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¿Qué pasa con la democracia?

El Índice de Democracia 2019 de The Economist confirma el deterioro de la democracia en América Latina y el mundo. Português

DemocraciaAbierta
19 February 2020
The Economist Intelligence Unit

Definitivamente, algo está mal con la democracia liberal en todo el mundo. La vieja idea de que el fin de la Guerra Fría traerá una paz caliente donde todos abrazan la democracia y olvidan un pasado brutal de confrontación, autoritarismo, dictadura violenta y violaciones sistemáticas de los derechos humanos, ha demostrado ser sobreestimada. La competencia salvaje provocada por las fases finales de la revolución tecnológica que aceleró la globalización hasta el paroxismo, ha terminado en un impulso de desglobalización, introspección y refugio en los estrechos límites de los antiguos estados nacionales y las políticas de identidad.

Al entrar en la tercera década del siglo XXI, la creciente desigualdad, el neoliberalismo salvaje, el auge de los populismos, los líderes carismáticos y el malestar social generalizado son el nombre del juego.

Así, el año pasado se caracterizó por las protestas populares y los reveses democráticos en todo el mundo. Tanto, que el último informe de la Economist Intelligence Unit (EIU) sobre la democracia, conocido y como Índice de Democracia, obtuvo este año la puntuación más baja desde 2006. Esto quiere decir que el año 2019 fue el peor en términos de respeto global a la democracia desde que se comenzó a realizar este índice de democracia. Estamos en una posición en la que sólo el 5,7% de la población mundial vive en lo que este índice considera una democracia plena.

¿Y en América Latina? Gracias a los éxitos de la tercera ola de democratización de la región, desde el decenio de 1980, América Latina sigue siendo la región de mercados emergentes más democrática del mundo. Pero 2019 fue un año de crecientes reveses democráticos, el cuarto año de declive democrático, caracterizado por el aumento del descontento popular en muchos países de la región.

No obstante, al escarbar debajo de los principales titulares regionales, el panorama es en realidad bastante complejo, con variaciones significativas entre los países. El hecho de que Chile y El Salvador mejoraran su clasificación dejó algunas dudas sobre la metodología seguida por The Economist, mientras que el hecho de que Bolivia y Venezuela sufrieran grandes reveses, era evidente.

El índice se basa en una serie de indicadores que tienen por objeto medir el proceso electoral y el pluralismo, las libertades civiles, la cultura política, la participación política y el funcionamiento del gobierno. Las puntuaciones medias mundiales disminuyeron en todas y cada una de estas categorías, excepto en lo que respecta a las mejoras en la participación política, lo que se manifiesta en el aumento del número de protestas en todo el mundo, en Hong Kong, Chile, Francia, Bolivia y en muchos más países.

De hecho, en el caso de América Latina, fue el aumento de la participación lo que impidió que la región cayera aún más, lo que sugiere que los desafíos radican en el desempeño institucional más que en la fe de la gente en el orden democrático.

Tanto, que el último informe de la Economist Intelligence Unit (EIU) sobre la democracia, conocido y como Índice de Democracia, obtuvo este año la puntuación más baja desde 2006.

Regresión global

Siguiendo una tendencia mundial, las democracias latinoamericanas tuvieron en 2019 un desempeño peor que en cualquier otro año anterior, desde 2006. Además de América Latina, otros países de mercados emergentes también sufrieron reveses democráticos. La India, "la democracia más grande del mundo", experimentó un descenso significativo en su puntuación debido a la disminución de las libertades civiles encabezadas por su líder utranacionalista, Narenda Modi. Polonia se volvió cada vez más antiliberal a través de la consolidación de la propiedad de los medios de comunicación y la restricción de la independencia del poder judicial. Hubo puntuaciones bajas y un empeoramiento en casi toda el África subsahariana.

La crisis democrática también se extendió a los llamados países avanzados. En particular, los EE.UU. una vez más no han sido clasificados como una democracia plena. La democracia estadounidense se ha estancado en la categoría de democracia defectuosa después de caer allí en 2016, lo que refleja una falta de confianza en las instituciones gubernamentales, en parte debido a la elección de Donald Trump. El declive de una nación tan poderosa, que históricamente ha actuado como el principal exportador de democracia liberal al mundo, es un reflejo de los desafíos de la democracia, a nivel nacional y mundial.

