El mundo venía cambiando desde antes del fatídico 11 de septiembre del 2001. En el momento en que los aviones derribaron las torres del sur de Manhattan, la historia se aceleró en sentido equivocado. En ese momento, el icono de la caída del imperio americano se fijó en las retinas de la humanidad entera.
Los noticieros matutinos de toda América Latina no daban crédito a lo que retransmitían en directo las cadenas gringas al tiempo que la población, a medio camino entre estupor y schadenfreude, constató que el vecino del norte era vulnerable.
La geopolítica giraba ya sobre otros ejes. Latinoamérica pasó de ser el patio trasero de la guerra fría a pozo sin fondo de China, y fue pasto del extractivismo sin límite que trajo consigo la fase álgida de la globalización.