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Democracia y experimentos en el laboratorio político latinoamericano

Recientemente, Latinoamérica ha acreditado distintos modelos de experimentación política. Observamos la emergencia de un laboratorio de experimentos que nos permite imaginar avances para la democracia, que merecen ser medidos. English Português

Manifestante con una máscara del gobernador de Sao Paulo, Geraldo Alckmin. Andre Penner / AP/Press Association Images. All rights reserved.

En la pizarra de una clase de la escuela pública Fernão Dias, en Sao Paulo, Brasil, se leía:

 2 de diciembre de 2015 - miércoles

Cronograma de actividades

13:00 Clase de Yoga

13:30 Cómo revolucionar por medio del arte

14:30 LGBT

15:30 Feminismo

16:30 Acceso a la cultura en Francia

17:30 Desmilitarización de la Policía Militar

Los autores del cronograma eran jóvenes estudiantes, de entre 13 y 18 años que, mientras luchaban por el derecho a continuar estudiando en su territorio, habían decidido qué clases querían tener. Llevaban cerca de tres semanas ocupando su escuela, resistiéndose a una decisión impuesta por el gobierno del estado de Sao Paulo.

A través de acciones como ésta, los estudiantes de secundaria llevaron a cabo un experimento político que se enmarca en un contexto de laboratorio más amplio, que conocemos a través de distintos ejemplos de movilización, participación y articulación de iniciativas políticas, que se están multiplicando en Latinoamérica. En esta fase creativa, de ensayo y error, observamos un importante potencial para la acción y para la incidencia política en la región, que merece ser tenido en cuenta a la hora de pensar nuevas vías para la consolidación y mejora de la calidad de nuestras democracias.

El experimento

En octubre de 2015, el gobierno de Sao Paulo (Brasil), anunció un conjunto de medidas para la reorganización de las escuelas públicas en el estado. La estimación era que 90 escuelas públicas iban a ser cerradas por el gobierno, y sus 311.000 alumnos, transferidos a otras escuelas. El Gobierno, que tomó la decisión sin dialogar con la sociedad, la justificaba a partir de estudios que apuntaban que esos cambios serían positivos.

Cerca de un mes después, 400 estudiantes de secundaria de una escuela pública en Diadema (municipio cercano a la capital del estado de Sao Paulo) se organizaron y, en protesta contra la decisión del gobierno, ocuparon la escuela. Entendían que las autoridades estaba cerrando escuelas para cortar costos y perpetrar una reorganización que llevaría a miles de alumnos a amontonarse en otras escuelas, lejos de sus casas, desconectando la educación del territorio y de la comunidad local, sin antes haber atendido problemas básicos de las escuelas públicas, como material escolar e infraestructuras.

En las siguientes tres semanas, en noviembre, 196 escuelas en todo el Estado fueron ocupadas por alumnos, reclamando al gobierno que suspendiese la reorganización. Los alumnos se organizaron de forma autónoma, escuela a escuela, definiendo la dinámica de la ocupación, las actividades que llevarían a cabo, y los portavoces del grupo, basándose en experiencias como la de los estudiantes chilenos de la Revolución Pingüina en el 2006. Al mismo tiempo, para buscar cohesión entre las diferentes ocupaciones de escuelas, formaron un comité central de las ocupaciones, que se encargó de decidir, horizontalmente, las orientaciones coordinadas de las ocupaciones.

Utilizaban Facebook, Twitter y Whatsapp para comunicarse entre ellos. Produjeron videos, fotos y textos, que circularon ampliamente a través de las redes digitales. Las hashtags #OcupaEscola e #NãoFecheMinhaEscola ocuparon rápidamente los timelines.

Pero su acción adquirió verdadera fuerza a partir de su actuación territorial. Movilizó a las comunidades locales, a los padres de los alumnos y a los profesores, a los vecinos y a las organizaciones locales, que apoyaron al movimiento en los momentos de mayor presión del gobierno y de la policía. De este modo, la sociedad civil respondió a los estudiantes.