Participación a través de la protesta

El pobre desempeño institucional significó que la gente tuvo que hacer oír su voz a través de protestas callejeras populares. El año 2019 fue testigo de olas de movilización masiva en todo el mundo, que pusieron de relieve un desafío sin precedentes para las democracias ineficaces y estrechas, así como para las autocracias.

A nivel mundial, estas protestas tienen varias similitudes. Son un indicador de insatisfacción con el desempeño del gobierno gracias a las nefastas consecuencias a largo plazo de las medidas de austeridad posteriores a la crisis de 2008, la corrupción y la incapacidad de hacer frente a cuestiones como la violencia y el tráfico de drogas. Sin embargo, también se han producido fallos estructurales por parte de los gobiernos y el poder judicial, y una disminución de la gobernanza efectiva que se pone de manifiesto por la creciente brecha entre la élite política y la población en general, junto con una falta de responsabilidad política y social.

El informe de la EIU correlaciona la protesta con una mayor participación y, por lo tanto, con un fortalecimiento de la democracia. Pero hay una contradicción aquí. Es cierto que la protesta indica el deseo de la gente de hacer que los gobiernos rindan cuentas. Pero también es cierto que se ven obligados a hacerlo en la calle precisamente porque las instituciones formales de la democracia no hacen su trabajo adecuadamente, ya sea por prejuicios, falta de financiación, ineficiencia o excesiva dependencia de la violencia. Esta ambigüedad es capturada por la correlación que el Informe señala entre la mejora del puntaje de participación, por un lado, y la regresión en las otras medidas de la democracia, por el otro.

En ningún lugar se ilustran mejor estas ambigüedades que en Chile. A pesar del nivel de violencia observado en las protestas de Chile en 2019, la medida de The Economist del aumento de la participación política de Chile parece significar que ha pasado de la categoría de defectuosa a la de plena democracia. Sin embargo, hubo 23 muertes durante las protestas chilenas causadas por la agresión de la policía y el ejército de Chile. ¿Debería bajar el puntaje de la democracia en Chile por la represión de la protesta en lugar de subir porque la gente se lanzó a las calles a protestar contra la austeridad y el aumento de los precios? Como democraciaAbierta argumentó en su anterior análisis del Índice de Democracia, estas mediciones se centran en la democracia formal y esto tiene sus limitaciones. En general, Chile obtiene una buena puntuación en esos índices, en relación con el resto de la región, porque sus instituciones parecen ser más fuertes que en otras partes de América Latina. Sin embargo, la respuesta de Chile a las protestas de 2019 pone de relieve que, a pesar de sus sólidas instituciones democráticas, Chile no respeta los derechos humanos, y esto debería haber quedado reflejado en el índice de democracia de 2019.

En América Latina, tanto los fracasos de los gobiernos como la ausencia de rendición de cuentas, han contribuido a los desafíos que enfrenta la democracia en la región.

Por ejemplo, el estancamiento del crecimiento económico y la austeridad resultante desempeñaron un papel en las protestas en el Ecuador, donde la reducción de los subsidios a los combustibles, junto con otras medidas de austeridad incluidas en un plan del FMI para rescatar su economía fuertemente endeudada, provocaron importantes protestas, en particular de las comunidades indígenas políticamente activas en el país. En Bolivia, entre tanto, estallaron protestas en respuesta a la crisis electoral y a las crecientes divisiones de la sociedad boliviana.

En toda la región, el año 2019 demostró claramente cómo la participación democrática aún no está institucionalizada de manera efectiva a través de los mecanismos formales de la democracia. Ciertamente, a América Latina no le falta una sociedad civil comprometida que se movilice rápidamente, con una demanda consistente de compromiso democrático y ciudadanía a pesar de las fallidas instituciones. Pero aquí, los partidos políticos, muy obedientes al poder de las oligarquías y vulnerables a la corrupción, normalmente no cumplen, mientras que la oposición popular parece carecer de suficiente agencia política cuando se trata de presentar sus políticas alternativas en las elecciones.

