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Tupí: Experimentar la violencia te hace más fuerte

Esta joven de la Amazonia encontró en sus propias raíces la fuerza para superar un pasado de violencia sexual, física y psicológica. Su historia es la quinta y última de la serie 'Rainforest Defenders', que presenta a jóvenes líderes que luchan por la conservación de los bosques. English

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Francesc Badia i Dalmases
11 July 2019
Tupí, la primer mujer de su aldea en reconocer que vivía violencia doméstica en su relación, posa para un retrato sobre la playa de su comunidad. Pablo Albarenga.

Al igual que las cicatrices se acumularon en la corteza de las seringueiras (árboles del caucho, Hevea Brasiliensis) a lo largo de la Amazonia, los indígenas cargan sobre su cuerpo heridas profundas, que vienen de muy antiguo. La primera amenaza industrial de dimensión catastrófica que se abatió sobre este territorio fue la fiebre del caucho (de 1879 a 1912), que rompió un frágil equilibrio entre el ser humano y la naturaleza exuberante de la selva, alcanzado con el esfuerzo de siglos de adaptación y simbiosis. La extracción masiva de caucho significó el abuso, la esclavitud e incluso el exterminio de aldeas indígenas enteras.

Hoy, por todas partes, entre los diversos pueblos originarios y demás poblaciones que viven sobre la ribera del río Tapajós y afluentes, se puede observar el daño inmenso que la extracción industrial de sus ricos recursos naturales trajo a sus modos de vida originarios. La modernidad causó la quiebra de su ecosistema, adaptado en equilibrio a esta tierra fértil y la vez salvaje.

Aquí nunca fue fácil vivir. A pesar del impacto devastador de la masacre de la colonización, los indígenas manejaron sabiamente su relación con la naturaleza, y alcanzaron a seguir viviendo en armonía con ella durante cientos de años. Revueltas como la del Cabanagem (1835-1840) en el Gran Pará, fueron enormes actos de resistencia de muchos indígenas que guerrearon por el ideal de recuperar una libertad robada por el opresor, pero acabaron en un verdadero genocidio, incluida la extinción de los pueblos Murá y Mauè. Esto significó una amenaza sistemática para la supervivencia de otras comunidades indígenas, y provocó que abandonasen sus culturas, sus lenguas y sus tradiciones, especialmente como consecuencia de la influencia violenta de los misioneros que les planteaban un dilema terrible: o se convertían al cristianismo, negando su cultura y sus raíces ancestrales, o morían.

Hoy, a orillas del río Tapajós, junto con otros pueblos indígenas de la región, habitan los tupinambás, resistiendo y protegiendo su patrimonio ambiental, territorial y cultural. Tienen como principal bandera de lucha la demarcación de su territorio, hoy situado en la Reserva Extractiva Tapajós-Arapiuns, en el municipio de Santarém.

La resistencia tupinambá contra el proceso de colonización al que fueron sometidos se expresa de diversas maneras, desde el mantenimiento del vínculo con la naturaleza, creencias y costumbres, hasta en sus narrativas orales, que aún no registran los libros de historia. Hoy defienden que la voz de su pueblo resuene en todos los espacios, y reclaman que su protocolo de consulta sea respetado, y que todos los pueblos tradicionales puedan seguir navegando y alimentándose del río, mantenidos y protegidos por lo que consideran que son sus lugares sagrados.

El antropólogo Claude Levy-Strauss afirmó con rotundidad, en su obra maestra Tristes trópicos (1955), que la modernidad violó toda virginidad indígena, incluso la más remota. El mito del indígena inmaculado es un fantasma que solo persiguen algunos antropólogos románticos o viajeros despistados. Desapareció para siempre, hace ya mucho tiempo.

Tupí se da un baño con su hijo de 10 años. Pablo AlbarengaNone

La aldea de San Francisco, dentro de la ResEx Tapajós-Arapiuns, es un buen ejemplo de todo esto. Es en este territorio, y en el ir y venir entre la aldea y la ciudad, donde lucha por reconstruirse Tupí, una joven mujer indígena. En ella se explicitan algunas de las heridas y violencias que persisten entre las comunidades amazónicas en la ribera del río Tapajós.

