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Secesión democratizada en Escocia y Cataluña

La democracia no acaba con el secesionismo, sino que lo transforma, al proporcionarle una base socio-política, la capacidad de durar, y las herramientas que le permiten circunvalar el Estado para dedicarse a la construcción de nación. English. Português.

Ryan Griffiths
16 September 2015
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Banderas de Cataluña y Escocia. Edinburgo, 2014. Flickr. Algunos derechos reservados.

Los movimientos secesionistas son numerosos y se presentan en todas formas y tamaños. En mis investigaciones he identificado 55 movimientos secesionistas en activo en todo el mundo, datos del 2011. Estas naciones aspirantes a tener un Estado existen en un amplio espectro de países, que va desde regímenes autoritarios represivos hasta democracias avanzadas. Muchos de estos movimientos han sido violentos, y son responsables de aproximadamente casi la mitad de las guerras civiles desde 1945.

Podríamos pensar que la democracia debería apaciguar al secesionismo al otorgarle un mayor peso político a los grupos minoritarios y al proporcionarle vías políticas no violentas. Esto es, en parte, verdad. Los datos muestran que el secesionismo violento es menos probable en democracias avanzadas, pero no sabemos exactamente por qué esto es así. En sociedades democráticas ricas, los secesionistas son simplemente menos propensos a tomar las armas, e incluso a tomarse su propia opción secesionista en serio.

Aún así, para el secesionismo, la democracia raramente representa una panacea. Existe alguna evidencia de que el secesionismo es más probable en regímenes en transición que caminan hacia la democracia. La introducción de instituciones democráticas establece un entorno socio-político donde los líderes de las minorías pueden jugar la carta nacionalista, hacer campaña en cuestiones basadas en la identidad, y buscar la salida del Estado a través de la secesión. Se piensa que las democracias maduras pueden superar este problema cooptando a las elites, mostrándoles cómo la opción de tener peso político es mejor que la de salirse del Estado. Esta perspectiva se parece mucho a la que está generalmente admitida en los círculos académicos, y algunos han concluido que, a medida que la sociedad hace su transición hacia una democracia avanzada, el secesionismo debería desaparecer.

Pero la democracia no disminuye el secesionismo, sino que lo transforma. De hecho, el conflicto violento es menos común, y esto es positivo. Sin embargo, como se ve en las experiencias recientes de Escocia y Cataluña, el secesionismo en las democracias modernas es llamativamente persistente. De hecho, se diferencia de otras formas de secesionismo de manera significativa, y ello tiene consecuencias para esta forma de “secesionismo democrático”.

Uno de los aspectos más importantes de la secesión democratizada es su carácter de movimiento social, de abajo arriba. En sociedades menos desarrolladas y menos democráticas, el secesionismo es casi siempre un proyecto liderado por la elite, y sus líderes políticos son cooptados por el Estado. Se dice que Artur Mas, el presidente de Cataluña y líder del movimiento independentista, sólo se hizo secesionista en el año 2012, cuando el gobierno central no le concedió ciertas demandas y la Asamblea Nacional Catalana (ANC), una organización cívica dedicada a promover la secesión, le persuadió para que se apuntase a su causa.

Este carácter de abajo arriba del secesionismo democratizado no es negativo. Después de todo, el sentimiento nacionalista fluye desde la gente, y parece más sincero que el tipo de proyectos de arriba abajo, en que las elites intentan manipular la identidad nacional. Sin embargo, desde la perspectiva del Estado, el secesionismo de abajo arriba es más difícil de manejar porque está más profundamente arraigado, y la estrategia de cooptar a las elites resulta insuficiente. Ahora se trata de cooptar a la gente.

Este arraigo profundo proporciona durabilidad a los partidos políticos y a las organizaciones cívicas que promueven la independencia. Muchos dijeron que cuando los nacionalistas escoceses perdieron el referéndum el año pasado, el asunto quedaba aparcado para una generación. Pero, ahora que el Partido Nacionalista Escocés (SNP) ha aumentado su popularidad y domina la política escocesa, ya no lo dice nadie. La lideresa del SNP aguarda pacientemente, y sólo espera a que Londres presente un casus belli para legitimar la convocatoria de un nuevo referéndum.

Además, los secesionistas en las sociedades modernas cuentan con numerosas herramientas para defender su causa. Hay un dicho antiguo que dice que una lengua es un dialecto que cuenta con un ejército y con una armada. Pero Vicent Partal, un periodista, empresario y defensor de la independencia de Cataluña, ha actualizado el dicho señalando que hoy en día una lengua es un dialecto que cuenta con cobertura en Google. Cataluña tiene dominio propio (.cat) y fue la primera nación sin estado en obtener cobertura en Google. Este hecho, según Partal, ha incrementado dramáticamente el alcance y el uso del catalán, un elemento vital para el desarrollo del nacionalismo. 

