Se suponía que éste iba a ser el año triunfal de Brasil y de su presidenta, Dilma Roussef. Dilma, la primera mujer elegida para ese cargo, era la protegida y la sucesora del popular Luíz Inácio (Lula) da Silva; había heredado en 2011 un país con una buena situación financiera, una pujante clase media y la oportunidad de ser anfitrión de la popularísima Copa del Mundo de Futbol en el 2014. Este año 2016 Brasil debe celebrar los Juegos Olímpicos, lo que deberían haber supuesto el gran escaparate de un país modernizado y que había conseguido escapar con éxito de la trampa del “ingreso medio” en la que se ven atrapados los países en desarrollo.
Por contra, la economía brasileña ha seguido en caída libre durante casi 8 cuatrimestres seguidos, el país se enfrenta al Zica, una nueva enfermedad contagiosa que atemoriza a la población, mientras las obras para las olimpiadas acumulan muchísimo retraso y el gobierno de Roussef se ve amenazado por unos escándalos de corrupción tan mayúsculos, que el Congreso está considerando su destitución (impeachment). En vez de vivir un año triunfal, Brasil ha entrado en el año de la ingobernabilidad.
