50.50: Opinion

Una visión africana de lo que pasa en Europa

Los africanos apoyamos al pueblo de Ucrania, pero siglos de experiencia nos hacen desconfiar de las ‘soluciones’ de nuestros antiguos colonizadores

Khatondi Soita Wepukhulu
4 marzo 2022, 10.03am
Un cartel de protesta contra las sanciones europeas y estadounidenses en Zimbabwe
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Yagil Henkin / Alamy Stock Photo. Todos los derechos reservados

El comentario dominante en el flujo de noticias y mis redes sociales es “Estamos con Ucrania”, un apoyo a un país que sin duda lo necesita en este momento. Pero esta postura no es tan absoluta como les gustaría creer a los liberales occidentales. No se trata de un simple ejercicio de elegir entre ‘los chicos buenos’ y ‘los chicos malos’.

En todo caso, no lo es para los africanos. Algunos inclusive ven la guerra de Putin contra Ucrania como la resistencia de un hombre contra la hegemonía occidental.

El resto del mundo tiene experiencias muy alejadas de ‘lo bueno’ con la OTAN, Europa y EEUU – y podemos permitirnos expresar enojo y escepticismo ante la hipocresía y pedir prudencia ante las soluciones occidentales.

Yo estoy con el pueblo ucraniano (que solo merece solidaridad y que no debe confundirse con el estado ucraniano), pero como muestran el clamor creciente en las redes sociales y los reportes periodísticos, tenemos que hablar del racismo contra la población negra. El trato racista que los africanos están soportando a medida que huyen de Ucrania es la prueba de que el supremacismo no se toma ni un día de descanso, ni siquiera en tiempos de guerra.

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Tampoco entonces puede descansar el examen africano para entender e interpretar las narrativas de dominación de Occidente.

La guerra es la guerra. Pregúntennos – lo sabemos. Es muerte, enfermedad, desplazamiento, violencia sexual. También sabemos que las víctimas pueden no ser lo suficientemente rubias y de ojos azules para merecer la compasión que despiertan las víctimas ucranianas en los presentadores de noticias y los gobiernos.

Como los pensadores del Sur Global vienen señalando hace tiempo, las guerras vuelven a las personas negras, oscuras, discapacitadas y de divergencias sexo-genéricas más vulnerables que nunca; y las fronteras europeas no son ni acogedoras ni seguras para ellas.

También nuestras historias nacionales nos dificultan ver a Rusia como ‘el chico malo’ y el afán de Ucrania por un estilo de vida occidental – incluyendo su incorporación a la Unión Europea y la OTAN – como un deseo inocente que convierte en ‘buenos chicos’ a todos los que lo apoyen.

Ningún país africano fue colonizado por la Unión Soviética

Todos los países africanos (con excepción de Etiopía y Liberia) fueron colonizados, y nuestros hogares troceados y repartidos como una torta entre las potencias europeas en la Conferencia de Berlín de 1884-85 y en los años subsiguientes. ¿El resultado? Varios de los sometimientos más sangrientos de la historia humana. Ningún país africano fue colonizado por la Unión Soviética.

En cambio, gobiernos socialistas como el de Cuba y la Unión Soviética apoyaron nuestros movimientos de independencia ante los intentos brutales de países presuntamente ‘civilizados’ que querían impedirnos conquistar nuestra libertad. Ahora observamos, un tanto adormecidos, como esas mismas potencias europeas se promocionan como defensoras de la libertad del pueblo ucraniano.

Mientras los miembros de la OTAN gastan millones en apoyo militar para Ucrania y escalan su despliegue en Europa oriental para contrarrestar la agresión rusa, es hora de escuchar a los africanos de Libia, Somalia y Kenia. Ellos pueden mostrarnos el rastro de la violencia occidental y revelarnos los límites de las intervenciones militares conducidas por EEUU y sus aliados europeos.

La lógica simplista de las sanciones

Así como le pasará a la población rusa de a pie, la población africana también sufrió el castigo colectivo de sanciones lanzadas por la mano todopoderosa de gobiernos occidentales. Casi siempre sin apoyo popular en África – excepto quizás en el caso de la Sudáfrica del apartheid, cuando se adoptaron medidas a petición de los sudafricanos negros. Pero incluso entonces, las sanciones se levantaron mucho antes de que los africanos negros lo consideraran apropiado, lo que llevó a Nelson Mandela a acusar a Europa occidental de racismo y premura por realinearse con cualquier poder blanco.

Ahora presenciamos más y más medidas de impacto catastrófico son celebradas en los medios como la reacción correcta ante la decisión de un autócrata. La lógica de “paralicemos la economía de Rusia y pronto habrá revueltas en Moscú para derrocar a Putin” es muy simplista para aplicar a pueblos que viven bajo regímenes opresivos.

Yo vivo bajo el gobierno de Yoweri Museveni. Si la economía de Uganda fuera destruida por sanciones, yo seguiría sin tener voz para decidir si él debe o no permanecer en el poder. Es que tampoco lo tengo ahora.

Este no es un argumento para privar de apoyo a la población ucraniana que tanto lo necesita. Es un llamado a reconocer estas contradicciones porque importan. Reconocerlas es aceptar que el creciente descontento con el orden liberal de Occidente es fundamentado y válido, no una reacción irreflexiva.

Está fundamentado en nuestras experiencias vividas de racismo, imperialismo, colonialismo, apartheid, neocolonialismo y ‘soluciones’ militares occidentales – por ejemplo, la ‘guerra al terrorismo’ – que invariablemente exacerbaron conflictos y condujeron a más muertes.

La amenaza nuclear: no solo Rusia

La ciudadanía africana está tan asustada como cualquier otra por lo que está ocurriendo en Ucrania. Las armas nucleares se blanden como amenaza en una partida de ajedrez militar y política que puede poner fin a la humanidad.

Sin embargo, debemos quitar a Occidente la idea de que la culpa de esta amenaza nuclear corresponde a un solo hombre demente.

Los miembros de la OTAN (por la vía de su programa de reparto nuclear) constituyen más de la mitad de los países del mundo lo suficientemente dementes como para desarrollar, almacenar y tener acceso a tales armas. Ningún país africano posee armas nucleares (Sudáfrica renunció a las suyas en 1989, y Libia puso fin a su desarrollo en 2003).

La Organización de las Naciones Unidas sigue siendo la opción más viable para asegurar responsabilidad y transparencia entre los países, pero incluso en la ONU, los estados del Norte Global – que entrañan la mayor amenaza de violencia a gran escala, tanto militar como económica – son los que retienen casi todo el poder.

Siempre es un buen día para denunciar la hegemonía. Hoy, cuando el “mundo libre” de “naciones civilizadas” enfrenta una “época sin precedentes” – como los medios la describen – aquellos que pagaron muy cara la incuestionable “justicia de Occidente” nos dicen: volvamos a hablar contra la hegemonía occidental.

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