Artistas y productores culturales visitaron las escuelas para conocer más de cerca la realidad de las ocupaciones, y en diciembre organizaron el festival #ViradaOcupação, con la participación de más de cuatro mil voluntarios. La ONG Minha Sampa creó un dispositivo de guardianes de las escuelas ocupadas. Los voluntarios podían inscribirse en una página web, y cada vez que la policía rodeaba alguna escuela, se enviaban mensajes de texto a los voluntarios para que acudieran al lugar para ayudar a protegerla. El colectivo Hub Livre, por medio de un formulario online donde cada voluntario podía proponer clases de cualquier temática, consiguió movilizar cerca de tres mil clases voluntarias para las escuelas de todo el estado.

De manera generalizada, movimientos, colectivos, organizaciones civiles y ciudadanos demostraron su apoyo a los estudiantes de secundaria de Sao Paulo, fortaleciendo el movimiento y sus demandas, pero sin robarles el protagonismo a los jóvenes que luchaban por sus derechos.

A través de la combinación entre la actuación presencial y virtual, los estudiantes fueron capaces de crear una narrativa potente, que pronto tomó los periódicos y canales de televisión mainstream, los timelines, y también las conversaciones de bar y las cenas familiares. Mientras, por orden del gobierno, la policía rodeaba las escuelas ocupadas, amenazando con desalojar a los estudiantes, el 61% de la opinión pública se manifestó contraria a la reorganización propuesta por el gobierno, y las encuestas señalaban que sólo un 28% apoyaba al gobierno de Sao Paulo, la peor tasa de aprobación de la administración actual en sus dos mandatos.

Sintiendo la presión, en diciembre de 2015, el gobernador del estado Geraldo Alckmin anunció finalmente la salida del secretario de educación del gobierno, y suspendió la reorganización de las escuelas en 2015. Su propuesta, que fue recibida con cautela por los estudiantes, consiste en entablar un diálogo amplio con los alumnos, sus padres, profesores y directores de cada escuela para entender cada situación específicamente y decidir en consecuencia su futuro. La victoria de los alumnos significó la reversión de la medida gubernamental, y la creación de un espacio de participación ciudadana, necesario para la toma de decisión del gobierno.

No es ésta una historia nueva en América Latina, pero en lo que llevamos del siglo XXI ha ido incorporando nuevos elementos y se viene repitiendo con frecuencia significativa. Hemos asistido a diversas movilizaciones, donde ciudadanos se organizan para cuestionar las decisiones del gobierno, utilizan la tecnología para comunicarse; usan las redes sociales y los medios independientes para contar su historia a la sociedad; y ocupan el espacio público como forma de señalar a los gobernantes que la política trata de lo público, y que la democracia debe predominar, no sólo en el acceso formal al poder, sino también en su ejercicio.

Las crisis políticas y de la democracia no son fenómenos exclusivamente latinoamericanos, pero hoy existe una oportunidad para América Latina de repensar un modelo de democracia propio, originado y desarrollado en la región y, ciertamente, este campo de acción política en formación que ejemplifican las recientes movilizaciones de los estudiantes de Sao Paulo es uno de los caminos para lograrlo.

Organizados en red, de forma horizontal, sin la influencia hegemónica de ningún partido o grupo político específico, los estudiantes de secundaria pusieron en evidencia ante la sociedad el nivel de autoritarismo del gobierno, y lograron bloquear una medida unilateral y forzar un proceso participativo para la toma de decisión. Con claras semejanzas al movimiento de los estudiantes en Brasil, asistimos a diversos experimentos similares en la región. Desde la primavera feminista en Brasil, pasando por la creación del Partido de la Red en Argentina y de Wikipolitica en México, hasta el trabajo de Data Uruguay y la Fundación Ciudadano Inteligente en Chile, es posible identificar dos cuestiones fundamentales: primero, que hay un campo emergente de política en Latinoamérica; y segundo, que ese campo todavía consiste en experimentos de laboratorio.

