Print Friendly and PDF
only search openDemocracy.net

La tragedia interminable del Día de Colón

La celebración del Día de Colón no es de recibo. La colonización trajo consigo una inmensa tragedia que hay que empezar a recordar. English, Português.

El 12 de octubre se celebra el Columbus Day (Día de Colón) en la mayor parte de Estados Unidos, aunque no en todos lados. En California, Oregón, Nevada y Hawái no es día festivo y varios son los estados que lo mantienen, aunque cambiando el motivo de la celebración y rebautizándolo como “Día de los nativos americanos”, sin percatarse por lo visto de la inmensa ironía de que los Caucasianos (es decir, los descendientes de europeos) celebren este día la existencia de los habitantes indígenas.

Es como si los alemanes celebrasen cada año el Putsch de la Cervecería el día del Yom Kippur. A algunos sin duda les parecerá una exageración: siendo obviamente Hitler el epítome del mal, ¿cómo puede comparársele alguien que no lleve por nombre Gengis or Atila? En cualquier caso, no Cristóbal Colón, que se parece más a un abuelo que no a un asesino de masas.

Pero aunque no arrojó a nadie al horno ni les gaseó con Zyklon-B, Colón sería sin embargo responsable de la muerte de entre 15 y 100 millones de personas [1], y de la ruina total de las civilizaciones desde Alaska a la Tierra del Fuego.

Todas las crónicas de los primeros exploradores europeos describen un territorio con muchas ciudades, agricultura a gran escala y población abundante. Cuando Hernán Cortés invadió México, el imperio azteca controlaba un caudillaje de aproximadamente 6 millones de personas, algo menos que la población de España en aquella época. Durante la expedición, Bernal Díaz del Castillo escribió:

“Cuando vimos tantas ciudades y pueblos construidos sobre el agua y otras grandes ciudades en tierra firme, nos asombramos y nos dijimos que parecían fruto de embrujos…”

Cuando los españoles llegaron finalmente a la capital azteca, se encontraron en Tenochtitlán con una ciudad-isla llena de canales, como Venecia, cuya extensión superaba la de cualquier ciudad europea excepto París y Constantinopla. En 1539, Hernando de Soto intentó emular a Cortés y conquistar su propio imperio americano. Reunió a 600 conquistadores y recorrió durante cuatro años lo que más tarde sería el sudeste de los Estados Unidos, desde Florida hasta Carolina del Norte, Tennessee, Arkansas y Texas. Consiguió culminar su proeza no por ser un genio de la logística, sino porque las tierras por las que transitó estaban “muy pobladas con grandes ciidades”, lo que le permitió incautarse de todo lo necesario para alimentar y cobijar a sus hombres.

Sin embargo, algo hay de verdad en el relato que describe “unas tierras escasamente pobladas” por cazadores-recolectores cuando llegaron los ingleses, 70 años después de la expedición de Soto. Por entonces, la gente había desaparecido. Muchos murieron a causa de enfermedades europeas; muchos más por las hambrunas, como consecuencia de la desatención del campo y el colapso de una civilización compleja. Una expedición francesa que remontó el río Mississippi en 1682 dirigida por el Sieur de la Salle no halló casi ningún nativo en toda una región que los españoles habían encontrado densamente poblada. Los Coosa, los Caddo, los Cahokian, los Plaquemine: la gente, sus ciudades y sus monumentos fueron barridos por una gran ola de enfermedades.

Desastres parecidos no eran desconocidos para los europeos: brotes epidémicos provocaron la crisis del siglo III del imperio romano, el colapso parcial de los imperios romano oriental y de los Sasánidas en el siglo VII y el derrumbe de la civilización de la Alta Edad Media en el siglo XIII. Pero las poblaciones europeas no sufrieron nunca un conjunto de plagas tan numerosas y mortíferas como las que los exploradores y conquistadores ibéricos trajeron consigo a América.

Habiendo crecido en la década de 1970 y 1980, mi conocimiento de la historia de América era ciertamente superficial. El relato era extraordinariamente simple y lineal: Colón descubrió América, pasaron los años y luego los colonos ingleses empezaron a establecerse en las regiones costeras escasamente pobladas de Virginia y Massachusetts. La lección sobre Colón consistía en poco más que saber repetir esta rima idiota: In fourteen hundred and ninety two, Columbus sailed the ocean blue (En mil cuatrocientos noventa y dos, Colón cruzó el océano azul), que son los dos únicos versos que recuerdan la mayoría de norteamericanos adultos.

