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Turquía y el enfoque neo-otomano hacia los derechos humanos

Erdoğan está tratando de forjar un rol para Turquía como el protector de los derechos humanos de los musulmanes en todo el mundo, mientras castiga a los disidentes dentro de sus propias fronteras.

Nukhet A. Sandal
16 June 2013

A partir del despertar Árabe, el funcionamiento de la democracia en Turquía y la significativa disminución de la injerencia del ejército en la esfera pública han convertido al país en un modelo para muchos de sus vecinos. Los círculos financieros y políticos occidentales estaban felices de ver a un líder favorable para los mercados y que potencialmente podía inspirar a la descontenta población musulmana del mundo. Sin embargo, los esfuerzos brutales del gobierno del Primer Ministro Tayyip Erdoğan para expulsar de las calles a los protestantes pacíficos mediante el uso de gas lacrimógeno y cañones de agua en las semanas recientes han expuesto a Turquía a acusaciones de hipocresía como aquéllas que a menudo se dirigen contra los EE. UU.

Entonces, ¿cómo puede un país dirigir a otros en materia de derechos humanos mientras viola los derechos de sus propios ciudadanos?

Turquía fue una vez el corazón del Imperio otomano que controló al Medio Oriente, los Balcanes y el Cáucaso por más de 600 años. Su política exterior reciente, según la describe el Ministro de Relaciones Exteriores Ahmet Davutoğlu en su libro Profundidad estratégica, está basada en la necesidad de redescubrir la identidad geográfica e histórica del país en su espacio otomano. Davutoğlu habla de la “gran restauración” de una “unidad ancestral” que conecta a los  turcos, kurdos, bosnios, albanos y árabes, y de la necesidad de crear un nuevo discurso de derechos humanos. Los medios y muchos académicos han llamado a este enfoque de política exterior “neo-otomano”, aunque el término no les agrada a los funcionarios por sus connotaciones imperialistas. El término, sin embargo, también define perfectamente el entendimiento de los derechos humanos del gobierno turco.

De acuerdo con un entendimiento neo-otomano de los derechos humanos, no hay una falta inherente de coherencia entre ser autoritario en casa y pregonar los derechos de los musulmanes en el exterior. Hay muy poca tolerancia al disentimiento dentro del país, y el primer ministro, de forma muy similar a la de los sultanes del imperio, ha tratado de controlar todo aspecto de la vida diaria, desde el consumo de alcohol hasta las cesáreas. En términos de los arrestos y encarcelamientos de periodistas, Turquía superó a Irán y China hace mucho tiempo. Esta racha autoritaria en el país, sin embargo, ha venido acompañada por algunos desarrollos inesperados, que complican la situación de los derechos humanos aún más. La nueva élite política se ha esforzado en poner más atención a los derechos de las minorías religiosas y étnicas, incluidas las comunidades armenias, griegas y judías en Turquía, para representar al país como una cuna de civilizaciones y para aumentar su atractivo para el mercado mundial. Además, los legisladores turcos empezaron a tener conversaciones con los paramilitares kurdos, lo cual acabó con un tabú en la historia de la república. Este acercamiento tiene también beneficios tangibles, al dar a Turquía una posición más fuerte en una región rica en recursos, en la que los gobiernos turcos no pueden ignorar más la presencia autóctona kurda. En resumen, las iniciativas nacionales del gobierno del Partido AK tienen a las preocupaciones comerciales pragmáticas como uno de sus motores principales.

No queda duda de que existe un deseo de liderazgo en los asuntos relacionados con el Islam. Turquía comenzó a encabezar el esfuerzo por darle forma a un pensamiento islámico contemporáneo. Recientemente, sus teólogos elaboraron una enciclopedia de siete volúmenes de hadices importantes con su contexto histórico y lo que hoy significan. Mehmet Özafşar, director del proyecto y vicepresidente de la Dirección de Asuntos Religiosos de Turquía afirmó que: “Hay diferentes perspectivas en el mundo islámico y algunas son muy cerradas. Los turcos tienen una idea diferente de la cultura islámica”. La enciclopedia, la cual está siendo traducida para su uso en otros países musulmanes, incluye secciones sobre derechos humanos, como el derecho de educación para las niñas.

