democraciaAbierta: Opinion

Victimismo y feminismo

Solo como pasivas y víctimas las mujeres han podido ser consideradas. Perpetuar este rol no aporta ningún cambio sustancial a la condición de la mujer.

Simona Levi
10 March 2021, 11.55am
Manifestantes sostienen la palabra feminismo durante una concentración en Estambul con motivo del 8 de Mayo, 2021.
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Alba Cambeiro / PA Images

Se hacen las víctimas dos tipos de personas: las víctimas y las personas tóxicas que usan el victimismo. Estas últimas son mayoría.

El verdugo siempre busca excusas para hacerse la víctima.

Tenemos ilustres ejemplos: todo gran dictador siempre tiene gran excusa victimista para sus actos. No se conocen malvadxs, ni grande ni minúsculx, que no hayan exhibido motivos victimistas para explicar su comportamiento. Incluso en nuestra psique, el victimismo es el primer argumento que aflora en nuestro fuero interno cuando nos comportamos mal. Etcétera, etcétera, etcétera.

Víctimas y verdugos tiene el victimismo en común, unas con motivos, los otros como excusa.

Esto hace que, vistos desde fuera, no se puedan distinguir unxs de otrxs.

Por respecto a las víctimas, debemos erradicar el victimismo de las luchas.

El feminismo victimista rebaja a las víctimas. Es difícil considerarlo emancipador y transformador si se apoya en algo absolutamente aceptado por el patriarcado. Ser víctima es uno de los requerimientos del patriarcado a las mujeres. Solo como pasivas y víctimas las mujeres han podido ser consideradas. Perpetuar este rol no aporta ningún cambio sustancial a la condición de la mujer.

Ser mujer es más difícil que ser un hombre en las mismas condiciones. La discriminación y la violencia contra la mujer siguen siendo cotidianas a pequeña escala para absolutamente todas y, a grande y vergonzosa escala, para muchísimas. Mientras se lucha para que esto deje de ser así, esta no puede ser una excusa para no poner todos los esfuerzos en ser lo que nos hemos propuesto ser, aún en estas circunstancias.

El feminismo victimista rebaja a las víctimas

Aquí uno de los innegables efectos colaterales del #MeToo que ya es hora de que asumamos la responsabilidad de corregir: un número muy elevado de personas tóxicas, o simplemente irrealizadas, se apropian de la narrativa sin otro motivo que el de darse una identidad reconocida - la de la víctima-, parasitando el sufrimiento real y haciendo que cuestionarlas parezca cuestionar a todas las víctimas. Esto no sería relevante si no diera excelentes argumentos a la manosfera.

Ser víctima no te hace mejor persona per se. Lo mejor para defender a las víctimas es que dejen / dejemos de serlo. Aparte de ser discriminadas o abusadas, también tenemos otras cualidades. Por ejemplo somos inteligentes. De esto poco se habla y menos aquel feminismo que ha rescatado el filón Mujeres que Corren Con Lobos, que preconiza que la mujer ideal es alguien sin cabeza, instintiva y piensa con los pezones. Y así nos va.

Durante siglos, el victimismo ha sido y es el (único) poder fáctico de las mujeres, por delegación. Ríos de tinta y kilómetros de película se han empleado para hablar de la relación madre-hijo, esposa-marido, hermana-hermanos en sociedades donde no hace ni un siglo no podíamos ni conducir, trabajar o ejercer cargos. Todos los maltratadores que conozco - y conozco muchos - tienen el apoyo incondicional de sus madres; ellos ejercen la fuerza que ellas no pueden ejercer directamente.

Si de verdad queremos acabar con el abuso tenemos que erradicarlo también de nuestras propias filas, sino seremos igual de responsables.

Ser víctima ya no debe ser suficiente como identidad por muy difícil que sea dejar de serlo. Pero más grave es todavía para las que sí lo tienen fácil. En este caso ya no hay #MeToo que valga; ya no es ser víctima sino cómplice.

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