Los otros módulos de historia no eran mucho más profundos: hubo algunas guerras indias, en su mayoría como parte del conflicto mucho mayor entre la América británica y el Canadá francés, y nosotros ganamos mayormente. Avance rápido hacia la Revolución Americana y, a partir de ahí, la historia de los pueblos nativos quedaba relegada a poco menos que una nota a pie de página. No se hablaba del Sendero de Lágrimas, tampoco se hablaba de la eliminación de las naciones Sioux, Comanche y Apache, pero al menos merecían la atención de Hollywood.

No estoy atacando el sistema educativo norteamericano. Ningún país les explica a sus jóvenes que su historia se basa en la eliminación de una raza y la esclavización de otra. Estoy seguro que los belgas no cuentan a sus retoños lo que hicieron los representantes de su rey Leopoldo en el Congo, del mismo modo que en las escuelas de los Países Bajos no se entra en demasiado detalle sobre cómo se sometieron y gobernaron las Indias Orientales holandesas.

Los alemanes enseñan por supuesto a sus hijos la historia de la Segunda Guerra Mundial – porque perdieron y fueron ocupados durante 50 años -, pero los japoneses, que también perdieron la Guerra pero sólo fueron ocupados durante 10 años, niegan todavía gran parte de su culpabilidad en la contienda. Puedo asegurar que los españoles no explican a sus hijos sus distintas atrocidades, porque mis hijos están escolarizados allí y eso no forma parte de su plan de estudios.

Se comprende perfectamente que cada país intente presentarse de la mejor manera posible, especialmente ante los niños. Ningún país que se desprecie a sí mismo puede durar mucho. Además, el principio fundacional de los estados-nación modernos es mitología romántica -  “romántico” en el sentido que se trata de un relato épico, con héroes y villanos, y “mitología” en el sentido que no es un relato histórico preciso. Todos y cada uno de los estados-nación modernos tienen un mito fundacional romántico que no reconocemos como tal simplemente porque forma parte de nuestro ADN.

Piénsese en el mito británico del buen rey Arturo defendiendo a todos los pueblos de las islas británicas de la invasión de los bárbaros [3],  o en los franceses, con el mito de Nos ancêtres les Gaulois (nuestros ancestros los Galos) [4].

Los norteamericanos tenemos nuestro propio mito fundacional en el que figuran George Washington, el Cincinato americano, y Thomas Jefferson con su declaración sublime, el astuto Benjamín Franklin cortejando el apoyo de los franceses, y los valerosos Minutemen saliendo en masa a luchar por sus hogares y su tierra. Todo cierto, hasta cierto punto, pero tan parecido a la realidad como cualquier buena producción de Hollywood.

Es comprensible, pero lamentable de todos modos. Existen buenas razones por las que queremos fomentar el espíritu patriótico de nuestros hijos, pero hay razones todavía mejores por las que deberíamos querer ser honestos con nuestra historia, básicamente para evitar repetirla. Nadie dice que los niños alemanes no deban sentirse justificadamente orgullosos de sus grandes logros culturales, científicos y literarios, pero ¿habría alguien en Europa que estuviera tranquilo si en las escuelas alemanas se empezara a glosar el Tercer Reich y sus crímenes?

Y sin embargo esto es precisamente lo que ocurre en Estados Unidos con la Guerra Civil y en Europa con su legado imperialista. Enseñar a los escolares los horrores del esclavismo y cómo fue responsable de la guerra más sanguinaria de nuestra historia no quiere decir que se odie a América; y podría ayudarles a comprender mejor el contexto cultural con el que se enfrentan cada día los negros americanos. Evitar este debate sólo lleva a perpetuar actitudes de superioridad racial y nacional todavía muy visibles hoy en día.

La ignorancia deliberada sigue contaminando nuestras sociedades y conlleva costes reales. La rica cultura de las civilizaciones americanas se ha perdido, en algunos casos se ha destruido a propósito, y se ha sustituido por un relato simplificado que oscila entre el del “buen salvaje” y el “salvaje bruto”.

Evidentemente, los pueblos nativos no eran ni lo uno ni lo otro y caracterizarles así es pueril - o útil para fines políticos modernos que nada tienen que ver con los propios nativos. Demasiado a menudo, estos relatos se han usado para justificar el dominio ininterrumpido de una casta política y económica excluyente compuesta enteramente por descendientes de europeos.

Al reescribir la historia, estas élites han impedido con éxito cualquier redistribución de poder a los descendientes de los habitantes originarios del continente. Al reescribir la historia, los europeos han logrado evitar cualquier discusión sobre reparaciones por los siglos de pillaje con los que se expropió la riqueza de dos continentes para financiar el ascenso del capitalismo y el imperialismo del Viejo Mundo.

