“Cuando los madereros nos contactaron, salimos de la selva. Entonces llegó la enfermedad. No sabíamos qué era una gripe. La mitad de nosotros murió. Murió mi tía, murió mi sobrino. La mitad de mi pueblo murió”. Así escucho a Jorge, indígena murunahua de Perú, hablar de cómo fue su primer contacto. Podríamos pensar que es una historia del pasado, pero esta tragedia se repite una y otra vez entre los pueblos no contactados, los más vulnerables del planeta.
Concesiones para la explotación de hidrocarburos, extracción maderera “legal” e ilegal, minería a cielo abierto, contaminación de los ríos, incendios, narcotráfico, trata… y ahora también Covid. Los frentes que amenazan la supervivencia de los pueblos indígenas no contactados en Perú van en aumento. Sin embargo, como respuesta ante tal emergencia y lejos de amedrentarse, la movilización de las organizaciones indígenas y sus aliados alrededor del mundo ha tomado aún más fuerza y juntos vienen exigiendo al Gobierno de Perú que cumpla inmediatamente con su deber de proteger los territorios y las vidas de los pueblos indígenas no contactados.
Existen en todo el mundo más de un centenar de pueblos indígenas que no mantienen contacto regular con la sociedad mayoritaria y que rechazan el acercamiento de foráneos. Son los conocidos como “pueblos no contactados” o “en aislamiento” y se encuentran en la Amazonía, el Gran Chaco, las islas Andamán (en el océano Índico) y Papúa Occidental. Son supervivientes de contactos pasados que resultaron en masacres de sus pueblos como consecuencia de la violencia y las enfermedades que les llevaron los invasores no indígenas.