El laboratorio

Sabemos que la democracia en Latinoamérica está lejos de quedar consolidada. No tanto porque exista una amenaza de golpes militares o regímenes declaradamente autocráticos, pero sí por la debilitación de las instituciones, por amenazas a los derechos fundamentales, por un cercenamiento de las libertades, o por el secuestro del poder por parte de las élites económicas, políticas o del crimen organizado.

Al mismo tiempo, de manera más simbólica, la fragilidad de la democracia se traduce en la falta de confianza en las instituciones democráticas por parte de los ciudadanos, y su insatisfacción generalizada con el sistema democrático, considerado como la peor forma de gobierno, a excepción de todas las demás.

No hay duda de que las dinámicas de la sociedad están cambiando en el siglo XXI. A las formas tradicionalmente conocidas, se suman nuevas formas de producir, de consumir, de comunicarse y de relacionarse. Surgen nuevas formas de pensar en distribución y acceso. Y nuevas formas de pensar en intermediación. Lo que vemos es que la sociedad en el siglo XXI demanda algo que la democracia, tal como la conocemos, no es capaz de proporcionar.

Existen, sin duda, puntos positivos y negativos relacionados con esa transformación en la sociedad, pero lo que importa aquí es reconocer su inevitabilidad, y el hecho de que los sistemas políticos vigentes todavía no hayan descubierto cómo reaccionar a lo que está pasando. Hay un gap entre gobierno y sociedad que se pone en evidencia a cada proceso político, a cada protesta, a cada decisión por parte de los poderes establecidos, que se muestran incapaces de comprender las voces y complejidades de la opinión pública. Esta incapacidad se manifiesta también a la hora de equilibrar estas voces con las dinámicas habituales del ejercicio del poder, y con el juego de fuerzas por él representado.

La dinámica clásica de la democracia representativa, donde los ciudadanos escogen democráticamente a sus representantes, pero donde el ejercicio del poder se hace de puertas adentro, parece no contemplar al ciudadano del siglo XXI. Esa ausencia de referencias pone a la sociedad civil en una situación experimental, donde los actores tienen que rodar experimentos de laboratorio que mezclan lo que ya conocemos con nuevas herramientas, metodologías y posibilidades, sometidos a una dinámica de ensayo y error que hace que sus resultados todavía no estén validados.

La suma de la transformación que atraviesa la propia sociedad con las crisis estructurales que se presentan en ella está en la génesis de las prácticas emergentes de política que observamos. Y este contexto genera una paradoja: la ciudadanía tiene tendencia a rechazar la política formal, y al mismo tiempo depende de ella para llevar a cabo las transformaciones estructurales que reclama. Paralelamente, la política formal reconoce cada vez más la ciudadanía activa, pero se muestra incapaz de conectarse y atender a ella.

Midiendo resultados

Observamos una emergencia: la emergencia de prácticas ciudadanas y políticas que surgen en contextos diferentes, de formas diferentes y con objetivos diferentes, pero que empiezan a presentar nuevas posibilidades y dinámicas políticas para el siglo XXI. Que hablan de transparencia, de participación ciudadana, de rendición de cuentas, de pedagogía política, de activismo y artivismo, y de prácticas de Gobierno 2.0. Y esas prácticas componen un campo - en formación, experimental, que se está conectando y desarrollando para buscar nuevas formas de hacer política mientras la sociedad se transforma.

A ese campo lo vienen llamando campo de innovación política o innovación cívica. Pero hay que tener cuidado al hablar de innovación, porque el término puede generar impresiones equivocadas.

Sabemos que es raro hoy circular por cualquier ámbito, ya sea en el sector privado, en el sector público o en la sociedad civil, y no oír hablar de innovación como una estrategia genérica para superar los problemas actuales. Pero hay que saber distinguir experimentación de innovación.

