Hoy en día, la justificación de la escasez de recursos ocupa un lugar privilegiado en el manual de estrategias de todo político. “Los derechos económicos y sociales son una aspiración moralmente atractiva, claro, pero simplemente no tenemos los fondos necesarios”, dice el comúnmente usado pero raramente comprobado estribillo de los gobiernos, tanto ricos como pobres.
Ya no podemos darnos el lujo de permanecer callados sobre el abuso fiscal.Por un tiempo, demasiados activistas de derechos humanos batallaban para responder a esta justificación aparentemente irrefutable, y aceptaban que las autoridades económicas determinaran libremente las maneras de recaudar fondos públicos. Algunas voces críticas dentro de la comunidad de derechos humanos intentaron cuestionar las maneras en que los gobiernos obtienen recursos; pero muchos de sus colegas los ignoraron por considerarlos demasiado ingenuos, demasiado flexibles con respecto a los impecables estándares de las leyes de derechos humanos, o simplemente demasiado “ideológicos”. Las secretarías de finanzas siguieron siendo de hecho zonas libres en materia de derechos humanos, libres del escrutinio de los organismos de derechos humanos tanto gubernamentales como de la sociedad civil. Como resultado, siguen faltando fondos para hacer efectivos todo tipo de derechos humanos; desde la educación hasta el acceso a la justicia, desde el derecho a la salud a la libertad de expresión, desde la seguridad ocupacional hasta la protección social. Lo que es más, al evitar los debates sobre la recaudación de ingresos públicos, los activistas de derechos humanos descuidaron inadvertidamente un eje central de la relación de rendición de cuentas entre los ciudadanos y el Estado, y así pasaron por alto una de las formas esenciales de mediación del poder.
La verdadera ingenuidad fue creer que los derechos humanos podrían hacerse efectivos sin considerar los recursos materiales para lograrlo. Ese enfoque ha llegado a un final abrupto, ya que una tormenta perfecta de cambio climático, austeridad fiscal y desigualdad económica está poniendo al descubierto los cimientos poco profundos de los viejos supuestos. Hoy en día, ya no podemos darnos el lujo de permanecer callados sobre el abuso fiscal.