, el desmembramiento en pedazos del NHS para hacerlo más susceptible a la apropiación privada, la castración de la Agencia de Protección de la Salud, y así sucesivamente.

No es de extrañar entonces que el brote pandémico haya encontrado un país extremadamente expuesto y debilitado, falto de personal sanitario y del equipamiento más básico, incluyendo ventiladores y equipos de protección personal (PPE) para al menos disminuir su devastador impacto – en verdad esta carencia es tan generalizada, y la situación en primera línea tan alarmante a todos los niveles, y lo que se le ha dicho al personal del NHS es tan escandaloso que nos quedamos sin palabras.

Para colmo hemos sabido que ‘los profesionales sanitarios están siendo silenciados y amenazados con castigos por hablar públicamente de su trabajo durante el brote del coronavirus‘ – éstos son el mismo personal del NHS al que hemos estado aplaudiendo cada jueves, las mismas personas que hemos consentido en aclamar como héroes pero – ¿o es porque? – hemos olvidado dedicarles un solo pensamiento y las condiciones en las que trabajan. También hemos olvidado preguntarnos por qué necesitamos su heroísmo.

Así que seguimos aplaudiendo, pero ¿a quién aplaudimos, al régimen de dominación que amordaza a ‘nuestros héroes’ y los somete a condiciones de trabajo mortales, o a los trabajadores sanitarios dotados de palabra que que se juegan la vida cada día en primera línea como si no hubiera un mañana?

El NHS fue un logro colectivo hermoso, bueno y duradero, ¡tanto es así que la derecha ha estado tratando de destruirlo durante cuarenta años y aún no lo ha logrado.

Es evidente que nosotros (en particular los que hemos estado y estamos confinados) tenemos que dejar de aplaudir al régimen oligárquico criminal en el que vivimos y en su lugar reclamar nuestros servicios públicos, aplaudir por un NHS debidamente financiado con fondos públicos y, por lo tanto, por profesiones sanitarias dignas y debidamente remuneradas; eso sería un verdadero homenaje a ‘nuestros héroes’, en particular si hacemos algo más que aplaudir y unimos nuestras fuerzas con ellos y nos organizamos para satisfacer esas demandas.

Recordemos que el NHS se construyó, junto con otras instituciones centrales del estado del bienestar, en un país devastado – victorioso, afortunadamente, pero destruido por casi seis años de guerra. Y fue un logro colectivo hermoso, bueno y duradero, ¡tanto es así que la derecha ha estado tratando de destruirlo durante cuarenta años y aún no lo ha logrado!

¿Qué debemos hacer?

La respuesta a esa pregunta es y sólo puede ser colectiva. Lo que quisiera hacer aquí, a modo de conclusión y tratando de prestar atención a la impresionante determinación del enorme número de luchas que están teniendo lugar en todo el mundo (y esto incluye huelgas en casi todas sus variedades: huelgas de alquiler, huelgas laborales, huelgas salvajes, paros, y también espacios de discusión, manifiestos y declaraciones), es destacar tres aspectos que me parecen fundamentales para orientar la acción conjunta cuya necesidad y urgencia se han puesto de manifiesto anteriormente.

En primer lugar, es necesario tomar la medida del poder al que nos enfrentamos, ya que la oligarquía es una forma formidable de poder duradero o dominación. El poder oligárquico no sólo figura entre las formas de dominación más antiguas de la historia de la humanidad, sino que – y esto lo hace único – ha persistido a través de los más variados regímenes políticos, períodos históricos y tipos de sociedades, desde el despotismo antiguo hasta la democracia clásica, desde la época medieval hasta la moderna, desde la antigua esclavitud hasta el capitalismo imperial contemporáneo, impermeable a la mayoría de las transformaciones históricas y políticas. Es un poder masivo y temible que subestimamos por nuestra cuenta y riesgo.