La forma más simple de hacer esta distinción es entender la experimentación como un proceso y la innovación como un resultado. Experimentar es intentar, realizar pruebas cambiando hipótesis, elementos, controlando condiciones - y puede generar diversos resultados (iguales, mejores o peores). La innovación llega cuando alcanzamos un resultado diferente, disruptivo, capaz de generar lo "nuevo". Es decir: la experimentación es una condición para la innovación.

Esta distinción resulta importante porque puede definir nuestra mirada sobre ese campo. Al hablar de un campo de innovación cívica, queremos ver los resultados, los cambios proporcionados, lo inmediato y tangible. Pero lo que estamos viendo en Latinoamérica es una serie amplia de experimentos que todavía no logran superar las crisis políticas o actualizar la democracia para el siglo XXI.

Lo que vemos es un campo de experimentación política/cívica, y una serie de actores que lo componen y que llevan adelante esos experimentos - a quienes llamamos "hackers de la política". Hacker es un término utilizado en la tecnología para describir un individuo que comprende un sistema con la suficiente profundidad como para ser capaz de alterarlo.

Nuestros sistemas políticos hoy son como los sistemas operacionales propietarios de una computadora - sistemas cerrados, que tienen dueños. Y nosotros ciudadanos, como apenas usuarios. Lo que uno puede hacer en su Windows, por ejemplo, es limitado. Puedes usar los aplicativos disponibles, o crear aplicativos permitidos por los propietarios del sistema. Puedes reportar un bug, que eventualmente alguien que trabaja en el sistema puede arreglar. Y, de vez en cuando, hay una actualización de sistema, de cuya construcción no participaste, para que simplemente aceptes e instales.

Lo que hace el hacker de la política, como hicieron los estudiantes de Sao Paulo en 2015, es impedir una actualización del sistema de la que no participaron, pero que les afectaba directamente. Por medio de un experimento, lograron cambiar, no únicamente la decisión del gobierno, sino la forma en que la decisión será tomada, al haber conseguido incluir en esa toma de decisión a los ciudadanos directamente implicados.

En 2016, vamos medir los resultados de su experimento. ¿Cómo medir esos resultados? Cuando miramos los experimentos que están buscando fortalecer y actualizar la democracia en América Latina, resultados distintos son resultados positivos, porque permiten aprendizaje. Éxito, en esos casos, significa obtener nuevos resultados desarrollando nuevas estrategias o adaptando estrategias clásicas a un nuevo contexto.

Sin embargo, debemos evitar la trampa de evaluar experimentos simplemente por sus resultados, sin comprender sus potencialidades y sus retos para que sigan rodando experimentos cada vez más robustos y aprendiendo a partir del ensayo y error.

Algo está pasando en la política de América Latina. Mientras vemos al sistema político evidenciar problemas estructurales, observamos la emergencia de un nuevo campo, un laboratorio de experimentos políticos que nos permite imaginar un próximo paso hacia adelante para la democracia en la región.

Lograr el éxito, en este contexto, significa obtener nuevos resultados. Pero también, y fundamentalmente, renovar las expectativas en la democracia y alentar la disposición permanente para la toma de riesgos en su defensa. La experiencia de los estudiantes de Sao Paulo debe ser contabilizada en el haber de esta experimentación.

About the authors

Manoela Miklos is PHd in International Relations. She is Special Assistant of the Latin America Program at Open Society Foundation.

Manoela Miklos es Doctora en Relaciones Internacionales y asistente especial del Programa para América Latina en la Fundación Open Society.

Manoela Miklos é Doutora em Relações Internacionais é assistente especial no Programa para América Latina da Fundação Open Society.

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 Caio Tendolili is an economist and works in political experimentation and co-founder of UPDATE.

Caio Tendolini es economista y trabaja en experimentación política desde UPDATE, instituto del que es co-fundador.

Caio Tendolini é economista e trebalha experimentaçao politica desde UPDATE, Instituto do qual ele é co-fundador.

 


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