Dadas las circunstancias en las que creció Tupí, para levantarse en solitario y caminar con paso firme se requiere un coraje excepcional. Coraje para recuperar una relación armónica con el territorio, aquella que tuvieron sus abuelos y bisabuelos, pero que colapsó hace tiempo. Coraje para superar una historia de violencia sexual, física y psicológica por parte de una pareja maltratadora que murió trágicamente en un accidente de motocicleta. También para levantarse y educar a su único hijo y para construir una vida autónoma y estudiar en la ciudad. Coraje también para enfrentarse al espejo y asumir el trauma de la opresión y de la violación sistemática. Y finalmente para hacer frente el silencio que la oprimía a ella, como a tantas otras mujeres, usando como arma la humillación continua.

Pero Tupí se reencontró en sus raíces, redescubriendo la fortaleza necesaria a través de afianzar su propia ancestralidad tupinambá y afirmar, a la vez, su feminidad. Le ayudó hacerlo junto a otras mujeres que, con similar valentía, están en la lucha que implica reconocer el abuso, la violación y el maltrato a través de la solidaridad y la acción colectiva. Formar parte de un movimiento, aprender a liderarlo, aprender a construir un espacio propio de libertad es lo que hace de estas mujeres seres excepcionales para su comunidad.

Tupí busca en la tierra y en los valores de sus ancestros una narrativa de continuidad con un origen, de resistencia ancestral, y la transmite al hijo (Joao), quien representa su razón de existir más poderosa. Le proporciona, a la vez, la energía y la pasión necesarias para ubicarse en un tiempo histórico más largo, para sentirse eslabón de una saga que se hunde en la noche de los tiempos.

De la vulnerabilidad, fortaleza

Pero enfrentarse a la lucha cotidiana y, al mismo tiempo, situar las cosas en contexto y levantar la vista hacia adelante, no es un ejercicio sencillo. Para hacer posible esta viaje, el apoyo de otras mujeres de la comunidad desempeña un papel fundamental. Hace que la vulnerabilidad de ser una mujer aislada, una madre viuda marcada por la tragedia, se convierta en fortaleza, en resolución.

Como ya ocurre en muchas ciudades, ser mujer entre mujeres que se apoyan mutuamente es cada vez más frecuente también en las comunidades y aldeas a lo largo del río.

Organizarse en la lucha ha sido para Tupí el ancla que le ha permitido salir de la opresión, convertirse en alguien. Participar activamente en las acciones de concienciación y reivindicación que tienen lugar, cada vez con más frecuencia, da sentido a la lucha individual y colectiva. Ella pertenece al colectivo de Suraras del Tapajós, que hace unos pocos años opera con base en el pueblo de Alter do Chao, que también es aldea Alter do Chao (Territorio Borarí, al otro lado del inmenso río, a más de dos horas de viaje en lancha rápida). Ese es un viaje no siempre amable ni seguro, sometido a las inclemencias del viento y de la lluvia, que a veces arrecian con enorme intensidad.

Formar parte de ese colectivo y recuperar, por ejemplo, fragmentos de la lengua indígena, en ocasiones a través de canciones interpretadas por el grupo de Carimbó (ritmo popular del estado de Pará), resultó para Tupí una vía de liberación.

“Me convertí en una mujer que se desabrochó”, cuenta con emoción. “Yo no sabía la fuerza que tenía guardada aquí dentro. En medio de tantas cosas no tenía el valor de hablar, no sabía hablar”. El colectivo la acompañó, la consoló, la animó a asumir el dolor que llevaba dentro y a sentirse alguien otra vez, o quizás por primera vez.

Y esto Tupí lo vive como una maravilla, como una felicidad. Sentirse útil, poder hablar en representación de otras mujeres tupinambá también violentadas, y hacerlo en otros ámbitos, más allá de la aldea de origen, es una misión que asume, aún con alguna inseguridad.

Pero, más allá de asegurar un futuro para su hijo Joao, ella aprende a capacitar a otras para que asuman la lucha por la demarcación y la conservación del territorio y a reforzar una ancestralidad tupinambá apenas reconstruida. “Yo no consigo hablar de mí, sino de nosotras. De aquí viene mi emoción. Tenemos voz, tenemos que defender el territorio”. Para Tupí hay una parte importante de aprendizaje en su viaje hacia el activismo y la reivindicación.

Aprendizaje de otras mujeres, aprendizaje de sí misma, aprendizaje de los ancianos, maestros de la aldea. Su interés por reconstruir una voz indígena para compartirla con otras compañeras, aunque sea a partir de los escombros de un mundo prácticamente desaparecido, es fundamental en el ejercicio de la lucha por sobrevivir, por resistir.

Pero allá donde Tupí crece y agarra fuerza, donde acumula suficiente coraje para sentirse verdaderamente útil a las mujeres de su territorio, es en la acción colectiva.

