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Si el futuro de Europa se forjará durante esta crisis, Italia tiene un par de cosas que decirle

Como sugiere el caso italiano, abordar el déficit democrático de las instituciones europeas es fundamental para evitar que esta crisis forje el fin de la Unión Europea. English

Azucena Morán Jan Mazza
18 May 2020
El primer ministro italiano Giuseppe Conte y el presidente francés Macron posan en una cumbre franco-italiana, 27 de febrero de 2020. |
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Manuel Dorati/PA. All rights reserved.

“…las personas dirán: ‘¿Qué gran plan está ofreciendo la Unión Europea? Ellos no van a protegerlos durante una crisis, ni durante las repercusiones de la misma. Esta gente no es solidaria… Cuando llegan migrantes a su país, les dicen: quédense con ellos. Cuando tienen que afrontar una epidemia, les dicen: lidien con ella. Qué bonito. Están a favor de Europa cuando significa exportar los bienes que ellos producen. Están a favor de Europa cuando tu mano de obra va a producir las piezas de los carros que ya no se fabrican en tu propio país. Pero no están a favor de Europa cuando esa unión implica afrontar juntos los momentos difíciles.’”

Muchos podrían pensar que estas palabras son parte de la propaganda antieuropea de Matteo Salvini o Viktor Orban – quienes, en realidad, están demasiado ocupados con sus propios proyectos de autocratización como para entablar una conversación sobre el futuro de la Unión Europea. En cambio, esta advertencia fue dada por quien en su momento fue considerado el salvador del proyecto europeo: el presidente de Francia, Emmanuel Macron. Sus palabras son un augurio sobre cómo el euroescepticismo podría arraigarse a lo largo del continente en ausencia de una respuesta conjunta frente a las consecuencias del coronavirus.

Los efectos dominó de la pandemia se intensifican a medida que las sociedades y sus economías más dependen de modelos de desigualdad y explotación. En la UE, donde las dependencias económicas subsisten sin suficientes bases democráticas, las decisiones implementadas ante la crisis reflejan cómo el bloque aborda o ignora la actual politización y transformación de sus horizontes sociales, económicos y democráticos.

Sin embargo, el mismo desafío que hoy invita a los gobiernos y a los ciudadanos a considerar cambios sociales profundos, también acentúa la incapacidad de las instituciones para ser agentes y entes de cambio a nivel nacional e internacional. Sobre todo, instituciones como la Unión Europea.

Muchos gobiernos e instituciones a lo largo de todo el espectro político han decidido ignorar la coyuntura actual e implementar mecanismos anticuados, elitistas y nacionalistas para afrontar la pandemia. Estas decisiones han resaltado la obsesión global con las fronteras, las soluciones tecnocráticas, y los procesos de toma de decisiones controlados por las élites políticas y económicas de cada país.

El gobierno alemán ha sido elogiado por cómo ha manejado la pandemia dentro de su territorio; favoreciendo los derechos sociales sobre fines económicos y propagandas populistas. Sin embargo, Alemania aún no ha demostrado si puede actuar más allá de sus propios objetivos nacional(istas) - asumiendo las interdependencias sociales y económicas que existen a nivel regional y global, y dejando atrás una (quizás ingenua) negación de su poder hegemónico.

Sin diálogos, esfuerzos y respuestas colectivas, no sólo no se logrará brindar la ayuda de emergencia necesaria para los países del sur de Europa y del Sur Global, sino también se ignorarán las consecuencias socioeconómicas a largo plazo que deberán enfrentar los sectores más excluidos y vulnerables del planeta.

Un enfoque global y participativo podría no sólo sentar las bases para definir las políticas necesarias post-Covid-19, sino también otros desafíos que dependen de la colaboración y el diálogo internacional, como el cambio climático. En un mundo interconectado, que enfrenta desde ya una crisis ecológica además de una pandemia, la ausencia de decisiones políticas transformadoras podría constituir una amenaza incluso más letal que el coronavirus.

¿Qué nos puede decir el caso italiano?

Las bases de la Unión Europea se encuentran cada vez más estremecidas a causa de un orden internacional basado en el multilateralismo, la dinámica post-Brexit, y la entropía, consecuencia de los movimientos antisistema. Esto limita nuestra capacidad para comprender los obstáculos que la UE deberá enfrentar para dar una respuesta colectiva (y no solo económica) ante el virus y las consecuencias del mismo. Sin embargo, así como el búho de Minerva sólo alza el vuelo al anochecer, Italia puede ser un caso particularmente esclarecedor, siendo una de las naciones más afectadas por el virus y una de las principales víctimas de sus consecuencias sociales y económicas.

Italia fue uno de los seis miembros fundadores de la CECA en 1957, y desde el inicio, su población creyó fielmente en el proyecto europeo; aunque el apoyo por parte de sus ciudadanos nunca pudo igualar el de la élite. La clase dirigente consideraba que las reglas europeas eran una "restricción externa" a las políticas económicas que Italia tendría permitido seguir. Sobre todo, aquellas relacionadas a los tipos de cambio, la competencia y las ayudas estatales.