Un factor clave en la disminución del puntaje regional es la deriva hacia el autoritarismo en Bolivia y Venezuela.

Deriva hacia el autoritarismo - Bolivia y Venezuela

Un factor clave en la disminución del puntaje regional es la deriva hacia el autoritarismo en Bolivia y Venezuela, y la disminución de la calidad de los procesos electorales, que, en 2019, ha sido particularmente evidente en Bolivia.

La crisis postelectoral y el aparente fraude electoral en Bolivia fueron unos de los principales temas del informe de este año y contribuyeron a la mala calificación de América Latina. El debate giró en torno a si los acontecimientos que llevaron a la remoción de Evo Morales de la presidencia constituían un golpe de Estado o si las acciones de su gobierno durante el proceso electoral eran la verdadera amenaza a la democracia que obligaba a las instituciones a tomar medidas. Según la misión de la OEA que observó las elecciones, se produjeron graves irregularidades en el recuento que sugerían la posibilidad de fraude electoral.

Esto dio lugar a violentas protestas callejeras, después de las cuales Morales perdió el apoyo de los militares y el poder judicial y finalmente renunció. Las tensiones en torno a las elecciones se agudizaron por el hecho de que algunos sectores de la sociedad boliviana ya estaban insatisfechos con la voluntad de Morales de asegurar un cuarto mandato, a pesar de que la Constitución originalmente sólo permitía dos mandatos. Las próximas elecciones podrían o no restaurar la confianza en la calidad de la democracia boliviana.

El cambio hacia el autoritarismo ha sido aún más claro en Venezuela, en curso desde la llegada de Hugo Chávez en 1999 y en particular después de que su sucesor Nicolás Maduro asumiera el cargo en 2013. Pero en 2019, la crisis empeoró. En medio de la profunda crisis económica y la migración masiva en Venezuela, la lucha por el poder entre Juan Guaidó y Nicolás Maduro pone de manifiesto la debilidad de la democracia y la falta de comunicación que se necesita para el restablecimiento de unas elecciones verdaderamente democráticas y justas, que se celebrarán este año.

América Central

América Central ilustra vívidamente el cambiante y complejo panorama de la democracia latinoamericana. La EIU sugiere que Nicaragua, con su difícil historia política de régimen autoritario, revolución y transición democrática limitada, está dando paso al autoritarismo. De hecho, Nicaragua se ha movido en esta dirección desde la elección de Daniel Ortega en 2007 y ahora se encuentra casi al final del índice regional, con sólo Cuba y Venezuela por debajo. A pesar de las protestas que comenzaron en 2018 y continuaron en 2019, Ortega ha logrado mantenerse en el poder utilizando unidades paramilitares para reprimir a los civiles y reducir las libertades civiles. La detención y el maltrato de sus manifestantes y líderes comunitarios ha deteriorado aún más lo que queda de la democracia nicaragüense.

También se puso de relieve la regresión democrática en Guatemala y Honduras, con problemas de elecciones libres y justas, falta de rendición de cuentas y corrupción. Por ejemplo, el hermano del presidente fue acusado de tráfico de drogas en Honduras.

En general, este informe muestra una tendencia preocupante en América Latina, ya que los países siguen alejándose de la democracia. Este año ha puesto de manifiesto una preocupante regresión democrática, pero también ha puesto de relieve la importancia de la participación en la defensa de los derechos democráticos. Muestra cómo las débiles instituciones existentes en América Latina siguen siendo un problema para el estado de la democracia porque no alcanzan las demandas de los ciudadanos. Los disturbios sociales y las protestas masivas deben tratarse como una expresión justa de la libertad y los derechos, y la policía debe responder con un estricto respeto de la ley y un uso proporcionado de la violencia.

Aún queda mucho por hacer para mejorar el estado de la democracia, no sólo en América Latina sino a nivel mundial. El resultado desmoralizador de este informe debe considerarse una advertencia. Las perspectivas de la reelección de Donald Trump en los EE.UU. este año, más la formalización de Brexit, no son buenas noticias para los poderosos campeones de la democracia liberal.

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