El gobierno turco ha promovido los derechos de las minorías musulmanas en todo el mundo, a la par que permanece cauteloso, como miembro de la OTAN, en medio de las preocupaciones de terrorismo después del 11 de septiembre. Los legisladores turcos, por ejemplo, se han abstenido de hacer declaraciones de apoyo abiertas a los chechenos para no enfrentar a Rusia. Sin embargo, han alzado la voz acerca de la población musulmana uigur en China; Erdoğan declaró que la manera en que China trata a los uigur es equivalente al genocidio. Asimismo, en Myanmar, aparte de las Naciones Unidas, Turquía fue la primera nación que dio asistencia a los refugiados musulmanes rohingya. Otras potencias emergentes han sido aliados naturales de Turquía en audaces iniciativas internacionales. Un ejemplo deslumbrante fue la iniciativa conjunta con Brasil, para alcanzar un acuerdo nuclear con Irán en 2010; Brasil y Turquía desafiaron las sanciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en contra de Irán y trataron de negociar una solución diplomática. La iniciativa no fue exitosa, pero demostró la existencia de una red diplomática emergente que busca activamente soluciones alternativas.

Actualmente, Turquía está acogiendo a miles de refugiados sirios que han escapado de la guerra civil; a pesar de las críticas ocasionales, la manera en que Turquía trata a los refugiados ha sido mucho mejor que en otros estados. El gobierno de Erdoğan ha sido también uno de los defensores más activos de los palestinos y fue el primer estado con un embajador en Palestina. Después de los debates en torno al ataque israelí al Mavi Marmara (la flotilla turca que intentó llevar asistencia a Gaza a pesar del bloqueo israelí), Erdoğan se comprometió a viajar a Gaza otra vez para asegurar que Israel cumpliera su promesa de relajar el bloqueo. Aunque muchos líderes políticos, tanto en Europa como en el Medio Oriente, han hecho referencias frecuentes a los temas de derechos humanos en Gaza y en Cisjordania, ningún actor político ha podido desempeñar un papel semejante. Esto se debe en gran medida a la identidad de Turquía, un país con una mayoría de musulmanes no árabes que tiene una agenda de política exterior asertiva como potencia regional. Los líderes musulmanes de países tan distintos como Malasia y Túnez han respondido bien a este rol de liderazgo y vieron a Turquía como un modelo a seguir. Sin embargo, la forma en que el gobierno ha enfrentado recientemente las protestas pacíficas ha hecho que se cuestione la sinceridad y consistencia de este ferviente discurso de derechos humanos hasta en los círculos más optimistas.

El entendimiento neo-otomano de derechos humanos y el principio predominante de solidaridad con los musulmanes en todo el mundo tienen el potencial de poner a Turquía en oposición directa con el pensamiento occidental sobre derechos humanos. En el 2009, por ejemplo, el liderazgo turco aceptó hospedar a Omar al-Bashir, el presidente sudanés acusado de genocidio y crímenes en contra de la humanidad por la Corte Penal Internacional. El primer ministro de Turquía defendió la decisión, diciendo que “un musulmán nunca puede cometer genocidio”, lo que revela una percepción y criterio sobre la injusticia categóricos y basados en la religión. Las declaraciones de Erdoğan en efecto desafiaron la legitimidad de la Corte Penal Internacional, de la cual Turquía no es signatario. Turquía no vio la membresía como una necesidad y está en el proceso de redefinir su rol transnacional a través de la participación en estructuras alternativas. Similarmente, Turquía ya no ve la pertenencia a la Unión Europea como una “necesidad” y sus legisladores ahora voltean hacia “el este”, contemplando la posibilidad de unirse a la Organización de Cooperación de Shanghái y la Asociación de las Naciones del Sudeste Asiático. Esto no es una sorpresa, ya que los políticos turcos han sugerido más de una vez que la razón por la cual la Unión Europea se ha tardado en el proceso de otorgarle la membresía es porque se trata de un club cristiano, que no quiere aceptar a un país con mayoría musulmana. Similarmente, Erdoğan comentó una vez que no es de la incumbencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminar sobre si las mujeres deben de usar pañuelos en la cabeza, ya que éste es un asunto para los líderes religiosos.

La aspiración del gobierno del Partido AK ha sido expresar y dar respuesta a las preocupaciones de las poblaciones musulmanas alrededor del mundo, y conciliar con los segmentos de la sociedad que no retan abiertamente su legitimidad. En este proceso, y con la ayuda de indicadores económicos favorables, los legisladores turcos trataron de mostrar que tienen el poder de plantear una alternativa legítima a los entendimientos existentes de los derechos humanos. Dichas alternativas son desesperadamente necesarias. Las respuestas positivas iniciales a la defensa de derechos humanos en el exterior de Erdoğan muestran que ciertamente existe un espacio que llenar en los regímenes tradicionales de derechos humanos, especialmente en el mundo musulmán. Pero los líderes futuros de Turquía, o de cualquier otro país en realidad, tendrán mucha más capacidad de ofrecer alternativas si pueden demostrar que respetan los derechos de sus propios ciudadanos.

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