Tras décadas de un crecimiento económico impresionante, aunque también volátil y caracterizado por el aumento de la deuda pública, a inicios de la década de los 90 comenzó una nueva fase que caracterizó la evolución económica y política de Italia durante los siguientes treinta años. Por una parte, una enorme desaceleración del crecimiento económico, que básicamente se ha estancado desde entonces. Por otra parte, la frugalidad fiscal del país hizo que Italia tuviera el saldo primario medio más alto de todo el mundo desde 1995 hasta 2019, lo que indica una muy importante y prolongada limitación de gastos en el sector público, en comparación con los ingresos nacionales. Esta disciplina fiscal alcanzó un nivel excepcionalmente elevado por dos motivos: para que el país cumpliera con los requisitos para ingresar a la zona del euro y para adherir a las medidas de austeridad adoptadas tras la crisis financiera y económica del 2009.

Como en el caso del fascismo hace casi un siglo, la historia reciente del país puede considerarse un proyecto piloto, un presagio quizás, de políticas, instituciones y reacciones inauditas que ahora observamos en casi todo el mundo. Silvio Berlusconi, un hombre de negocios que se jacta de haber construido su imperio desde cero, se volvió Primer Ministro en 1994, tras llevar a cabo una campaña sorprendentemente exitosa en contra de la clase política de aquella época. Berlusconi prometió dirigir el país así como había dirigido su propio imperio económico. Después de dominar la escena política italiana durante casi dos décadas, Berlusconi fue finalmente derrocado en 2011 a raíz del aumento del estrés financiero y la creciente presión política de otros países europeos por un "cambio de régimen".

Es evidente cómo el populismo y las soluciones tecnocráticas han representado la gran oposición "política" de hoy en día en el occidente, jugada sobre la base de la soberanía y la necropolítica.

El papel de Primer Ministro fue asumido por Mario Monti, profesor de la renombrada Universidad Bocconi de Milán y ex comisario de la UE. Monti, con su amplia mayoría bipartidista, siguió el programa que las instituciones europeas habían recomendado a otros países periféricos al borde del colapso financiero: aumentar los impuestos y recortar el gasto público, en particular mediante una histórica reforma a las pensiones. A pesar de su negativa inicial, decidió presentarse como candidato en las elecciones del 2013, en las que sólo obtuvo el 10% de los votos. Los partidos que apoyaban su gobierno obtuvieron menos escaños de los esperados, y el ganador del juego fue el Movimiento Cinco Estrellas, un partido antisistema que nunca antes había estado en el Parlamento.

Monti sólo fue una pieza del rompecabezas. Una vez elegidos, los políticos que hacían campañas en plataformas antisistema y culpaban a "Bruselas" por sus resultados económicos, experimentaban lo que Monti definió como el "momento Tsipras". Es decir, un impasse político en el que los políticos deciden seguir una agenda que defiende las instituciones de la UE (aunque se oponga a sus mandatos democráticos), o bien están dispuestos a soportar las inevitables consecuencias políticas. Estas consecuencias van desde una destitución (más o menos inducida) hasta la expulsión del euro.

El "momento Tsipras"

El "momento Tsipras" comenzó cuando los griegos, a través de un referéndum, rechazaron el Memorandum de Entendimiento de 2015 con la Troika, y tan sólo unos días después vieron a su Primer Ministro firmar una versión incluso más rígida del mismo. Este impasse señala uno de los cimientos más inestables de la UE: la imposibilidad de introducir cambios democráticos en las políticas económicas nacionales, a menos que estos reflejen el marco económico y político de la eurozona.

Gracias a la franqueza alemana, este es un secreto a voces. En 2011, la propia Angela Merkel declaró que la "codeterminación parlamentaria" sobre el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (el antecesor del actual Mecanismo Europeo de Estabilidad, tan debatido hoy en día) tenía que ser "conforme al mercado". En 2015, su Ministro de Finanzas, Wolfgang Schauble, le advirtió a su homólogo griego, Yanis Varoufakis, que "no se puede permitir que las elecciones cambien la política económica".

El 11 de abril de 2020, quizás como una muestra de la capacidad de transformación de la UE, el ministro alemán de relaciones exteriores, Heiko Maas, hizo un llamado a los países europeos a apoyar a los más afectados por el virus sin utilizar las "herramientas de tortura" que acompañaron los anteriores programas de rescate en la eurozona.

