democraciaAbierta: Opinion

Brasil se juega su democracia, y el Amazonas su futuro

A cuatro días de la segunda vuelta electoral en Brasil, Lula da Silva mantiene una pequeña pero consistente ventaja sobre Jair Bolsonaro, mientras éste se prepara para denunciar un fraude en caso de salir derrotado

democracia Abierta
27 octubre 2022, 10.52pm

Un grupo de indígenas durante una marcha en defensa de sus derechos en Salvador de Bahía, Brasil, en Mayo 2022

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Francesc Badia i Dalmases

Según una encuesta de Ipespe publicada el martes 25 de octubre, Lula lidera la intención de voto con un 50% frente al 44% de Bolsonaro. Ambos tienen un alza de un punto porcentual respecto a lo que mostraban las encuestas anteriores.

Otro sondeo publicado el mismo día por Paraná Pesquisas mostró un escenario diferente: ubica a los dos candidatos en un empate técnico. Con perspectiva de ballotage, Lula obtendría el 50,2% contra un 49,8% de Bolsonaro.

Por su lado, la firma Ipec, vinculada a Globo, uno de los mayores emporios de comunicación en Brasil, divulgó su última encuesta el lunes, que muestra que Lula mantiene una ventaja de ocho puntos sobre Bolsonaro. Ipec estima que Lula obtendrá 54% de los votos y Bolsonaro 46%.

Todas las encuestas advierten que sus predicciones tienen un margen de error del 2%. Sin embargo, las encuestas, que subestimaron a Bolsonaro en primera vuelta, anuncian un final de infarto, porque la batalla se ha adentrado en el terreno del empate técnico.

Una contienda decisiva

Han pasado más de 30 años desde que Luiz Inácio Lula da Silva, de origen humilde, obrero metalúrgico y líder sindical, se presentara por primera vez a unas elecciones para presidir Brasil. En ese entonces transcurría el año 1989, caía el muro de Berlín y la primera potencia de América Latina había recuperado, hacía poco, la democracia tras una dictadura militar de más de 20 años (1965-1985).

En esa época, Jair Messias Bolsonaro, un militar de clase media, dejaba el ejército por la puerta trasera, después de distintas indisciplinas y de haber protagonizado protestas por los bajos salarios que incluían actos de sabotaje de infraestructuras con bombas de baja potencia.

Hoy, estas dos personalidades, con orígenes radicalmente opuestos, se enfrentarán por la presidencia de Brasil; el país más grande, la economía más fuerte (la doceava economía del mundo en PIB, solo un poco por debajo de Rusia), y sin duda el de mayor peso político en la región. Lo que se juega en esta elección es la democracia del país, que lleva cuatro años degradándose bajo el mandato de Bolsonaro, que deja un país dividido políticamente, tensionado violentamente y en crisis económica, social y medioambiental.

La segunda vuelta del domingo 30 de octubre llega en un clima de polarización extrema, marcado por una agresiva campaña ultraderechista de odio y desinformación

Del resultado depende también la supervivencia de la Amazonia y sus efectos en el cambio climático. Bolsonaro ha sido un enemigo frontal del medio ambiente, dando carta blanca a los explotadores sin escrúpulos de los recursos naturales. Durante su mandato ha deslegitimado las instituciones que protegen la cuenca y sus habitantes, ha despreciado a los indígenas, ha permitido la proliferación de la minería ilegal y la entrada de petroleras a la Amazonia brasileña, que registró este año los mayores índices de deforestación en su historia.

La segunda vuelta del domingo 30 de octubre llega en un clima de polarización extrema, marcado por una agresiva campaña ultraderechista de odio y desinformación.

Lula, de 76 años, encabeza una amplia coalición de partidos unidos en defensa de la democracia. En la primera vuelta, le sacó 6,4 millones de votos al ultraderechista Bolsonaro y 5,4 puntos porcentuales. Sin embargo, los sondeos indican que esta vez el resultado lo definirá una foto finish.

Bolsonaro, de 67 años, le pisa los talones a Lula, incluso después de protagonizar varios incidentes desfavorables, como el escándalo generado por un comentario sexual que hizo sobre unas menores venezolanas o la reacción violenta de uno de sus aliados al ir a ser detenido por ofender seriamente a una juez del Tribunal Supremo.