Tupí recoge flores y grandes hojas de palma para adornar la mesa durante una jornada de trabajo sobre género en la aldea San Francisco. Pablo AlbarengaNone

Una procesión de denuncia

En la aldea de San Francisco, Tupí y un pequeño colectivo de mujeres se organizaron para un ejercicio de autoafirmación como mujeres tupinambás. Al caer de la tarde, las mujeres de la aldea prepararon una suerte de procesión. Dispusieron un modesto paso con las pequeñas imágenes de dos santas de la devoción local. Confeccionaron una serie de pancartas de cartulina con frases contra la violencia de género y el feminicidio. Repartieron velas entre las participantes y, al caer la noche, con un tempo lento pero con determinación, salieron en procesión mujeres y niñas por la avenida de la aldea, acompañadas de algunos (escasos) varones.

Entre cánticos de iglesia, misterios del rosario, y padrenuestros, el paso se detuvo en múltiples ocasiones para lanzar emblemas reivindicativos y repetidas denuncias.

Con una mezcla de devoción y rabia contenida, leyeron, una a una, paso a paso, los lemas de las pancartas. Los misterios del rosario marcaban la pausa, la petición. Los hombres se hicieron casi invisibles y, al pasar la procesión, frente a la tienda de abastos, en un gesto ostensible, con lo que parecía una mezcla de sorpresa y de desdén, apenas sí miraban.

Al paso de la marcha, eso sí, algunas puertas y ventanas se entreabrieron y alguna mujer, cargando su bebé, miraba de reojo por la rendija, tímidamente. La procesión-manifestación-conjuro avanzaba sin que se supiese muy bien hacia adónde. Cada pausa se convertía en una invocación. Las participantes eran bien conscientes de que protagonizaban un acto de transgresión de un orden largamente establecido.

El fuego de las velas le añadía a la vez dramatismo, emoción y liturgia a la congregación. Había algo de invocación, también. Y evocación de un mundo mágico y sagrado que alguna vez reinó en esta tierra indígena.

Pero, sobre todo, entre estas mujeres, lo que hay es determinación. Saben que nadie vendrá en su ayuda, que su apuesta es alta, que la tarea por delante requiere una fortaleza que solo podrá conseguirse si se mantienen juntas. Y si consiguen sumar.

Pero nada es fácil en esta castigada tierra tupinambá. Hace tiempo que los pueblos indígenas aprendieron que resistir es sobrevivir.

También diseñada por mujeres, una acción simbólica culmina la procesión. Dibujado sobre la tierra, un gran arco y una flecha encarna muchas luchas por sobrevivir. La lucha de los indígenas. La lucha de las mujeres. La lucha por la demarcación y la conservación del territorio. La lucha de Tupí. Las asistentes van colocando sus velas sobre el dibujo previamente trazado sobre la arena del camino: una toma aérea dará la dimensión del símbolo.

Al día siguiente, en asamblea celebrada en la escuela indígena de la aldea, las mujeres evalúan, conversan, deciden. La tarea por delante será dura, pero ya no tiene vuelta atrás.

Tupí conversa con sus amigas en una de las fuentes cercanas a su casa. Pablo AlbarengaNone

Conseguir que las heridas de las violencias cicatricen en sus cuerpos, como cicatrizaron las heridas en las Hevea Brasiliensis tras la extracción del caucho que trajo tanta destrucción, es el objetivo último de todo esto.

Dos días después, y habiendo cruzado el majestuoso Tapajós en un atardecer de magia y espejismo, Tupí se reencuentra con su hijo en Alter do Chao. En ese momento de comunión en el baño en el río sagrado, que tanto significa en este acuífero, Tupí sabe ya que, protagonizando esta historia, protagoniza con ella una historia de fuerza y superación.

A ella espera sumar a tantas violentadas que, cada vez en un número mayor, se rebelan y deciden a dar un paso hacia delante en la reconstrucción de su propia lucha como mujeres, como pueblos indígenas, adueñarse de su cuerpo y ser protagonistas de su propia biografía.

En un mundo amazónico, devorado por múltiples amenazas y violencias, la de Tupí es una historia de coraje y determinación.

Este artículo pertenece a la serie Rainforest Defenders, un proyecto de democraciaAbierta en colaboración con Engajamundo Brasil, con el apoyo del Rainforest Journalism Fund del Pulitzer Center. Fue originalmente publicado por El País aquí

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