La herencia de Colón continúa atormentándonos también de otras maneras. América del Norte y del Sur tienen, de promedio, las tasas más altas de muertes violentas de todo mundo. Es 2,5 veces mayor que el promedio global y más de 5 veces el promedio de la tasa europea.

  • La pobreza no es la explicación, puesto que los Estados Unidos tienen una tasa de muertes violentas que dobla el promedio europeo; mientras que países de renta media como Argentina y Brasil son mucho más mortíferos que países con rentas similares en Europa, como Portugal o Polonia. Al mismo tiempo, hay países pobres en Asia y en África, con tasas de muestres violetas mucho más bajas que sus equivalentes en América Latina.
  •  
  • La explicación tampoco radica en una legislación sobre armas más permisiva puesto que hay muchas islas del Caribe que son territorios de ultramar de países europeos y comparten exactamente las mismas leyes, y aún así tienen tasas de violencia muchas veces más altas que sus metrópolis. Las Islas Vírgenes británicas, las Islas Caimán, Bermuda y Montserrat son mucho más mortíferas que el Reino Unido; lo mismo que Martinica, Saint Pierre y la Guyana francesa son mucho más violentas que Francia.    

Justo detrás de las Américas está la otra gran víctima del colonialismo europeo: África. Y dentro de África, allá donde el comercio atlántico de esclavos era más activo es donde la violencia es más endémica, igual que en las áreas del sur de África que los europeos intentaron colonizar a través de la expulsión forzosa de la tribus nativas.

El denominador común es el esclavismo. Aquellos países en los que el esclavismo era prevalente y donde los esclavos formaban una parte significativa de la población tienen unas tasas de violencia significativamente más elevadas que aquellos en que la esclavitud no era tan importante. Y esta violencia no está distribuida homogéneamente sino que se dirige desproporcionadamente contra los descendientes de esos esclavos [5].

En los Estados Unidos, los Afroamericanos son víctima de homicidios en una intolerable tasa de 19,4 por 100.000 personas que es casi ocho veces mayor que la tasa de homicidios entre los blancos no hispanos, que con 2,5 por 100.000 se acerca a la tasa de Bélgica o la de Finlandia. ¿Hay alguna duda de que el control de armas sea realmente una cuestión partidista en los Estados Unidos? Los votantes blancos tienen una percepción muy diferente del grado de la violencia por arma de fuego que la de los votantes negros o los hispanos. Es casi como si estuviésemos hablando de tres países distintos. 

Brasil sufre anualmente un nivel de muertes civiles que se sitúa a la altura de una pequeña guerra, y afecta desproporcionalmente a los residentes negros pobres de las favelas. Desde el año 2001, un promedio de 45.000 brasileños al año han sido víctimas de homicidio, y más de dos tercios de estas víctimas son negros. Esto no significa que los blancos no sean también un objetivo, pero mientras que la tasa de homicidios entre los blancos ha caído el 23% en los últimos diez años, la tasa de homicidios entre los negros ha crecido el 3,5%.

Aún resulta más chocante el hecho de que entre el 15 y el 20 por ciento de las muertes violentas en los dos estados más grandes, San Pablo y Río de Janeiro, son causadas por la policía. Esto quiere decir que hubo más de 11.200 víctimas mortales a manos de la policía en la década que va entre 2002 y 2012, mientras que en el 2014 el total aumentó en 3.000 víctimas más [6]. El grado de violencia racial endémica hace que Ferguson parezca una riña en un encuentro del Rotary Club.  

Casi cada isla del Caribe –las famosas islas azucareras- tienen un problema similar con los asesinatos. Una de las excepciones principales es Haití, donde una revolución de esclavos acabó con la totalidad de la aristocracia europea de las plantaciones. Es el país más pobre del Hemisferio Occidental debido al progresivo empequeñecimiento de su economía después de la revolución haitiana a cargo de Europa y los Estados Unidos, pero tiene una tasa de violencia que es la mitad que la de su vecina la República Dominicana, con quien comparte la isla La Española.

Una gran población negra es uno de los factores clave, pero una gran población indígena es otro factor secundario. No puede chocar que los tres países del Cono Sur con la proporción más pequeña de poblaciones negras o indígenas – Argentina, Uruguay y Chile – sean también los tres países latinoamericanos con tasas de muerte violenta más bajas.