Es evidente cómo el populismo y las soluciones tecnocráticas han representado la gran oposición "política" de hoy en día en el occidente, jugada sobre la base de la soberanía y la necropolítica. Tal como Mbembe describe el poder sociopolítico de decidir quién vive y quién muere. El caso italiano ilustra, en un lapso de tiempo más largo, los efectos perversos de la disociación entre la responsabilidad democrática y el proceso de elaboración de políticas públicas, y la falta de confianza en la capacidad de los ciudadanos para elaborar políticas a nivel nacional y regional. Aunque las soluciones a los actuales problemas fiscales y monetarios se encuentren en Bruselas y Francfort, el despliegue de las soluciones de los ciudadanos y el descontento popular sigue siendo un asunto que sólo puede tratarse en Roma.

La distancia entre los actores nacionales y los gestores supranacionales ha reforzado la irresponsabilidad de las elites y los políticos, quienes han perdido la confianza de los ciudadanos y a su vez, el apoyo a las instituciones democráticas. Ciertos ejemplos son paradojales. Mientras se decidían las medidas económicas ante el COVID-19, seis partidos italianos votaron de seis formas distintas en el Parlamento Europeo.

Socavar la posición del gobierno en defensa de un "supuesto interés nacional" durante negociaciones históricas es un pequeño precio a pagar cuando la política nacional se ha convertido en un espacio de desasosiego que no cuenta con los instrumentos para responder ante una crisis. Mientras no se erradiquen las disfuncionalidades de un arreglo económico sin base democrática, más profunda será la divergencia, o incluso la hostilidad, de los pueblos europeos. Hoy en día, en Italia, que en su día fue el país más europeísta, hay tantas personas dispuestas a marcharse como a quedarse en el bloque. Al mismo tiempo, otra encuesta indica que Alemania y Francia están consideradas como los principales enemigos de Italia, siendo China su "amigo más cercano", seguida de Rusia.

La última prueba de la ironía de la historia sucedió cuando, en el pico de la crisis de la pandemia, muchos empezaron a decir que el actual Primer Ministro Giuseppe Conte no era apto para dirigir el país en tiempos tan difíciles. Un nombre surgió como la mejor solución para la unidad nacional: Mario Draghi, ex jefe del Banco de Italia y del Banco Central Europeo. Casi treinta años después de que Berlusconi entrara por primera vez en el Palacio Chigi (en sustitución de Carlo Azeglio Ciampi, ex gobernador del Banco de Italia y primer tecnócrata que ocupó este cargo), ningún colapso financiero ni pandemia ha logrado romper el círculo tecno-populista.

¿Qué puede hacer la UE?

A medida que la UE siga repitiendo los mismos errores, no emitirá un plan de rescate común que vaya más allá de soluciones tecnocráticas incompletas y poco ambiciosas. Para responder de forma más asertiva, la UE debería promover la rendición de cuentas y darle legitimidad a sus decisiones a través de mecanismos que incluyan a los ciudadanos europeos. Lograr transformarse dependerá en gran medida del liderazgo de los poderes hegemónicos actuales y su capacidad para revertir la dinámica de divergencia económica, política y cultural que ha dominado el paisaje europeo en el nuevo milenio.

El poder hegemónico alemán y europeo conlleva grandes responsabilidades regionales y globales. Sus decisiones políticas, o la ausencia de ellas, marcarán un precedente para los desafíos planetarios futuros. Mientras algunas potencias mundiales como Estados Unidos se desquebrajan y retiran su apoyo económico a las organizaciones internacionales, las esquinas más empobrecidas del planeta se enfrentan aleatoriamente y desproporcionalmente a los efectos de la pandemia. La capacidad de transformación de la UE determinará en gran medida no sólo el futuro de sus estados miembros, sino las prospectivas futuras de las democracias donde los derechos individuales y la deliberación colectiva prevalecen en un mundo cada vez más hobbesiano.

Existen ejemplos positivos de integración europea: ejemplos a nivel comunitario de competencia y comercio han producido resultados razonablemente buenos, aunque desiguales, para los ciudadanos de toda la Unión; el PIBR es un instrumento legislativo muy elogiado, que establece un marco de referencia ambicioso para los numerosos ámbitos en los que se necesitan acciones urgentes; el BCE ha reaccionado al choque del coronavirus mucho más rápidamente que durante la crisis financiera, y mucho más eficazmente que otros organismos intergubernamentales como el Eurogrupo o el Consejo Europeo.

Como dijo Jean Monnet: "Europa se forjará durante durante una crisis, y será la suma de las soluciones adoptadas para esas crisis". Su compatriota Emmanuel Macron concluyó su advertencia sobre las posibles vías que pronto estarán disponibles para los euroescépticos con una afirmación dramática: "Estamos en el momento de la verdad, tenemos que decidir si la Unión Europea es un proyecto político o sólo un proyecto de mercado. Creo que es un proyecto político... Necesitamos transferencias financieras y solidaridad, aunque sólo sea para que la Unión Europea se mantenga".

Quizás suene más abstracto e incluso menos realista que lograr transferencias financieras, pero como sugiere el caso de Italia, darle una respuesta al déficit democrático de las instituciones europeas es crucial para evitar que esta crisis forje el fin de la Unión Europea.

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