Todos estos son aspectos de la secesión democratizada, y todos ellos pueden ser contemplados positivamente. Este secesionismo no es simplemente un proyecto de las elites. Arraiga en la cultura local, tiene la capacidad de conformar agendas políticas, y los partidos que asumen estas agendas utilizan métodos democráticos para defender los intereses de su electorado. La comunicación moderna ayuda a estas voluntades, al crear un entorno abierto en que las ideas pueden expresarse sin la interferencia del Estado. Manifiestamente, la secesión democratizada tiene su lado positivo. 

El inconveniente yace en su potencial para generar inestabilidad. Los proyectos secesionistas crean división, no sólo entre la región y el Estado, sino también dentro de la propia región, entre aquellos que quieren la independencia y aquellos que no la quieren. Una queja habitual entre escoceses y catalanes es la división que genera dentro de la comunidad, y entre los amigos y la familia. La secesión es un asunto de mucha envergadura, y no existen reglas claras o precedentes sobre con qué facilidad y con qué frecuencia puedan organizarse referéndums sobre la independencia. En gran medida, los acontecimientos en Escocia y en Cataluña representan experimentos de secesión democratizada.

Preocupa de igual manera la forma en que la secesión democratizada cambia las condiciones de la negociación entre el Estado y la región. El SNP puede tener secuestrado al resto del Reino Unido sobre determinadas cuestiones –como por ejemplo sobre si el Reino Unido debe permanecer o no en la Unión Europea, amenazando con convocar un nuevo referéndum sobre la independencia. De esta manera, la mera amenaza de una secesión política puede ser utilizada para adquirir un mayor peso político. 

He aquí por qué la secesión democratizada representa un dilema tan relevante. Por un lado, las fronteras soberanas son meros accidentes de la historia, producto de la conquista y del intercambio de territorios entre gobiernos. La correspondencia entre territorios e identidad nacional es raramente la talla perfecta que los líderes de los Estados quieren hacernos creer. Parece intrínsecamente democrático y moderno que a las naciones minoritarias hay que concederles el derecho a auto-determinarse e incluso a optar por la independencia bajo ciertas condiciones.  

Pero por otro lado, existe una cierta inconstancia y volubilidad en la identidad nacionalista, y sus críticos aciertan al señalar que referéndums fáciles de convocar y autodeterminación sin restricciones pueden conducir a la inestabilidad. Este tipo de democracia directa es de alto voltaje y altamente divisiva. ¿Es una mayoría simple de los votos suficiente para romper un país en dos y, si ello es así, puede la otra mitad convocar su propio referéndum contra la independencia?

Junto con otros estudiosos, he argumentado que el derecho a la secesión pone en evidencia una tensión básica entre el principio liberal de autodeterminación y el derecho soberano a la integridad territorial. Se trata de un conflicto situado en el corazón de las relaciones internacionales contemporáneas, al preguntarse qué es lo que tiene precedencia: ¿el derecho del Estado a mantener su territorio, o el derecho de un pueblo a escoger su destino político? A un cierto nivel, los movimientos secesionistas ponen sobre la mesa esta cuestión.

Pero existe otra tensión, quizás más importante, que surge con la secesión democratizada. La soberanía y la integridad territorial del Estado no sería ahora el obstáculo, por lo menos no en la misma medida, puesto que en su forma más pura el secesionismo democratizado reconoce la importancia de la autodeterminación. Aquí la tensión existe entre dos nociones distintas de la democracia liberal, entre la libertad de escoger y la búsqueda de estabilidad política. ¿Quién cuenta como nación? ¿Con qué frecuencia pueden convocar un referéndum? ¿Cuál es el umbral de votos para la victoria? La secesión democratizada pone de relieve estos asuntos tan espinosos y, más allá de los departamentos de filosofía, muy pocos han empezado a contemplarlos.

Parte del problema radica en el carácter novedoso de la secesión democratizada. Es menos aceptable para los gobiernos suprimir el secesionismo en un entorno global que cada vez es más liberal y democrático, siempre y cuando el secesionismo persiga sus fines de manera pacífica y democrática. Junto a este carácter novedoso está la aprensión de los gobiernos a sentar las bases de los procedimientos adecuados, a crear precedentes y, potencialmente, a favorecer la creación de movimientos secesionistas domésticos.

Los acontecimientos en Escocia y Cataluña están sentando precedente. Están escribiendo el guión de la secesión democratizada y van a influenciar el comportamiento futuro, tanto de los gobiernos, como de los propios secesionistas.

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