Las naciones latinoamericanas con mayor población indígena sufren tasas intermedias de violencia, a caballo entre los estados de mayor “dominación europea” y los estados de tradición esclavista. México, el mayor país de habla hispana en el mundo, casi no tuvo históricamente esclavos africanos: la población indígena era suficientemente grande incluso después de las catastróficas enfermedades epidémicas, una conquista brutal, y una guerra de guerrilla que duró cuarenta años [7], quedaban aún suficientes nativos para trabajar las minas de plata de  Zacatecas.

Las tasas de homicidio en México ya eran altas, sin embargo, mucho antes de que la competición entre cárteles de la droga desembocara en la espantosa guerra actual contra el narco. Antes de que apareciesen los asesinatos relacionados con los narcóticos, la violencia era endémica en los estados con mayor población indígena: Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Quintana Roo, Guerrero y Yucatán.

No es sorprendente. El esclavismo colonial sólo fue posible gracias a un sistema de violencia institucional y justificada por la convicción de una superioridad racial. El entero aparato legal, policial y militar del Estado se utilizó para asegurarse de que una pequeña minoría de europeos pudiesen dominar y explotar a un gran número de nativos americanos y africanos. La violencia es inherente y rampante en tales sistemas, puesto que solo a través de la continua explotación brutal de trabajadores esclavizados y la erradicación mortífera de la insurrección de los siervos puede hacerse que el sistema funcione.

Tampoco la emancipación cambia necesariamente la situación. Mientras el poder político y económico continúe concentrado en manos de una minoría étnica, para asegurar la continuidad de dicha concentración se hace necesaria la violencia del Estado. Esta es precisamente la pauta que observamos en estos países. Una pauta impuesta por la conquista europea.

No soy un gran partidario de las reparaciones, sobre todo porque la factura sería infinitamente larga. ¿Cómo se compensa la destrucción de mil civilizaciones? Y, en cualquier caso, no están previstas, así es que es mejor centrarse en cuestiones prácticas.

El tema más urgente es reconocer la realidad de la historia y no sacrificarla en el altar de la mitología. No se trata de asignar la culpa  nadie: pero hay poca esperanza de que las actitudes cambien y de que se elimine el racismo mientras los huesos de las innumerables víctimas yacen silenciosamente en tumbas anónimas.

El pueblo judío dice correctamente que “no debemos olvidar nunca” la Shoah; pero esto no se aplica a los muchos genocidios de poblaciones negras y morenas en África y en las Américas. Primero tenemos que acordarnos y admitir los crímenes.

Y dejar de celebrar el “Día de Colón” en cualquier caso.


Fuentes y  Notas

[1] El número total de poblaciones aborígenes en las Américas en 1491 es objeto de una amarga disputa. No intento tomar una posición en este asunto, pero no creo que sea tampoco necesario: incluso una estimación conservadora que sitúa en 15 millones la cifra de pérdida de vidas humanas es abominable.

[2] Bernal Díaz del Castillo, “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”

[3] Existe indudablemente una base factual en la leyenda artúrica, pero esa persona no habría sido casi con toda seguridad un rey, y no unificó las islas británicas, puesto que la mayoría del territorio de Gales y de Escocia no se integró ni durante el imperio romano. La inmigración de anglos, sajones, jutos, frisios y demás pueblos germánicos a la isla de la Gran Bretaña no sólo se hico vía invasiones sino a través de una corriente continuada durante siglos de asentamientos que no siempre implicó conquista.

[4] “Nuestros ancestros los pueblos galos”. Existe sin ninguna duda sangre gala en muchas parte de Europa puesto que este pueblo celta era uno de los más prolífico y esparcidos por el continente e incluso por Asia Menor, pero como pueblo siempre fue vuelto a empujar hacia los rincones más occidentales de Europa. La Francia moderna deriva de los francos, una tribu germánica que conquistó la mayoría del norte de Francia a finales del siglo cuarto y principios del quinto.

[5] Nate Silver, “Black Americans Are Killed At 12 Times The Rate Of People In Other Developed Countries,” FiveThirtyEight, 18 de Junio de 2015

[6] Jaime A. Alves, “Terror policial en Brasil”  DemocraciaAbierta, 15 de Octubre 2015

[7] La guerra Chichimeca tuvo lugar entre 1550 y 1590.

About the author

Fernando Betancor is an American economist living in Madrid, Spain. He is an active member of Democrats Abroad and an advocate of political and economic liberalism. He publishes articles on his website Common Sense and tweets @fdbetancor

Fernando Betancor es un economista norteamericano residente en Madrid. Es miembro activo de Democrats Abroad y defensor del liberalismo político y económico. Publica artículos en su website Common Sense y tuitea en  @fdbetancor


We encourage anyone to comment, please consult the
oD commenting guidelines if you have any questions.