Para compensar el coste de estos escándalos, el presidente marcó un gol en la campaña el sábado 23, cuando el futbolista Neymar JR pidió el voto para él durante una transmisión conjunta por YouTube, en la que hablaron sobre la Copa del Mundo, valores y libertad: “El Mundial está cerca. Todo sería maravilloso. Bolsonaro, reelegido; Brasil, campeón y todos felices”, dijo el crack del París Saint-Germain. Un millón de internautas lo seguían en directo. Apelando al ultranacionalismo emocional que encarna el futbol, Bolsonaro entendió que se vota más con el estómago que con la cabeza.

Salvo que alguno de los dos cometa un error irreparable, el último debate televisivo, que se celebrará este viernes 28, dos días antes de la jornada electoral, podría resultar decisivo para decantar la intención de voto de los brasileños indecisos.

Bolsonaro y Lula proponen modelos antagónicos, entre un neoliberalismo autoritario, depredador y ultraconservador, y una socialdemocracia light, que apela a la diversidad, a la justicia social y a los buenos sentimientos. Pero lo que está en juego es la supervivencia de la democracia brasileña, debilitada sistemáticamente por un presidente que trata como enemigos detestables a la oposición y a la prensa crítica, y que cuestiona sistemáticamente al Tribunal Electoral y al Tribunal Supremo, siembra dudas sobre las fiabilidad de las urnas electrónicas y quiere a las Fuerzas Armadas vigilando la votación y el recuento, adelantando que denunciará fraude en caso de derrota. El temor a asaltos violentos de los bolsonaristas, siguiendo el guión que dibujó Trump el 6 de enero del 2020, está muy extendido por todo el país.

La disputa por los votos de los indecisos, los votos en blanco (5%) y los abstencionistas (21%) es feroz. Ambos candidatos usaron munición de gran calibre en las redes sociales, pero en el uso de la mentira, la difamación, el insulto y la desinformación aguda, los bolsonaristas llevan claramente la delantera desde que probaran su eficacia en la anterior elección del 2018.

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El ex presidente Lula se erige en estos momentos como el único político brasileño capaz de iniciar la pacificación de un país profundamente polarizado

Pero, ante las encuestas desfavorables, Bolsonaro además está usando masivamente el dinero público con fines electorales sin ningún pudor para “comprar” el favor popular, saltándose el techo del gasto público. Hace casi un año instauró Auxilio Brasil, una paga mensual de 400 reales (US$75) a unos 20 millones de necesitados. Y aunque su continuidad no está garantizada para 2023, entre la primera y segunda vuelta aumentó de 400 a 600 reales esa ayuda, incrementó las ayudas a la compra de gas de 50 a 110 reales, y compensó con bonos de 1000 reales (unos US$200) para camioneros y taxistas ante el aumento del precio de los carburantes.

Lula, por su parte, celebró este miércoles un acto con líderes evangélicos, un cuerpo electoral decantado masivamente hacia las tesis ultraconservadoras de Bolsonaro. Durante el acto, reiteró que él, personalmente, es contrario al aborto —y recordó que quien legisla sobre el tema es el Congreso, no el presidente— y el candidato llegó a criticar indirectamente que la escuela eduque en la igualdad de género o contra la homofobia.

En la recta final, el equipo de Lula ha adoptado formas de campaña francamente Bolsonaristas, mientras que el de Bolsonaro acusa a Lula de querer cerrar iglesias y de tener pactos con Satán o el crimen organizado. Esta radicalización muestra hasta qué punto es dura la batalla de la democracia frente al autoritarismo, que acaba utilizando las armas que denuncia.

De los resultados de este domingo depende en buena parte el futuro de la democracia en la región, que ya tiene en la Venezuela de Maduro, la Nicaragua de los Ortega-Murillo o El Salvador de Bukele, alarmantes ejemplos de deriva autoritaria radical. Putin y Xi, junto a Orban y Erdogan, celebrarán la victoria de Bolsonaro, mientras que la Unión Europea y los demócratas en Estados Unidos, junto a la gran mayoría de los vecinos latinoamericanos, se sumarán a la esperada fiesta por la victoria de Lula. En este último caso, incluso la asfixiada Amazonía podría empezar a respirar.

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