Un rasgo definitorio de ese poder es que es sordo a las palabras y a las razones. El lenguaje es sólo otro instrumento de dominación para los oligarcas y sus sirvientes. Acabamos de tener la ocasión de ver una vez más cómo los fanfarrones pasan de la bravuconería y el optimismo vacío al lenguaje insultante y deshumanizador tan pronto como encuentran oposición: cuando los maestros y maestras y sus sindicatos cuestionaron los caóticos ‘planes’ de regreso a la escuela en Inglaterra debido a la manifiesta falta de normas básicas de salud y seguridad y los consiguientes graves riesgos para los maestros y los niños, ‘las sesiones informativas a los periódicos dominicales fueron testigos de la resurrección de la ‘mancha’ [‘blob’]’ (como en la película ‘La Mancha voraz’) – no se trata de un nombre, sino una palabra-fango utilizada contra el llamado ‘establecimiento educativo’, aunque éste no es el único ‘establecimiento’ que se opone al gobierno: las autoridades locales y regionales están igualmente en pie de guerra, mientras que las naciones lo están desde ya hace algún tiempo.

Se trata de una monstruosidades verbales ininteligibles utilizadas contra los rivales políticos y cualquiera que se oponga a los designios del gobierno para reducirlos a esa cosa aberrante y repugnante. No sólo eso, sino que este fango verbal se suministra a los medios de comunicación del odio y la culpa (y a los algoritmos de las redes sociales, no sólo a los tabloides) para que estos medios, componente armado esencial de la industria de defensa de la riqueza, hagan lo que están especializados en hacer: marcar y señalar para el vilipendio la deshumanización criminales a grupos seleccionados que se oponen a los apetitos oligárquicos – grupos formados en última instancia por cualquiera que defienda principios y valores y, por tanto, comprometido con el uso de la razón y el entendimiento.

Para aclarar aún más lo que significa esta sordera, evoquemos a Maquiavelo, quien – después de una larga trayectoria de lucha por un modo de vida libre y por tanto contra la oligarquía de su tiempo – llegó a la conclusión de que una oligarquía es un gobernante loco (pazzo) y malvado (cattivo) para el que no hay otra solución que el drástico remedio al que se refiere en sus Discursos sobre Tito Livio. Así, al ser sordo a las palabras y a los argumentos racionales (y por lo tanto a la ciencia y al conocimiento experto y de hecho al sentido común), este poder reacciona únicamente a la fuerza, por ejemplo, a la fuerza organizada colectivamente de la sociedad.

El segundo aspecto se refiere a los principios – algo tan evidente que casi no hace falta ni decirlo, en un mundo sin principios como es el nuestro, un mundo que nos conmina a vivir sin ideas: ‘adáptate, no pienses’ es el lema de ese mundo. En efecto, si queremos un mundo mejor, es evidente que tenemos que afirmar los principios básicos y en verdad eternos de igualdad y libertad, justicia y solidaridad, sororidad y fraternidad.

Esta afirmación política tiene que ser real, es decir, tiene que obligarnos en nuestra conducta y en nuestras prácticas, lo que – después de años de adaptación – puede que no vaya de suyo. Y, como estos principios son universales, también es necesario especificar la forma que adoptará la universalidad den lo que concierne a diferentes ámbitos y prácticas profesionales.

El tercer y último aspecto se refiere a la organización, un asunto muy complicado, ya que necesitamos combinar una idea y una práctica muy dinámica de unidad (unidad de acción, movimiento, estrategia) con la existencia continua de una enorme variedad de luchas locales, sectoriales, nacionales e internacional(istas).

Unidad dinámica significa que la unidad se constituye y tiene lugar a todos los niveles, de modo que no es sólo (aunque también puede ser) la unidad de todas esas luchas. Así pues, más que un estado, la unidad es un dispositivo de acción conjunta que, guiado por los principios anteriores y basado en los sindicatos, organizaciones y movimientos existentes, puede aplicarse en todas las direcciones y a todas las escalas. Esta forma de unidad puede lograrse en torno a la idea del ‘trabajador’ como humanidad genérica, más allá del inmigrante, ya que todos somos inmigrantes, y ser humano polivalente, combinando el trabajo manual e intelectual.

Todo esto, ¿para qué? Para transformar radicalmente nuestra forma de vida. En primer lugar, para construir los espacios públicos a todos los niveles que necesitamos si queremos tener una vida social y colectiva digna, o simplemente una vida política – espacios públicos que son también emplazamientos de lucha permanentemente ocupados y defendidos. Sólo este esfuerzo, este trabajo y esta lucha, pueden garantizar la inmunidad contra el sujeto idiota.

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